La noción de resistencia tiene una relación peculiar con la victoria de Donald Trump (DT) y su movimiento Make America Great Again (MAGA). Resistencia es una forma de insurgencia política y acción colectiva que ataja problemas mediante la movilización, más que mediante la deliberación. El análisis de la relación entre las prácticas políticas de la resistencia y la teoría política puede verse en movimientos sociales recientes como Occupy Wall Street (OWSt) y Black Lives Matter (BLM). Sobre éste último considérese lo siguiente:

“Cuando hablamos de Black Lives Matter (las Vidas Negras Importan) en un sentido general sólo podemos referirnos al amplio punto conceptual que, mientras el lenguaje universal de las instituciones de los Estados Unidos habla de igualdad, sus acciones no tratan, de hecho, a ‘todas las vidas’ de esa manera; por consiguiente, el imperativo de enfatizar vehemente que las Vidas Negras Importan” (Burgos, 2017).

Filosofía política y acción política

La resistencia es un proceso que renueva la legitimidad democrática de un sistema político. La legitimidad nunca es completa, siempre está en déficit, pero es la imperfección la que hace posible la gestación de la resistencia. Como articulación comunitaria, la resistencia responde a uno de los problemas perennes de la democracia: la falta de legitimidad.

Este es el punto en el que la acción política conecta con la filosofía política (ver Political Philosophy and Political Action. Imperatives of Resistance). Si la autoridad política descansa en la articulación del interés general de una comunidad, la emancipación social implica obtener la libertad mediante la resistencia a la opresión y dominación (Jean-Jacques Rousseau). La resistencia también tiene una conexión con la vida colectiva pues la libertad sólo puede constituirse a partir de ésta (Karl Marx). Por otra parte, una comunidad es democrática si sus miembros pueden participar en la definición de la vida común (John Dewey); la construcción de lo público es uno de los problemas públicos más importantes. Pero la deliberación tiene limitaciones como herramienta de resistencia; cambiar el status quo requiere de formas directas de participación. Además, la resistencia puede constituir un nuevo y equitativo sujeto político para que una sociedad puede ser igualitaria (Jacques Rancière).

Resistencia o revuelta

MAGA es un evento político que excusa la ocasión para distinguir entre los conceptos resistencia y revuelta. Como concepto, resistencia se aplica más frecuentemente a movimientos de la izquierda política, tal vez por eso vale la pena preguntarse sobre su utilidad cuando analizamos movimientos de la derecha política.

En efecto, MAGA es un movimiento de resistencia en tanto busca evitar cambios sociales que considera adversos: la mayoría (anglo) resiente la presencia, aumento y el potencial empoderamiento de grupos humanos (p. ej. mexicanos) que, históricamente, han sido oprimidos y reprimidos, según su etnicidad.

Pero si la característica común de movimientos de resistencia, como BLM y MAGA, es que ambos tienen en la etnicidad el eje de su agenda temática, también tienen diferencias. BLMA y MAGA tienen diferencias de clase: MAGA utiliza una retórica que exalta al proletariado anglo (white working class) en tanto que confronta a “las élites globalizadas y multiculturales” (punto que lo acerca a OWSt). El movimiento OWst criticó a las élites económicas (el 1%), bajo la premisa de que una minoría excluía, económica y políticamente, a la mayoría. La profunda diferencia entre MAGA y OWSt es el rol de las plutocracias: MAGA fue gestado por billonarios mientras que OWSt ostentaba representar al 99% (We are the 99%) del pueblo estadunidense.

