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Entre la determinación geográfica y la variabilidad política

El anuncio que simultáneamente dieron Barack Obama y Raúl Castro sobre una nueva época en las relaciones bilaterales entre Cuba y Estados Unidos es el comienzo de la caída del último vestigio de la Guerra Fría en el continente americano. Sin embargo ¿cómo se explica el cambio en este momento?

Como toda isla, Cuba nunca ha podido escapar a la maldición de la conquista por parte de los grandes poderes; ha sido parte integral o satelital de al menos tres imperios, el español, el estadunidense y el soviético.

 Desde su independencia de España, Cuba ha entendido que su cercanía geográfica con Estados Unidos representa al mismo tiempo una inigualable oportunidad económica y una amenaza a su autonomía política. Por su parte, Washington percibe a Cuba en términos de suma cero, ya sea como un aliado obligado o como una amenaza estratégica. Estados Unidos siempre ha tenido un interés estratégico en Cuba. Ya lo decía Thomas Jefferson en 1820, Cuba sería “la adición más interesante que jamás podría hacerse a nuestro sistema de federal” O en 1823, John Quincy Adams quien aseguró que Cuba, como Puerto Rico, “es un apéndice natural de los Estados Unidos”.

La situación geográfica de la isla la convierte en puerta o barrera de acceso ente Golfo de México y el Océano Atlántico. Un bloqueo del Golfo de México pondría en jaque al puerto de Nueva Orleans y al principal río de los Estados Unidos, el Mississippi, a lo largo del cual se transportan un sinnúmero de productos agrícolas y de cuyas aguas se extrae una buena parte del petróleo utilizado en la región del Medio Oeste de ese país. Por estas razones, la estrategia de seguridad estadounidense siempre buscó evitar que Cuba fuera ocupado por otros grandes poderes rivales. Ante la imposibilidad de anexarse Cuba, el gobierno norteamericano decidió establecer en 1903 una base naval en la bahía de Guantánamo.

En la época de la Guerra Fría, Cuba se convirtió en un aliado geográfico de valor inestimable para la Unión Soviética. La instauración de un régimen amigo en la isla representó un golpe maestro para la URSS, que buscaba balancear el poder de los Estados Unidos en su propia región. La alianza con Cuba les daba la posibilidad de bloquear el tránsito marítimo y por otro lado, permitía la eventual instalación de misiles soviéticos en la isla que pondrían en riesgo gran parte de la costa Este de los Estados Unidos.

Con la caída del Muro de Berlín y sin la protección de su antiguo aliado comunista, Cuba se hundió en una profunda crisis económica, que la Habana denominó el Periodo Especial. Esta situación se  agravó con la renovación de las sanciones estadunidenses a la isla en 1992 (Ley Torricelli o Cuban Democracy Act) y 1996 (Ley Helms-Burton o Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act). Dos nuevos factores incidieron en el endurecimiento del  bloqueo de Estados Unidos a Cuba. Por un lado, los grupos de cubanos exiliados anti-castristas en el estado de Florida lograron organizarse y cabildear ferozmente por la adopción de políticas cada vez más duras en contra del régimen comunista cubano. Por otro, tras el 11 de septiembre y durante el auge de la Guerra contra el Terrorismo, Cuba pasó a formar parte del denominado Eje del Mal y Washington agudizó las sanciones y restricciones a Cuba.

Desde principios del siglo XXI, Cuba ha forjado una importante alianza con Venezuela, otro aliado geoestratégico para La Habana, opositor a Washington, a través del que asegura el control del mar caribe, balancea la fuerza naval estadounidense apostada en la bahía de Guantánamo, accede a precios subsidiados de petróleo y a recursos financieros que permiten financiar proyectos de agricultura y manufactura. Sin embargo, con la muerte de Hugo Chávez, amigo personal de Fidel Castro, el estado de la economía venezolana y la alternancia en Cuba surgieron preguntas sobre la sustentabilidad de la relación entre ambos países. El modelo económico venezolano, basado en la exportación de petróleo, es insostenible por las presiones creadas por su endeble cuenta corriente y su inflación. Venezuela, más pronto que tarde, tendrá que renunciar a sus ambiciones de política internacional para enfocarse en el nivel doméstico. Si bien la relación con Venezuela se mantiene sólida, Raúl Castro tiene grandes incentivos para acelerar las reformas y el proceso de diversificación de la economía cubana en el corto plazo.

