Hace un par de semanas publicamos un texto de Claudio López-Guerra sobre «La ética del alcoholímetro«, en él sostiene que pese a los argumentos sobre la responsabilidad individual, el consumo de alcohol tiene consecuencias sociales. En el número de la segunda quincena de febrero de la revista The New Yorker, Malcolm Gladwell (autor de La clave del éxito e Inteligencia Intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos?) escribe sobre la sociología de beber en «Drinking Games» (Juegos de bebida), en el que argumenta que en diferentes culturas hay diferentes normas sobre el uso que se le da a las bebidas alcoholizadas y lo que significa embriagarse. Gladwell usa como muestra el consumo de alcohol entre los indios Camba en Bolivia, y los inmigrantes italianos e irlandeses en Estados Unidos. Concluye que son la sociedades las que permiten o castigan ciertos comportamientos durante el consumo del alcohol. Así lo explica:
En otras palabras, los miembros de fraternidades universitarias que beben en un bar el viernes en la noche no tienen que ser ruidosos y toscos. Están respondiendo a las señales que les envía el ambiente inmediato – la música pulsante, los empujones de la gente, las luces bajas, y por el sinnúmero de películas y programas de televisión y las expectativas culturales que dictan que los hombres jóvenes en un bar con música pulsante, un viernes en la noche, tienen permiso de ser ruidosos y toscos. ‘Las personas aprenden lo que es la borrachera a partir de los que sus sociedades les imponen, y se comportan según este entendimiento, se convierten en la confirmación viva de lo que una sociedad enseña…’
Una de las preguntas centrales que plantea el texto es si el alcohol desinhibe a quien lo ingiere y por tanto lo hace más «aventado» o le genera una miopía que no le permite racionalizar más allá de lo inmediato. En dos textos sobre «la borrachera» en México se pueden ver estas dos explicaciones. En el primero, Octavio Paz dice que con el alcohol «el mexicano «se desnuda y entrega»; en el segundo, de Ricardo Pozas, se cuenta cómo en una comunidad tzotzil el alcohol es usado para gobernar y dominar, para que sólo exista lo inmediato.
La especulación de Paz sobre lo que «la Fiesta» (y la borrachera) significa para «el mexicano» en El Laberinto de la Soledad:
El mexicano, ser hosco, encerrado en sí mismo, de pronto estalla, se abre el pecho y se exhibe, con cierta complacencia y deteniéndose en los repliegues vergonzosos o terribles de su intimidad. No somos francos, pero nuestra sinceridad puede llegar a extremos que horrorizarían al europeo. La manera explosiva y dramática, a veces suicida, con que nos desnudamos y entregamos, inermes casi, revelan que algo nos asfixia y nos cohibe. Algo nos impide ser. Y porque no nos atrevemos o no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta. Ella nos lanza al vacío, embriaguez que se quema a sí misma, disparo en el aire, fuego de artificio.
En aquél texto Paz no precisa a qué mexicano se refiere, excepto a la generalización que él mismo hace. El de Ricardo Pozas, Juan Pérez Jolote, es un texto antropológico (escrito en primera persona y de la misma época que el de Paz), en el que Juan, un indio tzotzil, explica el significado del alcohol en su comunidad donde es usado como instrumento de gobierno y dominación por parte de los mestizos:
Para gobernar al pueblo, para arreglar a la gente, para hacer justicia, cada vez hay que tomar aguardiente. En el cabildo se reunían las autoridades y todos tomaban cada vez que tomaba el presidente. Todos los que pedían justicia, todos los que tenían delito, llevaban a las autoridades uno o dos litros de aguardiente. El presidente tomaba y tomaban también las autoridades. Cuando conforma a los hombres que se pegan, cuando apartan a los hombres de las mujeres con quienes han vivido, cuando hay que repartir la tierra entre los hijos de los que se han muerto, cuando hay que devolver las tierras que se han vendido, todo se arregla con trago, todo es una borrachera.
Tal vez a Paz le faltó hacerse análisis antropológico a sí mismo. Lo que describía como la desinhibición de la borrachera, en retrospectiva, parece más bien la justificación que los tuertos hacían para ser reyes cuando el alcohol sólo deja ver lo inmediato, o por lo menos la práctica cultural de una parte del país, no de todo.

El uso que se le ha dado al las substancias psicoactivas – y no solamente al alcohol – varía de acuerdo a las características de las sociedades en que se consume.
Existen un sin fin de estudios antropológicos alrededor de este tema, entre ellos recomiendo ampliamente los trabajos de Eduardo L. Menéndez, en especial la compilación titulada «Antropología del alcoholismo en México. Los límites culturales de la economía política (1930 – 19790).» Entre los trabajos recopilados se encuentra uno de Ricardo Pozas Arciniega, en donde se describe cómo los tzoltiles utilizan el alcohol para cualquier ceremonia, no solamente las civiles, y no es únicamente un mecanismo de dominación de los mestizos, sino una manera de identificarse y de mostrar la pertenencia al grupo. Comportamiento que podemos observar en muchas culturas y en relación a otras substancias psicotrópicas.
«[…] autor de La clave del éxito y Inteligencia Intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos? […]».
¿Qué no debería de escribirse: «autor de «La clave del éxito» y de «Inteligencia Intuitiva […]» o bien «autor de «La clave del éxito» e «Inteligencia Intuitiva […]»?