Sí, la planeada visita de Peña a Washington, el próximo 31 de enero, fue una movida prematura, poco razonada, que implicaba más riesgos que oportunidades. Muy probablemente acabaría exponiendo de manera innecesaria a nuestro jefe de Estado. En otras palabras, una jugada que mostró miopía diplomática en vez de algún tipo de visión estratégica…todo muy parecido a la invitación al candidato Trump en agosto pasado, que ya le empieza a reclamar el mundo a la élite política mexicana. Sí, la cancelación del viaje de Peña a Washington llegó tarde, después de mucho titubeo ante ofensas muy concretas. Y sí, de hecho, ya no le quedaba de otra a Peña, pues Trump prácticamente ya lo había desinvitado.

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Pero aun así, en buena parte de la prensa internacional, sobre todo en Europa pero también en Estados Unidos, el titular “El Presidente de México cancela visita a Washington” (primera noticia mundial por varias horas este jueves 26 de enero) lleva un tono de elogio a una nación que muestra dignidad ante la arrogancia e imprudencia del nuevo presidente del (todavía) país más poderoso del mundo. No se ignora ni soslaya el tuit previo de Trump, dejando claro que si México no paga el muro, poco sentido tenía ya esa reunión. Pero prevalece lo que el mundo ve o quiere ver en México: un país que a pesar de toda asimetría y ante graves y serias amenazas muestra dignidad, coraje y cierta resistencia a la nueva gran amenaza global llamada Donald Trump. 

Sin quererlo ni pensarlo, Peña es visto, al menos por un día y sobre la superficie, como un líder que hace su voz resonar en el mundo de los nuevos indignados. Esta percepción se nutre también del hecho que han sido muy pocos quienes se han atrevido a marcar límites al discurso fascistoide de Trump –el caso más sonado fueron las declaraciones de Angela Merkel tras el resultado del 8 de noviembre, enmarcando la futura relación entre Estados Unidos y Alemania en el respeto a la libertad, democracia y dignidad humana, que Estados Unidos ayudó a cimentar en Europa, y que ahora su presidente pone en riesgo al interior de sus fronteras.

En México, no podemos compartir seriamente esa percepción internacional acerca de Peña, pero hacia afuera eso poco importa: hay que aprovechar y utilizar este bono accidentado y facilitado por el propio Trump – dicho sea de paso, hay que estudiar bien las debilidades de un equipo de gobierno que cada día mostrará más su inexperiencia, falta de cohesión e incoherencias derivadas de los arranques de un personaje desenfrenado. Estos bonos, sean merecidos como el democrático que se dio durante la administración Fox y que Castañeda trató de aprovechar al máximo, o no como el bono de dignidad actual, son muy valiosos y tienen el potencial de incidir en la diplomacia, que finalmente se mueve, al igual que el dólar y los mercados, por percepciones. 

Aprovechar el bono de dignidad significa, sobre todo, prolongar la impresión momentánea y usarla a favor de una auténtica reactivación de la imagen de México. Resulta fundamental entender  en estos momentos cómo y para qué funciona la imagen de un país: decirle al mundo que aquí todo está bien, que Ayotzinapa y todo, todo lo demás es aislado, no solo no nos lo cree ya nadie, sino que, de hecho, ha deteriorado significativamente la imagen de México, haciéndolo ver como un país que esconde su realidad, que cuenta con una diplomacia sin imaginación y completamente alejada de la ciudadanía.    

