¿Ninis?

Laura ha presentado seis exámenes de admisión: tres para la UNAM, tres para la UAM. Desde hace meses no sale, sólo estudia. Su papá aún la anima; su mamá ya no tanto; cada vez le pide que se encargue de más quehaceres domésticos. Laura cree que es su manera de decirle que ya se dé por vencida. Juan, su hermano mayor, se burla de ella, ¡como si él no estuviera igual!: sin escuela y sin trabajo. ¡Pero como es hombre…!   •   El Roger intentó entrar al Poli varias veces; la última, hace cinco años. Trabajó algunas temporaditas en un call center, pero acabó hartándose porque pagan muy mal. En el negocio de su mamá, una cocina económica, jamás pone un pie. En cambio, pasa horas en la azotea, soñando despierto: fantasea que se va a irse a Chicago a trabajar con sus tíos; va a juntar un chorro de varo, tendrá un depa enorme y una camioneta todo terreno, negra, con quemacocos.   •   Anselmo lleva horas encerrado en su cuarto jugando solitario en la compu… Tocan la puerta. Su madre le pide que por favorcito vaya por el pan. Él no tiene ganas de salir, pero piensa que seguro ella acaba de cobrar la pensión, así que tal vez logre que le dé para cigarros… Suspira y se levanta. Siente las piernas entumidas. “Espérame, me visto y voy”.   •   Terminaron de almorzar. “Voy a mandar unas solicitudes y a ver si me ha contestado”, le dijo Brenda a su abuela. Desde hace meses que la señora Tina ya no le cree: sabe que su nieta va a tirarse a ver películas y a fisgonear la vida de conocidas y desconocidos en el maldito Facebook ése; sabe que va a seguir metida en sus horrendos pants por lo que resta del día…   •   Gaby estudió Psicología. Acabó hace tres años. Casi no sale; está avanzándole a su tesis, dice. “¿A poco estudió para pasársela aquí metida?”, se queja su papá. “La tesis no es más que un pretexto… Ni siquiera ayuda en la casa”.   •   Juana quería estudiar Odontología, pero la mandaron a Química, su segunda opción. No le gustó. Se dio de baja y perdió el pase automático. Ha presentado cuatro veces el examen y nada. “Cada vez somos más y cada vez hay menos chance… “No sé si seguir tratando o ya no, y buscar trabajo de lo que sea, porque ya sabes cómo están las cosas en mi casa…”   •   Acabó el sexenio y Aldo se quedó desempleado. “Algo caerá, me van a llamar”, calmó a su esposa. Pero nadie lo ha buscado y los contactos que le quedan ya ni le toman las llamadas. Duerme frente en el sillón de la sala, desde el año pasado cuando ella lo echó del cuarto; está enojada de que no agarre cualquier chamba, porque con su sueldo apenas les alcanza, pero sobre todo está enojada porque la casa está echa un chiquero.   •   Hugo, arquitecto, con maestría en Geodesia, acaba de desechar un empleo. Después de aprobar todos los filtros para ser contratado como topógrafo, cambió de parecer: mejor seguir en casa de sus padres mientras sale una mejor alternativa. “No estudié tanto para acabar de brigadista y ganar tan poquito”. Hugo jamás ha trabajado.

Ilustración: Alberto Caudillo

Ninis: ni estudian ni trabajan

Laura no trabaja, pero se encarga de buena parte de los quehaceres domésticos; además, aunque infructuosamente, lleva meses estudiando, ¿debemos considerarla una nini? Y su hermano, quien también ha estudiado y estudiado en vano para el examen de admisión, tampoco trabaja, y además no mueve un dedo en la casa… ¿sería más nini que ella? ¿Habría entonces que desarrollar una escala de nininez? ¿El Roger es tan nini como su abuela, quien no estudia y jamás ha trabajado en la economía formal a lo largo de toda su vida? ¿O para ser nini hay que ser joven? ¿Y a qué edad ya no puede uno ser nini? Si es así, considerando a los ninis como jóvenes, ¿de qué edad a qué edad habría que definir la juventud? En dado caso, Anselmo, quien no estudia, no trabaja, no busca empleo y se halla cercano a cumplir la media centuria, ¿no es nini ni desempleado? ¿Anselmo ya ni nini es? ¿Y los jóvenes como Brenda, quien ya terminó la carrera y no trabaja, ya no son ninis? ¿A partir de cuánto tiempo de permanencia en esa situación habría que tomarlos por nini? Gabriela, quien no busca empleo, y si es que realmente dedica parte de sus jornadas a terminar la tesis, ¿no es nini todavía? ¿En el momento en el que Juana se dé por vencida y deje de estudiar para los exámenes de admisión y se ponga a buscar trabajo, dejará de ser nini para pasar a sumarse a las filas del desempleo? ¿Quedaría entonces tan desempleada como Aldo, aunque ella estuviera dispuesta a trabajar casi de cualquier cosa y él no? Y a Hugo, con posgrado y ofrecimientos de trabajo que ha desechado, ¿deberíamos considerarlo a él el más nini de todos ellos?

