“¡Qué es esta estatua? Sólo es piedra, pero lo importante es aquello que representa. Cualquier ciudadano que la vea la considerará su ancestro […] como iraquí, cuando viajo al exterior siempre digo que soy hijo de babilonios”.
Vox populi iraquí

 

El 8 de junio, el llamado Estado Islámico amenazó con atacar las pirámides de Giza en la ciudad de El Cairo, Egipto. Aquello no es lo más alarmante. Al tiempo que daban a conocer sus intenciones, el video difundido mostraba la destrucción de un templo antiguo en la ciudad asiria de Nimrud, en Irak, dedicado a Nabu, dios babilonio de la sabiduría y las ciencias. La ironía en una de sus más crueles expresiones. De acuerdo con la organización terrorista, la destrucción se llevó a cabo para prevenir a los musulmanes de regresar a idolatrar a los dioses preislámicos. La destrucción del templo –parcial, presumiblemente— nos muestra que la ignorancia y el extremismo desencadenan paranoias radicales que, como don Quijote, los lleva a luchar contra molinos de viento. El conocimiento construye y conserva, mientras la ignorancia y el fanatismo llevan a la destrucción de su propia herencia cultural e identidad.


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Desde sus inicios y como parte de sus políticas para desencadenar terror y obtener recursos, el Estado Islámico –al que de ahora en adelante denominaremos Daesh1 adoptó una política de destrucción y contrabando sistemáticos de algunos de los sitios arqueológicos más importantes en Siria e Irak. La lista es, lamentablemente, larga: La Puerta de Nergal en la ciudad histórica de Nínive, las ciudades de Palmyra y Nimrud, templos cristianos romanos en Mosul, mezquitas y la ciudad de Hatra – declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985. Todos perdidos. Sin embargo, las amenazas a Egipto pueden considerarse una novedad por una sencilla razón: El Cairo no se encuentra inmerso en el “califato de facto” de Daesh. Anteriormente, todo acto vandálico se había realizado en la región inmediata a sus principales bastiones urbanos, como Mosul en Irak, y Raqqa y Deir Ezzor en Siria. ¿Cuál es la lógica detrás de esta política, presente casi desde los orígenes de la organización terrorista? ¿La decisión de amenazar Egipto es esta una muestra de debilidad o desesperación por parte de los extremistas? ¿Acaso no existen puntos estratégicos más importantes a los que tuvieran que dirigirse dentro de los países donde mantienen mayor control territorial?

Pese a quien le pese, debemos aceptar que los asesores de Daesh hacen una excelente lectura del panorama político en Occidente. Saben que un golpe a la cultura duele e indigna. Tras los atentados en París de noviembre de 2015, una de las primeras apariciones del Presidente François Hollande fue en un evento de la UNESCO en la capital francesa. Ahí, afirmó que “setenta años después de la creación de la organización, en nombre de un país que fue agredido pero permanece de pie, me presento ante ustedes para invitarlos a, más que nunca, no sucumbir ante el miedo ni entregarse a las divisiones y el odio. Los invitamos a elegir la vida, la cultura, el diálogo, el respeto y la dignidad”. En términos muy sencillos, la destrucción de vestigios de antiguas civilizaciones deja grabadas poderosas imágenes en la psique del espectador occidental. Como muestra, solo queda recordar la terrible escena donde, una vez tomada la antigua ciudad de Palmyra, facciones extremistas capturaron al curador de la zona arqueológica, lo torturaron brutalmente, lo asesinaron y posteriormente montaron un macabro espectáculo al colgar su cuerpo en una de las puertas de las espectaculares ruinas. Humillación post mortem, consecuencia natural ante el intento de tratar de rescatar un ápice de civilización en una realidad bárbara y atroz. Los ataques en contra de la población civil en territorio europeo dejaron una marca que no se borraría jamás, y Francia no estaba dispuesta a dejar el crimen impune.

Y es que la cultura es la expresión más abstracta y sublime de la capacidad creadora del ser humano. El arte inspira sensaciones de gran intensidad: belleza, asombro e incluso desagrado. En este caso, la gran ciudad de Palmyra –también llamada la “Venecia del desierto”— tuvo la capacidad de sorprender al espectador al ser víctima de la destrucción y al mismo tiempo, tras su captura, de convertirse en símbolo de la dignidad humana que, a pesar de los intentos ajenos por vejarla, se mantiene –en la medida de lo posible— como testigo silencioso de grandeza y horror. La tradición francesa de cooperación en materia de conservación del patrimonio cultural es uno de los atributos de mayor prestigio dentro de su política exterior y su diplomacia cultural. En relaciones internacionales, el término soft power –o “poder suave”— se utiliza para definir la capacidad del Estado de atraer a los demás a partir de sus valores políticos, su cultura, su política exterior –reconocida como “legítima”— y su credibilidad mediante la atracción voluntaria de un Estado hacia el modelo que emite otro Estado.2 La diplomacia cultural, como uno de los componentes del soft power, tiene entre sus principales objetivos establecer vínculos para llevar a cabo acercamientos entre sociedades. Se podría decir que aquí, la cultura es la “cara amable” fundamental para iniciar o fortalecer las relaciones diplomáticas entre Estados.

