Las imágenes que veíamos en la televisión no podrían ser más claras: fulgor popular, llantos, abrazos, cantos, gritos de alegría, éxtasis colectivo. Tan sólo unas horas antes, el presidente Peña Nieto había anunciado lo que hace tres, seis, diez años parecía imposible: Andrés Manuel López Obrador había sido el candidato ganador de la elección presidencial.

Los resultados que hemos ido conociendo después de esa noche muestran la profundidad y la dimensión del mensaje que los mexicanos enviaron. Desde Carlos Salinas, ningún candidato había sido votado por el 50% o más de los votantes. En 2012, los 20 millones de votos obtenidos por el candidato presidencial del PRI parecían una osadía, un resultado que no sería alcanzado en varias elecciones por venir. López Obrador tuvo 10 millones más y 15 millones por encima del segundo lugar.

Ilustración: Kathia Recio

Van a pasar algunos años antes de que logremos entender la magnitud del sismo que vivimos el domingo. México no volverá a ser el mismo; nuestro sistema político, que de alguna manera fue el mismo desde hace casi 30 años, ya es otro; nuestras instituciones van a sufrir cambios, en forma y fondo, que no habían experimentado.

Ese cambio se explica con un hombre y un discurso, sin minimizar el tipo de movimiento heterogéneo, plural y totalizante —en términos del espectro político e ideológico que logró abarcar— que construyó. Ése es Andrés Manuel López Obrador, el político-opositor que “hace años viajaba horas para reunirse, en un poblado remotísimo, con una decena de simpatizantes” (Jesús Silva Herzog Márquez dixit); hoy, fiel a su discurso, con la fe del creyente, será el presidente más votado de nuestra historia nacional.

Frente a esta realidad, hay quienes han optado por negarla; quien prefiere decir que los mexicanos se equivocaron, que son ciegos, que, en realidad, no saben qué es lo mejor para ellos. Esa actitud, precisamente, es la que nos impidió ver la fuerza del discurso de López Obrador y el desbordante entusiasmo y esperanza que provocó, no sólo entre sus fervientes seguidores, sino en aquellos que, hasta hace unos años, lo veían incluso con recelo.

Nosotros creemos que no sólo tuvo la capacidad de construir un relato poderosísimo, partiendo de un diagnostico impecable, sino que ofreció algo que no se había ofertado desde hace años: esperanza. Con AMLO, la gente volvió a creer  en la democracia y en el poder de su voto para transformar el curso de la historia.

Si no entendemos ese mensaje, si no estamos dispuestos a entender las razones y las emociones que desembocaron en el triunfo electoral más contundente de la transición democrática, nuestro futuro como oferta política está en grave riesgo y condenado a mantener los niveles de votación de esta elección.

Los datos no sólo hablan de la votación histórica por López Obrador, también descubrieron el desdibujamiento de las alternativas electorales. El PAN, como partido desligado del Frente, tuvo una votación mucho menor a la que consiguió hace seis años. Nuestro candidato, Ricardo Anaya, tuvo apenas cien mil votos más que Diego Fernández de Cevallos en 1994.

Los daños del sismo impactaron no sólo lo presidencial: perdimos la gubernatura de Veracruz, el tecer padrón más grande del país. En la Cámara de Diputados, tendremos la bancada más pequeña en más de veinticinco años. En el Senado, nuestro número de senadores se redujo casi a la mitad. En los congresos locales, la situación es similar.

Mucho se ha dicho que este sismo no se esperaba, que una victoria de tal magnitud no estaba considerada. Y muchos, de todos los partidos políticos derrotados, han querido justificar los resultados escudándose precisamente en la sacudida que sufrimos. Pero, una vez que el polvo se ha disipado, ese terremoto electoral y social nos obliga a una reflexión: en el PAN no supimos construir una alternativa ganadora frente a lo que representaba Morena; no pudimos relatar una historia de país que ilusionara a los nuevos votantes y le hiciera sentido a los más grandes; fuimos incapaces de construir, como sí lo hizo López Obrador, una versión de la historia mexicana que explicara el sentido e importancia de esta elección.

El PAN también fue víctima de su discurso histórico. Su enemigo político de nacimiento, el PRI, quedó herido de muerte el pasado domingo (si hay buenas noticias de esta jornada electoral, es el debilitamiento crónico, electoral, social y cultural de lo que fuera el centro de nuestro sistema político). En las ganas por derrotar al PRI, el fenómeno de Morena atrajo a una parte significativa de nuestro electorado histórico. No supimos repensarnos frente al sorpresivo y vertiginoso crecimiento del movimiento lopezobradorista y, simultáneamente, de cara al debilitamiento nacional del PRI.

