En años recientes, en la cada vez más descuidada prensa occidental —especialmente la estadunidense—, el nombre de Alexéi Anatólievich Naválny ha adquirido mayor relevancia al tocar la política rusa. Se trata de una figura “joven” (41 años), abogado por la vieja Universidad “Patricio Lumumba”, con estudios de finanzas por la Academia de Finanzas del Gobierno Ruso, que se ha convertido en la figura predilecta de la prensa occidental en Rusia y en una especie de líder de facto de la oposición más vistosa —en Occidente— al gobierno de Vladímir Putin.

Naválny cobró fama en 2008, cuando inició un blog en Live Journal donde ha documentado casos de corrupción en la elite gobernante y en el partido más votado del país, Rusia Unida. Su última victoria —o derrota, como se quiera ver— fue que la Comisión Central Electoral rechazó su candidatura a la presidencia del país para las elecciones de marzo de 2018 por cuestiones burocráticas: sus antecedentes penales le impiden ser candidato a la presidencia.

La descripción positiva, incólume y martirizante de la prensa occidental y liberal acerca del personaje se inserta en la tradición periodística y política de apoyar al disidente, quien sólo porque disiente de un régimen considerado como “contrario” guarda automáticamente la razón. Además, no es cualquier disidente, sino uno ruso, lo que honra la tradición de los disidentes soviéticos, desde los expulsados como Aleksandr Solzhenitsyn y Iosif Brodski hasta los internos como Andréi Sájarov. En la última década, la Rusia de Putin ha heredado de la Unión Soviética el terreno fértil entre la prensa y el discurso de Occidente para convertirse en ese Otro “autoritario”, “corrupto” y contrario a los valores occidentales —en el que ser disidente es algo muy positivo—, en parte porque la propia Rusia putinista se ha definido como la “Verdadera Europa”, un Estado conservador que encarna los valores cristianos perdidos del continente frente a la “Europa Falsa” guiada por la decadencia liberal y la “depravación” de la cultura occidental.1

En este contexto maniqueo, de buenos y malos, Naválny se ha erigido en los últimos años como una alternativa real en la política rusa, pero no una considerable, pues ni siquiera ostenta los mínimos de conocimiento ni arrastre entre la población. En abril de 2013 el conocimiento general del personaje entre los rusos pasaba por 37% y un año después la intención de voto por Naválny era cercana al 1%.2 En junio de 2017, alrededor del 55% de la población decía conocer al personaje,3 pero la encuestadora más generosa le daba apenas 3% de intención de voto en diciembre de 2017.4

En el campo político ruso, tal y como se ha desarrollado en los últimos veinte años, Naválny tiene las de perder no tanto por la “presión” y las restricciones que el régimen ha ejercido sobre él —que sin duda son reales y, hasta cierto punto, ridículas—, sino por su programa político ultraliberal, que es todo menos atractivo para el grueso del electorado. En Rusia las campañas que acarrean votos son las de partidos que otorgan un amplio peso al Estado de bienestar, en parte por la experiencia negativa con el liberalismo abrumador de la década de 1990 y la crisis demográfica derivada de la caída masiva y abrupta del Estado de bienestar soviético.5

Vamos desde el principio. Desde hace casi dos décadas el debate político en Rusia pasa por una división entre dos campos contrarios, muy amplios, que podrían llamarse estatistas y liberales. Los primeros son desde luego quienes ideológicamente promueven la primacía reguladora del Estado ruso, no necesariamente en los términos totalizantes —nunca “totalitarios”— de la extinta URSS, pero sí con una presencia determinante del Estado en la sociedad y la economía. Los estatistas no deben confundirse con el tan peculiar campo nacionalista ruso, mucho más general. Mientras que todos los estatistas suelen ser nacionalistas, éstos pueden encontrarse en un espectro más amplio, a la izquierda y a la derecha —el propio Naválny es prueba de ello, pues sus tintes nacionalistas son imborrables—. Los liberales, por su parte, se oponen a esa intervención tan prominente y buscan que haya “menos Estado” inmiscuido en la vida cotidiana de la población.

Esta escisión, sin embargo, no es precisa ni estática, sino que varía según las plataformas electorales de los principales partidos y no implica una separación tajante. Si algo ha mantenido al partido oficial, Rusia Unida, como el más exitoso del país en los últimos tres lustros, es —además de la imagen positiva de Vladímir Putin— haberse erigido como el colmo de la ambigüedad al combinar en un pragmatismo evidente ambas tendencias, con una economía liberalizada casi en su totalidad pero con el control estatal en industrias energéticas clave y en los sistemas de salud y educación. Sumado a ello, el gobierno de Putin ha tomado de los estatistas una política exterior enérgica, de oposición total a esa supuesta decadencia occidental.

