The power of reason, the top of the heap
Don Henley, Building the Perfect Beast

En los democráticos tiempos mexicanos que corren, los imaginarios políticos han adquirido una centralidad inevitable y quizá indiscutible. Cuentan por supuesto las interpretaciones, los lenguajes y sus ambigüedades, las prácticas electorales, pero destacan con fuerza la exhibición de creencias y símbolos de los candidatos, la retórica sonora de la competencia por votos que atraviesa el ámbito público nacional. Las distintas fuerzas y actores políticos emplean a fondo sus artefactos discursivos, sus spots, sus frases de cinco-diez-doce palabras para calificar y descalificar, para llamar la atención de los indecisos o convencer a los escépticos e infieles de la bondad de sus intenciones, de la racionalidad de sus causas, de la necesidad de sus propuestas.

El territorio está marcado por el dramatismo patriótico y la ansiedad nacionalista de los protagonistas del espectáculo de temporada. La coherencia entre palabras y hechos es irrelevante. Pero entre el estruendo y el escándalo, puede advertirse una dicotomía política clara en el torneo electoral: de un lado, los que advierten de los peligros del neopopulismo para el futuro de la República: del otro, los que insisten en que todos los males republicanos son culpa del neoliberalismo. Unos claman que votar por el nuevo populismo es votar por el pasado, una opción que es inviable, indeseable, incompatible para el futuro luminoso del país; la otra insiste en que justamente es el pasado reciente del país, dominado por el dogma neoliberal y sus políticas, las que ha hundido al país en la corrupción, la pobreza y la desigualdad. La dicotomía adquiere entonces la forma del agua. Es inasible,  paradójica, pero curiosamente comparte un mismo punto de referencia: la crítica al pasado remoto y reciente.

Para los críticos de la Coalición encabezada por AMLO la amenaza del populismo forma parte del discurso del miedo. En redes y medios, el populismo es empleado como un  insulto, en el mejor de los casos como una descalificación, dirigido a infundir temor entre electores indecisos.  El populismo es dibujado como una bestia perfecta: un movimiento autoritario, caudillista, corrupto, ineficiente, xenófobo,  nostálgico, capaz de conducir al país a una crisis sin precedentes, donde todos vamos a perder dinero, propiedades y libertades.  Esa imagen del populismo se nutre indistintamente de mitos y noticias falsas, de hechos históricos y herencias institucionales, de creencias sólidas e ideologías ambiguas, de supuestos heroicos y de evidencias más o menos demostrables.

Esta armagasa ideológica multiforme es propia de la épica electoral, donde la simplificación y el maniqueísmo son  monedas de curso legal.  Sin embargo, tal vez conviene reconocer que la bestia  del populismo tiene una dimensión histórica difícil de rebatir, con resultados relativamente positivos particularmente en México y en América Latina. Populistas fueron el cardenismo mexicano, el peronismo argentino y el varguismo brasileño, regímenes políticos y de políticas que impusieron/negociaron con las sociedades respectivas la construcción de las bases materiales, políticas e ideológicas de los regímenes nacional-populares, esas bases que permitieron que nuestras sociedades dejaran de ser la colección de  pueblos pulqueros, azucareros o mineros que eran a principios del siglo XX. A su manera, el populismo puede ser visto como el primer gran experimento  modernizador y desarrollista del siglo pasado.

¿Qué explica esa capacidad transformadora del populismo de “primera generación” y de los neopopulismos que emergieron hacia finales del siglo pasado como alternativas al predominio neoliberal? La identificación del gobierno de un líder con el pueblo como el centro simbólico del régimen político. Esa identificación explica la construcción de grandes partidos y organizaciones  políticas nacionales, discursos nacionalistas que cohesionan a las masas con el Estado, la construcción de prácticas de intercambio frecuentemente centradas en relaciones corporativas, clientelares y patrimonialistas, donde líderes políticos, caudillos y caciques eran/son las representaciones empíricas del Estado (es decir la representación de la autoridad) en las escalas locales.  La legitimidad populista fue y puede ser la expresión de un sistema político no pluralista pero eficaz, capaz de ofrecer reglas mínimas y garantías básicas a las clases y estratos de sociedades brutalmente desiguales.

El viejo y el nuevo populismo tiene sin embargo un lado oscuro: sus tendencias (casi) inevitables hacia el autoritarismo, su difícil reconocimiento de la pluralidad como un componente central de las democracias, su  frecuente tendencia hacia la personalización de las relaciones políticas. Para el populismo de salón, el ejercicio del poder es siempre una práctica bajo condiciones controladas, gravitadas en el centro radial por la figura de un líder que siempre actúa en nombre del pueblo y contra sus enemigos internos y externos. Por ello, populismo, pluralismo y democracia son fuerzas que configuran en ocasiones equilibrios inestables y potencialmente catastróficos.

Pero a la bestia neo-populista le enfrenta otra bestia perfecta: la del neoliberalismo. Las reformas de mercado, la mitología de la competencia como el mecanismo más eficiente para la producción y distribución de bienes  y servicios, la fobia al regulacionismo estatal, el endiosamiento del mercado, forman parte de sus señas de identidad, el número en la frente de la bestia.  La racionalidad neoliberal inicia y se agota en la figura del homo economicus, donde bajo el supuesto de reglas e incentivos claros se producen teóricamente comportamientos económicos cooperativos y no depredadores.

Amparados en la forma neoliberal, se prometieron reformas estructurales, Estado de derecho, prosperidad, democracia, justicia. El salinismo en México, el menemismo en Argentina, se convirtieron en los símbolos más conocidos del credo neoliberal, aunque con raíces irrenunciables –por incapacidad, por pragmatismo o por cálculo- en el populismo de sus respectivos partidos políticos: el priismo y el peronismo. Si en los años ochenta y buena parte de los noventa predominó el neoliberalismo como una especie de pensamiento único entre las élites políticas predominantes, sus formas de operación política descansaron en los mecanismos tradicionales de la gobernabilidad populista. Sin duda, una paradoja maestra.

Hoy, el enfrentamiento entre las bestias del neopopulismo y el neoliberalismo acapara los reflectores electorales. Mientras que en América Latina el neoliberalismo –o lo que de eso quede- está de regreso en Argentina, en Chile o en Brasil, en México el péndulo parece estar de regreso con el neopopulismo. Una vez más, México es un caso a contrapelo de las corrientes políticas continentales. Mientras que el lulismo, el kirchnerismo o el chavismo (en su descompuesta versión madurista) parecen ir en retirada, el lopezobradorismo va al frente de la versión mexicana del neopopulismo. De aquí al primer domingo de julio, la lucha de bestias estará en el centro del espectáculo.

 

Adrián Acosta Silva