Los años que vienen requerirán de una enorme capacidad de autocrítica para entender las causas de nuestra derrota, pero también exigirán la acción y el atrevimiento para tener mayor imaginación política: pensar con nuevos conceptos, con un nuevo vocabulario y con una nueva forma de hacer política. A eso nos obliga la victoria morenista: a repensarnos, aprovechando nuestra historia y los principios que nos han dado la simpatía de los mexicanos.

La autocrítica comienza por lo más elemental: el Frente fue una apuesta electoral que no arrojó, ni cercanamente, los resultados numéricos esperados. Sí, el Frente no emocionó, no conquistó, no logró sus objetivos.  El diagnóstico fue equivocado: se vendió el Frente como un fin, como aquello que le faltaba al país para su transformación. Un gobierno de coalición para remediar los males económicos y las faltas de oportunidades, para democratizar al país. El Frente, si acaso, era un medio para alcanzar ciertos fines una vez que llegara el gobierno, pero nunca alcanzo a ser una historia atractiva para el electorado mexicano.

La aventura no tuvo como consecuencia única la falta de mensaje. En el PAN perdimos voces en el poder legislativo. Perfiles históricamente panistas no entraron a las cámaras, mientras que otros perfiles, cuya oposición histórica había sido el PAN, sí obtuvieron una curul.

Y también debe decirse: muchos panistas estuvieron más dispuestos a apoyar al candidato del PRI, José Antonio Meade, que aportar su voz y valor público a construir dentro de Acción Nacional. Ese panismo optó por la continuidad corrupta más que por un modelo distinto de partido y de país.

Aunado a lo anterior, debemos reconocer el debilitamiento del PAN. En el pasado, el debate, la discusión acalorada a las asambleas internas para elegir a nuestros candidatos, nos distinguían de las otras oposiciones partidistas. Pero dejamos de discutir, deliberar y pactar. En el PAN hemos transitado hacia un tipo de institucionalidad en la cual el ganador obtiene todo —órganos, coordinaciones, puestos, candidaturas—, mientras que los perdedores no obtienen nada de lo anterior.

Tenemos que replantear este modelo. Existen muchas y diversas causas, así como procesos históricos que han contribuido a ese desenlace institucional. Pero merece un replanteamiento. Vayamos a una gobernabilidad  del partido en donde no dependa de que una sola visión del PAN triunfe e imponga toda su voluntad, sino que el vencedor construya a través de la acumulación de las distintas parcialidades partidistas.

Ese debilitamiento pasa también, necesariamente, por la visión del militante como una figura dispensable y prescindible. En el pasado, el militante panista era una mujer o un hombre de causas, cuya voz resultaba fundamental para las decisiones internas. Conocía la historia y el sentido político e ideológico del partido, conocía su agenda y sus disputas coyunturales. Conocía a sus vecinos, los problemas de su colonia y aportaba su comunidad. La suya sí era una voz, y esto se reflejaba en la cotidianidad de la dinámica partidista través de las elecciones internas, mismas que producen costos, pero que, desde nuestro punto de vista, son mucho menores a los beneficios que arrojan.

Esto no implica una añoranza o nostalgia endulzando tiempos pasados, sino un reconocimiento de que el militante se ha vuelto un número adicional en un padrón, desprovisto de herramientas y armas para poder defender la agenda partidista y las luchas históricas del partido. Acción Nacional, necesaria y urgentemente, tiene que volver a voltear y contar con sus militantes. Mantener como hipótesis que el militante no es participativo por falta de interés, significaría reconocer explícitamente que las dirigencias (de los tres niveles) no tienen áreas de oportunidad. El diagnóstico debe plantearse colocando un espejo a ese planteamiento. Debemos cuestionarnos: ¿qué han dejado de hacer las dirigencias para hacer participar al panista en las distintas actividades? Creemos que se debe fortalecer la formación doctrinal, pero también la técnica de la que habló nuestro fundador.