La Cuba de Raúl no es la de Fidel

Tras 46 años de gobierno ininterrumpido, en 2006 Fidel Castro cedió interinamente  el poder a su hermano Raúl. A diferencia de su hermano, a Raúl Castro no se le conoce como un anti-americano, ni se le conoce particular afinidad por los líderes de los gobiernos latinoamericanos del “Socialismo del Siglo XXI”. En 2008 Raúl se convirtió oficialmente en el nuevo presidente de Cuba y en 2013 renovó su mandato por cinco años más, con los que cumplirá el máximo de 10 años que él mismo determinó como norma.

Gracias al liderazgo de Raúl Castro, entre 2009 y 2013 las estructuras gobernantes de la isla sufrieron cambios importantes, que incluyen una renovación generacional, con nuevos integrantes nacidos en la década de 1960 (antes de 2009 la mayoría de los integrantes habían nacido en los 1930) y que han abierto la puerta del Partido Comunista Cubano y las Entidades Estatales a una mayor cantidad de integrantes mujeres y afrocubanos. Esta renovación obedece a una apertura demandada por los cubanos de menos de 50 años respecto de aquellos que pertenecen a la generación de la Revolución.

En abril de 2011 se llevó a cabo el VI Congreso del Partido Comunista, en el cual  se aprobaron los “Lineamientos para el Desarrollo Económico y Social” y el “Informe Central”, dos documentos que hacen un análisis integral de la situación del país en vistas a reformas y cambios estructurales. En aquel momento se adoptaron numerosos cambios de tipo económico y pocos de corte político. Por ejemplo, se ampliaron las formas de propiedad y gestión más allá de la empresa estatal socialista que incluyen entre otras, la inversión extranjera, empresas mixtas, contratos de asociación económica internacional. Se recortó la burocracia del estado y descentralizó el poder, ampliando las facultades de los municipios. Se introdujeron, aunque aún incipientes, estrategias en contra de la corrupción y a favor de la transparencia y de la rendición de cuentas con la creación de entes reguladores externos como la Contraloría General de la República y la Fiscalía General de la República.

En consonancia con estos cambios presentados en el VI Congreso, se aprobó la nueva ley de inversión extranjera. Esta ley, que entró en vigor en julio de 2014, cuenta con tres nuevas modalidades de inversión extranjera en Cuba, que incluyen empresas mixtas en las cuales el estado es propietario de al menos un 51 por ciento de las acciones, contratos de asociación económica internacional y unas pocas empresas de capital foráneo, considerando la fuerte necesidad de flujos de inversión que Cuba necesita. Con esto, se procederá a aumentar el flujo de inversión extranjera directa a partir de la aplicación de beneficios fiscales muy competitivos como reducción de la tasa impositiva sobre ganancias del 30 al 15 por ciento, tratamientos fiscales preferenciales para favorecer la contratación de mano de obra y la creación de puestos de trabajo en general, exenciones de impuestos a ingresos personales y la instauración de condiciones muy favorables para fomentar la inversión de capitales provenientes del exilio cubano. Todo parece indicar que los paradigmas economicistas y estatistas de Cuba abrirán por lo menos un resquicio para ajustarse gradualmente a la economía global.

El Estados Unidos de Obama no es el de antes

Desde 2009, Barack Obama había declarado que la política de sanciones hacía Cuba era un fracaso. En abril de ese año, su gobierno abolió las restricciones al envío de remesas, a los viajes familiares y a las oportunidades de intercambio cultural y académico con Cuba. Sin embargo, el surgimiento de asuntos de política exterior más apremiantes para EUA en 2010, así como la detención en Cuba de Alan Gross, un consultor para la Agencia Internacional para el Desarrollo Estadounidense, en diciembre de 2009, desaceleró los cambios. Desde su campaña por la reelección en 2012 se sabía que Obama estaba frustrado con el impasse y deseaba redoblar los esfuerzos de su administración, sobre todo tras las reformas anunciadas el año anterior en el VI Congreso del Partido Comunista Cubano con el apoyo del Secretario de Estado, John Kerry.