Resistencia es acción colectiva que se aplica ampliamente a movimientos progresistas, a partir de características de ideología y clase. Así, por ejemplo, los Zapatistas definirían a la resistencia como un movimiento que nace “desde abajo” y “a la izquierda”. Desde luego, los simpatizantes de MAGA podrían argüir que ellos también tienen un “desde abajo”: el “proletariado anglo” (white working class). Sin embargo, el movimiento también tiene un “desde arriba”: los billonarios que lo han financiado y lideran. Es decir, MAGA refleja un doble contenido de clase. Estas características parecieran sugerir que, a pesar de ser una forma de resistencia, MAGA puede ubicarse, más cómodamente, en la semántica de la “revuelta”. Hay que notar que en el idioma español revuelta es un concepto con sonoridad arcaica, que apela tanto a movimientos rurales de la Revolución Mexicana como provinciales del siglo XIX. Dentro de la filosofía política, se argumenta que una “revuelta” no procura la refundación de la sociedad sobre bases democráticas, sino que se mueve “hacia el redespliegue de la represión autoritaria” (Burgos 2017). La revuelta es reaccionaria.

El sentido de comunidad que MAGA plantea es problemático. Mientras que resistencia significa alinearse con luchas comunes y comunitarias para ejercer la libertad, teniendo como objetivo la emancipación y la igualdad. BLM, por ejemplo, plantea crear comunidad y articular a los ciudadanos en un movimiento democrático. MAGA no busca esos fines. MAGA sería una “revuelta” si buscara presionar la desarticulación de algunos grupos humanos, si promoviera la exclusión, segregación u opresión. La filiación étnica de MAGA confirmaría esta característica. La resistencia tendría una agenda compatible con los valores de la democracia; la revuelta tendría una agenda compatible con la exclusión y la desigualdad. Así, en términos analíticos, el tema de la universalidad de los derechos es un criterio útil para distinguir a los dos conceptos.

La relación de un movimiento de resistencia con la democracia es importante. Si la resistencia se alinea con las luchas comunes para ejercer la libertad, los objetivos pueden ser la emancipación de la opresión étnica, por ejemplo. En contraste, la resistencia conservadora de MAGA procuraría restablecer o perpetuar la opresión, pero solamente de ciertos grupos. Sus motivos de resistencia no serían la creación de una comunidad universal, en la que todos quepan (característica de un movimiento democrático), sino que, por el contrario, buscaría la creación de una comunidad que perpetúe exclusión, segregación y/u opresión. Es en este contexto que la retórica de “la ley y el orden” se expresa como una codificación de brutalidad policiaca (Sotomayor, 2017). Desigualdad y exclusión no son las características de un movimiento democrático porque son contrarias a la progresión de los derechos universales y de los principios de igualdad política.

Por otra parte, resistencia y revuelta tienen relaciones contrastantes con el poder. Realmente no es claro si un movimiento de resistencia busca conquistar el poder político, pero la revuelta es menos ambigua y parece estar más claramente orientada hacia la toma del poder.

Otra relación contrastante entre ambos conceptos se refiere al tiempo: en la resistencia el tiempo es completamente indefinido. En la revuelta, el tiempo se materializa cuando conquista el poder o cuando es aplastada.

Finalmente, resistencia y la revuelta no deberían tener repertorios de acción colectiva diferentes. La forma empírica de la resistencia son las marchas, las protestas, las movilizaciones, los bloqueos y otras tácticas contenciosas; se sugiere que la resistencia es una especia de punto medio entre reforma y revolución. Por otra parte, se sugiere que una revolución engendra revueltas, aunque en el caso de MAGA una revuelta no nacería de una revolución sino un movimiento financiado por segmentos de la plutocracia estadunidense, con metas electorales.

El giro de los significados: restauración y desvergüenza

Además de las características proletarias y plutocráticas de MAGA, éste tiene una dimensión étnica. La categoría “giro semántico” permite asir esta dimensión: se utiliza para referirse a cambios en los espacio y narrativas públicos. Esto supone que los cambios son pensados como manifestaciones de identidades sociales (nuevas o aún por definir); su función es identificar una disputa en la que la rearticulación de los actores sociales y políticos conlleva redefinición de significados, e identidades.

