Hace un par de meses Héctor Aguilar Camín publicó en Milenio una serie de artículos en que caracterizaba el populismo y advertía sus riesgos. Aunque este trabajo a propósito de su argumento pueda parecer tardío no lo es: el tema cobra más vigencia después de las elecciones y el triunfo de figuras como Jaime Rodríguez, el llamado “Bronco”, y Enrique Alfaro, además del exitoso debut del Movimiento de Regeneración Nacional. Celebro que Aguilar Camín discutiera seriamente el tema porque, dada la decadencia de nuestra democracia, será importante para años futuros.

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Aguilar Camín sostiene en su serie de artículos —apoyado en Roger Bartra— que el populismo se da en procesos incompletos de modernización, en un espacio casi inevitable de debilidad de los reformadores: cuando las lealtades de los viejos beneficiarios del orden de las cosas ya se han ido y antes de que se consoliden las de aquellos que podrán “medrar  del nuevo orden”, Maquiavelo dixit. Sería el caso del gobierno del PRI. 

Pese al título de su serie de artículos (“La tentación populista”), Aguilar habla casi sólo de cómo el fenómeno representa una amenaza. Para el futuro inmediato, el populismo estaría representado por López Obrador puesto que, en medio del proceso reformador, su grito contra la “mafia” —que es una caricatura— alcanza credibilidad.

En este texto debato con algunos de los argumentos de Aguilar para sostener que el populismo lopezobradorista no es necesariamente amenazante para nuestro sistema político y que incluso puede resultar un correctivo para nuestra democracia. Comenzaré por la base teórica. 

Aguilar —ya lo dije— sostiene la muy vieja tesis de que los populismos son algo así como desviaciones políticas que surgen en la ruta de un cambio modernizador, en que los sectores que se quedan “atrás”, se movilizan a instancias de un líder contra los que están “adelante”, por no alcanzar a ser incluidos en los beneficios de dicho cambio. Son “asincrónicos”, premodernos por comparación a los incluidos. Ya triunfante, la política populista se caracterizaría por introducir nuevas clientelas al erario. 

Pero caracterizar al populismo como enfermedad de la modernización es un error, que en realidad a la serie de artículos de Aguilar Camín le viene de Roger Bartra. Bartra reformuló las posiciones de Gino Germani y Torcuato Di Tella sobre el populismo en una llamativa definición que cito a continuación: populismo sería “una cultura política alimentada por la ebullición de masas sociales caracterizadas por su abigarrado asincronismo y por su reacción contra los rápidos flujos de deslumbrante modernización”. 

Esta definición no es vigente. Fue formulada con elementos provenientes de los años setenta que se referían a los viejos populismos industriales (el varguismo, el peronismo y hasta el cardenismo) y olvida claramente los fenómenos populistas de hoy. Los autores de los setenta, no obstante, no están en un error: se refieren a populismos a los que la definición casa bien, pero ¿Cómo podríamos aplicarla a la ultranacionalista Marine Le Pen del Frente Nacional en Francia, a quien hay consenso en llamar populista?, ¿Cómo lo haremos con el UKIP inglés?, ¿Sería útil para estudiar el caso del partido de la libertad en Austria?, ¿Son esos casos de sociedades con modernizaciones incompletas?, ¿Es el caso del populismo confeso de Podemos en España? O, más cercanamente: ¿El movimiento populista del “Bronco” apela a las masas premodernas facebookeras de Nuevo León en contra de los modernizadores excluyentes?

Bartra —y con él Aguilar Camín—, parece, ha dejado pasar bajo el puente de su definición, todo el río de tinta y hechos que ha corrido desde entonces sobre el populismo y que aclara un poco más sobre los problemas de hoy. 

La asociación histórica del populismo con un proceso inconcluso de modernización y —como dice Aguilar Camín— a un modelo de distribución consistente en “introducir clientelas al erario”, favoreció la idea de que esas eran sus características propias. Por eso, cuando se presentaron fenómenos de rasgos políticos similares pero con diferencias económicas y de modelo de desarrollo surgió un cierto desconcierto y se dio en llamarles neopopulismos. Se trata de los casos de Collor de Mello en Brasil, Menem en Argentina y Fujimori en Perú. 

A partir de entonces hubo una reformulación más o menos general y, para la mayoría de observadores, se tomó como dada la demostración de que el populismo es un fenómeno esencialmente político[1] en el que las formas económicas y el grado de desarrollo constituyen variantes históricas (desde los narodniki rusos y el People’s Party estadunidense). Laclau diría que no es posible situar al populismo siempre en una etapa transicional del desarrollo, porque hacerlo supone que la medida en que la sociedad se sincronice (todos los sectores se modernicen), se liberará de este tipo de fenómenos que, en realidad, pueden ser también fruto de la desigualdad de cualquier tipo que todo orden político suele propiciar.

