Los medios de comunicación y las instituciones nacionales e internacionales, gubernamentales, civiles y educativas en todo el mundo se han obsesionado durante el último cuarto del siglo por la violencia sexual y represión de género que sufren las mujeres en países musulmanes.1 La sobreexposición y el escándalo, sin embargo, han permitido que otras mujeres, en otro contexto, se vean objeto de una violencia que crece oculta en la sombras como una plaga imparable. Mientras que la opresión de la mujer en el mundo musulmán tiene lugar a través de códigos sociales ajenos a la cultura hegemónica en este mundo neoliberalizado,2 la de la mujer latinoamericana (y africana) devela sistemas de dominación que estructuran y permiten la reproducción de dicha cultura. Por ello, ocultar la violencia sexual en regiones como Latinoamérica permite al autodenominado Occidente representarse como moral y civilizatoriamente superior. Respaldados por su falso apoyo al movimiento feminista, apologistas de la occidentalidad claman su deber de proteger a las musulmanas de su cultura opresora.


En el caso de México, Ciudad Juárez fue el crisol que amalgamó la violencia sexual con la de género y transformó radicalmente la forma en la que entendemos y vivimos nuestra sexualidad. Sería risible pensar que no había vínculo alguno entre estos dos tipos de violencia antes de que la niña de 13 años Alma Chavira Farel fuera golpeada y estrangulada, violada por el ano y la vagina, asesinada y desechada en un lote vacío en Ciudad Juárez (acto considerado como el inicio de la sistematización de feminicidios comúnmente referida como Las Muertas de Juárez) pero la perversidad y el sadismo con el que se trató su cuerpo abrió nuevos horizontes conceptuales y sociales.3 El uso pervertido y perverso de la energía sexual como mecanismo de violencia ha llevado a la desacralización del cuerpo humano, lo que ha provocado su maltrato ocioso y desmedido. Si bien la violencia sexual trasciende género, clase y raza, cuando se particulariza en fenómenos sociales específicos no se puede separar de las estructuras que nos organizan y controlan. El cuerpo violentado era y es, sobretodo, el de la mujer, trabajadora y de piel morena. No es ninguna coincidencia que el cuerpo desacralizado sea el más oprimido por nuestra sociedad, es decir, el que es objeto de más y más incisivos mecanismos—institucionalizados y personalizados—de imposición no consensual de poder.4

Este tipo de violencia se esparció por el territorio a través de los enfrentamientos entre cárteles y las acciones militares que ha llevado a cabo el Estado Mexicano desde el 2006 para, presuntamente, combatir el narcotráfico. La asimilación entre el abuso sexual, el maltrato desmedido sobre el cuerpo y el asesinato ha sido la marca distintiva del conflicto. Existe un exceso ocioso de violencia que supera cualquier función estratégica que pudiera tener como método de intimidación y reforzamiento de poder, lo que apunta así a una sexualización.5 Es decir, más que cumplir un fin preciso, se ha vuelto una forma de sublimación de nuestra energía sexual a diferencia de las Guerras Yugoslavas donde la violencia sexual fue parte esencial de la estrategia militar que buscaba la limpieza étnica.6 Casos similares al de México se podrían encontrar en la Guerra Civil en Sierra Leona que se destacó por la sistemática amputación de miembros y la red de tráfico de mujeres como esclavas sexuales.7 El conflicto contra las FARC en Colombia presenta un escenario intermedio ya que, como Paula Guisao resaltó, la “violencia sexual…generalizada en el conflicto armado colombiano, [es] usada de manera sistemática por todas las partes: guerrilleros, paramilitares y miembros del Ejército y la Policía Nacional; que la utilizan como estrategia de guerra, como forma de tortura o de castigo combinadas con prácticas de mutilación contra mujeres acusadas de simpatizar con el enemigo, como mecanismo para humillar al enemigo o junto a modalidades de esclavitud.”8

La sexualización de la violencia ha sido ejercida tanto por cárteles, como por el ejército y la policía. Se han reportado miles de casos donde estas personas que sustentan el derecho a ejercer violencia utilizan su autoridad para humillar sexualmente a presuntos criminales. Además de golpizas y formas de tortura como semiasfixia, existen estudios detallados sobre el uso sistemático de violencia sexual que va desde el manoseo hasta la violación con dedos, objetos y pene.9 Junto con la sexualización de la violencia, hay una feminización del sujeto violentado. Es decir, este tipo de violencia tiene un elemento muy marcado de género donde quien la ejerce lo hace a través de la imposición de su masculinidad y la feminización de quien la recibe, incluso cuando es hombre. Casos como el del “Marino Loko,” un infante que obtuvo fama por vestir a narcotraficantes capturados con lencería,10 evidencian este fenómeno. El país se ha convertido en el escenario de una aplastante represión de lo masculino hacia lo femenino y la violencia sexualizada ha sido su principal forma de expresión.

