“La política exige convivir con la decepción”. Las palabras fueron pronunciadas el 11 de octubre en una rueda de prensa por Javier Fernández, el presidente al cargo de la comisión gestora  del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), diseñada para construir una salida política a la dura crisis que enfrenta ese partido en la complicada coyuntura española del último año que, luego de dos procesos electorales sin lograr llegar a la investidura presidencial de Mariano Rajoy (PP), ha colocado a su régimen político en un escenario inédito a lo largo de su historia democrática. Las palabras, el tono, el personaje y el contexto representan la lucidez intelectual de la reflexión política que puede surgir en las horas negras de las crisis de las democracias representativas contemporáneas.

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Tal vez las palabras de Fernández exhuman cierta melancolía, pero también expresan la voluntad al  aprendizaje de las lecciones de política democrática que hoy experimenta el partido histórico de la izquierda española. Pero son palabras y lecciones que también resuenan en las organizaciones de izquierda de otros contextos nacionales, cuyos perfiles se ha desvanecido rápidamente entre escándalos políticos, actos reales o simbólicos de corrupción, castigos electorales y extraños retornos de los nuevos populismos de izquierda y de derecha.   

El episodio, sus imágenes y relatos, sus actores y espectadores, ayudan a comprender la profundidad de las trasformaciones que la propia izquierda está experimentando en el mundo político contemporáneo. Impulsoras decididas de los movimientos de transición del autoritarismo a la democracia, las izquierdas socialdemócratas europeas se convirtieron también en los artífices de la organización de los nuevos regímenes políticos que combinaron en el último tercio del siglo XX reformas de mercado con la preservación de los Estados del bienestar. Capitalismo y democracia vivieron entonces un período de tensiones sin precedentes entre dos fórmulas fundamentalmente contradictorias pero que florecieron en medio del derrumbe del socialismo real y de los giros neoliberales que la crisis del capitalismo había generado en el pensamiento conservador europeo de esos años duros.     

Las palabras de un hombre de partido, de izquierda, de voz baja, talante prudente y buen juicio, acaso incomodan a muchos dentro y fuera del PSOE. Curtido en los años maravillosos del partido de la rosa, testigo y protagonista de la transición política, el desarrollo económico y la construcción del moderno Estado social español, el asturiano Fernández (1948) verbaliza el recordatorio de los límites de la política, a la vez que las lecciones que exigen la prudencia y el realismo político. Vincular la política con la decepción no es solamente un acto de resignación y pesimismo político, sino también el  producto de la experiencia, el cálculo y el pragmatismo, un acto simbólico de imaginación y tolerancia a la frustración que suelen traer las derrotas electorales; un llamado a la sensatez y a recobrar el sentido del tiempo y las circunstancias que la política democrática impone a sus actores y protagonistas. 

Pero sus palabras significan también recordar la importancia de diferenciar la ética de la responsabilidad de la ética de la convicción, esa distinción capturada de manera aguda por Max Weber en El político y el científico. Es asumir la tensión inevitable de los dilemas que surgen entre la política de la fe y la política del escepticismo de las que tanto escribió Oakeshott. Esa combinación entre ética y política, entre las creencias, la responsabilidad y el realismo, forma parte del ethos que una izquierda como la que representa el PSOE requiere colocar en el centro ahora que los mapas y los vientos políticos ya no le favorecen como solían hacerlo.   

En abierto desafío a la corrección política que predomina entre los nuevos populismos de izquierda y de derecha, el propio Fernández  ha señalado que la democracia plebiscitaria no puede sustituir a la democracia representativa. Hoy que los referéndums, los plebiscitos y las consultas se emplean como los nuevos aceites de serpiente para tratar de resolver los males de las democracias representativas tradicionales, enfrentamos el hecho de efectos perversos o no deseados que terminan por minar las bases mismas de las instituciones democráticas y degradan la ética de la responsabilidad política de los dirigentes y funcionarios electos por los ciudadanos. Gran Bretaña y Colombia son los ejemplos más claros de la erosión institucional de las democracias representativas por parte de los propios representantes de la que son su fruto y semilla, algo que bien podríamos llamar una de las “paradojas democráticas” de nueva generación.

El color plúmbeo del cielo otoñal español hace juego con el tono metálico de las palabras del presidente de la gestora.  Es el reconocimiento público de las viejas tensiones entre los imperativos de la razón y la realidad de las emociones. Es aceptar la decepción  como resultado frecuente e incómodo de los cálculos de la política democrática. Es volver a recordar al viejo Fitzgerald cuando escribía aquello de admitir que las cosas no tienen remedio pero que vale la pena mantener el esfuerzo por cambiarlas, de asumir al fracaso como una fuente legítima de autoridad política. Enfrentar cara a cara los dilemas políticos de la coyuntura con una visión de largo plazo constituye el desafío crucial del PSOE, aunque las circunstancias y los humores no parecen favorecer hoy ese esfuerzo imaginativo.  Las palabras y las cosas que sostiene Fernández perfilan las alternativas de la izquierda en un mundo en el que, parafraseando a Marx y Engels, no solamente todo lo sólido se disuelve en el aire, sino también en el que todo lo que se evapora parece endurecerse de forma acelerada e irremediable.

Pero la política siempre se juega en el corto plazo, y la española tiene relojes y calendarios fatales. Este domingo 23 de octubre el comité federal del PSOE se reúne para decidir si se abstiene o niega el apoyo a la investidura de Rajoy. Abrumado por las divisiones internas luego del fracaso de la gestión de Pedro Sánchez al frente de la organización, y acosado desde la  izquierda por Podemos, la expresión político-electoral más importante del “Movimiento de los indignados” del 2011, las frías palabras del dirigente de la gestora resuenan nostálgicas y tristes como campanadas a la medianoche.  

Adrían Acosta es sociólogo. Actualmente, realiza una estancia sabática en el Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona.