Asisto atónito al desenlace de los eventos catalanes de estos días y cada vez más me persuado de que estamos asistiendo a la enésima etapa, tampoco la más importante, pero siempre una etapa, de un proceso de desarticulación de la modernidad y sus principios.

Modernidad es, como bien sabemos, un concepto polisémico y complejo, por lo tanto, casi imposible de definir en pocas palabras. Y, sin embargo, hay dos aspectos que, desde mi punto de vista, definen los principales aspectos de esta categoría y de una época que, por encarnar sus principios, definimos como moderna.

En primer lugar, podríamos afirmar que la modernidad fue y es el producto de un proyecto intelectual que puso en el centro de su agenda el uso de la razón para comprender la realidad. Uso de la razón que implica, a su vez, un intento de interpretar los fenómenos que nos rodean, sean esos naturales, sociales, políticos o económicos a partir de un análisis basado en hechos reales. No es una casualidad que uno de los proyectos intelectuales antitético al de la modernidad que más se ha afianzado en las últimas décadas, el postmodernismo, haya hecho de la presunta inteligibilidad de la realidad a partir del uso de la razón su principal objeto de crítica.

En segundo lugar, un aspecto central de la modernidad tiene que ver con la crítica racional al statu quo político y social que, entre el final del siglo XIX y el siglo XX, se manifestó en un análisis despiadado de los procesos inequitativos activados por la industrialización y, más en general, por el capitalismo. Aunque es cierto que el núcleo originario del pensamiento ilustrado no pareció particularmente preocupado por las cuestiones igualitarias, a partir de la primera mitad del siglo XIX el marxismo, así como las corrientes liberal-socialistas, enderezaron su razón crítica hacia una reflexión sobre los inaceptables costes sociales del modelo capitalista. En este sentido, por lo menos por las corrientes reformistas y revolucionarias de la izquierda la lucha por la igualdad ha representado, en sus distintas formas, un aspecto central de la modernidad tal y como la hemos conocido en el mundo Occidental.

El estallido del movimiento independentista catalán y la manera en que se ha construido una narración política alrededor de la cuestión independentista rompen de forma fragorosa con estos dos aspectos importantes de la “modernidad”.

En primer lugar, el relato independentista catalán se ha basado, sobre todo en los últimos cinco años, en una serie de premisas que por donde uno quiera mirarlas no aguantan un examen crítico basado en el uso de la razón. Hace unos días, en la televisión, escuché a un líder del principal partido político conservador e independentista catalán, el PDeCAT, comparar la situación del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, con la de la activista estadunidense afroamericana Rosa Parks. Además, a lo largo de la misma discusión, en más de una ocasión, se comparó la lucha independentista catalana con el proceso de descolonización de las excolonias de Asia, Oriente Medio y África del yugo europeo durante la segunda mitad del siglo XX. Estos discursos culminan, desde un punto de vista visual, con la colocación de la bandera de la ONU en la escalinata del Parlamento catalán donde se ha proclamado la independencia.

En un artículo reciente, Javier Marías reaccionaba frente a estas analogías impropias señalando el daño que estas comparaciones sin base en la realidad están haciendo a las palabras y a su significado. No se trata, sin embargo, solo de un daño a las palabras sino de una falsificación de la realidad difícilmente aceptable. Como historiador, siento la necesidad de recordar que los Estados Unidos de Rosa Parks practicaban efectivamente una forma repulsiva de segregación racial que impedía a los afroamericanos de sentarse en los mismos sitios de los blancos en autobús, de usar bebederos públicos y de frecuentar escuelas y universidades segregadas. En el caso del proceso de descolonización, otra vez, los líderes nacionalistas como Gandhi, Nkrumah o Sukarno se enfrentaron con valentía a un sistema imperial que excluía socialmente y políticamente, de forma sistemática, violenta y recurriendo a teorías racistas, a los habitantes de vastas regiones de los continentes no-europeos. No existe, pues, ningún punto de contacto real entre estas historias y la narración independentista catalana que asume un estado de sumisión colonial frente al poder central español. En Cataluña existen instituciones democráticas regionales y los catalanes participan, también, en el proceso de decisión central. No existe exclusión social y económica por el hecho de haber nacido en Cataluña. Y, finalmente, cabe recordar que no existe en el país una clara mayoría (quizás parlamentaria, pero seguramente no social) que respalde la opción independentista. En lo personal, yo estoy decididamente favor de un referéndum legal que permita a los catalanes expresarse sobre su futuro como nación y, sin embargo, esto no me impide destacar que, en la actualidad, la narración independentista catalana se basa, así como lo ha sido la victoria de Trump en Estados Unidos, en una mistificación continua de la realidad y en un relato que evade sistemáticamente la prueba de la razón y de los hechos históricos.

En segundo lugar, el proceso independentista catalán en sus vertientes de izquierda representa una sorpresiva transición de la lucha política de un eje social hacia uno identitario. Se trata de un proceso iniciado durante la década de los años 70 y que el historiador estadounidense Charles Maier ha definido como paso del centro neurálgico de la lucha política del what you got al who we are. Digo sorpresivo porque es sin duda asombroso pensar que los dramáticos efectos de la crisis económica de 2008, particularmente duros en Cataluña, no lograron movilizar y juntar a las fuerzas políticas de la forma en que lo ha hecho el mensaje identitario. Cuando, el viernes pasado se proclamó la independencia en el Parlament, se podían observar, cantando el himno nacional catalán, Els Segadors, y compartiendo el mismo escenario, los integrantes del partido anticapitalista Candidatura de Unidad Popular con su puño alzado, Puigdemont, líder de un partido centrista y neoliberal responsable de las duras políticas de recorte post-2008, con Oriol Junqueras, presidente de Esquerra Republicana. Nada más que esta imagen señala la fuerza y rapidez con la cual transición de la lucha política del ámbito social y de clase al ámbito identitario ha avanzado en Cataluña y Europa.

De los escombros de la modernidad se consolida así en Cataluña un proceso político donde los hechos se han vuelto irrelevantes y donde el problema de la igualdad, en un mundo crecientemente y dramáticamente desigual, se difumina para abrazar una dimensión identitaria que debilita y aleja la que tendría que ser la necesaria lucha para una redistribución radicalmente más justa de la riqueza y las oportunidades en nuestros países. La modernidad ha tenido sus límites como proyecto intelectual, como señalado por una larga corte de autores, de Adorno a Horkheimer pasando por Bauman. Y, sin embargo, si lo que estamos viendo plasmarse en países como Estados Unidos o, incluso, Cataluña representa la alternativa al proyecto nacido de la ilustración el futuro no pinta ciertamente bien.

Vanni Pettinà es profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.