Además de Rusia Unida, que combina ambas tendencias, los otros dos partidos rusos más votados desde 1993 han sido los más estatistas en el país. Uno es el Partido Comunista de la Federación Rusa, el más popular en los noventa, que pasó a segunda opción en todas las elecciones desde la llegada de Putin al poder en 2000. La explicación de su éxito (aunque cada vez es menor) recae no sólo en la amplísima nostalgia por el socialismo en el país6 —en noviembre de 2016 el 56% de los rusos decía sentir nostalgia por la URSS—,7 sino también en que se beneficia del “voto de protesta” y de sus enérgicas posiciones nacionalistas y antiliberales.

El tercer partido más popular es el Partido Liberal Democrático de Rusia (LDPR), que se inserta entre lo que los analistas occidentales llaman una ultraderecha nacionalista y xenófoba, y que más bien representa una interpretación sumamente estatista, ultrapatriótica —no necesariamente “nacionalista” rusa— y “populista”, encabezada por el famoso Vladímir Zhirinovski. En la última elección parlamentaria, en septiembre de 2016, el LDPR quedó ya a sólo cien mil votos de los comunistas;8 las últimas encuestas de opinión indican que Zhirinovski será por primera vez el segundo lugar en la elección presidencial de marzo de 2018, dejando atrás al candidato comunista. En la única elección local que ha ganado en su historia, el LDPR gobernó la provincia de Pskov con base en su programa profundamente estatista; incluso creó empresas públicas, monopólicas, en la región, como Pskovalko (“Alcohol de Pskov”) y Pskovjlieb (“Pan de Pskov”), que vendían sus productos por debajo de los precios del mercado.9

En suma, los tres partidos más votados de Rusia en los últimos veinticinco años, aunque con distintos grados de estatismo —desde la versión más matizada de Rusia Unida, partido en el poder, y de sus antecesores, hasta la versión dura del LDPR—, se basan en la presencia determinante del Estado en la vida pública y gracias a ello ganan votos de manera abrumadora. Los partidos liberales, entre los cuales el más visible históricamente y de mayor arrastre ha sido “Yábloko”, que tenía algo de arrastre en los noventa, han ido en franco declive.10

Por el contrario, Naválny, su discurso, sus formas y su plataforma —dejando de lado su nacionalismo, de carácter más sobrio— se ubican claramente en el campo liberal, lo cual por consiguiente lo aleja de las preferencias de la mayoría del electorado nacional. De hecho, Naválny fue en su origen militante de Yábloko, al cual se afilió en 2000, a los 24 años, en su rama moscovita. Para 2004 ya era el segundo al mando del partido en Moscú y colaboraba de cerca en la Duma local con la Unión de Fuerzas de Derecha (Soyuz Právyj Sil), otro partido liberal de centro-derecha. Sin embargo, las tendencias medianamente nacionalistas de Naválny no iban en sintonía con el partido, del cual fue expulsado en 2007 precisamente por “actividades nacionalistas”, tras solicitar a la alcaldía de Moscú que no restringiera en 2006 una marcha anual de grupos nacionalistas —algunos de carácter abiertamente xenófobo— en la capital.11

Tras su expulsión, el personaje fundó el movimiento “Pueblo” (Narod), asociación liberal en la que se hablaba de “Nacionalismo Democrático” y de los “derechos” de la etnia rusa. “Pueblo” se llegó a aliar con el Movimiento contra la Inmigración Ilegal (Dvizhenie Protiv Nelegalnoi Immigratsii), que se dedicaba a apoyar a nacionales rusos en casos jurídicos contra inmigrantes (sólo porque aquéllos eran rusos), pero que en 2011 fue prohibido por la Suprema Corte de la Federación Rusa por sus actividades violentas. “Pueblo” no llegó a concretar mucho dentro del contexto nacionalista moscovita y se dejó morir en los siguientes años.

Al fracasar en la política desde abajo por su extraño nacionalismo liberal, cuyos escasos adeptos no iban más allá de la capital, Naválny notaría pronto que era más fácil darse a conocer a través de Internet y comenzó su blog en 2008. En 2010 dio inicio también al proyecto RosPil, donde ha documentado supuestos casos de corrupción en compras públicas, valiéndose de su participación como accionista en diversas empresas, la mayoría pertenecientes al sector energético. Gracias a ello su conocimiento y popularidad entre la población —estrictamente urbana, joven y particularmente moscovita— se dispararon al tiempo que crecía el uso del internet en los teléfonos móviles y tabletas del país.

Asimismo, en 2011, de cara a la elección parlamentaria de ese año y acaso en el cenit de su popularidad, Naválny cobró aún más fama al tildar en protestas y entrevistas a Rusia Unida como “partido de bandidos y ladrones” (partiya zhulikov i vorov). Las elecciones de diciembre de 2011 estuvieron marcadas por enormes protestas con pancartas en las que se leía dicha adjetivación, pero sin mayor sustento ni con una causa común entre sectores de oposición sumamente diversos, más allá de un antiputinismo rampante —y, una vez más, acotado casi exclusivamente a Moscú—.12

Desde entonces, Naválny ha sido arrestado en diversas ocasiones por “alteraciones al orden” —o cualquier otra ocurrencia— y ha sido liberado casi de manera inmediata. Ha creado, también, asociaciones de escaso arrastre como “Alianza Popular” (Naródny Alians), hoy llamada “Partido del Progreso” (Partiya Progressa), el cual, entre otras cosas, pretende reducir la inmigración hacia Rusia —parte de ese nacionalismo intrínseco del personaje— y tiene un programa socioeconómico de la más pura centroderecha: replegar al Estado de la economía (literalmente el programa habla de la “absolutización de la economía de mercado”), bajo el entendido de que “la regulación excesiva y la alta participación del Estado en la economía representa un enorme freno al crecimiento económico y al aumento en la calidad de vida de los ciudadanos de Rusia”.13 El programa afirma que, de ganar elecciones, habrá una activa participación de la iniciativa privada en la seguridad social, lo que tiene connotaciones negativas en la cosmovisión del ruso promedio.

