¿Quién es el puntero de estas elecciones? Pese a tener una ventaja de dos dígitos, no es sencillo identificarlo. Nadie duda que se trata de Andrés Manuel López Obrador, la pregunta es cuál de sus versiones: ¿el político pragmático o el dogmático? ¿El pacifista o el conflictivo? Esta duda surge a menudo cuando se habla del abanderado de MORENA, pero puede extenderse a los demás candidatos: ¿el José Antonio Meade que busca la presidencia es el candidato ciudadano o el que pide al PRI que lo haga suyo? ¿El tecnócrata con fama de conciliador o el de tono pendenciero de sus primeros spots? Incluso Ricardo Anaya —que, a falta de otras, podía presumir una lealtad a sí mismo— ha buscado reinventarse, aunque sea a fuerza de imitar a sus rivales.

Los cambios de piel por parte de los candidatos son uno de los elementos más llamativos de este proceso electoral. En general, estas transformaciones han sido objeto de críticas, pues son leídas como una falta de congruencia. Cuando se llega a ir más allá de la censura moralista, se cuestiona a qué fines obedecen estos giros. Y nadie se pregunta por los medios, cuando quizá en ellos radique el centro de la política. ¿Es bueno o malo para un político cambiar de ideas, de aliados o de opiniones? ¿Cómo conviene hacerlo? ¿Hasta qué punto? Pocas obras ayudan a responder mejor estas cuestiones que la de quien es considerado el maestro de la astucia: Nicolás Maquiavelo.


Ilustración: Víctor Solís

Adaptarse a los tiempos

Como dice un pasaje muy citado de El Príncipe, todos ven lo que aparentamos, pero pocos saben cómo realmente somos.1 Es tal la naturaleza del hombre, escribe Maquiavelo, que aquél político que busque a quien engañar, siempre encontrará quien se deje. Aunque las ideas del autor florentino distan mucho del estereotipo que nos han legado sus críticos, sus argumentos en torno a la tensión entre congruencia y pragmatismo siguen siendo útiles para entender la política hoy.

En uno de los capítulos finales de su célebre tratado,2 Maquiavelo establece que “es feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las circunstancias, del mismo modo que es desdichado el que no logra armonizar una cosa con la otra”. Para el escritor italiano, la naturaleza dotó a cada uno de los hombres de una inclinación o talento particular que los define y controla. Con ello nos enfrentamos a un mundo de condiciones siempre variables. Quienes —como la mayoría— no puedan modificar su modo de proceder en consonancia con su contexto, encontrarán buena Fortuna en un momento, pero la tendrán mala en el siguiente. El político impetuoso triunfará en los tiempos que requieran audacia, pero se arruinará cuando el mundo exija cautela.

De lo anterior se deriva que una clave para el manejo exitoso de los asuntos de Estado está en reconocer la fuerza de las circunstancias y procurar siempre armonizar el comportamiento propio con los tiempos que se viven, como lo resume bien Quentin Skinner.3 Quien no pueda adaptarse será un político incapaz (“porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina”) o un terco (“porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha sido próspero”). Quien sí lo haga, por el contrario, tendrá a la suerte de su lado.

Una técnica y un cálculo

Si la adaptación es clave para el éxito en los asuntos políticos, presentar como un rebelde a quien, como Ricardo Anaya, fue un aliado fundamental del gobierno resulta conveniente en un momento en el que la continuidad no vende.  Articular, como ha hecho AMLO, un discurso centrado en el amor luego de que una actitud agresiva lo hiciera objeto de tantas críticas, también. 

Sin embargo, esto no siempre funciona. Maquiavelo lo explica en sus Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio,4 a través de la historia de Apio Claudio Craso, un noble romano que intentó instaurar una tiranía en la época de la República. Apio formó parte de un grupo de políticos conocidos como los decenviros, que buscaron aprovechar los conflictos entre el pueblo y los nobles de Roma para perpetuarse en el poder. De entre todos los modos que usó Apio para conservar la tiranía, nos dice nuestro autor, el pasar de un modo de ser a otro ocupó un lugar central. Sin embargo, para Maquiavelo el error de Apio no fue cambiar de opiniones y de comportamiento sino hacerlo mal. El romano mutó “de amigo a enemigo de la plebe, de humano a soberbio, de fácil a difícil tan rápidamente que todos hubieron de darse cuenta de su intención de engañarles”.

Para que esto no suceda, el político que busque reinventarse deberá hacerlo con cuidado, no de modo repentino o desordenado, de manera que “su cambio de naturaleza no le haga perder los favores viejos antes de ganar nuevos, y así su autoridad no disminuya”. De lo contrario, la maniobra será imprudente e inútil y, como Apio, “acabará descubierto, sin amigos y en la ruina”.

