El 22 de mayo se publicó en este espacio un artículo de Juan Ricardo Pérez-Escamilla y Sebastián Garrido en donde se hace un análisis cuantitativo de la conversación entre candidatos y moderadores en el segundo debate presidencial organizado por el INE. Algunas afirmaciones y conclusiones de los autores dan para, al menos, tres comentarios puntuales.

Primero, es claro que cuando los datos van descobijados de una teoría o al menos una aproximación normativa pierden algo de significado (por ejemplo tratándose de un debate en el marco de la elección presidencial, ¿deberían los candidatos hablar más que los moderadores?). Los autores buscan dar respuesta a preguntas perfectamente razonables como el número de palabras utilizadas por minuto y en total por cada candidato y moderador pero no van más allá de la estadística descriptiva.

Ilustración: Víctor Solís

La definición conceptual de los tres debates presidenciales de 2018 partió de una premisa fundamental, erradicar el papel decorativo en la moderación con el único propósito de elevar la exigencia a los candidatos para posicionarse ante temas concretos y definir posiciones con mayor claridad frente a cómo resolver los problemas que enfrenta el país en la actualidad.

En sí misma, esta premisa propició dos visiones opuestas aunque complementarias. Por un lado, la apuesta por una moderación que al preguntar, interrumpir y cuestionar condujera la dinámica del debate. Por otro, la inclinación hacia un debate diseñado a modo de los candidatos quienes, asumiendo su rol de protagonistas, administraran libremente la necesidad de debatir o no a costa del propio interés del auditorio.

Y aquí reside la pregunta de fondo y que, a mi parecer, los autores omitieron en su análisis: ¿Los debates presidenciales son un ejercicio periodístico o un acto de campaña? ¿Son un evento mediático cuya producción está pensada en la audiencia o una versión ‘en vivo’ de propaganda política? Me quedo con las dos primeras opciones en ambas preguntas.

Creo que un debate presidencial encuentra su mejor versión cuando se combinen tres ingredientes clave, 1) una buena dosis de periodismo; 2) acciones y posicionamientos derivados de la estrategia de campaña de los candidatos; y 3) la aplicación de valores de producción que consideren a una audiencia de por sí muy castigada por la saturación publicitaria de las campañas electorales en México.

Segundo, es cierto que el debate en la UABC duró prácticamente lo mismo que el del Palacio de Minería y son dos las razones para ello. Uno, el tiempo destinado a cada una de las seis personas del público que pudieron cuestionar a los candidatos y, dos, el tiempo de referencia utilizado por la y el moderador para hacer sus repreguntas pues la concepción del debate no pretendía limitar el tiempo de la moderación siempre y cuando ésta tuviera como propósito facilitar el intercambio entre los candidatos y la concreción en sus respuestas.

Por cierto, el texto de Pérez-Escamilla y Garrido ofrece algunas imprecisiones en los tiempos que tuvo a su disposición cada candidato para participar. De acuerdo con la escaleta tanto del primer como del segundo debate, el tiempo máximo de participación por candidato, en caso de utilizar todas sus réplicas en cada bloque, alcanzaba 16 minutos en el primero y 19 minutos en el segundo. No 19 y 25 minutos como afirman los autores.

La razón es muy sencilla. Si algo interesa a los equipos de campaña es preservar la equidad en los tiempos disponibles para sus candidatos. Esa fue una consideración permanente en el diseño de la escaleta de los tres debates presidenciales. Al bajarse Margarita Zavala de la contienda, la decisión del INE fue ir al segundo debate con la misma escaleta aprobada retirando de la misma las participaciones de la ahora excandidata presidencial.

Finalmente, ¿cuál era el propósito comunicación de un formato que, si bien los autores califican como extraño, buscaba una interacción más activa, puntual y dinámica por parte de los candidatos? No han sido pocas las voces que en el pasado han criticado a los debates presidenciales en México como un ejercicio propagandístico en donde la moderación queda reducida a ceder turnos, recordar tiempos y, en el peor de los casos, explicar con lujo de detalle reglas del formato completamente irrelevantes para la audiencia, como fue el caso del segundo debate presidencial de 2012.

Se ha discutido mucho sobre si la moderación de Yuriria Sierra o León Krauze fue demasiado protagónica o no, cuando nadie ha reparado en que, a diferencia de otros debates, los candidatos no han tenido ya un tiempo inicial para posicionamientos. Algo que constituía el peor incentivo para la audiencia pues el debate entregaba los primeros y más valiosos minutos del debate a una secuencia de spots que poco atraían al auditorio.

Creo que una de las grandes lecciones que dejan estos dos debates es que sin una moderación activa e incisiva los candidatos regresarían a su zona de confort para evitar, en la medida de lo posible, entrar a la sustancia de los temas y la naturaleza de los cómos. Incluso reconociendo que sin la voluntad de los candidatos no hay formato que garantice que ello suceda.

Estamos a unos días de que se realice el tercer debate presidencial en la ciudad de Mérida el 12 de junio. Pienso que puede ser una excelente oportunidad para regresar a la discusión respecto al tipo de debates que queremos y al nivel de exigencia comunicativa y periodística al que quisiéramos llevar a la política en México.

 

Julio Juárez Gámiz es investigador de la UNAM y asesor de la presidencia del consejo del INE.