Aunque la cara más extrema de este escenario es la del estado del conflicto en torno al narcotráfico, hay batallas en todos los niveles de nuestra sociedad y rincones de nuestra geografía. Lo masculino está sustentado en estructuras de represión física, ideológica y conceptual sobre lo femenino,11 y aquellos que nos acogemos bajo la cobija de la masculinidad disfrutamos de los privilegios de vivir en una sociedad que explota y aliena a las mujeres a través de diversos mecanismos de imposición de género, tanto en el ámbito privado como en el público. La lucha feminista para lograr sacar a la mujer de la vida privada y darle un espacio equitativo en el ámbito público, así como la respuesta institucional positiva aunque no completamente satisfactoria, han limitado los medios que tienen los hombres para mantener su estado privilegiado. Aprovechando la conexión conceptual entre violencia y sexo que se cimentó primero en Ciudad Juárez y después se esparció a lo largo del territorio Mexicano, y amparados en la debilitación del Estado de Derecho,12 muchos hombres han encontrado en la violencia sexual un mecanismo de concentración de capital social13 que nos coloca a todos, como miembros del género masculino, en una posición de poder en detrimento de las mujeres.

En este contexto, la defensa de la masculinidad es un grito conservador que se resiste a la transformación de las estructuras de dominación y la sexualidad masculinizada son las garras aferradas a la orilla del acantilado. Esta masculinidad ha construido una feminidad cuya fragilidad y aislamiento social le es de utilidad. Muchas mujeres han logrado entenderse fuera de esta construcción de lo femenino, y han tenido que hacerlo para luchar contra las estructuras que las oprimen. Los hombres hemos preservado activa o pasivamente este sistema e incluso muchos han utilizado el grito de equidad para representarse como víctimas, tanto de la violencia machista como de la feminista.14 El lugar privilegiado en el que nos encontramos nos da una plataforma para transformar las estructuras de dominación y lo más urgente ahora es la separación conceptual y social entre la sexualidad y la violencia, para lo cual debemos partir del entendido de que la sexualidad es más que un acto privado de placer o una expresión natural de nuestra biología, es un acto político.15

Las mujeres ya hicieron el primer paso que fue hacer pública esta realidad y obligarnos a debatirla. De forma muy valiente, muchas compartieron sus historias privadas donde fueron violentadas sexualmente. Y la reacción de la mayoría de los hombres no podía evidenciar más nuestro privilegio, desde aquellos que empezaron a expresar su miedo por la violencia femenina, hasta los que no tenían la menor idea que tal cantidad de mujeres podían haber sufrido tanto.16 La “violencia” de un acto específico no es objetivo sino estrictamente subjetivo y recae en la significación que le otorga la persona violentada. Lo que es violento para una persona no lo es para otra, así como lo que es violento en una cultura, no lo es en otra. Pero al ser realizado en un contexto social específico, el acto violento es significado por sus conexiones conceptuales e instituciones. Esto quiere decir que aunque nosotros no percibamos nuestro acto como violento, éste puede violentar a otra persona y formar parte de un mecanismo de dominación social que nos empodera.17

Ya que entendamos la cara violenta de la sexualidad masculinizada, así como la sexualización de la violencia, podremos activamente resignificar la sexualidad, abrir nuestro marco conceptual y social: transformar las demarcaciones institucionales que limitan a ciertas personas por su sexualidad, aceptar socialmente las distintas posibilidades de experimentar nuestra sexualidad y enfatizar su aspecto hedónico sin perder de vista su cara política. Si la sexualización de la violencia—mas no la violencia sexual—es una sublimación de nuestra energía sexual reprimida por la internalización de normas sociales que conceptualizan el placer carnal como algo moralmente negativo, la apertura social a la sexualidad como una parte esencial de nuestra identidad y nuestra vida como individuos y en sociedad es el arma más eficiente que tenemos para transformar la violencia en nuestro país. En este sentido, la lucha del movimiento LGBT para obtener igualdad de derechos civiles y apertura social es esencial puesto que exige la reconfiguración de nuestra sexualidad.18 Lo masculino no sólo sienta sus privilegios en la alienación de las mujeres, sino en la de todas aquellas personas que no se adscriben a las identidades de género y sexuales que los perpetúan.

En lugar de redirigir la culpa que tienen los hombres que han ejercido violencia (criminal o no)  para culpar a un sistema que establece relaciones represivas de género al que tanto mujeres como hombres estamos sometidos (al que se le ha dado el nombre de “patriarcado” o “heteropatriarcado”), hay que transformar la pregunta sobre quién es culpable y cómo hay que castigarlo, a una pregunta sobre quién tiene la responsabilidad (penal y civil), cómo prevenimos futuro riesgo (por lo tanto, quiénes se benefician del contexto que aumenta las probabilidades de ese futuro riesgo) y cómo procuramos el bienestar o reparación del sujeto afectado. En otras palabras, la desmoralización de la violencia, tanto en el contexto penal, como en el de los medios de comunicación y el de la sociedad civil, es esencial para poder comprender la complejidad y funcionalidad de la sexualización de la violencia, así como la propagación e intensificación de la violencia sexual.

