El sistema político creado en la década de 1990 a golpes de reformas electorales agoniza o, al menos, se transforma para dejar a los tres partidos que fueron sus protagonistas en el margen. La victoria de Andrés Manuel López Obrador tendrá consecuencias políticas inciertas que ahora no imaginamos, como las tuvo la llegada de Fox en 2000. Lo que es seguro es que la configuración política de los últimos treinta años está llegando a su fin y con ella el paradigma del institucionalismo liberal sobre el que se construyó el régimen de la alternancia.

Este sistema político nació durante la década de 1990, pero su gestación comenzó, quizás, con las reformas de la década de 1970 que abrieron a la oposición la Cámara de diputados mediante la introducción de la representación proporcional. El régimen del partido hegemónico se abrió mediante reformas, primero, de manera paulatina y luego, en la década de 1990, velozmente, para producir el régimen plural de las últimas dos décadas.

Ilustración: Patricio Betteo

Muchos de los protagonistas del régimen de la alternancia tenían como referencia las transiciones producto de la tercera ola de democratización, especialmente, el caso español.  De esta manera, el sistema político descansaba sobre ciertas reglas no escritas sobre cómo se entendían las relaciones entre instituciones, las normas electorales y el sistema de partidos.

Primero, la regla fundamental era que la democracia se construye de las élites para abajo. Es decir, había que reformar las instituciones y las élites que las encabezaban para que se produjera un efecto “cascada” que eventualmente llegaría a la sociedad. En segundo lugar, si la construcción de la democracia se fundamentaba en las élites políticas había que reformar y crear las instituciones que constituían las “reglas del juego” de la política que normaban su comportamiento. Esto provocó un énfasis en lograr una democracia, esencialmente, procedimental. La democracia se entendió como un entramado de instituciones que, como una máquina, había que ajustas y calibrar mediante reformas. Por último, para lograr una democracia procedimental exitosa era imperativo un sistema de partidos sólido y competitivo. Así, se planteó la necesidad de que el sistema político mexicano se cristalizara en tres grandes formaciones, que representaran a la izquierda, centro y derecha.

La necesidad de construir instituciones confiables debía ser, sin lugar a dudas, una prioridad para alcanzar la democracia. No obstante, se usaron a las instituciones como respuesta a cualquier problema. Detrás de las instituciones se escondió la simulación. Si el problema del día era la corrupción, entonces, se generó un entramado institucional para resolverlo, sin importar la nula legitimidad que éste podría tener en un gobierno en el que hasta el presidente se encontraba manchado por escándalos de corrupción. Las reformas electorales se usaron cada tres años para intentar disimular la ausencia de legitimidad de un sistema electoral cuestionado ampliamente desde 2006. Esto devino en una sobrerregulación electoral que poco ha servido más que para crear una élite de abogados electorales que se han vuelto indispensables para operar e interpretar estas normas. Mientras, el sistema de partidos cerrado causó el empoderamiento de las burocracias partidistas sobre sus militantes y sobre la sociedad misma, cuyo clímax fue expresado en el Pacto por México.

La elección del pasado primero de julio fue un rechazo (avasallador) a este sistema y a los principios que lo sostenían. Nada más sintomático que, por primera vez, desde hace más de dos décadas, el gobierno entrante no promete impulsar las “reformas estructurales que México necesita para modernizarse”. Si bien AMLO ha prometido ciertas reformas constitucionales, éstas no son el eje de su próximo gobierno, sino requerimientos contingentes para sacar adelante su agenda contra la corrupción y los privilegios de altos funcionarios. También, es sintomático que el partido ganador, aunque se ancla en las reglas electorales actuales, tiene una fundación muy distinta a la de los partidos tradicionales. Para bien y para mal, Morena es una coalición muy amplia y diversa de distintos sectores sociales y regionales, se asemeja más, como su nombre lo indica, a un movimiento.

El centro de la política se ha movido del reformismo modernizado al voluntarismo y a la virtud del representante popular. Estos conceptos, seguramente, pondrán nervioso a más de un académico: ¿cómo medir la voluntad política o cómo observar la virtud objetivamente? Después de un sexenio de “grandes reformas”, la voluntad política de un presidente para aplicar las leyes o ejecutar un gobierno austero parecería simplón o ingenuo. No obstante, esa voluntad estuvo ausente los últimos dieciocho años: ya sea para castigar a los responsables de la muerte de unos niños en el incendio de una guardería o para encontrar a 43 normalistas desaparecidos con la anuencia del Estado. La deslegitimación de las instituciones no fue espontánea, sino que a la demanda de cambio se cambiaban las instituciones para no cambiar nada.

El regreso de la virtud al discurso público debe entenderse menos como la virtud moral y más como la razón de Estado del republicanismo clásico, es decir, el oficio político, la habilidad y el liderazgo de los gobernantes. También, la recuperación discursiva de lo público como el bien común. Ahí, se explica que se extienda esa virtud a la ciudadanía y no sólo a los funcionarios gubernamentales: el ciudadano debe también ser participe de la vida pública. Esto explica la intención de aumentar los instrumentos de participación y control directo ciudadanos.

A poco más de dos semanas de una elección que cimbró México, aún, es demasiado temprano para saber qué tan profunda y auténtica será la llamada cuarta transformación. Todos sus protagonistas y lugares comunes todavía están por definirse. Aunque todavía desconocemos la magnitud, la elección de AMLO y el tamaño de su victoria son un punto de quiebre en la historia reciente de México y en la manera en la que entendemos al gobierno, las instituciones y su relación con la sociedad.

 

Carlos Monroy