Una disputa que llegó para quedarse

La noche del 8 de noviembre de 2016, tan pronto se conocían los resultados electorales que daban por segura la victoria de Donald Trump, el profesor Robert Reich académico en Berkeley, Secretario de Trabajo con Clinton y miembro destacado de la resistencia frente a las políticas del nuevo presidente de Estados Unidos compartió en su página de Facebook un mensaje para sus más de 2 millones de seguidores. En él se lamentaba de las terribles noticias, pero urgía a sus simpatizantes a no rendirse, ya que la pelea real sólo había comenzado. Para Reich, quedaba claro que “eventualmente [la disputa] iba a ser entre el populismo autoritario y el populismo progresista”. Por el momento, el populismo autoritario había triunfado, ese era el verdadero significado del triunfo de Trump, pero con una oposición unida, inteligente y disciplinada, concluía, “el populismo progresista triunfará”. 

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La reflexión de Reich me parece de gran utilidad para interpretar el tiempo político que vivimos y permite plantear una hipótesis: en circunstancias donde los arreglos económicos y políticos muestran claros signos de agotamiento, la forma más eficaz para frenar el ascenso de liderazgos con una agenda anti-sistémica y autoritaria no son los candidatos que se distingan de aquellos por su mayor racionalidad o capacidad técnica, sino las opciones con una retórica, un estilo y un público similar, pero de signo contrario: progresista y democrático.

Ocuparle sus caminos

La lógica de esta idea no es nueva: soy capaz de rastrearla al menos hasta Nicolás Maquiavelo, que en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (capítulo LII del Libro Segundo) argumentó que, para hacer frente a un político poderoso en ascenso, especialmente en una república corrompida, es cosa muy prudente actuar de forma preventiva, “ocupándoles antes aquellos caminos por los cuales se ve que él anda para llegar a los puestos que ambiciona”. Imitar las posturas y el estilo de esos políticos (especialmente cuando se caracterizan por el favor al pueblo) es el método más sencillo y menos violento para quitarles de las manos aquellas armas con las que se engrandecen y de las que se valen para ganarse el apoyo popular.

Para ilustrar su argumento, Maquiavelo recurre a dos ejemplos de su ciudad, el de Cósimo de Medici (1389-1454) y el de Piero Soderini (1450-1522): 

Cósimo de Medici fue el fundador de la dinastía que gobernó de facto Florencia por buena parte del Renacimiento. Para frenar la creciente influencia que Cósimo ganaba en la política florentina del siglo XV, gracias a “su estilo de favorecer al pueblo”, sus rivales maniobraron para hacer arrestar al patriarca, que fue encerrado en el Palazzo Vecchio y condenado al exilio por diez años. Sin embargo, este revés no minó el prestigio de Cósimo ni redujo el número de sus partidarios: apenas transcurrido un año de la sentencia, Medici regresó triunfante a Florencia y, aclamado por el pueblo, desterró a sus enemigos. Piero Soderini, por su parte, ocupó la primera magistratura (Gonfalonieri de Justicia) en el gobierno de la república de Florencia que se estableció tras la expulsión de la familia Medici en 1494, y a la que Maquiavelo sirvió como diplomático. No obstante la buena reputación que se había ganado como “amante de la libertad de la ciudad”, los enemigos de Soderini buscaron su ruina, aún a sabiendas de que con ello favorecían el regreso de los Medici y el fin de la república, lo que finalmente sucedió en 1512 con ayuda del ejército español.

En ambos casos, los enemigos de Medici y Soderini pasaron grandes dificultades para detenerlos: mientras los primeros fracasaron, los segundos sólo triunfaron a costa de la caída de su propia ciudad. Maquiavelo explica que una estrategia más prudente y segura hubiera sido adoptar ese “estilo de favorecer al pueblo” que caracterizaba tanto a Medici como a Soderini, con lo que sus enemigos hubieran podido desarmarlos y frenarles su camino sin tumultos ni violencia.

El problema de la oposición

Resulta sorprendente, pero tal parece que la enseñanza que dejó la elección estadounidense, y que tan claramente explican un contemporáneo como Reich y un clásico como Maquiavelo sigue sin ser entendida por un sector importante de los opositores a los populismos autoritarios de la actualidad. Una prueba de ello (anecdótica, pero creo que significativa) fue el éxito de una caricatura que apareció en The New Yorker a principios de este año. La viñeta mostraba el interior de un avión en el que un pasajero furioso se levanta y, dirigiéndose al resto de los ocupantes, se queja de que los pilotos han perdido contacto con la gente común y les pide su apoyo para tomar él mismo los controles de la aeronave. Las reacciones frente a la caricatura fueron mayoritariamente celebratorias: se le consideró una atinada sátira del giro “populista” de la democracia moderna, o una necesaria crítica a esas masas confundidas que contribuyeron a convertir a un personaje como Trump en presidente de Estados Unidos y son tan irresponsables como para pensar que tienen la capacidad para decidir quién pilota el avión. 

Como señaló Abby Wilkinson, la caricatura también mostró que, bajo esa celebración, se escondía un discurso muy interiorizado entre una parte importante del progresismo, el del elitismo tecnocrático, que les vuelve más proclives a burlarse o culpar a los electores de sus derrotas antes que reconocer las fallas de sus candidatos. Como resumía la revista Jacobin el pasado 9 de noviembre, había dos maneras de responder a la situación planteada por el desastre en la elección presidencial de Estados Unidos: abrazar de una vez la política democrática o seguir repudiándola. Una parte de la izquierda optó por la segunda opción al decidir culpar al pueblo de Estados Unidos por el triunfo de Trump, sin darse cuenta que lo único que provocaba era profundizar en el elitismo que sacó a la calle a sus votantes.

