Después de meses de escuchar a los candidatos presidenciales atacarse verbalmente de mil maneras distintas, de ver como “comunicadores” de todos todos los medios contribuyen activamente al ambiente de crispación, de haber visto algunos de los cientos de videos que muestran las infinitas facetas de la violencia política que nos aqueja, de escuchar como varios de nuestros “analistas políticos” declaran con desparpajo sus preferencias mediante descalificaciones más o menos altisonantes, de unas redes sociales infestadas de ofensas y groserías relativas a las elecciones que tendrán lugar dentro de poco menos de 10 días, después de todo lo anterior y de muchas otras cosas que cada lector podría agregar, es del medio cinematográfico/artístico/literario de nuestro país de donde surge una propuesta que me parece muy oportuna, muy razonable y muy necesaria. Me refiero a la convocatoria ciudadana que hizo el actor Diego Luna hace un par de días mediante un video de poco más de dos minutos de duración. La iniciativa se titula El día después y hace referencia, por si hiciera falta decirlo, a la jornada pos-electoral del 2 de julio.  

Ilustración: Raquel Moreno

El video en cuestión no tiene desperdicio: ni la mesura y perspicacia de Luna, ni el poner primero ante nuestros ojos la violencia política con la que hemos convivido durante los últimos meses, ni las redes sociales como ese medio idóneo, fácil y predilecto para la violencia verbal anónima y no anónima, ni la contribución de nuestros políticos y de nuestros “comunicadores” a la violencia que toda injuria y toda ofensa contiene (el hecho de que sea verbal no le quita su carácter violento), ni el bajísimo nivel de nuestros debates presidenciales. Todo esto desemboca en una llamada a terminar con la desmesura “el día después”, es decir, el 2 de julio. Efectivamente, a partir de esa jornada debiéramos dejar atrás el ánimo contencioso que ha imperado desde hace demasiado tiempo, pasar página de la confrontación que parece haberse convertido en absoluta normalidad y empezar a construir el futuro. De otra manera, como lo afirma Luna en el video, será imposible que asumamos la responsabilidad individual que nos toca a cada uno de nosotros empezando ese día y que en realidad es una co-responsabilidad ciudadana: “contribuir al cambio que reclamamos”.

No faltará quien diga que la iniciativa es oportunista porque ya sabemos quién va a ganar. Por mi parte, creo que si efectivamente gana el candidato de Morena, el llamado a la conciliación de El día después no solo no es oportunista, sino que, considerando tanto a los numerosos enemigos acérrimos que tiene López Obrador, como algunas de las pulsiones excluyentes que lo caracterizan cuando se trata de aquellos que no están de acuerdo con él, la iniciativa que Luna está promoviendo es aún más oportuna.

No faltará tampoco quien diga que el video es ingenuo y utópico para una sociedad como la mexicana: casi ahogada desde hace una década en unos niveles de violencia que nadie pudo haber imaginado, pero que ahora son el pan nuestro de cada día. Cada día, literalmente, nos topamos en los periódicos con noticias escalofriantes que ya no nos causan escalofríos. ¿Es esta especie de entumecimiento emocional o de adormecimiento de la conciencia lo que queremos que nuestros hijos pequeños experimenten cuando dentro de algunos años lean ellos los periódicos nacionales? La respuesta es evidente.

La iniciativa El día después viene acompañada de “12 compromisos ciudadanos para el siglo 21”. La lista, como siempre, pudo haber sido un poco más breve o un poco más larga. Qué más da; ahí está lo esencial del tipo de ciudadanía que muchos mexicanos y muchas mexicanas queremos: el deseo de paz y tolerancia, el rechazo al racismo y al clasismo, el fomento de una ciudadanía crítica, el rechazo total a la corrupción (“que mata, violenta y divide”), la denuncia de la pobreza y de la desigualdad, el respeto a las minorías indígenas, la igualdad de género como condición sine qua non de una sociedad justa, el respeto a las diversas preferencias sexuales, la solidaridad con los migrantes, el cuidado del medio ambiente y, last but not least en el listado original, la defensa de la libertad de expresión “en todas sus formas”. Dejo para el final un punto, el décimo, que a mí como profesor me importa particularmente: el apoyo a la educación, la cultura, las ciencias y las artes “como pilares sobre los cuales se construya cualquier proyecto de país” (nada menos).  

Diego Luna y los 23 firmantes originales de El día después (entre ellos González Iñárritu, Venegas, Cuarón, Downs, Del Toro, Lafourcade, Lubezki, Luiselli y García Bernal), se atreven a imaginar otro México y a poner su sensatez, su compromiso y su voz para buscar ese país que, por lo pronto, solo imaginan. Lo que quieren, como el video lo expresa, es un México sin violencia (ya sea física o verbal), un México con menos ruido y más reflexión, un México sin enconos, un México más justo, un México en el que predominen la conciliación y la empatía. Ingenuos y utópicos…puede ser, pero bienvenida sea la ingenuidad y el utopismo cuando lo que está en juego es el futuro de un país con un tejido social tan desgarrado que parecería que ya no tiene con qué aguantar mucho tiempo más sin deshilacharse del todo. Si nuestros políticos, nuestros “comunicadores” y muchos miles de asiduos usuarios de las redes sociales parecen estar abocados a seguir desgarrando dicho tejido, aquí tenemos a un grupo de hombres y mujeres que lo que quieren es tejer, tejernos, acercarnos, “desconfrontarnos” y, así, construir un país mejor. No me parece casual que la propuesta más sensata (en parte, de forma un tanto paradójica, por su utopismo) que yo he escuchado en estos meses de contienda electoral venga de gente del cine y de cultivadores de las artes. Yo al menos, le doy la bienvenida a esa ingenuidad tan preclara y tan ambiciosa.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México.