La elección del domingo sucedió sin mayores contratiempos y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) será el siguiente presidente de la México. Y, como lo indicaban ya desde hace meses muchas encuestas y varias estimaciones agregadas, recibió alrededor de 50% de los votos. El comportamiento de caso la mitad de los votantes nos deja tres lecciones sobre el pasado, el presente y el futuro de la democracia mexicana.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

El pasado: la venganza del voto retrospectivo

Aunque AMLO es uno de los políticos más conocidos del país, y fue el candidato con las opiniones más positivas de todos los que compiten y fue de los candidatos más polarizantes de la campaña —una cuarta parte del electorado lo consideraba un “peligro para México”. Indudablemente, AMLO ha alcanzado la cima a fuerza de carisma y pericia política, pero también ha montado una palpable ola de indignación colectiva (como bien lo ilustra Nexos en su portada de junio).

La percepción de la situación económica del país es uno de los factores que condicionan el voto más estudiados. Su importancia en la evaluación del gobierno en turno y en las decisiones electorales ha sido observado y estudiada en México. Pero esta no fue la causante de la situación actual. Afortunadamente, México no se encuentra en un momento de crisis económica. Al contrario, las expectativas de los consumidores se encuentran estables, la economía crece al ritmo (lento, pero) esperado y, de acuerdo con el mismo presidente de la República, el número de empleos del país ha aumentado históricamente. Más bien, la crisis viene de la acumulación de escándalos de violencia y corrupción que han plagado al país. El clima de impunidad es tal que el escándalo Odebrecht, que ha afectado a otros gobiernos de América Latina, no ha tenido efecto alguno en México. Y la violencia en el país no hace más que agravarse mes tras mes.

Se dice que el voto retrospectivo es aquél que se hace pensando en lo bien o mal que, se cree, trabajó el gobierno. Es un instrumento bastante burdo para decidir por quién votar. Los ciudadanos tendemos a atribuirle al jefe del ejecutivo un poder casi mágico para influir en la economía. Y, aunque indudablemente juegan un papel decisivo en propiciar o manejar crisis económicas, su capacidad para influir directamente es más limitada de lo que los ciudadanos suponemos al decidir por quién votar —y es también más limitada de lo que los candidatos invariablemente prometen durante las campañas. Bien podemos castigar a los gobernantes por eventos que no son su responsabilidad (como cuando el dólar sube por la conducta de Donald Trump), que no castigarlos por otras cosas que hayan sucedido hace demasiado tiempo como para recordarlas.

Esta, pues, es la venganza del voto retrospectivo: la economía al final del gobierno de Enrique Peña Nieto no está en una situación tan catastrófica como lo sugiere la opinión que los mexicanos hacen de ella. Pero su evaluación de la seguridad es mucho peor, lo que no sorprende dado que la aprobación del presidente es muy baja. Y los incesantes escándalos de corrupción e intentos de manipulación electoral (que, dados los resultados, parece no haber servido de mucho) son un problema que tampoco favorece el voto por el PRI. Todas estas opiniones suelen estar relacionadas entre sí y, en conjunto, influyen significativamente en el voto. Son AMLO y MORENA quienes han cosechado los beneficios electorales de que las cosas estén así.

El presente: identidad no es (necesariamente) ideología

Las alianzas contraintuitivas del PAN con el PRD y de MORENA con el PES sólo han logrado enturbiar el ya de por sí difuso orden ideológico de los partidos mexicanos. Y al hacer estas alianzas no le han hecho ningún favor a la marca que representa sus partidos -las canastas de cualidades, aspiraciones e identidades que cada partido genera en la mente de los ciudadanos. La vida política da un orden ideológico a las marcas y los ciudadanos premian a los partidos que son consistentes con ellas. Por eso resultó particularmente sorprendente la alianza de MORENA con el PES, un partido confesional y abiertamente hostil a los derechos de las minorías sexuales.

El tema de los derechos de las minorías sexuales no ha sido, ni por asomo, el más relevante de la campaña. Hace poco escuché a alguien describir su poca importancia como “sólo es un tema de ciudad, no del campo,” lo que interpreto como decir que es algo que sólo le importa a las clases medias urbanas con tiempo para esas cosas. Ciertamente, al final de la campaña no parece un tema que haya dominado los encabezados, como lo han hecho el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México o los planes de AMLO para las reformas educativa y energética -o, por encontrar algo de diversidad en el recuento, el Ingreso Básico Universal. Pero su poca relevancia en la campaña es una señal engañosa. Es una indicación del balance que buscará el gobierno de AMLO entre pragmatismo político y consistencia ideológica, que coincide de forma desafortunada con la apertura continental a la derecha confesional y da pie al empuje de una agenda legislativa que corresponde con un corrimiento generalizado a la derecha en más de un país del mundo.

Esta alianza ha resultado un dilema para muchos quienes planean votar por AMLO, pero para otros puede no ser tan complicado. Para quienes se identifican con la izquierda, la relación entre las posiciones económicamente redistributivas y las socialmente progresistas no es automática: algunos de quienes prefieren políticas redistributivas pueden considerar sin importancia a los temas sociales, mientras que otros pueden ser socialmente conservadores. Esto ayuda a explicar por qué, a pesar de la alianza, quienes se identifican con MORENA dicen ser más “de izquierda” que los perredistas. La otra, probablemente más importante, es que identificarse con la izquierda o con la derecha, así como decirse liberal o conservador, resulta tanto una expresión de una identidad social (¿cómo me describo a mí mismo?) que una aseveración sobre preferencias de política pública (¿qué quiero que haga el gobierno?).