Por último: el PAN dejó de construir una historia propia. Una historia del partido y de México. Olvidó relatar el sentido de sus gobiernos, sus aciertos y errores, así como sus búsquedas históricas. Frente al movimiento que replanteó no sólo el presente político, sino la historia del siglo veinte mexicano, el PAN quedó pasmado. Dejamos de hablarle a quienes no tienen comida en sus mesas cada semana. Olvidamos a las mujeres discriminadas sistemáticamente. Desdeñamos el olvido en el que millones de jóvenes se encuentran hoy. Ignoramos nuestro presente de pobreza, miseria y desigualdad. Sobre todo: ignoramos al México que se siente desesperanzado y que quería volver a creer. Hacemos hincapié en la desigualdad, la falta de oportunidades y la pobreza como causas sentidas que el PAN debe, con contundencia y basándose en nuestros cuatro principios, contemplar como los principales problemas a resolver nuestro país.

El PAN tiene frente a sí el gobierno con la mayor legitimidad democrática de la historia. Una nueva administración con más de treinta millones de votos. Un presidente que ha logrado depositar en sí las ilusiones, esperanzas y expectativas de decenas de millones de mexicanos. ¿Qué hará, frente a esta realidad y desafío histórico, el PAN?

Existen una multiplicidad de votos que a gritos exigen “¡oposición!”. No importa el tema, el discurso o la iniciativa, hay que oponerse. Ven en el nuevo gobierno una amenaza per se, con independencia de las agendas y discursos que construyan en los próximos años.

El PAN, en la historia de la democracia posrevolucionara mexicana, ha sido el partido del diálogo. Construimos con el PRI las instituciones que la naciente y pobre democracia mexicana requería; dialogamos con el PRD y la izquierda las condiciones para que las vías de acceso al poder fueran más equitativas, cercanas y posibles. En la alternancia, volvimos a construir las agendas que, creíamos, le faltaba a México.

El PAN ha sido el constructor de la institucionalidad mexicana. El factor decisivo para edificar las nuevas reformas constitucionales y legales de los últimos años. También, en muchos casos, no cumplimos con el rol de oposición para fiscalizar, vigilar y exigir cuentas a los gobiernos posteriores a la transición. Pero de esas lecciones históricas debemos aprender. No podemos hacer una oposición a priori al nuevo gobierno cuando estuvimos dispuestos a pactar con nuestro rival histórico. Si el Pacto por México nos mereció el voto de confianza, el gobierno que inicia con más del cincuenta por ciento de los votos, con más razón merece ser escuchado y evaluado en sus proyectos.

Debemos construir con Andrés Manuel López Obrador ahí donde hace sentido: en la democratización de la democracia. En medios de comunicación más plurales, en la construcción de instituciones más abiertas y cercanas a las realidades cotidianas, en una democracia electoral que fomente la participación y la intervención sistemática y no sólo esporádica de ciudadanos. Esa es parte fundamental de la agenda republicana y humanista de Acción Nacional. Fueron las instituciones y la democracia que deseó Gómez Morín y la batalla eterna que hemos dado, sin poder completarla.

Pero  hay que ser claros: también seremos oposición. Acción Nacional, dentro del nuevo relato de país que tendrá que ofrecer a los mexicanos, tiene que plantarse frente al nuevo gobierno ahí donde amenace todo aquello que hemos defendido con razón y vehemencia en las últimas décadas: estado de derecho, institucionalidad democrática, libertades individuales y colectivas, defensa de la vida y de la propiedad privada, protección de la libertad de expresión y asociación. Un país para todos, no sólo para unos cuantos.

En los próximos meses, el PAN —por obligación estatutaria— tendrá que elegir a un nuevo dirigente nacional y la mayoría de sus dirigencias estatales. Los panistas presenciaremos un debate fuerte y ríspido sobre quienes deben tener las riendas del partido en los próximos años.

Quienes suscribimos este texto creemos que la disputa interna no sólo debe ser por la interlocución y diálogo con el nuevo gobierno. Tampoco debe ser exclusivamente por la negociación de los presupuestos públicos. Creemos entender el mensaje que los mexicanos enviaron el pasado primero de julio. Ese llamado nos obliga a entrar en una reflexión profunda sobre qué queremos representar, construir y defender.

A pesar de que vendrá mucho ruido por las múltiples acusaciones que se harán en los próximos meses, estamos convencidos que la única batalla que debe darse hacia dentro es por las ideas. Si el PAN quiere volver a ser relevante para los mexicanos, si quiere ser una auténtica oferta política, está obligado a repensarse.

Para esa tarea, todos los panistas contamos, todos tendremos que aportar nuestra voz.

 

Juan Pablo Adame
Juan Zavala
Andrés Atayde