Desde que Donald Trump anunció su postulación como candidato a la nominación republicana en la carrera presidencial estadounidense, México y los mexicanos han sido referencia recurrente en la construcción de su discurso xenófobo y nativista. Además de tildar a nuestros connacionales en Estados Unidos de violadores y criminales, Trump ha asegurado que construirá un muro pagado por México en la frontera entre ambos países, ha sugerido bloquear las remesas y ha planteado que forzará una renegociación del TLCAN, entre muchos otros insultos y amenazas.

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La respuesta de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) había sido adecuada y consistente. Sin ceder a las presiones de la opinión pública, y a pesar de las voces que demandaban una respuesta frontal a Trump, la Cancillería eligió una estrategia de menor perfil pero de largo alcance. Optó por concentrar los esfuerzos diplomáticos en hacer frente al antihispanismo que el candidato ha sacado a relucir en Estados Unidos, doblar los esfuerzos para proteger a los mexicanos en el exterior y combatir el discurso de Trump de manera indirecta. A fin de cuentas, es muy probable que el empresario no sea electo presidente, pero su campaña ha revelado la profundidad de los prejuicios que muchos estadounidenses tienen sobre los mexicanos; el antihispanismo preocupa y debe ser afrontado de manera contundente y a largo plazo.

Fue así que con la salvedad de algunas declaraciones esporádicas –por ejemplo, la secretaria Ruiz Massieu sostuvo que las propuestas de Trump son “ignorantes y racistas”–, la SRE se concentró en fortalecer a la diplomacia consular, estrechar lazos con la diáspora mexicana en Estados Unidos y lanzar una estrategia de diplomacia pública para mejorar la imagen de México en ese país y enfatizar la importancia de la relación bilateral. En los últimos meses, se designó como embajador en Estados Unidos a Carlos Sada, gran conocedor de la labor consular, haciendo énfasis en “su cercanía con las comunidades de mexicanos en el exterior, la promoción de los intereses de México y el fortalecimiento de las relaciones de nuestro país con el exterior.” Asimismo, hemos visto a un Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME) sumamente activo, la apertura del consulado número cincuenta en Estados Unidos, proyectos para acercar a la comunidad de Dreamers a sus raíces mexicanas y múltiples viajes de la canciller a las más diversas ciudades de Estados Unidos para dialogar con políticos y empresarios locales. 

¿Cómo se concilia esta estrategia con la visita de Trump a México? Es imposible hacerlo. Recibir a Trump en Los Pinos, después de cómo se ha expresado de México y de los mexicanos, dice mucho de la falta de sensibilidad política del presidente de cara a sus connacionales. Sin embargo, dice también mucho del estado actual de nuestra política exterior. La decisión claramente se contrapone a la labor que la SRE ha llevado a cabo en el último año. ¿Por qué? 

En primer lugar, porque se pasó de la resistencia discreta contra Trump a la validación frontal del mismo personaje. Cuando se dialoga sobre algo se está partiendo de la premisa de que uno se encuentra ante un interlocutor razonable y ante un discurso digno de debatirse. No rebajarse a rebatir directamente con Trump implicaba no dar cabida a un discurso de odio, xenófobo y misógino ni a un interlocutor con las mismas características con el que, además, no había necesidad alguna de “dialogar”. Los espacios de debate y negociación con un personaje como Trump únicamente tendrían que abrirse de ser absolutamente necesarios; es decir, deberían reservarse para el escenario -cada vez más- hipotético en el cual el candidato republicano logra llegar a ocupar la presidencia de Estados Unidos. Que la Cancillería hubiera evitado una confrontación directa con el empresario había implicado evitar esta validación inherente y no prestarse a su juego mediático. Sin embargo, se abandonó esta estrategia y ocurrió el peor de los mundos posibles: el gobierno mexicano cayó en el juego del candidato y ni siquiera lo hizo para desmentirlo; en un giro paradójico, terminó por ayudarle a legitimarse frente a su electorado.

En segundo lugar, porque así como se renunció a la estrategia diplomática original tampoco se coadyuvó al objetivo de la misma por medios alternativos. La visita de Trump a México no contribuyó al propósito de mejorar la imagen de México en Estados Unidos y de fortalecer a las comunidades mexicanas en el exterior, sino todo lo contrario. El candidato se fue de México fortalecido, tras haber utilizado la plataforma proveída por el gobierno mexicano como más le convino a su campaña. El presidente Peña podrá haber mencionado en su discurso que su prioridad es defender a los mexicanos, pero lo que hizo frente a Trump, al menos en público, fue todo menos una defensa. Eso es con lo que se queda la opinión pública y, de manera especialmente preocupante, el electorado de Trump. Hoy los mexicanos son más vulnerables que antes de la visita. La imagen de México en Estados Unidos, y en el mundo en general, también se queda debilitada; como prueba de ello basta con remitirse a los titulares de la prensa internacional que, incrédula, no da crédito de las decisiones del gobierno mexicano. De la imagen de México frente a Hillary Clinton, quien muy probablemente sea la próxima presidenta de Estados Unidos, ni se diga.

Ante este panorama, regresemos a la interrogante que sirve de título a esta reflexión: ¿qué revela la visita de Donald Trump sobre la política exterior mexicana? En primer lugar, que México no logra definir una línea de política exterior clara y consistente. Si no se logra para hacer frente a un personaje tan antagónico como Trump, mucho menos en lo relativo a cuestiones tan complejas como la política de drogas o la política exterior en materia de derechos humanos. No es la primera vez que se desatan fuertes incongruencias entre la línea marcada por la SRE y la definida por otras dependencias o por la propia oficina de la Presidencia, derivando en errores diplomáticos mayúsculos. Ahí están, por ejemplo, la debacle con el relator Méndez o el rotundo fracaso de la participación de México en la UNGASS sobre drogas.

Lo que revela la visita de Donald Trump sobre nuestra política exterior es que, en esta materia, no están teniendo suficiente peso quienes lo deberían tener: los diplomáticos mexicanos.

María José Urzúa Valverde es tesista de la licenciatura en Relaciones Internacionales del ITAM y asistente de investigación.