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Claudio Magris es uno de los gigantes de la literatura contemporánea. A lo largo de más de cuatro décadas, este profesor de la Universidad de Trieste ha pintado un sugestivo y variopinto collage literario marcado por su erudición y humanismo. Su creatividad lo ha llevado a escribir novela, ensayo, relato de viajes. Y a fusionar con elegancia estos géneros en textos ya clásicos como su novela-ensayo El Danubio, un apasionante viaje que aprovecha el cauce de este emblemático río para recorrer los cimientos del cosmos europeo: historia y literatura.

Existe, sin embargo, otro curioso ingrediente que discretamente se encuentra a lo largo de su obra y que vale subrayarlo: su defensa de la ley y del Estado.

En efecto, ante los peligros de apostar por una justicia heroica que inflama las entrañas, Magris se coloca del lado de las leyes. Es cierto, son áridas y antipáticas y siempre estarán un paso atrás de las exigencias, pero son también el intento más acabado de aterrizar los ideales de una sociedad a la realidad. Es decir, para este profesor de literatura germánica la relevancia del derecho no reside en sus cualidades intrínsecas, sino en su capacidad instrumental para proteger los fines propios de una democracia: laicismo, tolerancia, libertad. Así, Magris lanza, para aquellos que ningunean las formas y procesos jurídicos, una pregunta simple pero contundente: ¿Cómo lograr una mejor protección de los débiles, con la lanza de don Quijote que abandera una noble estampa de la justicia o mediante la pistola del policía que se apoya en la estructura del Estado?

Dejo que él mismo conteste: “A menudo, democracia, lógica y derecho son despreciados por los rectores vitalistas como valores ‘fríos’ en nombre de los valores ‘cálidos’ del sentimiento. Pero esos valores fríos son necesarios para establecer las reglas y las garantías de tutela del ciudadano, sin las cuales los individuos no serían libres y no podrían vivir su ‘cálida vida’ […] Son los valores fríos –el ejercicio del voto, las garantías jurídicas formales, la observación de las leyes y de las reglas, los principios lógicos- los que les permitirán a los hombres de carne y huesos cultivar personalmente sus propios valores y sentimientos cálidos, los afectos, el amor, la amistad, las pasiones y las predilecciones de todo tipo.” [1] El derecho es defendible, entonces, siempre que persiga ese fin: resguardar a los débiles, permitirles un espacio de libertad para cultivar sus aspiraciones y afectos. En este sentido, por ejemplo, cuando este escritor italiano se refiere al poder del dinero que amenaza a las sociedades contemporáneas, no se enfrasca en el infecundo debate de a quién otorgarle el control de la economía: al Estado o al mercado. Más bien, considera que hay que ubicar las relaciones que resultan en abuso de poder y ahí tejer necesariamente una red jurídica que acabe con tales condiciones y las obstaculice en un futuro. El diseño legal probablemente no sea sencillo e involucre a diversos actores, pues las relaciones sociales se vuelven cada vez más complejas; pero la presencia y defensa del Estado debe guiarse por esa brújula que señala los excesos de los más fuertes en cualquier ámbito de la sociedad.

El Magris jurista defiende al derecho como respuesta a una preocupación mayor: su amor por la literatura y la poesía de la vida. Se trata de una herramienta útil mientras preserve esos y otros valores de los individuos. Nada más pero tampoco nada menos. Y esta es una lección medular para nuestra tradición jurídica, tan aficionada a una idea del derecho barroca y fetichista.

Aquí algunos subrayados:

“Cuanto más renuncie el Estado a ser sujeto económico tanto más debe garantizar, con la certeza de la ley y la fuerza para aplicarla, el ordenado desarrollo de actividades que, al ser cada vez más complejas, se convertirían en caso contrario en una anarquía incontrolable, fuente de conflictos y abusos sin fin. El simple contrato, el acuerdo entre las partes, no puede sustituir a la ley, que permite valorar su validez, impugnarlo si no es válido e imponer su cumplimiento si uno de los contrayentes no lo respeta. Para el caso de grandes acuerdos concretos se podría confiar en el automático reglamento de las costumbres no escritas y de los mecanismos de reacción y contrarreacción de la dinámica social; un pacto entre una gran industria y un sindicato grande cabe que esté ya suficientemente garantizado por las desastrosas consecuencias que, para ambas partes, acarrearía su incumplimiento. Pero en una red cada vez más compleja de relaciones directas e indirectas entre agentes de diversa índole y fuerza, se hace difícil pensar que un mecanismo autorregulativo sea suficiente para tutelar a todas las partes, algunas con mayor y otras con menor capacidad para defenderse, y para evitar repercusiones indeseables (…)”

