Tenemos ya un virtual presidente electo: Andrés Manuel López Obrador fue el claro ganador de unos comicios históricos. ¿Cómo analizar su triunfo? ¿Cómo pensar en su gobierno? Podríamos pedir consejo a Nicolás Maquiavelo, que tuvo una larga experiencia en las cosas modernas y aprendió tanto de la lectura de las pasadas.1 A partir de la obra del más célebre florentino, este texto imagina lo que Maquiavelo habría elogiado de la trayectoria de AMLO, los aspectos de su proyecto que podría haber criticado y los consejos que daría al futuro príncipe mexicano.

Ilustración: Víctor Solís

Sobre su relación con el pueblo y la élite:

El primer aspecto que Maquiavelo elogiaría en AMLO es su decisión de apoyarse en el pueblo para llegar a ser príncipe. El florentino pensaba que en toda ciudad había dos partidos en pugna: el de la élite —los grandes, como él los llama— y el del pueblo. En esta inevitable lucha, Maquiavelo aconsejó a los políticos optar por el bando popular. Los deseos del pueblo son más honestos que los de los grandes, dijo en El Príncipe y en los Discursos, pues mientras estos buscan dominar, aquél busca no ser dominado. Lejos de descalificar a la plebe, el florentino aseguró que el pueblo, cuando está sujeto a leyes, es más prudente, más estable y tiene mayor capacidad de juicio incluso que los propios príncipes, especialmente a la hora de elegir a magistrados. Por el contrario, la imagen que Maquiavelo tenía de las élites era bastante negativa. En sus textos, los grandes son manipuladores, egoístas y ambiciosos que, de no ser controlados, acaban pronto con las ciudades.

Como buen republicano, el florentino habría saludado la capacidad de López Obrador para hacer del pueblo su aliado –reconociendo sus virtudes y dándole su lugar— así como su propósito de mantener a raya la ambición de los poderosos. Sin embargo, también le habría hecho algunas advertencias: la primera, no olvidar que el que llega al poder con el favor del pueblo está obligado a conservarlo. Un gobernante como AMLO debe contar siempre con la amistad popular; de lo contrario, no tendrá remedio en la adversidad. La segunda, recordar que, pese a sus virtudes, el pueblo puede equivocarse y hay que estar preparado. El pueblo, explicaría Maquiavelo, es propenso a respaldar empresas audaces pero imprudentes que pueden causar su ruina: la guerra de Calderón es un claro ejemplo de ello. En estos casos, un buen príncipe no ha de ir con la corriente sino aplacar a la multitud y persuadirle de su error.

Sobre la confrontación:

Con todo, el autor de El Príncipe habría señalado a AMLO que hay métodos censurables para apoyarse en el pueblo: uno de ellos es la confrontación. Para Maquiavelo, el antagonismo social es tan inevitable como necesario: cuando está bien regulado –por leyes e instituciones— puede ser muy provechoso. Por el contrario, cuando es usado como arma de un político ambicioso, implica un grave peligro.

Esta preocupación habría llevado a Maquiavelo a censurar el constante uso de la descalificación en nuestra vida pública, un vicio en el que ha incurrido el hoy presidente electo. Para el florentino, usar palabras poco honorables contra el adversario nace casi siempre de la soberbia que da la cercanía de la victoria, lo que lleva a cometer errores no solamente al hablar sino también al actuar. El exceso de confianza en AMLO, a ojos de Maquiavelo, podría explicar sus tropezones retóricos, su problemática relación con los debates y, al menos en parte, sus anteriores derrotas. Recuerde, le aconsejaría el florentino, que la amenaza y la injuria tan solo generan odio y ninguna utilidad. Ni una ni otra quita fuerza a los rivales: la primera los hace más cautos y la segunda más fieros.

En tiempos como el de hoy, un hombre astuto puede ganar fácilmente el favor de un pueblo irritado con ataques a los grandes. Sin embargo, advertiría Maquiavelo, el poder que así se obtenga será solo momentáneo y pondría en riesgo toda paz, incluso la más precaria. Por ello, los llamados a la reconciliación en las palabras de López Obrador como virtual presidente resultan tan importantes.

Sobre la adaptación y la congruencia:

En el triunfo de López Obrador, habría dicho Maquiavelo, su capacidad de adaptación tuvo un rol fundamental. AMLO fue capaz de cambiar su imagen de político conflictivo y obstinado para presentarse como un candidato pragmático con un mensaje de paz y amor. Su victoria del domingo fue prueba de que la fortuna sonríe a aquellos que concilian su forma de actuar con los tiempos que se viven, como decía el florentino.

Maquiavelo también habría celebrado que, pese a sus variaciones, AMLO supo mantenerse firme en sus ideas y principios. Fue un candidato flexible sin convertirse en voluble. El presidente electo pudo haber cambiado en lo personal —con tono más moderado, mejor comunicación— pero su proyecto permaneció prácticamente inmutable hasta que el tiempo le dio la razón. Su trabajo de décadas —como gobernante y político de partido, pero sobre todo como líder social— le permitió poner los cimientos sobre los que construyó su triunfo.  La presidencia de AMLO, nos diría el autor de El Príncipe, es también un logro de la tenacidad y la congruencia.

Frente a quienes son esclavos de su naturaleza o meros títeres de la fortuna, el político virtuoso debe saber combinar la necesidad de armonizar su comportamiento con las circunstancias y la coherencia requerida para inspirar confianza y construir algo duradero. AMLO lo hizo al adquirir el poder. Deberá seguir haciéndolo para poder mantenerlo.