La realidad no deja de confirmar que el populismo no está anclado a una sola línea de desarrollo modernizador; muchas otras pueden resultar propicias para el ascenso de liderazgos populistas. Dos ejemplos: la irrupción de nuevos actores colectivos en modernizaciones “completas”, que, incluidos en el desarrollo, no son fácilmente asimilables en las instituciones políticas (como sucede en los populismos antiinmigrantes de Austria o Francia) o, también, el caso de lo que puede llamarse —siguiendo a Bartra— “desmodernizaciones” (el caso de España).

Asimismo, otras condiciones como el contacto por medios de comunicación novedosos —el radio con Perot, youtube con Podemos, Facebook con el “Bronco”—, el descrédito de los partidos por corrupción o igualación, así como eventos agraviantes —como los atentados del 11-S— pueden constituir terreno propicio para el discurso populista.

Ya en el clásico libro de Ghita Ionescu y Ernest Gellner, Peter Worsley advertía con claridad que hay una multiplicidad de circunstancias históricas que han prohijado el populismo y que sería un error atribuir a una de ellas con su significado,[2] lo que hoy es evidente si se considera que el concepto se utilizó para describir desde movimientos del siglo XIX hasta gobiernos neoliberales y antineoliberalismos contemporáneos, si bien sigue compartiendo la premisa de que la gente común es mejor que las elites actuales.[3]Otro consenso, desde entonces hasta hoy, es que en los populismos hay un segmento social multiclasista importante dispuesto a la movilización (no necesariamente a la manipulación autoritaria y demagógica) por encontrar en el manejo y resultados de las instituciones políticas una frustración reiterada de sus expectativas.

Es decir, aunque no necesariamente surgen populismos en el tránsito de una sociedad tradicional a una moderna que implica asincronismos, sí puede afirmarse que no cualquier momento es propicio para que surjan y, más específicamente, que se dan como respuesta a una crisis de representación (la mencionada frustración de expectativas), que puede tener diversas causas que alguien aprovecha para construir un discurso que le erija en representante del diverso descontento. Entonces, repito, el populismo es un fenómeno político que no está sujeto a una sola de sus formas históricas: no es de izquierda ni de derecha, estatista ni neoliberal, de sociedades modernas o modernizándose. Es fundamentalmente antielitista en un sentido particular: rechaza a las elites en el poder e intenta desplazarlas. Eso no es necesariamente amenazante para un país o una democracia o una mala respuesta a los insatisfechos. Puede ser, incluso, refrescante, renovador.

El nexo modernización inconclusa-populismo tiene el grave defecto de que deja intocada la promesa de quien dice estar modernizando: se le da el beneficio no de la duda sino de la certeza: de que el proceso que conduce acabará en una sociedad más moderna y rica que tendrá más beneficios para repartir. Además, —al ser la interrupción de un proceso eventualmente benéfico— se piensa que el triunfo populista será necesariamente amenazante. 

En el caso mexicano las coordenadas de modernización ni siquiera están en un primer plano del ascenso populista. El lopezobradorismo, en un primer momento, creció ante el desafuero de AMLO emprendido por Fox, que para muchos escenificó un atentado a nuestra democracia germinal. En un segundo momento —ahora— ante el Pacto por México, que significó la igualación programática de los partidos, pero también ante la corrupción, tema principal de la campaña de Morena y de populistas exitosos como el “Bronco” y Enrique Alfaro. ¿En qué rasgos discursivos o promesas suyas podría advertirse que creció ante los primeros indicios de modernización inconclusa? Me parece que en ninguno.

Si quitamos de la base teórica del argumento de Aguilar Camín el necesario vínculo modernización inconclusa-populismo-crisis fiscal, encontraremos una caracterización mucho más limpia del populismo en la que las consecuencias no se anticipan. Lo que nos quedaría sería lo siguiente: el populismo como un tipo de política que aprovecha —mediante un discurso antiinstitucional y un liderazgo carismático— el resentimiento social para movilizar a los sectores marginales con vistas a algunas promesas, entre las que pueden estar tanto una ‘revancha’, cuanto el cumplimiento de “derechos escritos y no escritos” (a más riquezas, representación política, justicia, rentas del estado). Para ello, se vale de polarizar a la sociedad, tanto como pueda, entre un pueblo pretendidamente bueno y un gobierno malo.

Creo que en todo eso Aguilar Camín tiene razón. El populismo sí critica a las instituciones y moviliza sectores plurales para exigir el cumplimiento de derechos y la reivindicación del pueblo, en abstracto, ante las elites. También presume que el gobierno que no trabaja por la inclusión, los derechos y el desarrollo, es un mal gobierno. Sin embargo, esto no debería ser extraño y mucho menos un problema: se supone que, en las democracias, los intereses de las mayorías sociales y los derechos deberían ser prioritarios en la gestión de los gobiernos. Con ello coincidiría Aguilar Camín cuando dice que la solución contra la amenaza de la tentación populista está en el desarrollo mismo, económico y político, con inclusión, en forma de estado de bienestar e imperio de la ley. Si estas cosas son justo las que reclaman los populistas, ¿por qué entonces el populismo sería necesariamente un problema?, ¿no es sólo el cumplimiento de las promesas de la democracia lo que el populismo reclama?, ¿no se trata de una divergencia en la estrategia?

