De acuerdo con cifras oficiales, de enero a octubre de 2017 más de 70 mujeres han sido asesinadas en el estado de Sinaloa. Mientras en 2016 se registraron 1294 homicidios, de los cuales 85 fueron contra mujeres y de estos 46 se reconocieron como feminicidios, en los primeros 10 meses del gobierno de Quirino Ordaz Coppel el incremento de los hechos de sangre arroja ya 1360 asesinatos, de los cuales más del 5% corresponde a violencia feminicida.1 Es decir, en el transcurso del año en la entidad se han cometido alrededor de 4.5 asesinatos diarios y cada cuatro días ha sido asesinada una mujer, lo que sugiere que las acciones para combatir la violencia homicida y los asesinatos por razones de género no están dando resultados.

En el caso específico de la violencia contra las mujeres, las políticas públicas y el sistema de procuración de justicia se han mostrado ineficaces a la hora de proteger a las sinaloenses. Ni la tipificación del feminicidio en el Código Penal del Estado en 2012, ni la alerta de género implementada en marzo pasado por la administración de Quirino Ordaz Coppel, han logrado disminuir el número de feminicidios como tampoco contrarrestar el grado de impunidad en la comisión de este delito. Para ilustrar lo anterior basta decir que del 2005 al 2016 los homicidios de mujeres se han incrementado en un 254%; de 24 mujeres asesinadas durante el primer año de gobierno de Jesús Aguilar Padilla (JAP, 2005-2010) se pasó a 85 casos en el último año de Mario López Valdez (Malova, 2011-2016). De la misma manera debe apuntarse que los 801 asesinatos de mujeres cometidos en este periodo, en su mayoría siguen impunes. Por ejemplo, en el sexenio de Malova se perpetraron 521 homicidios de mujeres, y de estos únicamente 116 recibieron castigo. Y una situación similar se presenta en el 2017, pues del total de feminicidios ocurridos entre los meses de enero y octubre sólo se ha esclarecido el 22%, es decir, aún se encuentra sin resolver el 78% de los casos.

Ahora bien, además del alza en los homicidios de mujeres, debe ponerse atención en otros aspectos que desvelan la evolución y el comportamiento de la violencia feminicida en la entidad. Por ejemplo, entre 2005 y 2016 la mayor mortalidad por feminicidios ocurrió principalmente en los municipios de Culiacán, Ahome, Mazatlán y Navolato, pero en el 2017 el fenómeno mostró algunos cambios. Aunque es notorio que en el trascurso del año la capital del estado sigue concentrando el mayor número de estos crímenes con un 38%, Mazatlán y Navolato han desplazado a Ahome (7%) para situarse en el segundo y tercer lugar con el 18 %y el 13% respectivamente. Aunado a esto debe decirse que en lo que se refiere a Culiacán y Mazatlán, dicha violencia se concentra particularmente en las zonas urbanas, con una alta incidencia en las colonias populares pero también con una presencia significativa en las áreas céntricas, sobre todo en el caso de la capital sinaloense. En Navolato, en cambio, la violencia contra las mujeres continúa focalizándose fundamentalmente en las zonas rurales. Y lo mismo sucede en el resto de los municipios.

Por otra parte, todo parece indicar que en Sinaloa los feminicidios son cometidos casi en igual proporción en los espacios púbicos y privados. De tal manera que las mujeres sinaloenses se encuentran en las mismas condiciones de vulnerabilidad tanto en el interior de su hogar como en la calle, lugares donde este año se han registrado el 24% y el 25% de los crímenes. Aunque también son vulnerables en otros espacios de sociabilidad como bares o fiestas privadas, donde se han cometido alrededor del 10% de los asesinatos. El otro 40% de los feminicidios no se sabe con exactitud dónde ha ocurrido; alude a mujeres que fueron encontradas violentadas y sin vida en un terreno baldío, un lugar abandonado, una zona enmontada, un camino solitario, un arroyo, un canal, o una fosa clandestina. En su mayoría –en un 63%—, estas mujeres fueron asesinadas con armas de fuego de diferentes calibres,–desde 9, 22 y 45 milímetros hasta AK-47 y AR-15—, casi siempre mientras viajaban a bordo de un automóvil, y en un 37% murieron a causa de golpes, heridas producidas por arma blanca, asfixia o quemaduras. Vale la pena agregar que alrededor del 30% de las mujeres que murieron en un ataque con arma de fuego se encontraban en compañía de una persona del sexo masculino que por lo regular era su marido o su novio. Por su parte, en poco más del 10% de los casos se tiene la certeza de que el responsable del homicidio fue el esposo, el novio, un familiar o un conocido de la víctima.

En cuanto a las edades de las víctimas, todo apunta que la violencia feminicida se distribuye casi en igual proporción entre la población joven y la población adulta. Esto significa que más del 43% de las mujeres asesinadas tenían entre 16 y 29 años, mientras que un 28% pertenecía al grupo etario de 30-39 y un 20% era mayor de 40; del resto se desconoce la edad. Puede afirmarse sin embargo que en 2017 es notorio un desplazamiento de este tipo de violencia a los grupos de menor edad, y que a diferencia del 2006 las mujeres asesinadas de manera violenta no son por lo general amas de casa, empleadas y obreras. En 2017 la violencia feminicida también acabó con la vida de enfermeras, maestras, deportistas, jóvenes solteras, estudiantes de bachillerato y de nivel superior, y de algunas niñas.

