México es un país que parece ir nuevamente a contracorriente de las tendencias latinoamericanas. Hay que recordar que cuando en los años sesenta y hasta los ochenta del siglo pasado la mayor parte de los países de la región experimentaban regímenes dictatoriales que luego se convertirían en democráticos, en México se fortalecía un régimen semidemocrático o semi-autoritario, pero no dictatorial ni democrático. También hay que recordar que al inicio del siglo XXI, cuando en la mayor parte de los países destacaba el péndulo político hacia el anti-neoliberalismo y el neopopulismo de izquierdas -el lulismo en Brasil, el chavismo/madurismo en Venezuela, el evismo en Bolivia, el kirchnerismo en Argentina, el correismo en Ecuador-, en México se asistía a un proceso de democratización marcado por la influencia de las fuerzas políticas de la derecha y la persistencia del recetario básico del neoliberalismo económico desprendido del célebre Consenso de Washington (PRI 1994-2000, y PAN, 2000-2012).

Si esa característica se mantiene, con el caso del eventual triunfo de AMLO México se confirmaría como un caso de “excepción política” de las tendencias latinoamericanas.  ¿Qué factores explican ese fenómeno en las circunstancias actuales?  Hay tres elementos a considerar para tratar de entender el “fenómeno AMLO”: el clima de escepticismo social y político, el déficit de desempeño de la democracia mexicana, y el perfil y la trayectoria del proyecto político que ha construido pacientemente el lopezobradorismo en los últimos 18 años.

El primero de esos factores puede caracterizarse como un clima político dominado por el escepticismo y la desconfianza (un clásico “espíritu de época”) alimentado vigorosamente por la corrupción política, la persistencia de la desigualdad social, y el decepcionante desempeño de la economía mexicana a lo largo de la transición política de nuestro país. Ese clima también se nutre del descrédito de los partidos políticos tradicionales (PAN/PRI/PRD), y del comportamiento sistémico partidista construido a lo largo de las últimas dos décadas, lo que explica el hecho de que en la actual campaña presidencial exista un claro proceso de personalización y “despartidización” de las ofertas electorales. 

En segundo lugar, la percepción de ineficacia institucional que la alternancia política (PAN 2000-2012) y el retorno del PRI (2012-2018), irradió entre los ciudadanos.  Esa percepción tiene que ver con la relación entre política, justicia y economía, o para decirlo en términos más clásicos, ente democracia, seguridad y desarrollo. A ritmo lento, una suerte de sobrecarga de demandas económicas y reclamos sociales hacia la joven democracia mexicana se acumulan en el horizonte político-institucional del Estado, demandas que no han podido ser gestionadas ni resueltas satisfactoriamente por gobiernos democráticamente electos tanto a nivel federal como estatal y municipal. En otras palabras, las tensiones entre legitimidad política y eficacia institucional (el viejo síndrome de la ingobernabilidad) vuelven al centro explicativo del malestar de muchos sectores sociales respecto de la capacidad democrática para resolver los problemas de desigualdad, inequidad y corrupción que habitan el precoz desencanto político mexicano.

En tercer lugar, la presencia de un político profesional, carismático, que a lo largo de  tres elecciones presidenciales (2006, 2012 y la actual) personaliza un proyecto que aspira a la reconstrucción de un pasado idealizado y en cierta manera nostálgico, pero que conjuga con una propuesta de un futuro luminoso habitado por promesas de crecimiento económico, honestidad y prosperidad, que impulsa la imagen de un país distinto, donde la corrupción es la causa de todos los males, y que aspira a una sociedad cohesionada, armónica y feliz (la “República amorosa”).  

El principal acierto político y simbólico de la coalición que encabeza AMLO es una paradoja: reconocer que el mejor de los futuros posibles de México está en su pasado. En este sentido, AMLO representa un proyecto conservador/restaurador de cambio como apuesta hacia el futuro. Es algo así como la paradoja de AMLO. Muchos sectores sociales, intelectuales, políticos y empresariales, tradicionales y no tradicionales, se ha incorporado a este proyecto, construido personalmente por el propio López Obrador desde su primera participación como candidato presidencial en 2006, recorriendo de manera obsesiva, sistemática, rancherías, pueblos y ciudades a lo largo de los últimos doce años, con reuniones periódicas con grupos de inmigrantes en los Estados Unidos, y con muchos líderes sindicales y políticos de prácticamente todas las regiones y de todas las corrientes políticas del país. De origen priista, luego perredista, y ahora morenista, AMLO es un personaje complejo, que transitó a las filas de la izquierda junto con otros prominentes priistas durante los años noventa, pero que nunca abrazó los principios ideológicos ni los clichés ni valores de las izquierdas marxistas mexicanas. En ese sentido, es un  híbrido político e ideológico, un “animal” extraño entre las tierras de la izquierda mexicana (y latinoamericana), pero rápidamente “demonizado” por las fuerzas liberales y de las derechas políticas que hoy le enfrentan en la contienda presidencial.     

La Coalición “Juntos haremos Historia” que encabeza AMLO se nutre de esos tres factores, que explican su fuerza pero también muestran sus debilidades. A partir de un diagnóstico catastrófico de lo que ha ocurrido con la sociedad y la economía mexicana desde los tiempos del salinismo (1988-1994), y de un proyecto caudillista de recuperación de la fuerza del poder presidencial en México, que combina con la ambigüedad ideológica del neopopulismo y del viejo nacionalismo mexicano, López Obrador reinventa un lenguaje y un discurso que parecen penetrar eficazmente en los sectores más decepcionados, desencantados o escépticos de la sociedad mexicana. El déficit de autoridad que se deriva de la crisis de legitimidad del régimen presidencialista mexicano, constituye el centro causal, simbólico y práctico, del proyecto lopezobradorista de recuperación de la confianza en la institución presidencial, lo que incluye claros desplantes autoritarios. Su distinción ciertamente maniquea, simplificadora, entre la “mafia del poder” y el “pueblo” parece encontrar respuesta entre sectores de ciudadanos que no ven en las coaliciones del PRI o del PAN alternativas consistentes, creíbles, para que las cosas cambien.

La Coalición encabezada por Anaya también apuesta por conquistar esos votos, pero el desgaste y las fracturas del panismo parece debilitar su credibilidad entre muchos ciudadanos. Por su parte, la coalición del oficialismo priista, encabezada por un camaleónico exfuncionario del gobierno de Peña Nieto (José Antonio Meade), que también fue parte del gabinete panista durante el foxismo y el calderonismo, no parece tener mucho atractivo entre las filas del malestar político mexicano. Finalmente, el “independentismo” relativo representado efímeramente por Margarita Zavala, y ahora por un personaje extraído de las catacumbas de la derecha más cerril que se incubó en la atmósfera anti-política y antigubernamental de los últimos años (Jaime Rodríguez, el “Bronco”),  no parece encontrar mucho eco ni entre los jóvenes ni entre los adultos de la sociedad mexicana.  En ese contexto, AMLO destaca a la vez como emblema, símbolo y personaje de una fuerza política capaz de ganar con claridad las elecciones presidenciales, pero que tendrá que lidiar con el “problema maldito” del gobierno dividido y la ineficacia gubernativa  que ha caracterizado a la democracia mexicana durante las últimas dos décadas.

 

Adrián Acosta Silva es Profesor-investigador del Instituto de Investigaciones en Políticas Públicas y Gobierno del CUCEA- U. de G.