Con el ascenso electoral de AMLO, la instalación de la LXIV Legislatura y la ostentación de la nueva mayoría de Morena, empieza a hablarse de una nueva “hegemonía democrática” (por ejemplo: Ackerman 2018; Betata 2018; Ramírez 2018; Rojas 2018). De acuerdo con este argumento, la mayoría absoluta de Morena en la Cámara de Diputados y con el PES y el PT en el Senado, combinada con un presidente electo con una votación históricamente alta, representa una nueva hegemonía que, por ser producto de una votación legítima, es democrática. Si bien puede ser preciso hablar de una hegemonía considerando que hoy Morena tiene supremacía sobre todos los partidos y su voluntad puede decidir el sentido de cualquier votación en el Congreso, calificarla como democrática solo por su origen reviste al concepto de una connotación positiva que esconde su cara menos agradable y más riesgosa. Es, por decir lo menos, una manera engañosa de neutralizar anticipadamente un concepto cuyo análisis público balanceado resulta fundamental para prevenir los riesgos e identificar las oportunidades que estaremos enfrentando ante la nueva configuración política en México.

Ilustración: Víctor Solís

Aunque por definición la hegemonía no es antidemocrática, la evidencia comparada es clara en el sentido de que la hegemonía tiende a debilitar a la democracia (Schedler 1998; Magaloni 2006; Greene 2007). El grado preciso de este debilitamiento depende principalmente del contexto institucional que condiciona su efecto. Desde esta perspectiva, una hegemonía puede ser compatible con la democracia, inclusive necesaria para impulsar grandes cambios, siempre y cuando el partido hegemónico no use su enorme poder para limitar la competencia electoral, dificultar la creación de nuevos partidos, politizar los programas sociales con fines electorales, condicionar el acceso al servicio público o debilitar a los poderes de gobierno. Lógicamente, la capacidad del partido hegemónico de impulsar cambios antidemocráticos depende del carácter y la debilidad de las instituciones. Si a lo largo de tres lustros de hegemonía de la coalición encabezada por Ángela Merkel el debilitamiento de la democracia alemana ha sido limitado es gracias a la fortaleza de las instituciones políticas de ese país. Por ejemplo, si en Alemania la compra de votos y el desvío de recursos públicos fueran comunes, si no existiera un servicio civil de carrera y si las barreras para formar un partido fueran muy altas, seguramente, como en Rusia, sería otra historia.

Y es que el riesgo de una hegemonía en México es que, por más que su origen sea legítimo y democrático, se enfrentará a un contexto institucional débil, donde para ejercer y retener el poder (¿o acaso es para otra cosa?) es tentador echar mano de tácticas antidemocráticas y aprovechar la misma debilidad de las instituciones. ¿O acaso Morena —o, siendo generoso, cualquier partido hegemónico en su posición— tendrá como prioridad facilitar la creación de partidos nuevos, modificar las reglas de la reelección para que la rendición de cuentas sea a los ciudadanos y no a los partidos y construir un servicio profesional de carrera para toda la administración pública? Es cierto que se ha hablado de eliminar los programas sociales ineficientes y susceptibles a corrupción, pero al mismo tiempo en que se anunció la creación de delegaciones estatales únicas, dirigidas por cuadros con aspiraciones electorales y con un organigrama que parece calca de las estructuras electorales priistas de Coahuila y el Estado de México.

Cabe recordar que las instituciones políticas son endógenas; es decir, son el producto de las preferencias y las interacciones estratégicas de las fuerzas políticas y socioeconómicas en competencia (Weyland 2011). Por ejemplo, la maraña de programas sociales sin un padrón único y altamente susceptibles a ser usados con fines electorales no es producto de la fortuna, sino el resultado de acuerdos tácitos entre fuerzas políticas en competencia que se han beneficiado de este arreglo para ganar el poder y retenerlo. Salvo que Morena y AMLO sean un factor de cambio verdaderamente exógeno al sistema, es poco probable que se beneficien de desmantelar este arreglo. ¿Para qué ponerse en desventaja frente a la competencia, menos ahora que tienen tanto poder y que no tienen la necesidad de ceder en ninguna negociación?