Para tener una lectura más completa de la violencia feminicida que afecta esta entidad, se podría desagregar el análisis de los feminicidios por municipalidades y observar detenidamente los casos de Culiacán, Mazatlán y Navolato. En Culiacán, por ejemplo, los feminicidios se focalizaron en barrios o sectores de las afueras de la ciudad en un 60 %, en lugares céntricos o concurridos (como el Desarrollo Urbano Tres Ríos y Las Quintas) en casi un 30% y en localidades rurales en poco más del 10%. En un 62% estos asesinatos se cometieron en la vía pública, en el interior de un domicilio, en reuniones sociales o en bares. El 38% restante corresponde a mujeres asesinadas cuyos cuerpos fueron localizados en predios o lugares solitarios. El 60% de estos homicidios se perpetró a plena luz del día, y alrededor del 76% se efectuó con armas de fuego, mientras el resto fue cometido a golpes, puñaladas, por degollamiento o asfixia.

En lo que se refiere a Mazatlán, alrededor del 70% de los asesinatos de mujeres ocurrió en la ciudad, de esta cantidad un 10% correspondió a ataques con arma de fuego en áreas céntricas; mientras que el 30% restante sucedió en poblaciones aledañas al puerto. En un 40% estos crímenes se cometieron en la vía pública, en cambio un 30% ocurrió en un domicilio y en el 30% de los casos los cuerpos fueron abandonados o enterrados. A diferencia de Culiacán, estos feminicidios se perpetraron por la noche (en un 60 %) y en ellos se percibe una mayor crueldad a la hora de infligir violencia en el cuerpo femenino. Es decir, en Mazatlán los golpes y las heridas con arma de fuego o punzocortante no fueron las únicas causas de muerte, aquí se presentaron casos de mujeres rociadas con gasolina y quemadas (1), asesinadas a balazos, quemadas y enterradas (2), así como con huellas de violencia sexual, de tortura, heridas con arma blanca y colgadas (1). También es donde se presentan más feminicidios de menores de edad.

En el municipio de Navolato la violencia feminicida tiene un comportamiento diferente. En principio porque ésta se concentra sobre todo en las zonas rurales (75%) y en menor medida en la ciudad (25%), y además porque ocurre menos en la vía pública y a plena luz del día. Es decir, en Navolato los feminicidios se cometieron con mayor frecuencia por la noche, en un domicilio, pero también se registraron casos de mujeres encontradas sin vida en caminos, predios o terrenos agrícolas. En su mayoría estas mujeres murieron por heridas de arma de fuego. En cuanto a los otros municipios,2 la violencia feminicida muestra un comportamiento similar al de Navolato, en el sentido de que los asesinatos de mujeres se concentraron en el área rural. Sin embargo también presenta algunas diferencias importantes como el hecho de que los asesinatos ocurren menos en la vía pública y en el domicilio de la víctima, mientras que un mayor número de mujeres aparece sin vida en lugares públicos. A su vez, contrario a lo que sucede en Culiacán, Mazatlán y Navolato, en estas municipalidades los asesinatos se cometieron a golpes y con arma blanca, y en menor medida con arma de fuego.

Como hemos visto, en Sinaloa la violencia feminicida es urbana, se comete con armas de fuego, irrumpe de día y de noche, trastoca por igual el espacio público y el privado, afecta a mujeres de cualquier edad u ocupación, y en algunos casos se inflige con excesiva crueldad. Y si bien apenas comienza a visibilizarse, debe decirse que lejos de ser un fenómeno nuevo, es una lastimosa realidad que desde hace varios años ensombrece el paisaje sinaloense. Más aún, junto con las violencias homicida y juvenil, la violencia feminicida se ha convertido en “una práctica social, reiterativa y culturalmente determinada”, que se inscribe a su vez en un contexto más amplio donde lo político y lo económico también influyen.3 Así pues, para entender la violencia feminicida que afecta a  las mujeres sinaloenses tratemos de preguntarnos por la cultura que la origina y por la sociedad que la produce. No hay que olvidar que la violencia, ya sea homicida, juvenil o feminicida, “se encuentra en estrecha relación con los valores fundamentales de una comunidad –expresados en sus códigos de comportamiento— y con el sentido que ésta tiene de su propia identidad”.4

Liliana Plascencia es candidata a doctora en Historia por el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.


1 En Sinaloa fueron reconocidos como feminicidios 71 homicidios de mujeres ocurridos de enero a octubre de 2017. El Código Penal del Estado en su artículo 134 Bis establece que comete el delito de feminicidio quien por razones de género prive de la vida a una mujer. Existen razones de género cuando se presente cualquiera de los siguientes supuestos: I. La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo; II. Cuando se haya realizado por violencia familiar; III. A la víctima se le haya infligido lesiones infamantes, degradantes o mutilaciones, previas o posteriores a la privación de la vida; IV. Existan datos de prueba que establezcan que se han cometido amenazas, acoso, violencia o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima; V. El cuerpo de la víctima sea expuesto, depositado o arrojado en un lugar público; VI. Cuando la víctima se haya encontrado en estado de indefensión, entendiéndose ésta como la situación de desprotección real o incapacidad que imposibilite su defensa; o VII. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a su fallecimiento. A quien cometa feminicidio se le impondrán de veintidós a cincuenta años de prisión.
2 Los otros municipios son Ahome y El Fuerte, cada uno de los cuales concentró el 7% de los feminicidios, así como Choix, Angostura, Sinaloa, Salvador Alvarado y El Rosario que registraron el 17% restante.
3 Desde hace algunas décadas la antropóloga colombiana María Victoria Uribe planteó la necesidad de examinar la violencia desde un encuadre cultural y político, es decir, inscribir el estudio del fenómeno en un contexto general que considere lo político, cultural y social. A esto yo agregaría además lo económico. Ver Matar, rematar y contramatar, Bogotá, Cinep, 1990, p. 13.
4 De nuevo sigo a Uribe, íbid., p. 30.