Pese a la primera parte del título de estas líneas, no voy a detenerme aquí en los detalles del incidente en el que estuvo implicado el ahora célebre #LordAudi, pues son bien conocidos. Sin embargo, de la letanía de expresiones que los lords y las ladies nacionales han empleado desde hace varios años, las cuales han ocupado mucho espacio en noticieros, diarios y redes sociales, pocas me parecen tan expresivas como las pronunciadas por el lord en cuestión: “Es México, güey, capta”. Las connotaciones e implicaciones de estas cuatro palabras son muchísimas; entre ellas que uno puede hacer lo que se le dé la gana en la vía pública (entre otros motivos porque es dueño de un Audi), que no existen reglas ni reglamentos (sobre todo para los dueños de Audis y similares), que se puede violentar a un ciclista que va en su carril, que se puede quitar del camino a la bicicleta que se acaba de averiar aventándola a la banqueta, que se puede empujar y agredir a un oficial que está tratando de cumplir con su deber y, para no extenderme más, que se puede hacer todo lo anterior y luego darse a la fuga.


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Ya veremos en qué termina el incidente en cuestión y si, efectivamente, el México que tiene #LordAudi en la cabeza corresponde cabalmente a la realidad. Planteo las cosas así porque, como lo sabemos todos, si la expresión de Rafael Márquez Gasperín (el verdadero nombre de #LordAudi) son tan incisivas, tan expresivas y en cierto sentido tan dolorosas es porque no están lejos de la verdad. Para que la impresión que él tiene de su país se compruebe como falsa, o parcialmente falsa al menos, lo que hizo tendría que tener consecuencias concretas; consecuencias que, en principio y llegado el caso, los mexicanos podremos constatar. Es ahí donde se decidirá si un personaje como Márquez Gasperín estaba en lo cierto cuando le dijo lo que le dijo al oficial de la Policía Bancaria e Industrial (PBI) que quiso ayudar a Ari Santillán, el ciclista agredido por #Lord Audi.

Más allá del desenlace que tenga el “incidente” que nos ocupa, hay algo que no puede pasar desapercibido para todos aquellos que quieren que México sea algo distinto al México que Márquez Gasperín tiene en la cabeza. Me refiero, en primer lugar, a la actitud de Ari Santillán, a la del otro ciclista que se solidarizó con él, a la del policía que lo apoyó, y, por último, a la del ciudadano que ayudó al policía agredido y que intentó evitar la fuga de Márquez Gasperín. Sin estos cuatro actores y, por supuesto, sin la grabación del video que registró prácticamente todo lo sucedido, este breve texto no existiría.

Si los ciudadanos mexicanos de hoy son más conscientes de sus derechos y están más dispuestos a defenderlos es en parte porque cuentan con la posibilidad de registrar (o de que alguien registre) en video lo que sucede en la vía pública, pero también porque ya están hartos de los abusos de muy diversa índole que cotidianamente tienen lugar en la Ciudad de México. En mi opinión, la omnipresencia de teléfonos celulares y la “omniatención” que reciben por parte de sus usuarios en las sociedades actuales tienen no pocos aspectos negativos para la convivencia social, pero su contribución para crear una cierta consciencia cívica y para denunciar abusos de diverso tipo me parece invaluable.1 Es importante señalar que muchos de estos abusos tienen que ver con un racismo y un clasismo que atraviesan a la sociedad mexicana de parte a parte. También aquí las cosas están cambiando. Durante muchísimo tiempo ese racismo y ese clasismo fueron temas tabú; ya no es el caso. Un buen ejemplo de lo que acabo de decir es un libro recientemente publicado que se puede encontrar en muchas librerías del país: México racista (Una denuncia) del historiador Federico Navarrete. Se me dirá que un libro, per se, no cambia nada. Tampoco cambia nada, considerado aisladamente, el hecho de que tres ciudadanos y un oficial de policía dijeran “ya estuvo bueno” ante un incidente de tránsito aparentemente menor y actuaran en consecuencia. No obstante y como a estas alturas resulta ya evidente, actitudes y comportamientos como los anteriores se extienden cada vez más en todo el país.