Este es el lado luminoso. Sin embargo, las acciones de Daesh y la reacción de Hollande nos remiten a una posibilidad poco analizada: la de considerar a la cultura como herramienta de ataque o, incluso, como elemento detonante para que la política exterior de un Estado considere la intervención en un conflicto armado. De acuerdo con lo que nos permite entrever el discurso de Hollande, la protección al patrimonio y el legado de la nación francesa para con la humanidad (es decir, su soft power) no le permiten quedarse pasiva ante los horrores que se viven en su territorio y en el Medio Oriente, particularmente en Irak y Siria. De acuerdo con el mandatario francés, no se trata de un “choque entre civilizaciones”, sino de la lucha contra el jihadismo extremista, para proteger la memoria y evitar futuros crímenes en contra de vivos y muertos. Aunque los esfuerzos militares de Francia en la región se remontan al segundo semestre de 2014, la política exterior y la diplomacia cultural del país actúa como herramienta para justificar y legitimar la intervención en otro Estado y, a su vez, tener la aprobación interna para participar en un esfuerzo conjunto de países en contra de la organización terrorista.

El “rastreo arqueológico” de las zonas vandalizadas nos muestra que los cuadros dirigentes aprovechan la proximidad de sus bastiones urbanos para hacer una periódica “muestra de poder”. Entonces, ¿cuál es la lógica de voltear a Egipto en vez de concentrarse en la defensa de importantes bastiones sirios como Aleppo –patrimonio de la humanidad, de acuerdo con la UNESCO— o Falluya? Recordemos que Daesh se alimenta de inestabilidad. Sus orígenes más inmediatos se pueden justificar con el aumento de la fragilidad de las instituciones iraquíes y el estallido de la guerra civil en Siria durante el periodo de las revueltas árabes. A río revuelto, ganancia de pescadores. Recordemos que esta célula no cuenta el mismo poder en el Norte de África que en las zonas que comprenden su “califato” y Libia. La amenaza de días pasados es una muestra de la nueva campaña dirigida en contra la nación egipcia y de su presidente, Abdel Fattah al-Sisi. Las dirigencias saben que una imagen vale más que mil palabras, por lo que para ellos constituiría “un verdadero sueño” el cumplir su amenaza: destruir uno de los íconos de las culturas antiguas como símbolo de su dominio.

La campaña de Daesh no surge por mera coincidencia; la organización sabe que si no diversifica su presencia en la región, corre el riesgo de verse rodeada y perecer. Además, la recuperación de bastiones de gran importancia como Ramadi, Palmyra y Kobane por parte de facciones rebeldes o por el mismo ejército de Bashar al-Assad, provocaron una disminución en la moral de los combatientes jihadistas. Esto significa que el número de combatientes que se adhieren a las filas de la organización disminuye, hecho que debe preocupar seriamente a la dirigencia. Ante el repliegue y la muestra de fracturas o titubeos ideológicos, Daesh necesita una nueva misión que llene de energía y reafirme las convicciones de sus combatientes. Ahí, Egipto se muestra como una excelente opción para extenderse. La organización cuentan con la lealtad del grupo Provincia de Sinaí desde noviembre de 2014, quienes han logrado llevar a cabo ataques mortales en contra de autoridades egipcias y crear células operativas en ciudades como El Cairo y la Franja de Gaza, región sumamente vulnerable por las condiciones de pobreza en las que vive el grueso de la población. Además, no olvidemos que, como se mencionó anteriormente, desde finales de 2015 la organización lanzó un ambicioso programa de propaganda en contra de Egipto, donde los acusa de adoptar la “falsa religión” de la democracia. La península del Sinaí representa una amenaza para la inestabilidad del gobierno egipcio y una oportunidad para Daesh, pues combina una ubicación privilegiada –próxima al canal de Suez, las fronteras de Gaza, Israel y el mar Rojo— ideal para el inicio de una ofensiva dirigida a recuperar la antigua Palestina de manos de Israel. Así, Daesh le llama a la Península la “tierra del profeta Moisés” y llama a la liberación de manos del “faraón al-Sisi” –quien, curiosamente, en esta versión es defensor y aliado del pueblo judío.

Para finalizar, retomo un cuestionamiento inicial. ¿Se podría decir que el Estado Islámico, como organización transnacional, busca implementar una especie de soft power revolucionario y combativo, cuyo objetivo no es el acercamiento con el “otro”, sino la demostración de poder mediante elementos simbólicos que amenazan, al mismo tiempo, el legado de Oriente y Occidente? Es posible, ya que su supervivencia radica en la creación de políticas integrales exitosas –que contemplen la creación de música, videos e incluso literatura—, las cuales, a su vez, logren atraer a más combatientes convencidos del valor de su lucha. Sin embargo, esta política tiene fecha de caducidad, visible en cuanto los “nuevos sueños colonizadores” finalicen. Como muestra, un botón: en cuanto el conflicto sirio finalice, los museos Hermitage y Louvre ya piensan en iniciar un proyecto de colaboración para reconstruir la ciudad de Palmyra. De acuerdo con Jean-Luc Martínez, director general del museo parisino, “frente a la gente que quiere destruir el pasado, nosotros proponemos construir el futuro”.

María del Rocío Rodríguez Echeverría es licenciada en Relaciones Internacionales por El Colegio de México.


1 Es común el uso de las siglas EIIS en español, ISIS (Las siglas en inglés para “Estado Islámico de Irak y Siria”), EI o ISIL (las mismas siglas, pero en vez de Siria se incluye la región del Levante). Sin embargo, el término Daesh (o Da’esh) adquiere cada vez mayor popularidad debido a la connotación ofensiva que algunos analistas le atribuyen. Si bien para algunos resulta irrelevante (Daesh es la traducción literal de EI en árabe), el acrónimo guarda similitudes fonéticas con “Daas”, que significa aquello sin dignidad y digno de ser pisoteado.
2 Joseph Nye Jr., The Future of Power, Nueva York, Public Affairs, 2011, p. 84-85.