Desde el punto de vista de este elitismo ilustrado, frente a la amenaza de un outsider autoritario (como Trump), la respuesta debía de ser un experto en el funcionamiento del sistema (como Clinton). De igual manera, frente al proteccionismo económico que seducía a los trabajadores (Trump) no había otra opción que la defensa de un cosmopolitismo favorable al capital (Clinton). Para ellos, propuestas más ambiciosas de cambio (como la de Sanders), con un estilo similar y apelando a la misma insatisfacción que los populistas autoritarios, nunca fueron una alternativa. Al contrario, eran vistas como demagogia solo apta para los mismos iletrados que apoyaban al enemigo. Un candidato “serio” estaba por encima de eso y no solo podía, sino que debía ganar. El problema es que no fue así.

Adaptarse a los tiempos

Lo criticable de este planteamiento elitista no es sólo su soberbia sino su incapacidad para leer los nuevos tiempos y adaptarse a ellos en consecuencia. Y aquí, de nuevo, hay que volver a Maquiavelo, en este caso a El Príncipe capítulo XXV, sobre “El poder de la Fortuna en las cosas humanas y los medios para oponérsele”–, donde el florentino plantea que “es feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las circunstancias, del mismo modo que es desdichado el que no logra armonizar una cosa con la otra”. De lo anterior se deriva que una clave para un manejo exitoso de los asuntos de Estado está en reconocer la fuerza de las circunstancias, aceptar los dictados de la necesidad y procurar siempre armonizar el comportamiento propio con los tiempos que se viven. Tal es la única receta para que a un político le sonría siempre la Fortuna.

Es por ello que, para volverse exitosa, la oposición al nativismo xenófobo debe adaptarse pronto a las nuevas circunstancias. Y para hacerlo, es necesario que acepte al menos dos cosas: por un lado, que existen problemas con el actual sistema político y económico que requieren algo más que las promesas de perfeccionamiento que ofrecen las alternativas tecnocráticas (en términos maquiavelianos, que nuestro orden está “corrompido”). Y por el otro, que lo ocurrido en 2016 es algo más que una anomalía momentánea, es una muestra de que la política ha dejado de ser business as usual, que hemos entrado a un nuevo ciclo de novedades evidentes, caracterizado por un giro populista y emocional del que no saldremos pronto. De no hacerlo, a los adversarios de Trump y sus compañeros de viaje les pasará como a los enemigos de Medici y Soderini: frenarlos les resultará imposible o sólo podrán hacerlo con enormes dificultades. Es lo que pasó en 2016 en Estados Unidos y lo que creo que está pasando ahora en Francia.

Las elecciones en Francia: puesta a prueba de la hipótesis

Las elecciones presidenciales francesas prometen ser la continuación del ciclo iniciado en 2016 por su excepcionalidad. La única contendiente que con seguridad pasará a la segunda vuelta es Marine Le Pen (del Frente Nacional), con una retórica anti-sistémica y xenófoba que le ha generado simpatías entre una población desilusionada, atemorizada y molesta. La incógnita está, realmente, en cuál de los demás candidatos podrá cerrarle el paso. Los únicos que cuentan con posibilidades de hacerlo son Emmanuel Macron y Jean-Luc Mélenchon. Estos candidatos no podrían ser más distintos y, mutatis mutandis, repiten el dilema de Clinton y Sanders.

Una apuesta por Macron, el joven ex banquero y antiguo Ministro de Economía al frente del movimiento “¡En marcha!”, conlleva los mismos riesgos que elegir a Hillary Clinton: es un hombre del sistema cuya respuesta a la amenaza del autoritarismo de derecha es la continuidad del “neoliberalismo progresista”. Jean-Luc Mélenchon, antiguo miembro del ala izquierda del Partido Socialista que ahora encabeza el movimiento “Francia Insumisa”, encarna mejor la idea de que para frenar a la derecha xenófoba es necesario un populismo de signo contrario (del que Macron es sólo un “simulacro yuppie”). Orador talentoso, Mélenchon habla también al cansancio y la rabia de buena parte del electorado al que interpela Le Pen y se presenta como un outsider que busca “echar” al resto de la clase política. Su reciente subida en las encuestas la última sorpresa de las elecciones lo ha hecho blanco de numerosas críticas, no del todo infundadas.

El paso de Macron a la segunda vuelta representaría una posibilidad de renovación para el viejo centrismo liberal (a la manera de Holanda). Su hipotético triunfo ante Le Pen sería un respiro para aquellos que luchan contra los cambios de la Fortuna, aunque solo dure hasta las próximas elecciones. Por el contrario, una segunda vuelta entre Mélenchon y Le Pen, un resultado inédito que provoca nerviosismo, sería el acta de nacimiento de un nuevo momento político para Europa, similar al que ocurrió en Estados Unidos, aunque con una diferencia: aquí sí podría ponerse a prueba la hipótesis de que, para frenar a un político como Trump y Le Pen, la mejor opción es “ocuparle sus caminos”. 

Pase lo que pase el domingo, la disputa entre populismos autoritarios y progresistas es algo que llegó para quedarse.

César Morales Oyarvide