El día de antier, 25 de abril, fui a la presentación de un libro en un Instituto de la UNAM. El objeto de la misma era un libro sobre un tema al que he dedicado muchos años y que, por lo tanto, conozco bastante bien. Va por delante que si el evento académico que suscita estas líneas tuvo lugar en la UNAM, lo que voy a escribir aquí surge de experiencias similares que he vivido a lo largo de muchos años en diversas instituciones académicas de la Ciudad de México (incluyendo por supuesto a la que pertenezco, El Colegio de México), así como del interior del país.

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En el evento aludido estuvieron presentes personalidades académicas de primer nivel, quienes vertieron elogios sin medida a un libro, más bien un folleto, que no aporta nada al campo de estudio al que pertenece. Eso pensaba cuando salí del recinto donde tuvo lugar dicho evento y mientras me dirigía a mi casa. No es, por supuesto, la primera vez que me invade una sensación parecida al terminar un evento académico; esta vez fue en la UNAM, pero me ha sucedido en el CIDE, en el ITAM, en la FLACSO, en la UAM y en el COLMEX. Esta vez, sin embargo, decidí poner por escrito algunas de las “conclusiones” a las que me llevó el evento en cuestión y lo que cabe colegir de ellas.

De entrada, se impone la pregunta sobre por qué organizar eventos académicos (presentaciones de libros, conferencias, seminarios, etc.). La respuesta debería ser siempre la misma: porque se considera que aporta algo al conocimiento. Ahora bien, en México las razones parecen ser otras: compromisos de diverso tipo, dinero que hay que gastarse, quedar bien con algún colega, homenajear a una “vaca sagrada”, hacerle promoción a alguna causa o a alguien en particular, etc. Se me replicará que esos son “gajes del oficio” académico. No lo son y mientras así se les considere, la calidad de las ciencias sociales y de las humanidades en México seguirá en el estado de postración que es posible percibir en diversos ámbitos. Claro está que tanto las ciencias sociales como las humanidades seguirán ahí (aunque sobre estas últimas por momentos cabe dudarlo), pues son un atributo y un legado de la cultura universal y académica; por más que se deterioren, no desaparecerán.

Aquí está uno de los puntos fundamentales que quiero transmitir: como sabemos que las ciencias sociales y las humanidades seguirán existiendo, seguirán estando ahí pase lo que pase, ¿qué más da si escribo un artículo “chafita”, o publico un libro que es un “refrito”, o presento una ponencia que sé que no aporta nada? De los dictámenes, que potencialmente podrían elevar la calidad de todo lo que se produce en el ámbito académico, no podemos esperar mucho, por la simple y sencilla razón de que en el medio académico mexicano los dictámenes no reciben la importancia, la consideración o el valor que sin lugar a dudas les corresponde (sobre este tema, véase “El fallo de la dictaminación”). Al no existir controles adecuados, ni institucionales ni de otro tipo, no hay entonces incentivos externos para hacer las cosas mejor, para dedicarles más tiempo, para no improvisar. Se me replicará en este caso que lo que planteo no aplica a todos; efectiva y afortunadamente, no aplica a todos. Sin embargo, aplica en los suficientes casos como para que algunas áreas de las ciencias sociales y de las humanidades estén, hasta donde alcanzo a ver, estancadas.

Hay muchas maneras de tratar de aterrizar lo que acabo de decir sobre nuestro anquilosamiento. ¿Cuántos de nuestros científicos sociales y de nuestros humanistas están al nivel de los científicos sociales y humanistas más destacados en el mundo? Se me dirá que no hay que aspirar a tanto para calibrar a nuestras ciencias sociales y a nuestras humanidades. En ese caso, pregunto: ¿cuántos de los seminarios y congresos a los que asistimos tienen lugar fuera de México? (si quieren ser fieles a ellas mismas, las ciencias sociales y las humanidades no pueden pecar de ningún tipo de nacionalismo). Si lo anterior también es pedir demasiado, me limito a una pregunta más modesta: ¿a cuántos eventos académicos realmente estimulantes o intelectualmente ambiciosos han asistido los lectores durante los últimos meses?

Es imposible para mí saber si lo que planteo aquí removerá algunas fibras entre los académicos mexicanos. Me cuesta trabajo pensar, sin embargo, después de las numerosas conversaciones que he tenido sobre estos temas con colegas de distintas instituciones, que no habrá un número importante de científicos sociales y de humanistas a quienes no los asalten de vez en cuando cuestionamientos de la misma naturaleza (cabe apuntar que entiendo por “humanista” a un cultivador de las humanidades, no alguno de los varios significados espurios que algunas instituciones académicas privadas se empeñan en difundir). Creo que no es errada, ni mucho menos, la idea de George Steiner de que las humanidades se rezagan cada vez más en las sociedades actuales no solo por la lógica utilitaria y crematística que guía a la civilización contemporánea, sino también porque los profesores de humanidades simple y sencillamente no son lo exigentes que debieran ser.

