I. De cómo los aciagos días por venir en realidad pueden tener un momento de felicidad, un momentum anticorrupción

A veces parece que estas elecciones no serán cómodas para ningún mexicano. Aún cuando la jornada electoral se piensa como una fiesta democrática, da la impresión que ahora todos sufren el proceso. El encono y las divisiones que se han creado y alimentado no han hecho más que desoír al otro y preocuparse por los golpes bajos, la guerra sucia, el fuego amigo. El tiempo se pierde en diatribas. Hay tantas vías para que el proceso electoral sea un momentum y no un bache; tantas coincidencias. Sin ninguna duda, todos (absolutamente todos) están de acuerdo en varios temas que deben ser atendidos, enfrentados y resueltos. Uno de ellos es el de la corrupción. Hoy en día cuesta trabajo pensar que haya alguien defendiendo públicamente que un poquito de corrupción por acá o un buen tajo por allá sirve para aceitar el sistema.

El consenso en contra de la corrupción abarca a organizaciones de la sociedad civil, empresarios, periodistas, cámaras, banqueros, comerciantes, funcionarios públicos, peatones, automovilistas, jóvenes, ancianos y adultos, mujeres, hombres, del norte, del sur y del bajío. Los partidos políticos y sus candidatos también abrazan un discurso anticorrupción. Se aprecia un espacio idóneo para dar marcha adelante, implementar lo que se ha construido normativamente y añadir nuevas estrategias y mecanismos. Sin embargo, pareciera que no hay disposición a aprovechar esta oportunidad, este momentum ideal.

Se observa un período de campañas pleno de discordias sobre la manera de enfrentar el problema de la corrupción. Candidatos, militantes, simpatizantes y adeptos de cada partido o coalición van por las calles y por twitter despedazando la propuesta del contrincante, sin reparar en la agradable fortuna de estar esencialmente de acuerdo en el propósito común. Sin reparar, tampoco, en que la mayoría de las propuestas son válidas, con algún sustento académico y de mejores prácticas en el mundo. No veo por qué estar en contra de dotar de independencia al poder judicial, salvaguardar la autonomía del fiscal anticorrupción, fortalecer la prensa libre, decomisar el dinero proveniente de lavado de dinero, tráfico de influencias y soborno, predicar con el ejemplo (como hacen los CEO en empresas afectadas por escándalos de corrupción que quieren diseminar códigos de ética entre sus colegas), perfeccionar incentivos y castigos y mejorar las instituciones existentes. La cereza en el pastel: no se ve que alguien eche para atrás el Sistema Nacional Anticorrupción y la #3de3 se repite en las propuestas con otros nombres y formatos. En pocas palabras, hoy se presentan buenas ideas y ninguna violenta o cancela a la otra. La confrontación no tiene sentido estricto.

II. De cómo la pluralidad política y la pluralidad de ideas compaginan con la forma en la que se puede enfrentar la corrupción

La corrupción es un fenómeno multidimensional. Resulta transversal a las capas de la vida cotidiana del sistema político y social mexicano. Es una tara histórica de nuestro país y del mundo entero. Aquí nos ha asaltado –literalmente- de diversas maneras y en dimensiones varias. En la Colonia y hasta nuestros días hemos visto cómo la corrupción erosiona la calidad de nuestra sociedad: desde los agiotistas de la época de la Reforma, los cañonazos de cincuenta mil pesos, el año de hidalgo y el carranceo, evolucionando hasta los formatos más contemporáneos del soborno, el chanchullo, el lavado de dinero y el tráfico de influencias. En mayor o menor medida siempre ha estado ahí, presente.

Como la corrupción tiene esta dinámica, la estrategia también debe ser multidimensional e implementada de manera transversal. La reforma anticorrupción es un rompecabezas que puede utilizar las piezas (propuestas) que se están planteando en campaña, y añadirlas a un sistema integral (Sistema Nacional Anticorrupción) que requiere ser implementado.

III. De cuando los planetas se alinean

Estos próximos meses, en mi perspectiva, representan un momentum –es decir, un período en el que el contexto y el impulso son propicios- para avanzar definitivamente en la agenda anticorrupción. Los elementos están ahí, a la mano: a) es tiempo de elecciones; b) existe un grupo importante de ciudadanos (académicos, empresarios, activistas) y organizaciones civiles que han sofisticado sus conocimientos y capacidades técnicas para combatir la corrupción que promueven el cambio en todos los espacios disponibles; c) existe un puñado de políticos poderosos (partidos y candidatos) con incentivos reales y similares a promover reformas anticorrupción; d) la presión social es apabullante; f) existen coincidencias esenciales en el discurso que sería costoso no atender; g) hay buenas ideas de cómo combatir el fenómeno que circulan en la opinión pública; y, h) hay un entorno internacional propicio para empujar una agenda anticorrupción. Solo faltan dos condiciones: la construcción de una coalición y el compromiso de todas (o la mayoría) de las partes.

IV. De cómo una gran coalición podría cambiar el horizonte

El momentum es real. Falta una coalición que logre los consensos necesarios. Sin ser naïf, también entiendo que las condiciones están dadas para que, en el caso del fenómeno de la corrupción, se pueda construir una gran coalición que marche en paralelo al proceso electoral, se comprometa a implementar las reformas ya aprobadas y añadir estrategias y mecanismos institucionales que las fortalezcan. Puede surgir de los empresarios, de las organizaciones civiles, de los candidatos. Se permite imaginar alternativas y recurrir a ellas. El momentum es real y la creatividad abunda. Son elecciones presidenciales y vale la pena aprovecharlas.  

 

Juan Cepeda es politólogo y escritor.