“… La nación es una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”.

Benedict Anderson

 

La discusión en torno a la autodeterminación de los pueblos es un tema que se ha colocado en la agenda internacional actual. Movimientos de carácter nacionalista e independentista abarcan hoy los titulares de la prensa en todo el mundo, si bien los medios occidentales han puesto más atención al caso catalán y se han olvidado de otros igualmente importantes, como el referéndum de independencia del Kurdistán iraquí, celebrado el pasado 25 de septiembre. 

El caso kurdo es particularmente complejo, y no se puede entender sin un análisis exhaustivo de los procesos históricos de la región y de la interacción de diversos actores cuyo comportamiento es extraordinariamente dinámico.

El Kurdistán es una región geográfica situada en la confluencia de las fronteras de cuatro países: Turquía, Irán, Irak y Siria, y cuya población, étnica y religosamente diversa, se estima en alrededor de 40 millones de personas, incluyendo una significativa diáspora, principalmente en países europeos. De ahí que sea llamada la nación más grande del mundo sin un Estado reconocido.

Tras la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio otomano, el Kurdistán quedó dividido por la imposición de las fronteras que dieron paso al establecimiento de los Estados-nación en Medio Oriente. Su población fue forzada a procesos de asimilación identitaria y homogeneización en cada uno de los estados en los que fue repartida. Sin embargo, las narrativas históricas de un origen común y una serie de elementos de cohesión, exacerbados por la sistemática exclusión y persecución a las que fueron sometidos los kurdos, contribuyeron a la construcción de un marcado nacionalismo.

En 1920, Woodrow Wilson expresaba que las minorías turcas, refiriéndose a los kurdos, tenían derecho a la autonomía. El Tratado de Sèvres (del mismo año) abrió la puerta para la independencia kurda con el reconocimiento de su autonomía local, pero en 1923 el Tratado de Lausanne echó por tierra esta promesa al reconocer a la República de Turquía sin un tratamiento especial para los kurdos de aquel país. Los kurdos no sólo perdieron su derecho a la autonomía, sino también el reconocimiento de sus derechos fundamentales. Llamados ahora “turcos de la montaña”, los kurdos protagonizaron diversas rebeliones entre los años 1920 y 1930, las cuales fueron severamente reprimidas por el Estado, que además implementó diversas disposiciones para anular lo kurdo –comenzando por la prohibición de su idioma y de toda expresión cultural propia–, y reforzar la idea de Turquía como una entidad indivisible. La creación en 1978 del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) llevó a una escalada en la confrontación con el gobierno turco y a una radicalización de las posturas nacionalistas kurdas. El surgimiento de otras agrupaciones políticas como el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), de tendencia prokurda, en 2011, pareció abrir finalmente la posibilidad de diálogo y de resolución de la cuestión kurda por la vía de la representación política. Hoy sus principales dirigentes se encuentran en prisión acusados de terrorismo.

La criminalización de lo kurdo no ha sido exclusiva de Turquía. En Siria se les negó el derecho a la ciudadanía y se prohibió el registro de niños con nombres kurdos. Pese a ello, en el marco de la guerra civil siria, los kurdos han desempeñado un papel significativo en la lucha contra el Estado Islámico y han logrado constituir en Rojava un modelo de organización política bajo la premisa de una democracia representativa en la que destaca la participación de las mujeres.

En el caso iraní, los kurdos fueron más allá con la creación de un Kurdistán independiente aunque efímero, la República de Mahabad, en 1946. Mustafa Barzani, padre del ahora ex presidente del Kurdistán iraquí, Masoud Barzani, lideró este movimiento al frente de un grupo de alrededor de 1500 combatientes, los Peshmerga, “aquellos que se enfrentan a la muerte”, hoy célebres y reconocidos internacionalmente por contener el avance del Estado Islámico en Siria e Irak. Los Peshmerga y la bandera nacional kurda, surgida también en Mahabad, son dos de los símbolos más fuertes de la identidad del Kurdistán. La República de Mahabad fue disuelta por las fuerzas iraníes y Barzani, después de un exilio en la entonces Unión Soviética, continuó en 1958 el movimiento independentista en Irak, a donde volvió cuando fue derrocada la monarquía.

El caso de Irak es particularmente importante, pues en dicho país el proceso de la autonomía kurda ha logrado sus avances más significativos. Aquí la trayectoria del nacionalismo kurdo tiene su origen entre 1920 y 1930, con una serie de revueltas que respondieron en gran medida a la construcción de un Estado árabe en el que lo kurdo no tenía lugar.  Para 1970, Mustafa Barzani logró una negociación con el régimen baatista, ya de hecho liderado por Saddam Hussein, que consistió en la promesa de autonomía kurda. Desafortunadamente, el acuerdo llamado “Manifiesto de Marzo” no se concretó y las confrontaciones se reanudaron en 1974.

Años después, bajo el gobierno de Hussein, los kurdos iraquíes vivieron uno de los periodos de represión más cruenta de su historia. La campaña Anfal, en 1988, fue una operación genocida que cobró la vida de más de 100 mil kurdos, 5 mil de ellos por del uso de armas químicas en el distrito de Halabja.

En 1991, en el marco de la Guerra del Golfo, Estados Unidos declaró como zona de excepción a la región del Kurdistán iraquí, sentando el precedente para la consolidación de un gobierno autónomo kurdo, que se estableció en 2003 cuando tuvo lugar una nueva ofensiva norteamericana contra el régimen de Hussein.