Por lo que AMLO ha mostrado a lo largo de su trayectoria y por lo que dejó ver en campaña, en discursos y entrevistas, su oferta política representa un cambio radical por dos razones: 1) su ascenso al poder implica el desplazamiento del grueso de la élite política y económica que gobernó México desde finales de los setenta; y 2) su agenda programática se basa en reforzar el rol del Estado en la economía, un marcado contraste con la manda neoliberal de reducir su tamaño para dar rienda suelta a la iniciativa privada y al libre mercado. No obstante, aunque sea radical, el factor de cambio que representa AMLO no es exógeno al sistema. A lo mucho, será una cadena de interacciones estratégicas donde su partido, siendo hegemónico, contará con toda la ventaja para avasallar a sus adversarios y asegurarse de que el cambio institucional que se dé refleje exclusivamente sus preferencias. Salvo por generosidad o fugaz conveniencia, no tendrá que tomar en cuenta las preferencias de sus adversarios.

Lo anterior no quiere decir que el cambio radical que representa AMLO sea negativo (eso lo juzgará la historia), sino que, montado en el contexto institucional mexicano y con el enorme poder que estará concentrando, existe el riesgo de que, en el proceso de implementar su agenda política, eche mano de las prácticas antidemocráticas propias del sistema del que él y su partido (también) son parte. Cierto, también existe la posibilidad de que el autocontrol, la altura moral, el deseo de pasar a la historia como prócer de la Patria y hasta los contrapesos internos de Morena —sus militantes, los integrantes de su coalición, los intelectuales de su obrita— funjan como contrapeso a la tentación de establecer una hegemonía que dañe a la democracia (algunas reacciones al otorgamiento de licencia a Manuel Velasco para ser gobernador y senador simultáneamente hacen pensar que así podría ser), pero la evidencia nos dice que lo seguro y responsable es construir instituciones cuyo correcto funcionamiento no dependa de la bondad y ética del líder en turno. Lo que me lleva al punto central de esta reflexión.

El mejor antídoto contra la perversión antidemocrática de una hegemonía son las elecciones libres y competitivas. Por décadas, la ausencia de éstas fue lo que facilitó el mantenimiento de la hegemonía antidemocrática priista (ver Magaloni 2006). Si bien las elecciones de este año son quizá el momento estelar de la democracia electoral en México, algunas variables que durante años la hicieron frágil—compra de votos, desvío de recursos públicos, politización del INE y el TEPJF, uso político de la procuraduría, obstáculos para llegar a la boleta— todavía estuvieron presentes. Mientras el gobierno de Morena no impulse reformas que atenten contra esta nueva realidad —mientras no eche abajo la reelección, no dificulte aún más la creación de partidos, no construya un sistema inequitativo de financiamiento público, no obstaculice la construcción de candidaturas, no revierta avances importantes en fiscalización y monitoreo de las campañas, no debilite al INE, al TEPJF y a la FEPADE, entre otras—, la duración de la hegemonía dependerá exclusivamente de la capacidad de la oposición de resolver sus problemas de coordinación y, lo más importante, del desempeño del propio gobierno. Eso sería lo ideal, lo deseable, pero, si AMLO y Morena usan su hegemonía para limitar la competencia y concentrar las puertas de acceso al poder, su hegemonía “democrática” legitimada en las urnas más pronto que tarde podría convertirse en una hegemonía antidemocrática.

Por lo anterior, quizá, por ahora, sea más útil hablar de hegemonía simple y llanamente, sin adjetivos, con base en evidencia histórica y comparada, de tal suerte que el entendimiento de este concepto nos permita estar atentos y preparados para evaluar lo que viene. Así como AMLO y Morena pueden usar su hegemonía para impulsar grandes y necesarios cambios políticos, económicos y sociales sin alterar —e inclusive fortaleciendo— la competencia electoral y otras instituciones fundamentales para la democracia, también existe la posibilidad de que, tratándose de cambios en instituciones endógenas al sistema, usen su hegemonía para avasallar a la oposición, limitar la competencia, incrementar las barreras de entrada al poder y concentrar los recursos para operar electoralmente. Ambos escenarios son posibles. La probabilidad de que sucedan se podrá ir calculando cuando el gobierno entre en funciones y en la medida en que vaya arrojando pistas sobre sus intenciones. Mientras tanto, que siga la discusión sobre las implicaciones de esta nueva hegemonía, pero sin adjetivos estridentes que dicen más sobre las filias y fobias de los autores de los artículos que sobre las implicaciones observables de este polémico concepto.

 

Gustavo Rivera Loret de Mola
Doctor en gobierno por la Universidad de Texas en Austin.