A los vecinos del parque Luis G. Urbina (mejor conocido como “Parque Hundido”) que a mediados de 2011 se organizaron y lograron evitar una ilegalidad inmobiliaria más en la CDMX

En un conocido ensayo titulado “En el vientre de la ballena”, publicado en 1940, George Orwell escribe lo siguiente: “…hallarse en el vientre de una ballena es un pensamiento muy cómodo, placentero, hogareño incluso. El Jonás histórico, si es que así puede llamársele, se alegró sin duda de huir de su prisión, pero en la imaginación, en las ensoñaciones, son numerosísimas las personas que lo han envidiado. El porqué, naturalmente, salta a la vista. El vientre de la ballena es un útero con capacidad suficiente para un adulto. Allí se encuentra uno a oscuras, en un espacio mullido que encaja a la perfección con el propio cuerpo con metros y metros de grasa entre uno mismo y la realidad, capaz de mantener una actitud de absoluta indiferencia, al margen de lo que sucede o deje de suceder. Una tormenta que hiciera naufragar a todos los buques de guerra del mundo apenas le llegaría a uno salvo en forma de eco lejano”.1

Traigo a colación a Orwell y a la imagen de un Jonás envidiado por muchísimas personas con motivo de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en nuestro país el domingo 1° de julio del año próximo. El motivo en última instancia es la probabilidad, cada vez más elevada según no pocos entendidos en la política nacional, de que el PRI gane dichas elecciones. Me disculparán los lectores que proceda a redactar estas líneas con base en lo que intuyen algunos “entendidos”, pero hasta donde alcanzo a percibir la creencia en una victoria del PRI está cada vez más extendida.

Suponiendo que mi percepción sea correcta, paso a mencionar algunos elementos que podrían explicar una victoria del Partido Revolucionario Institucional en 2018. Con todo lo importante que es, no me ocuparé aquí de la traída y llevada “dispersión del voto” y de los arreglos institucionales que podrían limitarla (en todo caso, no para estas elecciones), pues no tengo nada que agregar a lo que se ha dicho y repetido al respecto. Mi interés está en otra parte o, más bien, mi sorpresa. Me explico. Habiendo vivido un número considerable de sexenios, el del presidente Peña Nieto es uno de los más corruptos que yo recuerde. Se me dirá, con razón, que estamos ante otra percepción. Lo único que puedo replicar es que, una vez más, mi percepción está bastante extendida (al menos entre ciertos sectores de la población de la CDMX). No solo se trata de la corrupción que ha marcado a este gobierno desde prácticamente el primer día y a todos los niveles de gobierno, sino del cinismo que la ha acompañado. Un cinismo cuya última muestra es el “bono” que se han auto-adjudicado diputados y senadores de varios partidos (no todos, por cierto).2 En cuanto al cinismo, puedo equivocarme, pero recuerdo a un solo funcionario que durante este sexenio renunció a su puesto por corruptelas que hayan salido a la luz, ya sea referidas directamente al funcionario en cuestión o a alguna persona de su entorno inmediato. En cuanto a renuncias por incompetencia manifiesta, este tipo de renuncia simplemente no existe en México.

Pero vamos al punto que me interesa. Percepciones aparte, ¿cómo explicar que un partido cuyos miembros han dado muestras constantes de corrupción de la más diversa naturaleza esté en condiciones de alzarse con la presidencia del país en el 2018? Por supuesto, las respuestas posibles son muy variadas. Una de ellas, a la que los priístas irredentos recurren, es que los demás partidos “no cantan mal las rancheras”. Otra, es que ante una inseguridad y una violencia endémicas, la corrupción es una mal secundario y, en todo caso, no digno de decidir el voto. El problema aquí, claro está, es que, en primer lugar, la corrupción explica en no escasa medida la magnitud de dicha inseguridad y dicha violencia; las cuales, en segundo lugar, son galopantes. Otra posible respuesta es que mientras alguien reciba ciertos beneficios tangibles (desde un puesto en la calle, cierto material de construcción, una aviaduría o un tinaco) la corrupción ni le va, ni le viene (en parte, por si hiciera falta añadir, porque forma parte integral de la misma). Por último, otra posible respuesta es que si obtengo beneficios del statu quo, lo último que me pasa por la cabeza es sacar al PRI del poder. Éste puede ser, por ejemplo, el razonamiento de algunos empresarios (quienes parecen olvidar, por lo demás, que la corrupción le cuesta al país cerca del 10% del PIB, lo que significa que los empresarios que participan en la corrupción están minando en el mediano plazo sus propias opciones de desarrollo y, por tanto, de enriquecimiento).