MAGA ha cambiado la semántica de la discusión pública estadunidense. El ensayista Ta-Nehisi Coates argumenta que si DT se convirtió en presidente fue precisamente por su etnicidad: en los EE.UU., ser blanco (anglo) confiere un poder que ese hombre utilizó sin miramientos. Cuestionó la legitimidad de Barack Obama no sólo al asociarlo con África y el Islam, sino reafirmando la identidad de los EE.UU. con la etnicidad anglo. La premisa del Birtherism (nativismo), sugiere Coates, es que la gente morena no es apta para la ciudadanía estadunidense. Coates argumenta que ésta es una premisa básica en la ideología de DT, y la llama “Supremacía blanca” (White supremacy) —aunque otros la llaman “Nacionalismo Blanco” (White Nationalism).

En efecto, el cambio semántico que MAGA ha impulsado tiene un fuerte sentido de restauración étnica. Siendo una revuelta, más que movimiento de resistencia, MAGA es ampliamente antimexicano. DT arrancó su campaña presidencial con insultos dirigidos a los mexicanos, los migrantes mexicanos y los México-americanos. El evento fue una muestra de resentimiento arraigado e incendiario; esas palabras revelan un rencor trabado con la importancia que México tiene en el imaginario colectivo estadunidense. México y la Guerra de 1847 (binomio mexicano vs anglo) comparte con el Día de acción de gracias (binomio Americano vs Colono) y con la Emancipación/Lucha por los Derechos Civiles (binomio hombre esclavizado/hombre libre) las tres narrativas fundacionales de los EE.UU.

En ese imaginario colectivo, merecen especial atención los méxicoamericanos. Las atrocidades que padecieron los mexicanos que permanecieron en los territorios de América del Norte, después de la guerra de 1847 han sido sistemáticamente ignoradas en México. La violencia xenófoba antimexicana no se inventó en la Torre Trump de Nueva York en junio de 2015. Los mexicanos vivieron bajo amenaza de linchamiento después de la guerra de 1847 y hasta la primera mitad del siglo XX. Entre 1848 y 1928, se ha documentado, ocurrieron 597 linchamientos de mexicanos (Carrigan y Webb, 2003). El sistema legal nos los protegió. Al contrario, la violencia racial fue el medio que los estadunidenses utilizaron para “establecer su soberanía sobre la región” y consolidar su poder (Carrigan y Webb, 2003; ver Magnussen 2018).

En la democracia más emblemática del siglo XX, MAGA ha reivindicado la narrativa de “la tierra de los libres” como un proyecto etno-nacionalista.

Héctor Calleros es doctor en Ciencia Política, es profesor visitante en la Universidad de Bucarest (Rumania) y periodista independiente.

Bibliografía
Adam Burgos (2017), Political Philosophy and Political Action. Imperatives of Resistance. Rowman & Littlefield International: Lanham, Maryland, Estados Unidos, pp. 211. ISBN 978-1-78660-009-7.

Coates, Ta-Nehisi (2017), We Were Eight Years in Power. An American Tragedy, Penguin Random House, Reino Unido, 368 pp., ISBN 978-0-241-32524-7.

Carrigan, W. D. y Webb, C. (2003). “The Lynching of Persons of Mexican Origin or Descent in the United States, 1848 to 1928”, Journal of Social History, vol. 37, núm. 2, pp. 411-438.

Magnussen, Anne (2018). “Between Progress and the Frontier. Authority and Mob Violence in The Gonzales Inquirer at the Turn of the Twentieth Century”, en Laura Feldt y Christian Høgel (eds.), Reframing Authority – the Role of Media and Materiality, Reino Unido, Equinox Publishing.

Sotomayor, Sonia (2017), April 24). “Supreme Court of the United States. Ricardo Salazar-Limon v. City of Houston, Texas, et al. On Petition for Writ of Certiorari to the United States Court of Appeals for the Fifth Circuit. No. 16–515”. The Supreme Court of the United States. 24 abril. [30 septiembre 2017].