Finalmente, vale la pena considerar una explicación más del crecimiento electoral de AMLO a pesar de la discordancia ideológica de su coalición. Los votantes suelen pensar las cosas de forma distinta dependiendo de la correspondencia entre los mensajes que escuchan y los políticos que prefieren. Esta forma de razonamiento motivado nos afecta a todos, por ejemplo, al descalificar los resultados de encuestas que dicen que nuestro candidato va perdiendo. Este es el motivo por el cual quienes no quieren que AMLO sea presidente encuentren creíbles los argumentos de que es un peligro para el país. Y también es el motivo por el que quienes sí quieren que sea presidente encuentren creíble que la alianza con el PES no representa una amenaza al “derecho a la diversidad sexual” aunque sí podrá serlo la bancada en el Congreso que recibirá el PES.

El futuro: el apoyo que se puede evaporar

Las fallas de desempeño del gobierno en curso han erosionado la satisfacción de los mexicanos con su democracia. Esto no significa que quieran menos de ella, sino que quieran una mejor. El desencanto ha impulsado a López Obrador a la victoria y, montado en la misma ola, lo acompaña también su partido. La identificación partidista es una forma de hablar del sentimiento de cercanía que siente un ciudadano por un partido político. Su significado es complejo: es considerado una forma de identificación social, una evaluación del gobierno en turno y una expresión, así sea vaga, las expectativas de política pública que tiene de su partido.

Las mediciones de identificación partidista de los pasados meses han mostrado dos patrones importantes: MORENA ha crecido al segundo lugar (indistinguible del primer lugar del PAN), mientras que el PRI, el partido que ha dominado la política mexicana por décadas, cayó al tercero. La caída del PRI es resultado de la acumulación de crisis de desempeño y corrupción, mientras que el crecimiento de MORENA es efecto del entusiasmo que ha generado AMLO, en parte porque ha logrado llenar el vacío dejado por los demás partidos. Este crecimiento de la identificación con MORENA puede traducirse en una capacidad mayor de AMLO para influir en las opiniones de sus electores; pero este poder es mitigado porque MORENA es un partido nuevo en una democracia joven.

El liderazgo en la opinión pública que tendrá López Obrador será palpable, pero puede no durarle mucho. El sistema de partidos  —y la democracia que soporta— están en un momento de transición delicado. Tal como el apoyo del PRI se evaporó como resultado de las fallas de desempeño del gobierno actual, el apoyo creciente de MORENA puede desvanecerse con igual o mayor facilidad.

Una crisis económica o de inseguridad graves que sorprenda a su gobierno, o algún escándalo de corrupción significativo (o, como le sucedió a Peña Nieto, ambos en una secuencia que le resultó tóxica), pueden desencantar rápidamente a sus recién adquiridos partidarios. Además, los partidos jóvenes que mantienen posturas ideológicas poco coherentes corren peligro de ver su apoyo colapsar fácilmente. Los votantes que no están particularmente apegados afectivamente a estos partidos, cuya identificación con ellos no tiene raíces profundas en compromisos ideológicos claros, tienen pocos motivos para mantenerse de su lado si lo que prometen no fue conciso o si sus promesas no fueron cumplidas. Esto sólo sería agravado si AMLO no es capaz de mantener su coalición política, rechinante de nueva, lo suficientemente unida como para empujar su agenda política con suficiente velocidad. La dispersión del sistema de partidos sería aún peor de lo que es ahora. El destino del PRI bien puede ser el de MORENA. Y, dado que la confianza en los partidos es muy baja, es posible que una crisis política desencadene un colapso del apoyo de todos los partidos importantes del país. Esto sólo facilitaría el ascenso de políticos oportunistas que realmente sean un peligro para México y arriesgaría una reconfiguración de su democracia que sólo la debilite aún más.

Dadas las restricciones políticas y económicas que se enfrentará, es probable que su gobierno no sea el milagro que sus partidarios esperan ni el desastre que sus detractores temen. Y su gobierno será juzgado, antes que nada, por el desempeño de la economía y por atajar el problema de la inseguridad. Cualquier consideración sobre la corrupción será tolerable en la medida en la que logre mantener la economía andando y la inseguridad en franca retirada (un signo ominoso para las promesas de AMLO de acabar con la corrupción es que sus allegados han demostrado no serle inmunes).

Esa fue la receta del viejo régimen, hasta que dejó de serlo. El desempeño del viejo régimen desgastó casi de forma casi terminal su propia credibilidad y la legitimidad de las instituciones políticas del país. Y AMLO heredará una ciudadanía sin paciencia para que las instituciones le sigan fallando, polarizada tras una larga campaña y con muchas expectativas difíciles de cumplir. El discurso esperanzador es bienvenido, pero pasada la luna de miel quedará el trabajo de hacerlo funcionar.

La responsabilidad que recae sobre los hombros de López Obrador es enorme.

 

Salvador Vázquez del Mercado es profesor-investigador en el Laboratorio Nacional de Políticas Públicas del CIDE y Catedrático Conacyt. Especialista en opinión pública, psicología política y encuestas.