La elección del pasado 1 de julio ya es una fecha icónica de la política mexicana, pero no solamente por la aplastante victoria de AMLO y de Morena o por el cambio de estatus del priista de especie vulnerable a especie extinta en estado silvestre. La nueva más trascendente que traen los vientos de cambio, aunque no tan evidente, es la liberación al ambiente político de décadas de frustración y encono. Controlar esta fuerza y convertirla en algo más fecundo que la cólera será el mayor reto del siguiente Presidente de la República.

Ilustración: Víctor Solís

La política como tiempo y como ritual

“La política es tiempo”, dijo Andrés Manuel López Obrador al elogiar a su rival desterrado, José Antonio Meade. Sin embargo, en realidad la política es a la vez ritual y tiempo, puesta en escena y circunstancia, pues el tiempo lo cambia todo a partir de la entropía, pero la política es en toda regla una cosa de voluntad y no sólo de ventura; es decir, hay que hacer que las cosas pasen, pero a su debido tiempo y con un performance convincente. Como en el juego de lanzar piedras a un estanque, en el que se requieren tiros en ángulos exactos para que los proyectiles reboten en vez de hundirse –para que hagan patitos, pues—, en la política se necesita precisión.

Una de las últimas decisiones tomadas por AMLO y su equipo, la de reducir los salarios de la “burocracia de oro” y despedir empleados de confianza, parece más un pedrusco soltado con torpeza que un grácil guijarro acariciando el agua en un juego de cabrillas. Lo que ha suscitado este anuncio, por su contenido, pero también por su timing, ha sido una pugna sin precedentes entre los servidores públicos y el resto de los ciudadanos, quienes hartos de los abusos de la clase política, no se han quedado atrás en el deber de seguir de cerca las propuestas de la Cuarta Transformación.

Esta pugna, en abstracto deseable, en la realidad ha desatado una fuerza caudalosa y que parece incontenible: el resentimiento de las mayorías históricamente vencidas contra quien, para muchos, representa el poder del Estado (aunque no). Este resquemor es, sin lugar a dudas, justificado: décadas de corrupción, nepotismo, influyentismo, racismo, clasismo y prepotencia por parte de una clase dominante mediocre, rentista y endogámica obligaron a millones de mexicanos a conformarse con poco, y en muchos casos, con menos de lo que necesitan para tener el mínimo bienestar. ¿Quién no estaría colérico? Yo mismo, pese a gozar de muchos privilegios, nunca he estado conforme con ese estado de cosas.

Triggered!

Dicho esto, es importante señalar que el hombre (o mujer) de Estado no puede darse el lujo, como sí lo puede hacer un(a) candidato(a), de cebarse con las pasiones del pueblo. No me malentienda el lector: no es que estas pasiones sean ilegítimas, no es que sean indeseables o que se trate de algo banal sobre sus formas. Por el contrario, es el deber del político despertar las pasiones del pueblo, pero es deber del gobernante encauzarlas. No ignorando, por supuesto, que AMLO y todos los políticos y políticas votados en las elecciones pasadas aún no gobiernan, debería preocuparnos que la muy necesaria purga –como la llamó Leo Zuckermann el martes 24— que ya comenzó en el servicio público, y las pasiones que ha despertado, anticipen un gobierno incapaz de canalizar constructivamente el descontento popular.

Si eres un(a) observador(a) avezado(a), habrás notado la cólera con la que muchas personas han participado en el caso de El pueblo bueno vs. Los burócratas chupasangre (lo digo así, con absoluta e intencional ironía). Tómese como ejemplo un reciente texto de César Morales Oyarvide publicado en este espacio. En todas las redes en las que ha sido compartida esta pieza, se puede leer una amplia variedad de descalificaciones, juicios ad hominem y hasta insultos de quienes el sólo hecho de que el autor sea un funcionario les provoca una virulenta furia. Si bien la mayoría de las reacciones es positiva, la desmedida agresividad de algunos críticos es algo poco común en esta clase de espacios, lo que resulta revelador. Y eso que desde el título se aprecia que el autor apoya la idea que subyace al plan de austeridad de AMLO, así como la gran mayoría de las propuestas que lo componen. Sin embargo, un par de muy razonables “peros” bastan para violentar a mucha gente.