Lo anterior no es otra cosa que decir que en el pragmatismo hay una técnica y en la adaptación un cálculo: debe resultar verosímil, lo menos ofensiva para los viejos aliados y lo más rentable en términos de apoyos nuevos. ¿Los votos que podría ganar un candidato del PRI al declararse “ciudadano” compensan la ofensa que eso puede significar para sus militantes? ¿El favor del PES vale el riesgo de alejar a los votantes más progresistas de un candidato de izquierda? Son preguntas que debieron plantearse. Sólo la elección podrá darnos su respuesta.

Los límites del cambio

Con todo, la adaptación en política tiene un límite. La línea roja se traza en El Príncipe mediante un imperativo: el gobernante no debe volverse odioso ni despreciable.5 Para lo primero, señala Maquiavelo, basta no privar a los hombres de sus bienes y su honor. Evitar lo segundo es más complicado: hay que cuidarse de no caer en una serie de vicios, de los que un príncipe debe alejarse “como un barco de un escollo”. El primero de ellos, el más grave, es el de ser voluble.

La diferencia es sutil pero importante. Tan prudente es aquél que busca adaptarse a los tiempos como torpe es quien, al carecer de posición o proyecto propio, se convierte en mero títere de la Fortuna.

Lo que ocurrió con John Kerry en 2004, cuando fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos, ilustra tan bien este punto que vale la pena mencionarlo, aunque no sea un ejemplo local. Uno de los mayores éxitos de la campaña de su rival, George W. Bush, fue hacer ver a Kerry como un flip-flopper, un candidato sin posturas firmes que no inspiraba confianza. El Partido Republicano llegó a incluir en su página web un videojuego en el que se podía ver una pelea de box de Kerry contra sí mismo, mostrando sus contradicciones en temas como el matrimonio homosexual o la guerra en Irak. El asunto no era que Kerry hubiese cambiado de opinión, sino que lo hubiera hecho tanto que se ganó la reputación de voluble. Sin duda, fue uno de las causas de su derrota.

Rebasar este límite es uno de los riesgos que los procesos de reinvención de los candidatos pueden correr estos meses. AMLO, por ejemplo, que se ha caracterizado por la congruencia del proyecto que —guste más o menos— encabeza desde hace años, recientemente ha incurrido en contradicciones que podrían rayar en la inconsistencia. Tómese el caso del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México: aunque históricamente López Obrador se ha opuesto a la obra, en cuestión de días su posición pasó a la de revisarla, a plantear una mesa con empresarios para discutirla y, finalmente, de nuevo a rechazarla.

La prudencia: pragmatismo ma non troppo

Las lecciones de Maquiavelo están lejos de predicar un pragmatismo sin paliativos. Para el florentino, un político hábil buscará, cuando le sea posible, triunfar al acomodarse a los tiempos, hacerlo de manera adecuada y sin ganarse el desprecio del pueblo. Sin embargo, como señala la profesora Erica Benner, el príncipe más virtuoso será el que tenga menos necesidad de dar golpes de timón, el que se prepara para los ocasionales reveses de la suerte y es capaz de seguir su camino a través de ellos.6

No es humanamente posible adaptarse a toda circunstancia, Maquiavelo lo sabía, y dependerá de lo que esté en juego la conveniencia de variar con los tiempos o de mantenerse firme. Como le escribe en una carta a su amigo Francesco Vettori, la gente tiene tantas razones para confiar en alguien que haya mostrado congruencia como motivos para sospechar de quien cambia tan pronto pierde popularidad.7 En la combinación de flexibilidad y firmeza está la prudencia del buen gobernante.

Con más o menos destreza, los candidatos a la presidencia han buscado reinventarse. Como ciudadanos, nos toca estar atentos a esos cambios. Intentar ver lo que los candidatos son y no sólo lo que aparentan. ¿Son sus transformaciones auténticas o meras simulaciones? ¿Su trayectoria los muestra como líderes de un proyecto consistente o como esclavos de las circunstancias? ¿Buscan sólo el poder o también la gloria?

En un contexto marcado por el exceso de información, las campañas a golpes de encuesta y las noticias falsas, nos corresponde también a los electores adaptarnos a los tiempos y, como aconseja El Príncipe, ser como el zorro para detectar las trampas.

 

César Morales Oyarvide


1 Capítulo XVIII.

2 Capítulo XXV.

4 “Machiavelli: a very short introduction”, Oxford University Press, 2001.

4 Libro I, Discurso XLI.

5 Capítulo XIX.

6 “Machivelli’s Prince. A new reading”, Oxford University Press, 2013.

7 Erica Benner, op. cit.