Concurrentemente con la voluntad política de Barack Obama, se ha gestado un cambio significativo de percepción de los electores de EUA con respecto a Cuba. Una encuesta realizada en 2014 por el Atlantic Council señaló que el 56% de los estadounidenses apoyan la normalización de las relaciones entre Washington y la Habana. La misma encuesta revela dos números sorprendentes: 63% de la población de Florida y 52% de los republicanos están a favor del levantamiento del embargo. Estos resultados muestran un cambio radical de opinión, pues los electores de los dos partidos principales de EUA apoyan un cambio de política exterior hacia Cuba y en el estado de Florida, que solía ser el mayor impulsor de una política dura frente al régimen. 2 de cada 3 personas quieren la normalización de las relaciones.  La misma encuesta muestra que la mayoría de los estadunidenses quieren tener la posibilidad de viajar y hacer negocios en Cuba, y no consideran al régimen de Raúl Castro como terrorista, ni como un riesgo de seguridad nacional para el país. Hoy en día, prominentes y adinerados cubano-americanos  que solían estar ligados a grupos anticastristas están en pláticas con la Habana para negociar posibles inversiones futuras de gran escala en la isla.

El momento adecuado

Tras dos décadas de andar por el mundo sin el cobijo de la URSS, Cuba ha construido sin duda una red de apoyo internacional que le permite mantener un cierto (aunque precario) equilibrio frente a los Estados Unidos. El gobierno cubano cuenta con la simpatía de los gobiernos latinoamericanos de todas ideologías, además de haber generado alianzas estratégicas con China, Rusia y la Unión Europea.

Sin embargo, ante la imparable caída de Venezuela, el último gran aliado del viejo régimen cubano, la Habana sabe que requiere del comercio con Estados Unidos para evitar una nueva crisis económica y sabe también que los lazos, aún fuertes, con la poderosa diáspora cubana en Estados Unidos se pueden convertir en un recurso importante para construir esa relación. El aumento por cuatro de la cantidad de dólares que los cubano-americanos podrán enviar a

Cuba, y el aligeramiento de las medidas en contra del turismo y el comercio en los sectores de telecomunicaciones y agroindustria, serán vitales para la economía cubana.

La experiencia de las aperturas económicas en China y Vietnam, similares a la que se anunció en el VI Congreso en 2011, condujo a cambios y a una apertura política. Ése es el objetivo buscado por Estados Unidos. Su política punitiva hacia Cuba ha afectado gravemente su imagen en América Latina y ha restado poder a instituciones como la OEA frente a la más contestataria CELAC.  Peor aún, desde una perspectiva doméstica para los Estados Unidos, el bloqueo a la isla conlleva un alto precio económico en términos de costos de oportunidad y, últimamente, un costo político incluso en los grupos tradicionalmente favorables a éste. En resumidas cuentas, y Obama lo sabe, la política punitiva hacia Cuba ya resulta cara e insostenible políticamente. Desde la perspectiva del gobierno demócrata la abolición del bloqueo a Cuba representa una jugada política que puede crearle apoyos políticos en todo el país, incluyendo el mismo estado de Florida, que necesitará para fortalecer su posición en las siguientes elecciones presidenciales. Si no eso, por lo menos, necesita quitarle la oportunidad de capitalizar la situación al partido republicano.  

No podemos esperar que Estados Unidos, de la noche a la mañana, comience a tratar a Cuba como su socio, ni viceversa. Lejos de ello, las relaciones entre ambos países siempre incluirán un alto nivel de sospecha mutuas, pero en definitiva, la liberación de Alan Gross por parte del gobierno cubano, y de los tres espías cubanos del famoso grupo “de los cinco” que Estados Unidos mantenía encarcelados, y que la Habana enarbolaba como principal herramienta de propaganda, son muestras mutuas de buena fe, sin precedentes, entre ambos países. 

Gonzalo Escribano Tamayo es geopolítico y analista del discurso. El autor quisiera agradecer a Diego Vázquez y Ercilia Sahores por sus contribuciones en la redacción de este artículo.