Ahora bien, si el desenlace del caso #LordAudi será lo que nos diga si el personaje en cuestión estaba o no en lo cierto cuando dijo “es México, güey, capta… es México… es México…”, mutatis mutandis lo mismo aplica para otros aspectos de la realidad mexicana de hoy. Para no extender innecesariamente estas líneas, me limito a dos situaciones que están en los diarios actualmente y que estamos viviendo mientras escribo. La primera es la noticia que el prestigioso diario británico The Guardian dio a conocer hace unos días sobre otro conflicto de interés en el que está involucrada Angélica Rivera, esposa del presidente de la república. La segunda es la actuación de la delegación mexicana en las Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Se me dirá que, como la de #LordAudi, se trata de noticias demasiado “fáciles” de comentar y demasiado trilladas. Puede ser, pero me interesa lo que podría denominarse su “común denominador”: el que se refiere a la naturaleza de  su desenlace.

En cuanto a la noticia de The Guardian, no puedo añadir casi nada a lo expresado hace unos días por Gerardo Esquivel en Horizontal. Las anomalías están a la vista para todo aquel que no trabaje en la Presidencia de la República. Lo que no acaba de sorprender, por lo menos a quien esto escribe, es, por un lado, la “desatención” de la primera dama de México en sus tratos y negocios inmobiliarios, y, por otro, los sueldos archimillonarios que, al parecer, paga Televisa a las estrellas de sus telenovelas, pues solamente así se puede explicar la práctica concomitancia de desembolsos de Rivera en la “Casa Blanca” y en el lujoso departamento en Miami, que es el objeto de la nota de The Guardian. En cualquier caso, lo mismo que con #LordAudi, lo que va a decidir si “esto es México” o si esto está en vías de ser otra cosa, será el desenlace de esta segunda historia inmobiliaria (ya conocemos el desenlace de la primera). Cabe añadir que el desmentido por parte de la oficina del presidente sobre este último conflicto de interés (el cual, una vez más, toca directamente a la investidura presidencial) no es auspicioso, porque no dice una palabra sobre el meollo de la cuestión (el pago de impuestos sobre la propiedad del año 2014 del departamento de Rivera por parte del empresario Ricardo Pierdant) y porque se preocupa sobre todo por tratar de desprestigiar a un diario cuya reputación internacional es bien conocida. ¿Dónde quedarán en este caso, me pregunto, la “rendición de cuentas” y la “transparencia”?2

¿Qué decir sobre los Juegos Olímpicos que están teniendo lugar en estos días? Al momento de escribir estas líneas, los deportistas mexicanos siguen sin haber obtenido una sola medalla. No sé si nos iremos en blanco de estos juegos. En todo caso, los resultados serán magros, como casi siempre. Ya se ha escrito mucho sobre el abanico de excusas de algunos de los deportistas mexicanos por no tener un buen desempeño (entre las que destaca, para mi gusto, el “no le debo nada a nadie” de Aída Román). Al respecto, sin embargo, lo que me interesa señalar tiene que ver menos con los 126 deportistas de la delegación mexicana que con los dirigentes del deporte en nuestro país. ¿A quién si no se puede hacer responsable de la falta de roce internacional de alto nivel de la que se quejan varios deportistas? Este es el fogueo que no tuvieron con la anticipación debida; en todo caso, a unos Juegos Olímpicos no cabe ir a “foguearse”. Si no se tiene una expectativa fundada de poder ganar una medalla olímpica, ¿no sería mejor quedarse en casa?

La razón es muy simple: ¿cuánto dinero del erario público se gastó en enviar a esos 126 atletas a Río de Janeiro?3 No tengo la cifra exacta, pero son muchos millones de pesos. Considerando los resultados obtenidos hasta ahora, me parece que cuestionar y discutir este gasto es algo perfectamente lógico y hasta indispensable (y esto, por si hiciera falta aclararlo, no me convierte en mal mexicano, en mexicano acomplejado, en mexicano traidor o en mexicano envidioso de los deportistas que fueron a Río). Así las cosas, me atrevo a hacer una muy modesta propuesta.

Durante algún tiempo, el gobierno mexicano debería poner en un segundo plano el deporte de “alto rendimiento” y, en cambio, impulsar en serio el deporte y las competencias deportivas entre los niños y jóvenes de nuestro país y, sobre todo quizás, diseñar mecanismos para detectar, entre una población de más de 120 millones, a quienes tengan posibilidades de competir a nivel olímpico.