Sea cual sea la respuesta que demos a la pregunta planteada en el párrafo anterior (las opciones, sobra decirlo, son muchas más), parecería que en el fondo de cualquiera de ellas subyace esa especie de “comodidad” que, según Orwell, caracterizó al bíblico Jonás mientras vivió en el vientre de la ballena. Un vientre que lo aislaba de todo y de todos, incluso de la realidad. Aquí está el quid de lo que quiero transmitir en estas líneas. Mientras un número considerable de mexicanas y mexicanos no se percaten de que la corrupción que participamos y/o fomentamos de uno u otro modo termina por afectarnos a todos, termina por degradarnos a todos y atenta contra el país en su conjunto, una victoria del PRI será un elemento más de lo que podríamos denominar “el orden de las cosas”. Más allá de leyes, reglamentos y disposiciones trufadas de términos como “transparencia”, “rendición de cuentas” y “estado de Derecho”, hay un factor que me parece decisivo: el cambio que necesitamos solamente puede provenir de un cierto nivel de conciencia ciudadana respecto a los costos ingentes que tiene la corrupción para la nación entera y para cualquier noción que tengamos de lo que es un “proyecto de país”, es decir, de un plan de futuro y con futuro para todos los mexicanos.

Que conste que me refiero a la corrupción en todos sus avatares, incluyendo algunos que pueden parecer nimiedades. Del sinnúmero de ejemplos que se pueden dar al respecto, menciono sólo uno que me parece relevante. Este ejemplo, que se ubica entre la sociedad civil y el aparato gubernamental, se refiere a un ámbito que considero muy importante para la construcción de cualquier proyecto nacional que imaginemos: la prensa (me limito aquí a la prensa escrita, pues en la red basta mencionar a Animal Político para saber que estamos frente a dos mundos muy distintos; en cualquier caso, prácticamente siempre la prensa escrita tiene su correlato electrónico). Tomando en cuenta lo que se avecina en lo que a manipulación, tendenciosidad y en última instancia desinformación se refiere a raíz de la contienda presidencial del 2018, tengo una modestísima propuesta que hacer a todos los diarios de este país, sobre todo a los de circulación nacional. Propongo que eliminen de sus páginas las secciones de los llamados “trascendidos”, que no hacen más que inficionar la conversación pública de insinuaciones, chismes e información inverificable. Los motivos de los “trascendidos” son además inconfesables, tienen objetivos espurios y emplean fuentes tan dudosas y tan corruptas como los rumores que estas murmuraciones periodísticas esparcen y, de alguna manera, legitiman. Tomando en cuenta algunos de los problemas que enfrenta el país, esta proposición puede parecer una trivialidad, pero es con trivialidades como ésta que podemos ir limpiando la casa y, de paso, que los diarios impresos mexicanos se empiecen a poner a la altura del proceso de educación cívica (y de la conversación pública que debiéramos tener); un proceso en el que lejos de haber sido partícipes durante nuestra ya larga y escasamente consolidada democratización, en más de un sentido han sido uno de sus más decididos y obstinados saboteadores.

La petición le parecerá ridícula a algunos, sobre todo proviniendo de un académico que tiende a estar recluido en su cubículo y que solo sale a la plaza pública de vez en cuando. Apelo pues a alguien que nunca se recluyó en ninguna torre de marfil y que a lo largo de su vida dio repetidas muestras de un compromiso cívico, político y social incuestionable: Albert Camus. En un texto que debió haber sido publicado en Le Soir républicain en noviembre de 1939 pero que fue censurado, Camus menciona lo que él considera son los cuatro medios o reglas fundamentales para construir un periodismo libre: la lucidez, el rechazo, la ironía y la obstinación.3