En el año 2005, el artículo 117 de la Constitución iraquí consagró “como región federal la región de Kurdistán y sus autoridades regionales y federales”, mientras que el 119 facultó a las regiones para adoptar una constitución propia, donde se definirían las competencias y procedimientos del gobierno regional, siempre bajo la condición de no contradecir la constitución federal.

Es en este marco que tuvo lugar la realización del referéndum de independencia del 25 de septiembre, convocado por el Gobierno Regional del Kurdistán (KRG), encabezado por Mahmoud Barzani. La propuesta contó desde su inicio con la oposición de diferentes actores regionales, tanto internos como externos. La Unión Patriótica del Kurdistán (PUK) bajo el liderazgo de los Talabani, otro de los grupos gobernantes en el Kurdistán iraquí y heredero como el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) de la estructura tribal de la región, señaló que el referéndum sería un ejercicio que más allá de su legitimidad como expresión de la voluntad popular, reforzaría la figura de Mahmoud Barzani y distraería la atención de los cuestionamientos sobre su permanencia en el poder.

Bagdad, por su parte, declaró que el referéndum sería anticonstitucional y violaría la integridad territorial del país. Aludiendo a la necesidad prioritaria de combatir al Estado Islámico, expresó que no era momento para un movimiento secesionista kurdo.

Estados Unidos, aliado casi natural de los kurdos y uno de los promotores más fuertes de su autonomía, buscó persuadirles para no llevar a cabo este ejercicio. La ausencia de un pronunciamiento en su favor ha sido interpretada por los kurdos como una traición y un apoyo tácito al gobierno iraquí. 

Turquía, que contrariamente a su postura respecto a sus propios kurdos, ha tenido una relación amistosa con los kurdos iraquíes tanto en lo diplomático como en lo económico, descalificó el proceso, previniendo sobre una posible guerra civil en caso de realizarse. El ministro turco de Relaciones Exteriores, Mevlüt Cavusoglu, declaró el 16 de agosto que “Irak atraviesa numerosos problemas. Un referéndum de independencia no hará más que agravar la situación”. El gobierno iraní no fue menos agresivo en sus amenazas, al expresar que un Kurdistán iraquí independiente podría constituir un riesgo importante para Irán, puesto que Irak y Siria son dos naciones consideradas estratégicas para este país, debido a sus recursos de gas y petróleo y a su relevancia para sus intereses políticos y militares. El general Mohammad Hossein Bagueri, jefe de las Fuerzas Armadas en Irán, realizó incluso una visita oficial a Turquía, -la primera de un general iraní en 38 años-, para establecer una alianza que inhibiera la realización del referéndum, mientras se desplegaban en esos días miles de miembros del Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos y equipo pesado en seis ciudades del área kurda en Irán. La histórica rivalidad entre Turquía e Irán no fue obstáculo para que compartieran el miedo al separatismo kurdo y se aliaran en su contra.

Francia y Reino Unido mostraron su preocupación por la celebración del referéndum. El ministro de Relaciones Exteriores francés, Jean-Yves le Drian, instó a los kurdos a respetar la constitución iraquí y a establecer un diálogo con Bagdad, no sin señalar la iniciativa como inoportuna. El Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido declaró a través de un comunicado oficial que no apoyaba la aspiración del Gobierno Regional Kurdo de celebrar un referéndum, pues existía el riesgo de aumentar la inestabilidad en la región cuando el objetivo debía ser derrocar al Estado Islámico. 

Pese a la oposición, el KRG realizó el referéndum, cuya legitimidad sí está avalada por la Constitución iraquí, en las provincias que conforman la región, Duhok, Slemani y Erbil. Además, se unió a la consulta la provincia de Kirkuk, cuya composición étnica es mayoritariamente kurda, pero en la que también hay una significativa presencia árabe y turcomana. La diáspora kurda también emitió su voto a través de las distintas representaciones del KRG en Europa y Estados Unidos.

El resultado, que ya era previsible, fue de un 92.73% en favor del sí a la independencia con una participación de un 72%, no sólo de población kurda, sino también de las diferentes minorías étnicas de la región.

La respuesta de los opositores fue inmediata. Turquía e Irán cerraron sus fronteras con Irak, el gobierno de Bagdad tomó el control de los aeropuertos del Kurdistán iraquí y prohibió la entrada y salida de vuelos internacionales, se desplegaron tropas iraquíes e iraníes a las regiones cercanas al Kurdistán, y en unos días tomaron importantes plazas. Kirkuk fue la más significativa por situarse en ella las principales instalaciones petroleras del país, que también fueron puestas bajo el control de Bagdad.

La indiferencia internacional y las confrontaciones políticas internas han colocado al Kurdistán iraquí en una condición de extrema vulnerabilidad y ya están teniendo consecuencias concretas, como la dimisión de Masoud Barzani al frente del gobierno kurdo. Más recientemente, Bagdad ha declarado su intención de reducir el presupuesto asignado para el Kurdistán iraquí.

El panorama no es alentador y la vía política para resolver el conflicto es cada vez más lejana. La estabilidad y seguridad que hicieron del Kurdistán iraquí un paradigma de desarrollo económico y político en una región tan convulsa, están en riesgo de desaparecer. El destino de millones de personas y de los miles de refugiados alojados por los kurdos depende ahora de una comunidad internacional que no se pronuncia y de los actores regionales que históricamente se han opuesto al reconocimiento y respeto de los derechos de autodeterminación kurda (aun cuando sí han utilizado a los kurdos como peones en las guerras de la región).

Erika González Flores es licenciada en Historia por la UNAM y asistente de investigación en la División de Historia del CIDE.

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