Una vez detectados, ¿no se podría buscar el concurso de empresas privadas que los apoyaran decididamente a cambio de arreglos publicitarios de diversa naturaleza? Para esto, se me ocurre que una oficina relativamente pequeña pero con gente indicada y dedicada (para asegurar, sobre todo, un seguimiento atento y transexenal) podría bastar. Una parte de los millones de pesos que se gastan actualmente en los deportistas “de élite” (con los resultados que están a la vista), ¿no se podrían invertir en construir campos deportivos en todo el país, en garantizar que sean bien conservados y bien administrados y en organizar periódicamente en ellos competencias de buen nivel?4

En relación con esto, no puedo dejar de mencionar un aspecto que seguramente ha llamado la atención de algunos habitantes de la Ciudad de México. En los últimos años, en algunas partes de la ciudad se han desocupado por razones diversas terrenos de cierto tamaño o se ha procedido a construir en terrenos de dimensiones considerables aparentemente abandonados. En la inmensa mayoría de ellos el gobierno de la capital ha otorgado permisos para construir… centros comerciales.5 Por momentos, cabe preguntarse si en la recién denominada CDMX, por lo menos en terrenos de cierta extensión, puede construirse algo más que no sean centros comerciales. Los cuales, sobra decirlo quizá, en más de un sentido son casi la antítesis de un campo deportivo abierto a todos: porque están dirigidos a estratos sociales más o menos favorecidos, por las formas de vida que fomentan, por el tipo de actividades que propicia entre la población, porque su finalidad principal es el consumismo y porque el ejercicio físico, cuando se incluye entre las actividades que se pueden realizar ahí, no solo ocupa un lugar muy reducido, sino que, una vez más, está dirigido a grupos sociales relativamente acomodados de la sociedad mexicana.

Termino con el común denominador ya referido: la cuestión de los desenlaces. ¿Cuáles serán las consecuencias del pobre (paupérrimo quizás en términos de medallas) desempeño de los atletas mexicanos en estos Juegos Olímpicos? Si partimos de la base de que sí fueron apoyados, ¿de qué sirvió el apoyo? Si partimos de la base de que no lo fueron, ¿para qué existen la CONADE, el COM y todas las federaciones deportivas mexicanas? Sea como sea, serán las consecuencias concretas del desempeño que nuestros atletas tengan en Río de Janeiro las que nos dirán si debemos, en efecto, captar lo que #Lord Audi nos aconseja que captemos o si el México en el que personas como él se pasean a sus anchas está empezando a convertirse en algo distinto.

Roberto Breña


1 Como lo muestran palmariamente varios videos de lo que se podrían considerar “asesinatos” de afroamericanos por parte de las “fuerzas del orden” de los Estados Unidos. Por cierto, algunas de estos videos han sido recopilados en una de las pequeñas salas con las que termina la exposición “Martin Luther King. Un sueño de igualdad”, que se presenta desde el mes pasado en el Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México. Pese a ser una exposición pequeña y sin mayores pretensiones, creo que vale mucho la pena. Estará expuesta en dicho museo hasta el mes de noviembre.

2 Cabe apuntar que, por buenas y malas razones en las que no viene a cuento detenerse, expresiones como “rendición de cuentas” y “transparencia” han acompañado recurrentemente a este sexenio desde su comienzo, hasta derivar en un “Sistema Nacional Anticorrupción” (nada menos). Como muchas otras expresiones recurrentes en nuestro lenguaje público (pienso, por ejemplo, en el traído y llevado “estado de derecho”), lo que esta persistencia denota es, más que otra cosa, su ausencia o, por lo menos, su insuficiencia.

3 A este respecto, la indumentaria Hugo Boss con la que se les dotó para que no desmerecieran en la ceremonia de inauguración puede parecer una minucia, si no fuera porque se corresponde muy bien, por un lado, con el gasto superfluo de dinero público y, por otro, con esta noción de que los resultados son algo secundario (lo que importa es la apariencia, no el desempeño deportivo).

4 Competencias que muy bien podrían servir para identificar a los atletas potenciales a los que aludí más arriba.

5 La demolición del Parque del Seguro Social en el año 2000 y la inauguración en su lugar del centro comercial Parque Delta en 2003 es un ejemplo simbólico de esta tendencia, que no ha hecho más que acentuarse.