Tantas preguntas abiertas evidencian que el concepto nini es blandengue, poroso y, por ello mismo, demasiado comprometido en su operatividad analítica. Por supuesto, la insuficiencia y permeabilidad de sus fronteras semánticas condicionan una expresión estadística imprecisa, disparatada incluso. En agosto de 2010, José Narro, entonces rector de la UNAM, declaró que 23% de los mexicanos de entre 12 y 29 años de edad eran ninis: 7.5 millones de muchachos y muchachas —un contingente superior en unas doscientas mil personas respecto a la población total de Jalisco aquel mismo año—. Poco después, echando mano de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), Negrete y Leyva, ambos investigadores del INEGI, estimaron que en 2011 en el país había 3.76 millones de ninis, aunque para su cálculo consideraron sólo a los jóvenes de 15 a 24 años de edad. Por su parte, en 2014 la OCDE reportó que en nuestro país la participación de quienes no estudiaban ni trabajaban en el total de jóvenes de 15 a 29 años se había mantenido por arriba de 20% a todo lo largo de los primeros doce años del siglo XXI.1 Benito Durán, también investigador del INEGI, estimó que en el período que va del segundo trimestre de 2014 al segundo de 2015 la cantidad de ninis en México ascendía a 4.7 millones, y hace poco, de nuevo Negrete y Leyva señalaron que a mediados de 2017 el total de ninis era de menos de 450 mil de jóvenes de 15 a 24 años. De tales dimensiones pueden ser las discrepancias estadísticas: siete millones, cuatro millones, medio millón…

Ninis distópicos

Independientemente de la imposibilidad de la exactitud cuantitativa de su medición, el fenómeno que el etéreo vocablo nini denota existe; se percibe y acusa en adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes que pasan un tramo de sus vidas sin un rol social definido. La condición puede ser más o menos duradera, pero por más perdurable que fuera, quienes la viven necesariamente acabarán desprendiéndose, con la edad, de la etiqueta. Socialmente, el nini es un proyecto frustrado, un fracaso en ciernes. Por eso ser nini está mal, por eso es un problema. Si alguien quiere ser nini, no lo dice. Se trata de una situación lamentable. Si alguien disfruta no estudiar, no trabajar, no tener un rol social definido —en el hogar o fuera—, podrá ser tachado de vago o de mantenido —llamar a una mujer vaga o mantenida, que seguramente también las habrá, es mucho menos común; he ahí otro uso lingüístico en el que el sexismo se expresa—, pero no de nini. Los ninis encarnan personalmente una desgracia y están en desgracia social. Porque hay que subrayarlo: la desgracia del nini no es económica, es social: ningún nini padece hambre, a ningún nini están por echarlo por no pagar la renta… Podrá encontrarse en un hogar que enfrente situaciones económicas apremiantes, pero no asumirá como su responsabilidad atenderlas. De hecho, no cualquiera puede ser nini: se requiere de cierto amparo económico para la subsistencia, por lo general familiar.

En 2010, Miguel Székely alertaba que los ninis latinoamericanos “en el corto plazo, pueden representar un riesgo para la construcción de cohesión social…”2 Discrepo: no son causa, son efecto… A la ola nini la levanta y la sostiene un tipo de anomia; anomia en el sentido clásico del concepto, el durkheimiano —“si la anomia es un mal, lo es, ante todo, porque la sociedad la sufre, no pudiendo prescindir, para vivir, de cohesión y regularidad”—.3 Sostengo la siguiente tesis: cuando la motivación principal, quizá única en algunos casos, para estudiar es hacerse de competencias laborales, y la principal motivación para trabajar es conseguir un ingreso para poder consumir satisfactores individuales, resulta que dicha motivación alcanzará una fuerza directamente proporcional a la expectativa del poder de consumo que se podría lograr. Así, si al final del camino se vislumbra una magra retribución económica, el estímulo para echarse a andar es débil. La anomia que esta condición genera produce individuos atascados en tramos de vida sin estructura socialmente validada. Conviene recordar que ya en 1897 en su ensayo celebérrimo El suicidio el sociólogo francés anotaba: “sería inevitable que los deseos y las ambiciones, estando contenidos con menos fuerza, desbordasen sobre ciertos puntos tumultuosamente. Desde el momento en que se inculca a los hombres el precepto de que es para ellos un deber progresar, es más difícil hacer que se resignen y por consecuencia, no puede dejar de aumentar el número de los descontentos… Toda moral de progreso y de perfeccionamiento es, pues, inseparable de cierto grado de anomia”.4

Si el razonamiento es correcto, se desprende que el posible remedio no está en el ámbito económico, al menos no esencialmente; habría que construir la solución en lo social. Reducir a la economía la comprensión del estudio —en tanto adquisición de competencias laborales— y del trabajo mismo, dejando a un lado su perspectiva sociocultural, ha tergiversado la realidad, y fortalecido posturas reduccionistas, desde las cuales resulta impensable, absurdo, esforzarse en la formación de valores sociales. Dicho en corto, la enmienda tendría que ser radical: invertir energía social —sociopolítica, más específicamente— en la recuperación del ideal del trabajo en tanto actividad de beneficio no sólo individual, sino también comunitario. Ni más ni menos.

 

Germán Castro


1 OCDE. Panorama de la Educación 2014. Indicadores de la OCDE. OECD Publishing, 2014.

2 Székely, Miguel. Jóvenes que ni estudian ni trabajan: un riesgo para la cohesión social en América Latina. Santiago de Chile, CIEPLAN, 2011.

3 Durkheim, Emile. The Division of Labor In Society. The Free Press of Glencoe. Illinois, 1933. p. 5.

4 Durkheim, Emile. El suicido. Ediciones AKAL. Madrid, 1992. p. 407.