La pregunta obligada es, ¿cómo mantener y reforzar la imagen de un México digno en la era Trump? La resonancia en el mundo de la cancelación del viaje de Peña también se explica en función de una vieja admiración hacia un México que pudo afirmarse en el orden internacional como un actor importante pese y gracias a su situación geopolítica. Esta idea tiene bases razonables, toda vez que la diplomacia mexicana supo, en el pasado, navegar bien en fases críticas de reacomodo internacional, teniendo como principal aliado al multilateralismo y al derecho internacional. Pero si pensamos que demandar a Estados Unidos ante la ONU es el camino, debemos dejar claro que no solo es jurídicamente inviable (ni una opinión consultiva le sacaríamos a la Corte Internacional de Justicia, toda vez que el muro se construye en territorio plenamente soberano, no ocupado) sino que recae en la misma falta de imaginación diplomática que tanto daño ha hecho en los últimos años y que no parece comprender el mundo contemporáneo. El multilateralismo y el derecho internacional están cambiando drásticamente con lo que llamamos gobernanza global. La poderosa carta que llamo aquí “bono de dignidad” también debe jugarse conforme a las reglas del derecho internacional, y este junto con el multilateralismo deben seguir siendo nuestros principales aliados, pero conforme han evolucionado. Ello incluye una serie de coaliciones más allá de los organismos internacionales tradicionales, un pluriverso normativo con muchos elementos informales, y ante todo una nueva manera de pensar la diplomacia como facilitadora de múltiples redes; ya no como la solemne representación de un gobierno arropado con el mito estatal. Todo ello acompañado de un buen manejo de las viejas formas que encauzan el diálogo entre Estados y que allí seguirán.        

La manera concreta de llevar esto a cabo no es sencilla. Arturo Sarukhán (a quien mucho se extraña en estos momentos en la Cancillería) trazó algunas líneas hace un par de semanas en su columna de El Universal. En pocas palabras, re-pensar la política exterior en función de un mundo literalmente enredado, no jerárquico ni ordenado, en donde solo quien logra conectarse en la mayor cantidad de redes posibles y gestionar la interconexión podrá desarrollar resiliencia a los desafíos del mundo actual. Ello incluye a Trump. 

Estar en primera plana en la prensa mundial como un país que intenta reafirmar su dignidad nos ha colocado al frente de un mundo que trata de reaccionar a una nueva amenaza global. Hay que explotar esa posición para reposicionarse y reacomodarnos de manera flexible y dinámica.  Como un actor que ahora será escuchado con mucha atención, tenemos la oportunidad de conectarnos con fuerza, pero para ello hay que dejar atrás la diplomacia encartonada a servicio exclusivo del jefe del ejecutivo. 

Lanzo una tesis arriesgada pero que vale la pena plantear: la globalización y con ella la gobernanza global no van a estancarse ni menos desaparecer con Trump. Al contrario, si vemos bien este mundo complejo, observamos que es así justamente por la proliferación de nuevos actores globales. Las ciudades ya son un actor clave en la lucha contra el cambio climático, rebasando al Estado, y sus redes a las organizaciones internacionales tradicionales. Su potencial en otros temas, como ahora la protección de los migrantes, la estamos viendo con claridad. Los movimientos sociales y las luchas contemporáneas por derechos se dan cada vez más mediante redes ciudadanas que rebasan toda frontera, e incluso los jueces resuelven asuntos de la vida pública de sus países echando mano de diálogos con cortes de otros países. Las cadenas de suministro mundiales no se suspenderán, se reacomodarán, y el mega-regionalismo podrá sustituirse por un bilateralismo serial que conducirá a nuevas alianzas comerciales, regulatorias y políticas. El Estado ahí seguirá, pero su diplomacia tiene que aprender a leer ese complejo global (en vez de orden internacional) y empezar a fungir como una plataforma flexible de gestión de redes que sirvan para desarrollar la resiliencia que necesitamos ante desafíos transnacionales dinámicos y una presidencia frenética del país con quien tenemos y tendremos la relación más importante, para bien y para mal. Aquella frase de que “la única certidumbre en el mundo de la post-Guerra Fría es la incertidumbre” me parece más acertada que nunca. El mundo quiere ver a México como un país que ha dado una muestra de resiliencia ante Trump. Nosotros sabemos que fue accidental, pero no importa, aprovechémoslo y respondamos a todos nuestros potenciales aliados, diversificándonos en serio, aunque todo acabe siendo bastante enredado. 

Alejandro Rodiles es profesor de derecho internacional en el ITAM.