Bajo esa plataforma, Naválny compitió en la elección para alcalde de Moscú en septiembre de 2013 y sorprendió a propios y extraños al quedar en segundo lugar con 27.4% de la votación, por debajo del actual alcalde, Serguéi Sobianin (51.3%). Este triunfo simbólico, completamente sorpresivo, demostró, en primera instancia, que en Moscú hay lógicas muy distintas al resto del país a la hora de votar, tanto desde arriba —en el mero hecho de dejar participar al personaje— como desde abajo —formar una base para quien ostenta un programa liberal tan rampante—. Acaso el gobierno ruso y la Comisión Central de Elecciones permitieron su participación en aquella elección como diagnóstico de la fuerza real de Naválny.

El gobierno, pues, ha dado señales mixtas hacia el personaje. Por un lado se le permite competir y ser una alternativa real de gobierno en la capital rusa, y por otro se le ponen trabas, muchas de ellas ridículas, a la menor oportunidad. Esto último tiene una consecuencia evidente dentro de ese mundillo martirizante de los disidentes: si se le ponen obstáculos, si se le arresta a cada rato, si se le “reprime”, es porque algo de razón tendrá. Pero aún en ese escenario hay contradicciones desde arriba: con la misma acritud con la que se le arresta, se le deja ir al día siguiente, lo que refuerza en el campo “disidente” la visión de que el mártir no ha hecho nada malo. El espectáculo viene de ambos lados, pero pareciera que el más favorecido es el propio Naválny.

Quizás si hubiese continuado por el camino prudente de las elecciones locales (en septiembre de 2018 habrá elecciones en Moscú), en el contexto de un sistema político autoritario como el ruso —si nos atenemos a las definiciones de la ciencia política—, y en el de una Moscú mucho más liberal que el resto de Rusia, Naválny hubiese ganado más. Su abrupta pero engañosa popularidad, no obstante, lo llevó a “lanzarse por la grande” en un escenario que a todas luces iba a ser un fracaso, donde su objetivo era precisamente ser rechazado desde un inicio y no ganar realmente, para poder continuar en esa línea opositora, redentora y crítica. Desde allí, sin embargo, no se resuelven los problemas.

Rainer Matos Franco


1 Iver B. Neumann, “Russia’s return as True Europe, 1991-2017”, Conflict And Society, vol. 3, núm 1 (2017), pp. 78-91.

2Vozmozhnye rezultaty prezidentskij vyborov”, Levada-Tsentr, 14 de mayo de 2014.

3Protesty i Navalny”, Levada-Tsentr, 17 de julio de 2017.

4 “Sotsiologicheskoe issledovanie ‘Struktura neputinskogo elektorata’”, Romir, 4 de diciembre de 2017.

5 Richard Sakwa, Russian politics and society, Londres, Routledge, 2002, 3ra ed., pp. 306-308.

6 Rainer Matos Franco, “Añorando el comunismo”, Nexos, núm. 434, febrero de 2014, pp. 26-31. Este año saldrá un libro a partir de esos apuntes, Rainer Matos Franco, Limbos rojizos. La nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista, México, El Colegio de México, 2018. En prensa.

7Raspad SSSR: prichiny i nostalgia”, Levada-Tsentr, 5 de diciembre de 2016. 

8 Rainer Matos Franco, “Elecciones legislativas en Rusia, 2016”, Programa de Educación Digital de El Colegio de México, 30 de septiembre de 2016. 

9 Darrel Slider, “Pskov under the LDPR: elections and dysfunctional federalism in one region”, Europe-Asia Studies, vol. 51, núm. 5 (1999), pp. 755-767.

10 Henry E. Hale, “Yabloko and the challenge of building a liberal party in Russia”, Europe-Asia Studies, vol. 56, núm. 7 (2004), pp. 993-1020.

11Biuro RODP ‘Yabloko’ o parlamentskij i prezidentskij vyboraj, situatsii v strane i partii i dr.”, Yabloko Sankt-Peterburg, 16 de diciembre de 2007.

12 Para una descripción de las protestas pro Putin y anti Putin de aquel año, véase Rainer Matos Franco, “Moscú. Visiones fugitivas”, Nexos, núm. 430 (octubre de 2013), pp. 35-37.

13 Programma Politicheskoi Partii ‘Partiya Progressa, 8 de febrero de 2014, pp. 12-13.