Sobre su coalición y su partido:

Maquiavelo habría saludado la habilidad de AMLO para construir la coalición que le llevó a un claro triunfo en las pasadas elecciones. Mención aparte merecería la pronta presentación de su gabinete, ya que, como se explica en El Príncipe, la primera opinión que se tiene del juicio de un gobernante es por los hombres que lo rodean: si son capaces y fieles se le considerará sabio, pues supo encontrarlos buenos y también mantenerlos.

No obstante, Maquiavelo habría sido un severo crítico de la política de puertas abiertas por la que MORENA se nutrió de políticos de otros partidos. El florentino habría desconfiado de estos personajes que, como los antiguos mercenarios, no tienen más lealtad que la ganancia ni más disciplina que la ambición. En política como en la guerra, habría seguramente advertido, los mercenarios son tan inútiles como peligrosos: sus escándalos pueden acabar con la reputación de un líder o destruir en poco tiempo el trabajo de un partido. Si hay un consejo en el que Maquiavelo fue enfático es que un gobernante prudente debe apoyarse en lo suyo antes que recurrir a lo ajeno. Un presidente como AMLO, que no pudo triunfar usando solo sus propias armas, deberá corregir esta equivocación cuanto antes: esforzarse en convertir a sus hombres en soldados, a sus militantes en cuadros, y prescindir de las tropas ajenas cuando se encuentre en el trono.

Sobre su diagnóstico del país:

Maquiavelo, no tengo dudas, habría compartido mucho del diagnóstico de AMLO. Para López Obrador, el principal problema de México es que las instituciones estatales se encuentran secuestradas por una “minoría rapaz”. Esta captura del Estado explica la corrupción que, de acuerdo con el presidente electo, genera la desigualdad y la violencia que padece nuestro país. En sus obras, Maquiavelo describió una situación muy similar para explicar la ruina de numerosas ciudades, incluida su admirada Roma.

Para el autor de El Príncipe, la salud de las repúblicas depende no sólo de que la ambición de las élites se mantenga a raya por un pueblo activo, sino de que las instituciones regulen y equilibren el antagonismo entre estos dos “partidos”. En Roma, Maquiavelo vio en los tribunos de la plebe y las acusaciones públicas a los garantes de este equilibrio. Cuando las instituciones no cumplen este papel mediador y, por el contrario, tienen un marcado sesgo de clase —casi siempre favorable a los poderosos, que se las apropian marginando al pueblo— el gobierno se corrompe y con él los hombres y las ciudades. Para Maquiavelo, cuando esta corrupción se encuentra extendida, los pueblos quedan condenados a la guerra y la tiranía.  Un diagnóstico que, quinientos años después, AMLO podría haber suscrito.

Sobre sus propuestas de campaña:

Aunque Maquiavelo podría haber compartido el diagnóstico de AMLO, tendría reservas respecto a algunas de sus propuestas. Sospecharía del éxito de una estrategia para combatir la corrupción más centrada en la voluntad y el ejemplo que en normas e instituciones. Maquiavelo señaló que un gobernante prudente ha de asumir que todos los hombres son malos, dotándolos de leyes para obligarlos a no serlo. Lo dice la economía conductual y lo dijo el florentino: nacemos corruptibles. Nuestro autor identificaría en AMLO los mismos errores que vio en el fraile Savonarola: un enemigo de la corrupción que confió demasiado en su capacidad para cambiar a los hombres y que, como todo profeta desarmado, por ello fracasó.

Maquiavelo también recordaría a AMLO que, como quedó escrito en los Discursos, en las repúblicas bien gobernadas el erario público ha de contar con fondos, pero los ciudadanos deben ser austeros. Maquiavelo elogiaría la “austeridad republicana” del nuevo príncipe mexicano —su alejamiento del lujo, su insistencia en el ahorro— pero también se preocuparía por lo que hoy llamamos la vialidad presupuestaria de algunos de sus proyectos.

Y, sobre todo, advertiría al presidente electo que los hombres valoran más las riquezas que los honores, y, como está escrito en El Príncipe, olvidan más pronto la muerte de un padre que la pérdida de su patrimonio. López Obrador deberá pensar en ello cuando busque abolir los privilegios de los grandes, pero también al tratar con nuestra frágil clase media.

Sobre la tiranía:

Reservo para el final la advertencia más polémica que creo que Maquiavelo tendría para nuestro próximo presidente: la del peligro de la tiranía.

Para Maquiavelo, la verdadera tragedia de un pueblo oprimido por las élites es que, en su desesperación, acabe por darle a un hombre un poder extraordinario con el objetivo de protegerlo, solo para darse cuenta que estos honestos deseos son vulnerados muy pronto por su propio protector.

Maquiavelo, estoy seguro, nos habría mostrado este camino al infierno, precisamente para poder evitarlo. Su consejo sería sencillo: toda autoridad requiere de límites y contrapesos. El pueblo debe ponerlos y el gobernante respetarlos. La semilla del autoritarismo crece ahí donde el príncipe sospecha de estos frenos a su poder y comienza a atacarlos con palabras o con hechos, se llamen parlamentos o tribunales, medios de comunicación u organizaciones de la sociedad civil.

Por años, los adversarios de López Obrador construyeron una campaña de desprestigio en su contra basada en estos temores. Una campaña que dio lugar a comparaciones improbables, cuando no disparatadas. Y si bien en el pasado AMLO les dio alguna excusa, su conducta tras el triunfo ha logrado inspirar calma, incluso en sus detractores.

En su reciente campaña, Andrés Manuel López Obrador mostró ser un buen lector de Maquiavelo. ¿Seguirá sus consejos también como presidente? Por el futuro de México, nos conviene que así sea.

 

César Morales Oyarvide
Twitter: @maxestrella84


1 Como recomendó antes de las elecciones Jesús Silva-Herzog Márquez.