El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador ha dado paso a un amplio volumen de críticas. Éstas toman múltiples formas: desde cápsulas de opinión hasta columnas de analistas; desde tuits irónicos hasta conversaciones de sobremesa; desde posts elaborados hasta memes incesantes. La crítica en una democracia, sobra decir, no solo es válida, sino necesaria. No obstante, genera inquietud que una parte de ella recurra, en lugar de argumentos, a los prejuicios.

Las muestras sobran. Hay comparativos que aseguran preferir “mantener” a la familia de Enrique Peña Nieto que a la de AMLO, sin ofrecer otro argumento que sus fotografías lado a lado. Hay opiniones en torno a la apariencia del hijo menor del hoy presidente electo, que hacen burla de su físico o su corte y color de cabello sin importar que tenga once años. Hay reacciones enardecidas en contra de candidaturas (hoy triunfantes) que, sin más, desestiman el valor de personas como “El Mijis”, futuro diputado de San Luis Potosí, con base en su tez morena, sus tatuajes o sus antecedentes penales. En todos los casos, pues, se trata no de un análisis de propuestas o siquiera de trayectoria, sino de afirmaciones estigmatizantes que alimentan el pulso de la discriminación en México.

Ante este panorama, vale la pena preguntarse: ¿qué valor tiene esta forma de crítica? ¿Contribuye, de alguna forma, a reforzar las desigualdades de nuestro país? ¿A quiénes perjudica o privilegia?

En las próximas líneas, ofrezco algunas respuestas preliminares que se basan en lo que sabemos de la discriminación. No hago, vale aclarar, ningún llamado a la censura, pues creo que, fuera de las incitaciones al odio y la violencia, cualquier crítica (incluso falaz o prejuiciosa) debe poder expresarse. Sin embargo, me uno al llamado de tomar ésta como una oportunidad de reflexionar y discutir las implicaciones de nuestra manera de dialogar sobre lo público. A mi juicio, es momento de desterrar, por medio de un esfuerzo colectivo, los argumentos discriminatorios de la conversación.

Ilustración: Patricio Betteo

Prejuicios, negación de derechos y desigualdad

Partamos, pues, de que si algo comparten las críticas a las que me refiero es la base de los estereotipos. De hecho, en su gran mayoría se trata de referencias explícitas o veladas a la apariencia física, muchas de corte racista y/o clasista, que apuntan al tono de piel, el peso, la estatura, el corte de pelo o los tatuajes de las personas. Todas estas características se asumen como reflejo del valor, la calidad moral o las aptitudes. Por ello, esta clase de juicios tiene una naturaleza discriminatoria.

Por desgracia, la discriminación basada en la apariencia física —como es el caso de aquella basada en el género, en la orientación sexual, en la clase socioeconómica o en los antecedentes penales— no se limita a los prejuicios, sino que define de manera sistemática el acceso a las oportunidades. Tomemos, por ejemplo, algunos datos que el INEGI hizo públicos en junio de 2017. Según el Módulo de Movilidad Social Intergeneracional, aunque la relación no es enteramente lineal, todo indica que las personas con tono de piel más claro tienen mayor probabilidad de acceder a una educación universitaria.  De manera similar, la probabilidad de ocupar un puesto directivo o profesional parece aumentar cuando se tiene una tez “más blanca”.

¿Por qué vemos este tipo de estadísticas en la realidad mexicana? En gran medida, la razón es la discriminación. Las personas con tono de piel más oscuro —sobre todo cuando pertenecen a alguna comunidad o pueblo indígena o afrodescendiente— enfrentan barreras para acceder, permanecer o ascender en el empleo, pero lo mismo sucede en áreas como la educación y la justicia, así como en el uso del espacio público.1 En todos los ámbitos de la vida en sociedad, desde la juventud hasta la vejez, las personas de piel morena y las de origen indígena o afrodescendiente lideran historias marcadas por la discriminación.

Con los años, hemos logrado que la población comience a problematizar tal tendencia. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2010, por ejemplo, 20% de nuestra población tenía conciencia de que sus derechos habían sido violados alguna vez tan solo por su apariencia física, 17% consideraba que lo mismo le había pasado por su forma de vestir, y 15% refería de forma particular al color de su piel.

Sin embargo, ello también subraya la importancia del reto que tenemos por delante: erradicar la discriminación implica no sólo combatir estereotipos, sino también la manera en que ésta se traduce en marginación, desigualdad y brechas sociales.

Instituciones como el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) han hecho grandes esfuerzos en ese sentido, fijando la pauta en materia de armonización legislativa, política pública y generación de conocimiento, así como en la sensibilización, la capacitación y la atención a casos específicos. Sin embargo, la lucha por la igualdad y el pleno acceso a los derechos, como marca la Constitución Política, no corresponde a un puñado de dependencias: es una obligación transversal que nos involucra a todas y todos.

Así, la construcción de una sociedad incluyente va más allá de reformas a las leyes, estrategias de acción gubernamental o incentivos al sector empresarial. Es indispensable un concierto de voluntades que abra paso a un verdadero cambio cultural.

Apuntes finales

La transformación de la cultura es quizá lo más difícil, porque requiere que las personas, de manera permanente, cuestionemos nuestros propios prejuicios y acciones. Personalmente, por ejemplo, reconozco que, al haber crecido rodeado de estereotipos clasistas, sexistas y racistas, quizá cruzarme con “El Mijis" en la calle me haría inconscientemente pensar en cambiarme de banqueta.

Por ello, si de verdad nos interesa construir un país igualitario, el reto que compartimos todas y todos es combatir nuestra tentación de reproducir estos patrones. Ante la realidad de que, para gran parte del país, pertenecer a un grupo estigmatizado (o a varios) determina las posibilidades de futuro, ¿no vale la pena deshacernos, incluso en las conversaciones más cotidianas, de todos nuestros prejuicios?

 

Roberto Zedillo Ortega estudió Ciencia Política y Relaciones Internacionales en el CIDE. Es autor de investigaciones como “Reconstruir con inclusión: desastres naturales y no discriminación” y “¿Nacen o se hacen? Opinión pública y legislación pro-gay en México”.


1 Una investigación que puede resultar ilustrativa es Patricio Solís (2017) Discriminación estructural y desigualdad social: con casos ilustrativos para jóvenes indígenas, mujeres y personas con discapacidad. México: Conapred-CEPAL.