No es éste el lugar para sumarse a las lamentaciones del lugar cada vez más precario de las humanidades en el mundo de hoy o, más específicamente, en el mundo académico de hoy, que es lo realmente grave. Sin embargo, a esa precariedad indiscutible desde hace mucho tiempo (¿desde que terminó el Renacimiento?) tenemos que sumarle ahora otro elemento de no escasa entidad: internet, “el mayor asalto a la atención humana que jamás se ha inventado”, como leí hace un par de días. Otro lamento común, se me dirá, pero quienquiera que haya sido profesor en una universidad mexicana durante los últimos lustros tendrá clarísimo lo que “la red” ha significado para el aprovechamiento académico de los estudiantes y para el tiempo que dedican a la actividad que debiera constituir la principal actividad de todo científico social y de todo humanista: la lectura. ¿Se puede llegar a ser un científico social o un humanista destacado sin dedicar mucho tiempo a leer? La respuesta es evidente.

Que nuestro país necesita más técnicos y menos humanistas, puede ser; que la pura lectura no es suficiente para ser un científico social competente, sin duda; que la revolución cibernético-comunicativa ha hecho inmensas aportaciones a la vida académica contemporánea, por supuesto. Lo que quiero transmitir aquí, no obstante, es un anquilosamiento o, si se quiere, lo que yo percibo como tal: el de las ciencias sociales y las humanidades en México. Entre la falta de exigencia, el no salir de nuestra zona de confort y la mixtura que se da con relativa frecuencia en algunas universidades entre la ciencia social y el activismo, el futuro de la calidad académica y de eso que repele a muchos, la “excelencia académica”, me parece poco promisorio.

Mientras sigamos presentando libros porque nuestro amigo es el autor, mientras los comités de tesis se sigan constituyendo sobre todo por motivos de amistad, mientras sigamos haciéndonos de la vista gorda ante muestras evidentes de falta de seriedad académica, mientras persistamos en considerar la dictaminación como una actividad académica menor, mientras el plagio académico no reciba las sanciones que merece, mientras los concursos por plazas académicas no sean sino amaños, mientras escribamos reseñas que más bien son panegíricos, mientras no exijamos a nuestros alumnos más lectura y más atención a la misma, mientras sigamos fomentando en nuestros estudiantes la lectura de pura pedacería cibernética (como si los libros no existieran), mientras la auto-complacencia institucional sea la norma (pocas cosas son tan corrosivas para la calidad académica como esta auto-complacencia), mientras sigamos encandilados con los libros-homenaje y los eventos-homenaje, mientras sigamos privilegiando la redacción de libros coordinados/dirigidos/editados en detrimento de los libros de autor, mientras no le demos a nuestros alumnos la calificación que merecen (por más baja que sea), mientras sigamos honrando intelectualmente a colegas de nuestra misma institución por el artículo que escribieron hace 20 años, mientras llegado el momento no hagamos lo que nos corresponde para permitir la renovación generacional que toda institución académica requiere y exige, mientras los puestos académicos directivos sigan siendo vistos como trampolín o patente de corso, mientras sigamos con nuestras prácticas endogámicas (al interior de cada institución) y mientras continuemos pensando que las ciencias sociales y las humanidades se mantendrán (y prosperarán) por sí solas y no por la calidad del trabajo que hacemos día tras día, mientras todo esto suceda, el estancamiento de ambas en México seguirá siendo el elefante que nadie quiere ver (a pesar de estar apoltronado en el corazón de nuestras universidades y de nuestros centros de investigación).

A todos los académicos nos tocan, de uno u otro modo, algunos de los elementos mencionados en el párrafo anterior. Salir de la postración no se derivará de la medida X o de la disposición Y tomadas por el CONACYT o la SEP (aunque medidas y disposiciones inteligentes y certeras sin duda pueden contribuir a ello). El primer paso para salir del estado en el que nos encontramos es que la comunidad académica mexicana tome consciencia de que la situación es deplorable en muchos aspectos y que, por lo tanto, las cosas deben cambiar. Las ciencias sociales y las humanidades en México pueden ser mejores, más exigentes, más ambiciosas y más internacionales (sin caer, sobra decirlo quizás, en el fetichismo made in USA de algunas instituciones). A partir de esta consciencia cabe esperar que las cosas empiecen a cambiar. Lentamente, sin duda, pero lo suficiente como para que eventos como al que asistí antier sean cada vez menos frecuentes. Ese evento concreto es parte de un ambiente general del cual, insisto y con esto casi concluyo, no me puedo eximir: por acción, por omisión o por ambas, a ese ambiente contribuimos un porcentaje considerable de los científicos sociales y de los humanistas de este país. En todo caso, sin ánimo de fomentar un optimismo pueril y en buena lógica con algunos aspectos nodales del diagnóstico que he bosquejado en estas líneas, creo que la suerte no está echada.

Roberto Breña