A la muerte de Mao Tse Tung, en 1976, la República Popular de China se asomaba a los abismos de la incertidumbre política, social y económica, en el contexto del mundo bipolar de esos años de guerra fría y tensiones calientes. Al igual que le ocurriría a la Unión Soviética a finales de los años ochenta, la situación era crítica para los dirigentes de la revolución que en 1949 se impuso al Kuomintang (el partido nacionalista chino, de tendencias liberales), para instaurar un Estado comunista. Hoy, a casi 40 años de distancia del fallecimiento del gran líder de la Revolución Comunista, el verdadero constructor del Partido Comunista y del moderno Estado chino, el hombre autoritario y pragmático cuyas tesis dieron la vuelta al mundo de las izquierdas, esos abismos se convirtieron en las praderas del milagro chino que hoy asombra a muchos, especialmente tanto a los neoliberales radicales como a los comunistas más ortodoxos.

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La experiencia china desafía buena parte de  las explicaciones convencionales sobre las transiciones económicas y políticas contemporáneas. Para decirlo en breve, el viejo “Consenso de Washington” ha sido cuestionado por el nuevo “Consenso de Beijing”. Si aquel sirvió como decálogo de cabecera de las reformas y promesas económicas neoliberales respecto del mercado como el principal mecanismo del crecimiento económico y distribución eficiente de los bienes en los países del tercer mundo, el Consenso de Beijing plantea que es el Estado el principal mecanismo de regulación y distribución de los bienes para lograr combinar crecimiento económico y bienestar social en las economías emergentes. Para los neoliberales, las lecciones chinas contradicen el endiosamiento del mercado; para los marxistas ortodoxos, esas lecciones hablan de un fenómeno contranatura: el Estado comunista como promotor del capitalismo, o, para decirlo en palabras de marxismo viejo, China como el Estado capitalista del siglo XXI.

La experiencia china también se aleja tanto de las fórmulas socialdemócratas que combinaron la democracia política, el Estado social y la economía de mercado, como de los intentos de construcción de una “tercera vía” de desarrollo que recuperara el papel del Estado en la regulación económica y en la democratizacin política que tanto impulsó con fuerza intelectual y política el laborismo inglés con Tony Blair como Primer Ministro (1997-2007),  y Anthony Giddens como uno de los intelectuales orgánicos del proyecto y de la idea. Como sabemos, el agotamiento de la fórmula socialdemocráta y el brillo fugaz de la tercera vía, se consumieron entre las llamas de la crisis del final de la primera década del siglo XXI.  Frente a esa historia y proyectos agotados o fallidos, la experiencia china puede ser vista quizá como la “cuarta vía” de desarrollo, una experiencia que se nutre del reconocimiento e impulso de los mercados globales como espacios de crecimiento y competitividad, pero sin una democracia política como factor de desarrollo y bienestar social.    

Pero más allá de la discusión política o ideológica respecto a la caracterización del fenómeno chino, quizá importa identificar los rasgos de las imágenes cotidianas de una sociedad que, a cuatro décadas de la muerte de Mao y del maoísmo, se desenvuelve hoy entre las contradicciones de un régimen no democrático que impulsa un capitalismo global, que produce rápidamente una nueva estratificación social de nuevos pobres y nuevos ricos, de clases medias, miles de empresarios y comerciantes, y la incorporación de más de 34 millones de estudiantes en la educación superior de ese país. Es la transición de una economía basada en la centralidad imaginaria de China como el  “Taller del mundo”, a  la economía de conocimiento como la pretensión china de “Plataforma de innovación del mundo”.

Ciudades que combinan el caos vehicular de millones de bicicletas circulando al lado de automóviles de lujo y transporte público masivo, en medio de un escándalo ininterrumpido del claxon de todo tipo de vehículos; imágenes de miles de chinos en cuclillas fumando cigarros y jugando cartas frente a decenas de rascacielos y centros comerciales,  donde las marcas más exclusivas y caras del mundo ofrecen los bienes del consumo más lujoso que uno pueda imaginar hoy día; callejones oscuros, malolientes y sucios, donde la clásica miseria tercermundista coexiste con  residencias inglesas o francesas del principios del siglo XX que hoy sirven como escuelas públicas u oficinas gubernamentales en ciudades como  Shangai, Beijing o Tianjin; aeropuertos espectaculares, autopistas y trenes de alta velocidad, en los que fluyen masivamente  turistas, académicos, comerciantes y hombres y mujeres de negocios de todo el mundo.  

 Sin embargo, las tensiones entre un régimen político no democrático y una economía de mercado dirigida desde el Estado, comienzan a mostrar las fisuras y contradicciones de una experiencia en muchos casos inédita en el mundo moderno.

Quizá por ello, los esfuerzos por comprender el fenómeno chino sean juegos de sombras más que de producción de certezas intelectuales o políticas. Se parecen un poco a aquello que Joan Manuel Serrat describía con una canción referida  a la “exótica destreza” de un hombre venido de tierras orientales que, a cambio de una cerveza,  proyectaba con sus hábiles manos sombras en la pared de una vieja cantina. Esa canción, esa figura, quizá ayude a comprender las veloces transformaciones y las nuevas paradojas de la economía, la sociedad y la política chinas del siglo XXI, tan lejos del maoísmo nacionalista y tan cerca del pragmatismo económico. “Sombras de la China” para tratar de entender los tiempos globales y otra vez modernos del Consenso de Beijing.  

Adrián Acosta Silva es profesor-investigador en el Instituto de investigación en políticas públicas y gobierno del CUCEA-Universidad de Guadalajara.