También es crucial para desvictimizar a las personas que han sufrido violencia directa o sistémica, lo que no significa responsabilizarlas, sino entenderla como una persona fuera de la categoría de “víctima” en la que la hemos encasillado y permitirle tener complejidad moral.19 Si entendemos a Alma Chavira Farel como una persona compleja que sufrió al final de su vida un acto fulminante de violencia y no nada más como víctima podemos rehumanizarla y separarla de la violación, maltrato y asesinato que no sólo acabaron con su vida, sino que la han alienado por más de veinte años al convertirla en un simple símbolo. De esta forma, los medios de comunicación e instituciones gubernamentales no habrían justificado la muerte de Lesvy Berlín Osorio Martínez, y de muchas otras, como el resultado de su vida “inmoral.” La violación y asesinato de Mara Fernanda Castilla no fue el resultado de sus acciones, sino de la violencia ejercida por Ricardo Alexis cobijado y empoderado por una sociedad que premia su masculinidad y fomenta el uso de la sexualidad como medio de represión en un contexto donde la violencia ha sido sexualizada.

Develar estos mecanismos de violencia sexual y represión de género que sufre la mujer mexicana (y latinoamericana en general) a través de su desmoralización, es un acto antiimperial ya que hace manifiesta la podredumbre de la sexualidad occidental y de los mecanismos de dominación feminicidas que perpetúan la hegemonía masculina. Aun cuando México y Latinoamérica en general no forman parte de la élite político-económica global que ha establecido parámetros de conducta basados en sus códigos sociales (derechos humanos), estas dinámicas no le son culturalmente ajenas ni socialmente indistintas. La superioridad moral, centro de la ideología imperialista occidental, se mostraría entonces como una peligrosa ilusión.

Julián González de León Heiblum es estudiante de doctorado en Historia en el Graduate Center, CUNY.


1 Laura Navarro. “Islamophobia and Sexism: Muslim Women in the Western Mass Media,” Human Architecture: Journal of the Sociology of Self-Knowledge, vol. 8, no. 2, (2010): 95-114. Éste es un sólo ejemplo de estudios sobre el problema. No se incluyen más para no complicar la lectura. La función de las referencias es darle al lector una guía para profundizar más sobre los distintos temas y problemáticas que abro, así como dar crédito a los trabajos que inspiraron y guiaron las ideas que desarrollo a lo largo del ensayo.

2 Chandra Talpade Mohanty, “Under Western Eyes: Feminist Scholarship and Colonial Discourses” boundary 2, vol. 12, no. 3 (primavera-otoño, 1984): 333-358.

3 La perspectiva de análisis enfocada en la intersección entre la realidad conceptual y la social está directamente influenciada por la “Historia Conceptual” alemana: Reinhart Koselleck, “Begriffsgeschichte and Social History” en: Futures Past: On the Semantics of Historical Time, Keith Tribe trans. (Nueva York: Columbia University Press, 2004): 75-92.

4 Marta Lamas, Cuerpo, sexo, política (México: Editorial Océano, 2014).

5 Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres (Madrid: Traficantes de Sueños, 2016).

6 Pascale R. Bos, “Feminists Interpreting the Politics of Wartime Rape: Berlin 1945; Yugoslavia 1992-1993,” Signs vol. 31, n. 4 (verano, 2006): 995-1025.

7 Humans Right Watch, We’ll Kill You if You Cry”: Sexual Violence in the Sierra Leone Conflict, vol. 15, no.1 (enero, 2013).

8 Juárez Rodríguez, Javier. “Las mujeres como objeto sexual y arma de guerra en espacios de conflicto armado de México y Colombia y el papel de los medios de comunicación”, Historia y Comunicación Social, vol. 19 (2014): 26.

9 Amnistía Internacional, Sobrevivir a la muerte: tortura de mujeres por policías y fuerzas armadas en México (Londres, 2016).

10 La Redacción, “Exhiben a “El Marino Loko”: captura a narcos y los viste con lencería de mujer” Proceso (abril, 2016).

11 Raúl Zepeda, “Violencia contra las mujeres en la guerra contra las drogas,” Nexos (30 de junio, 2016).

12 Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C., Violaciones graves a derechos humanos en la guerra contra las drogas en México (México, 2015).

13 Pierre Bourdieu, Razones prácticas: Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1999.

14 http://bit.ly/2zrrAzE (28/10/17)

15 Michel Foucault. Historia de la Sexualidad. Vol. 1 La voluntad de saber, Ulises Guiñazú trad. (México: Siglo Veintiuno, 1977).

16 Mariana Pedroza. “El heteropatriarcado: ese enemigo escurridizo.” Nexos (28 de abril, 2016).

17 Slavoj Žižek. Violence: Six Sideways Reflections (Nueva York, MacMillan, 2008).

18 Annamarie Jagose. Queer theory: an introduction (Nueva York: New York University Press, 1996).

19 Trudy Govier. Victims and Victimhood (Toronto: Broadview Press, 2015).

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