La bolsa de los valores

1997

“Libertad no significa, obviamente, negación de todo sistema conceptual, abandono a un caos sin leyes. El intento por entender el mundo y la vida, por encuadrarlo en un orden no rígido ni dogmático, es una de las más grandes manifestaciones de la libertad. Existe libertad más libertad –y más poesía- en el intrépido y coherente pensamiento de Kant, en su desafío a lo desconocido y a lo inconocible, que en muchas transgresiones fáciles y convencionales, las cuales no pasan de ser anteojeras ideológicas para no ver el abismo cotidiano. Resistirse a la ideología significa también resistirse a la embriaguez de muchos entusiastas, en los cuales la libertad se pasma y se droga.”

La libertad según Dostoievski

1995

“Toda ley, con sus formalidades y autoridad, se nos antoja fácilmente antipática; a don Quijote no le gustaba que unos hombres de honor se hicieran jueces de los pecados de otros hombres y hubiera preferido que la defensa de los débiles perseguidos corriera a cargo de su lanza de caballero, pero los débiles perseguidos seguramente no se sentirán suficientemente protegidos por su nobilísima y frágil lanza. Una buena parte de la literatura, incluso grande pero injusta, ha mirado con frialdad al derecho, considerándolo árido y prosaico respecto a la luz de la poesía y la moral. La ley sin embargo tiene una profunda y melancólica poesía; es el intento de hacer descender concretamente las exigencias de la conciencia a la realidad vivida –fatalmente un intento de compromiso, puesto que está obligado a echar cuentas con los límites de lo real, pero grande precisamente por esa ardua e ingrata confrontación con la dura prosa del mundo.”

Esas leyes necesarias

1996

“Bobbio es un gran laico no en el sentido estúpido e incorrecto en el que de ordinario es utilizada esta palabra, casi como si significase lo opuesto a creyente o religioso. Bobbio nos enseñó que el laicismo no es un credo filosófico o específico, sino la capacidad de distinguir las esferas de las diversas competencias, lo que le corresponde a la Iglesia de lo que le corresponde al Estado, lo que le pertenece a la moral de eso que debe ser regulado por el derecho, lo que es demostrable racionalmente de lo que es objeto de fe.

Muy pocos como Bobbio testimoniaron el laicismo como actitud crítica para articular las propias ideas, religiosas o irreligiosas, de acuerdo con principios lógicos no condicionados por ninguna fe. La cultura –incluso la católica- es siempre laica, así como la demostración de un teorema, aun realizada por un santo de la Iglesia, obedece a las leyes de las matemáticas y no a los parágrafos del catecismo. Bobbio encarna esta laicidad entendida como duda dirigida hasta contra las propias certezas, capacidad de adherirse a una idea sin ser sumisos a ella, libertad del frenesí por idolatrar así como de desacralizar, moralidad humanística que se opone tanto al sedicioso moralismo avinagrado como a la sosa desenvoltura ética; laicidad que distingue el pensamiento y el auténtico sentimiento –siempre riguroso- del fanatismo religioso ideológico y de las reacciones emotivas viscerales, todavía más funestas que el dogmatismo.”

Norberto Bobbio. Derecho y libertad

2004

“Un gran jurista, Tullio Ascarelli, veía en Antígona no la abstracta contraposición de la conciencia individual a la norma jurídica positiva, del individuo al Estado, sino la lucha de la conciencia por traducirse en normas jurídicas positivas más justas para crear un Estado más justo.

Creonte, al final, asume con conocimiento de causa que su ley era injusta y está listo –aunque sea muy tarde- para cambiarla. Las leyes no escritas de los dioses están escritas en leyes humanas más justas, aunque su transcripción es interminable y siempre, a cada ley positiva, la conciencia le opone la exigencia de una ley más alta. La tragedia no es que este proceso sea interminable, acaso su perenne perfectibilidad sea su gloria; más bien tenemos muchas razones para temer que el proceso se interrumpa y que pavorosas recaídas inhumanas hagan retroceder la historia a la barbarie, la civilización a la ferocidad, la convivencia al odio. La tragedia también es que los pasos hacia delante de la humanidad exigen el sacrificio de innumerables Antígonas que aun hoy, en este momento, mientras escribo estas palabras, continúan sepultando hermanos, hijos, padres, compañeros truncados por la violencia de los hombres.”

La piedad contra la ley

1996

Saúl López Noriega. Profesor de tiempo completo del Departamento de Derecho de la UNAM.

[1] Magris, Claudio, Literatura y derecho ante la ley, Sexto Piso, Barcelona, 2008, p. 82.