El poder político de la venganza

La venganza es fecunda. Nietzsche decía en Genealogía de la moral que el político ducho, curtido, debía tener la destreza para usar el ánimo de venganza en favor de su gobierno. Tal habilidad, decía el filósofo, consistía en retirarle al quejoso el objeto de su ira de las manos al convertir su reclamo en ley, es decir, en justicia. Sin embargo, habiendo establecido que AMLO aún no gobierna, ¿cuál es entonces el sentido de madrugar a la opinión pública con el polémico plan de austeridad? Porque los más de cuatro meses que faltan antes de que exista la posibilidad de convertir la venganza en justicia significarán para cientos de miles de funcionarios públicos, muchos de ellos mandos medios sin grandes privilegios, una comprometida posición entre los despidos de fin de sexenio –que ya iniciaron— y un robusto descrédito que llega, y no es cosa menor, al insulto.

Responder a esa pregunta no es sencillo. Sin embargo, permítaseme aventurar una hipótesis.

Anunciar medidas que vigorizan el desprestigio de los funcionarios, y hacerlo de forma tan temprana, puede ser interpretado como un movimiento de distensión. No teniendo aún el poder de las instituciones, faltando meses para la toma de posesión y ante el encono generalizado, empezar a liberar presión del sistema político sería una auténtica jugada maestra por parte de Andrés Manuel y su equipo. Ello contribuiría no solamente a llegar al 1 de diciembre con camino andado, sino que, podría pensarse, ayudaría a mantener la gobernabilidad en los últimos meses de la administración peñista. Si esa fue la intención –y la razón para anunciar dicha decisión tan lejos de la toma de posesión—, se trata de una buena idea que al parecer está teniendo efectos contraintuitivos, pues la frustración se está tornando en cólera.

A esta dimensión exquisita que podría adjudicársele a dicha decisión, debe añadírsele, por supuesto, lo práctico: todo cambio de régimen debe venir acompañado de un golpe sobre la mesa, de un ritual de empoderamiento. Hacerlo sobre la marcha, es decir, ya en funciones, es complicado, pues hay asuntos de mayor relevancia cuando ya se forma gobierno. Este ritual podría parecer excesivo o fuera de lugar; sin embargo, si se toma por buena la idea de que este cambio es verdadero –en oposición a las tersas transiciones entre PRI y PAN—, la magnitud del ritual debería ser proporcional a la magnitud de la expectativa creada. Como dijo Fernando Escalante en su columna más reciente, “eso pasa cuando se destruye un régimen, que hay que comenzar a construirlo de nuevo”.

¿Pragmatismo o ingenuidad?

Si mi interpretación ritualista y temporal del lanzamiento del plan de austeridad es correcta, podría entonces pensarse que AMLO es un político más pragmático de lo que creíamos. Si bien en los últimos días de la campaña presenciamos sus virtudes políticas en sus tersos acercamientos con diversos sectores empresariales y políticos, esta clase de movimientos bizarros, valientes, preconizarían un estilo personal de gobernar –diría Cosío Villegas— inclinado hacia el pragmatismo político, hacia los golpes de timón con chanfle. Un político así sería idóneo para la tarea de ejecutar una transformación profunda usando, de paso, el ánimo de venganza para generar algo que tanto le hace falta a esta sociedad: justicia.

Si me equivoco, si he visto virtudes políticas donde no las hay, si el plan de austeridad fue planteado, stricto sensu, con la ingenua creencia de que sería recibido jubilosamente sin reavivar ninguna rencilla, si en todo momento fue pensado como una medida para ahorrar dinero y dar una lección pública, entonces la administración y el Presidente entrantes corren el riesgo de ser desbordados por un descontento que no entienden cabalmente.

Hago votos por estar en lo correcto.

 

Antonio Villalpando Acuña
Sociólogo, economista y maestro en políticas públicas comparadas.