El proceso independentista catalán, a diferencia de como lo perciben algunos que no conocen Catalunya más allá de su buena gente, sus playas de moda o el pa amb tomàquet, no es un proceso político partidista, es un sentir ciudadano, civil y democrático, transversal políticamente, expresado en las urnas por más de dos millones de catalanes y representando en el Parlament por 72 diputados. Es un sentir colectivo nacido de la decepción y frustración crecientes alimentados por la inexistente voluntad política del gobierno en Madrid, incapaz de manejar el diálogo y la negociación para resolver problemas y generar acuerdos ganar-ganar.

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El independentismo catalán de hoy no es sólo fruto en la reivindicación histórica de nuestros padres y abuelos. La muerte de Franco y la instauración de la monarquía con promesas de democracia, animó a la mayoría de los habitantes de la Península Ibérica ya que por fin podríamos sentirnos europeos y cerrar para siempre aquello de que “África empieza en los Pirineos”. Los primeros años de la naciente democracia fueron esperanzadores, los catalanes teníamos ante nosotros la oportunidad histórica de recuperación de nuestra identidad, masacrada por el totalitarismo fascista de Franco. Creíamos que nuestra aportación, como pueblo trabajador y orientado a resultados que somos, contribuiría a fortalezas no sólo a Catalunya sino también a España. No entendíamos porque España tenía que dividirse en 17 comunidades autonómicas, cuando las únicas zonas anexadas históricamente al sistema político central eran Catalunya, el País Vasco y Galicia. Pronto comprendimos que el gobierno de Madrid y la monarquía española jamás aceptarían la más mínima diferencia entre sus súbditos, no importaban sus antecedentes históricos, sus particularidades jurídicas y culturales, las formas y razones de por qué y cómo fueron incorporados a su política centralista con resabios imperialistas de los cuales el Estado español nunca se ha liberado. El pasado se cerraba de un plumazo con el enredo llamado “Café para Todos”, lo que importaba ahora era el presente y un futuro prometedor donde los “pretendidos socios” (las 17 comunidades) no serían consultadas en la toma de decisiones, a no ser que sus gobiernos autonómicos pertenecieran al partido de la cúpula reinante. Catalunya no obstante estaba decidida: aportaría conocimiento, trabajo y esfuerzo por encontrar en Madrid socios con quien aliarse en la construcción del prometido mundo mejor.

En 2003 el secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), José Luis Rodríguez Zapatero, en Barcelona, ante cerca de 20,000 personas que asistieron al mitin central de su campaña electoral, declaró: “Respetaré el Estatuto que apruebe el Parlamento de Catalunya” prometiendo además una “España plural” a través de la reforma del senado para convertirse en una auténtica cámara de representación territorial para que los organismos del Estado “tengan presencia en todo el territorio nacional”, incluido, claro está, Catalunya. El 30 de septiembre del 2005 el Parlamento de Catalunya votó la reforma del nuevo Estatut que se presentó a las Cortes Generales para su refrendo. La llegada del Estatut al Congreso de Diputados marca el comienzo de la transición de la ilusión a la decepción, de la fe al sentimiento progresivo de humillación más profundo. El Partido Popular inició, alentado por su representante Mariano Rajoy, una recogida masiva de firmas por toda España en contra del Estatut, y en contra  de los mismos catalanes con expresiones agresivas indignas de un gobernante. Zapatero se asustó y prefirió defender el café para todos que sus promesas de la “España plural”.

Las promesas de gobierno no cumplidas, las humillaciones del PP, las expresiones agresivas de Rajoy y la certidumbre de que jamás desde Madrid se reconocería la singularidad de Catalunya por su lengua, su cultura, su manera de ver el mundo y el trabajo, por su alta aportación a la economía y progreso de España, marcaron el inicio del independentismo contemporáneo catalán.

Los sucesos que siguieron estuvieron marcados por la actitud cerrada por parte de Rajoy, su voluntad explícita de no negociar. Ante el descontento catalán responde con amenazas, injurias y golpes bajos… ¡Qué diferencia con Cameron en Inglaterra ante las reivindicaciones independentistas en Escocia! Cameron hizo lo que pudo para demostrar a los escoceses que Inglaterra los quería y que estarían mejor juntos que separados. Rajoy hizo lo contrario, demostró ser digno heredero de la España Imperial decadente y odiosa que tantos enemigos hizo en Europa y en América. En Europa todavía hoy en los Países Bajos se asusta a los niños con la frase: ¡Que viene el Duque de Alba! y en América, como mexicanos necesitamos recordar la actitud del gobierno español ante las reivindicaciones de los criollos y su lucha por la independencia.

Catalunya es la última colonia de España, un territorio que la unión matrimonial de los Reyes Católicos no unió. Los Reyes de la Casa de Austria gobernaron los Reinos de Castilla y de Aragón respetando su autonomía jurídica. Fueron los Borbones en virtud del testamento de Carlos II, cuya veracidad hoy se pone en duda por ciertos especialistas italianos, quienes en 1714 ocuparon Catalunya por la fuerza de las armas y anularon sus leyes forales y sus privilegios ancestrales. Desde entonces Catalunya se convirtió en una colonia sometida por España. 

La muerte de Franco y la instauración monárquica, que prometía una democracia basada en el bienestar, se ha convertido en una falacia para la mayoría de los catalanes. En lo financiero, Catalunya es la autonomía de España quien más contribuye al PIB y la que tiene menos dotación en infraestructura. Es la novena autonomía en recibir inversión por parte del estado español. Ante las reclamaciones, este gobierno emite amenazas y manipula las leyes y al propio Tribunal Constitucional, cuyo presidente ha sido miembro del PP y se caracteriza por sus comentarios contra Catalunya. Lo último es el estrangulamiento y control financiero… por fin el gobierno de Madrid se baja la careta y muestra su faz verdadera: Catalunya es tratada como una colonia.

Es por todo eso que la sociedad civil catalana ha dicho “¡Basta!”; la mayoría de los catalanes creemos firmemente que el mejor futuro para nosotros y nuestros hijos está en un estado propio y soberano, independiente de España, “fuera de su incompetencia política para tratar asuntos políticos”. Sabemos que el camino no es fácil, Catalunya tiene más de 300 años que no se administra a si misma y crear un estado propio en la complejidad del mundo actual implica un esfuerzo enorme. Los políticos que nos representan tienen el reto de generar una visión común que nos acoja a todos, para ello deben congeniar desde los intereses opuestos de partido,  aprender ejercitarse  a negociar desde lo más alto. Su curva de aprendizaje en este proceso es la mejor lección que podemos aprender y aportar: su interés genuino y honesto por la construcción de la República Catalana que la mayoría de los catalanes queremos.

Montserrat Cama Gual forma parte de la Assemblea Nacional Catalana en México.