Lo esencial del fenómeno populista y en lo que se decidirá si el reclamo que presenta es sincero o una estrategia para atentar contra la democracia está en su desarrollo específico. Sólo las bases sociales de su movilización, su discurso y su trayecto, pueden darnos un indicio al respecto. Ir de la realidad a la teoría y no al revés. 

Veamos el caso del lopezobradorismo. Si una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, entonces el populismo lopezobradorista podría caracterizarse como democrático sólo en la medida en que sus momentos menos democráticos o más antiinstitucionales no anuncien un cariz claramente autoritario. Propongo revisar tres: su negativa a obedecer un fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación alegando su ilegalidad como jefe de Gobierno en 2004, su reclamo de fraude electoral en 2006 y más moderadamente en 2012, y el impedimento momentáneo para que funcionaran las cámaras legislativas en el proceso de reforma energética de 2008. Dejo de lado el sistema de becas y otras transferencias dado que, incluso una vez asentados en la ley, no provocaron crisis fiscal alguna en el GDF cuando AMLO lo dirigió.

1. Tras un juicio de amparo en que se pedía el pago de una indemnización por la expropiación del Paraje San Juan, se determinó que el gobierno del DF debía pagar más de mil 800 millones de pesos al supuesto dueño del terreno, lo que después convalidaría la Suprema Corte. Después, tras la negativa de AMLO a pagar y su paso a la ofensiva al repartir culpas de un supuesto fraude, la Secretaría de la Reforma Agraria clamaría la propiedad original del terreno que otro se atribuía, se demostraría la falsedad de documentos presentados,  y la indemnización se reduciría a sólo 60 millones. Se desobedeció, desde luego, un mandato institucional con bases legales. Pero eso, más que mermar la legitimidad de las instituciones, obligó a un fallo visiblemente menos fraudulento y oneroso. Difícilmente podría decirse que el resultado fue dañino para la institucionalidad democrática.

2. En la oposición, se adjudica a López Obrador el descrédito de las instituciones electorales por el reclamo de un fraude en 2006 con instrumentos desleales como el reclamo de que había tres millones de votos “perdidos” cuando en realidad estaban en el archivo de inconsistencias. A esto se suman los actos de protesta y arengas como “al diablo con sus instituciones”, así como la tentativa de impedir que Felipe Calderón tomara protesta. Pese a esta estridencia, AMLO nunca reorientó la lucha en pos de su proyecto por otros medios que no fueran los electorales y, antes bien, fue una de las causas del cambio del modelo de comunicación en la reforma electoral de 2007. De la elección de 2012 podría decirse lo mismo, con los consecuentes cambios posteriores en materia de fiscalización. Esos controles, consecuencia directa del reclamo, ¿Son perniciosos para la institucionalidad democrática? Yo diría que más bien al contrario. 

3. Lo mismo podría preguntarse sobre el “movimiento en defensa de la soberanía nacional” que en 2008 impidió que sesionaran las cámaras legislativas para aprobar en fast-track la reforma energética propuesta por Felipe Calderón. No fue sino hasta que se alcanzó un acuerdo que instituía un debate público sobre la reforma que el conflicto amainó. Después de dicha discusión y cambios sustanciales introducidos por la deliberación y la movilización, avanzó una reforma sensiblemente diferente ante el relajamiento del bloqueo legislativo de los lopezobradoristas. ¿No era obligada esa deliberación, —por cierto otra de las promesas de la democracia liberal?

En el sentido antes dicho, a veces el populismo puede no ser una amenaza sino más bien —como dijeran en su magnífico estudio Cas Mudde y Cristóbal Rovira—[4] un correctivo para la democracia. Coincidiría también con el estudio de Kathleen Bruhn en que el populismo lopezobradorista ha derivado en correctivos para nuestra democracia, como intento mostrar arriba ¿Por qué no podría hacerlo en el gobierno?[5]

Gibrán Ramírez Reyes


[1] Paramio, Ludolfo, “La izquierda y el populismo”, en Pedro Pérez Herrero (ed.), La “izquierda” en América Latina, Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 2006. P. 30.
[2] Ghita Ionescu y Ernest Gellner (comp.), Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu: Buenos Aires, 1970.
[3] Benjamín Arditi, La política en los bordes del liberalismo: diferencia, populismo, revolución, emancipación, Barcelona: Gedisa, 2010. P. 128.
[4] Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, Populism in Europe and the Americas. Threat or Corrective for Democracy?, Cambridge University Press, 2012.
[5] Ver, en el mismo volumen citado arriba, “To hell with your corrupt institutions!: AMLO and Populism in Mexico”, p. 88.