Se trata de una lucidez entendida por el autor de El extranjero como una renuencia absoluta de parte de los periodistas a dejarse llevar por odios de ningún tipo o por los diversos avatares del fatalismo; un periodista libre no excita al odio, ni provoca la desesperación en los lectores. La noción de rechazo que le interesa a Camus se refiere a rechazar la deshonestidad periodística, que consiste básicamente en no verificar la autenticidad de todas y cada una de las noticias que transmite un periodista. Esto implica, entre otras cosas, que debe dar al lector los elementos para evaluar toda la información que proporciona y no participar en ninguna modalidad de lo que se puede denominar “lavado de cerebro”, asimismo, debe evitar las invectivas. Dicho brevemente, debe servir a la verdad en la medida de sus fuerzas o, dicho de otra manera, no servir a la mentira. En cuanto a la ironía, ésta permite no solo oponerse a los poderosos en contextos en los que hacerlo directamente no es posible o recomendable, sino también permite decir verdades sin adoptar un tono dogmático, el cual con frecuencia no apela a la inteligencia de los lectores, sino más bien a lo que yo llamaría sus instintos más básicos (simplismo, maniqueísmo, patrioterismo, etc.). Por último, en lo que se refiere a la obstinación, se trata de la decisión consciente y decidida por parte del periodista para oponerse a la estulticia, a la apatía y a la agresión, la cual es torpe y gratuita por definición. La obstinación así entendida se convierte en una virtud cardinal del periodista libre, quien con esta cualidad, que cierra los cuatro “mandamientos” camusianos del periodismo libre, sirve a la tolerancia y a la objetividad (nada menos, agregaría yo).4

Termino con la invitación de Orwell a no conformarse con vivir en el vientre de la ballena, por más beneficios personales que esa vida pueda traernos. Una inconformidad que, me parece, se deriva sobre todo de una visión del ser humano y de la sociedad que implica un reconocimiento explícito y consciente de que lo que está en juego si queremos seguir viviendo en dicho vientre no es solo nuestra suerte, sino el futuro de una sociedad que, en principio al menos, merece tener opciones que no impliquen el carácter aparentemente inevitable de los temores, transacciones, miedos, indignidades, trueques y chanchullos que definen la vida en México desde hace demasiado tiempo. La creación de esas opciones es quizás la responsabilidad primera del gobierno que tome las riendas de este país con base en los resultados de las elecciones de julio del año próximo.

La invitación a salir del vientre de la ballena puede parecer excesivamente ingenua, hasta inocente… sin duda, algo hay de eso; no pretendo negarlo. En cualquier caso, después de tres días y sus correspondientes noches Jonás regresó al mundo y ante él se abrió un abanico de posibilidades de desarrollo personal y comunitario que en muchos casos estaban libres de coacciones, sujeciones y abusos. Un abanico de esta naturaleza es el que todo ser humano debiera tener frente a sí. Otra cosa, por supuesto, es lo que cada quien haga con las opciones que tenga delante.

Roberto Breña


1  “En el vientre de la ballena”, en Ensayos de George Orwell (Barcelona, Debate, 2013), pp. 235-236.
2  El PRI es uno de los partidos que está promoviendo esta auto-adjudicación. Cabe apuntar que entre sus miembros, más bien entre sus “miembras”, se cuentan las diputadas que la semana pasada dieron una muestra más de esa educación cívica a la que el Partido Revolucionario Institucional nos tiene tan acostumbrados. Esta vez con el grito homofóbico tomado de las gradas de nuestros estadios de futbol. Que César Camacho, coordinador de la diputación priísta, haya pretendido defender a sus correligionarias afirmando que lo que gritaron fue “bruto”, y no “puto”, es una muestra más del cinismo referido, de la educación cívica aludida y de la opinión que tiene el PRI de la ciudadanía de este país en términos de la capacidad intelectual que le adjudica (por no decir que la priva del sentido común que supuestamente compartimos).
3  El texto, aparentemente sin título, apareció por primera vez en el diario Le Monde el 17 de marzo del 2012. En español, el texto ha recibido en más de una ocasión el título de “El periodismo libre”; encontré esta versión integral en la red. Los lectores interesados en una visión un poco más amplia de Camus sobre el quehacer periodístico, pueden ver la serie de tres artículos titulada “Periodismo crítico” en Moral y política (Madrid, Alianza, 1984), pp. 19-25 (de hecho, todo este librito, de menos de 150 páginas, da una muy buena idea de lo que era el periodismo para el autor de La peste y El hombre rebelde).
4  No puedo cerrar este tema sin hacer referencia a los 37 periodistas asesinados durante el sexenio del presidente Peña Nieto. Claramente, en varios sentidos estos periodistas practicaban un periodismo libre y, además, sumamente peligroso; tan peligroso que les costó la vida. La valentía no está incluida de manera explícita entre los “mandamientos” de Camus que conforman dicho periodismo. En el México de hoy, el de las desapariciones, secuestros, violaciones y ejecuciones cotidianas, habría que incluirla. No entro aquí al tema de la impunidad, pues no diría nada que en este país no sepa de memoria cualquier ciudadano de a pie.