La carta anónima publicada por el New York Times la semana pasada no dice nada nuevo sobre la ineptitud y la conducta errática del presidente de Estados Unidos. Se trata de un secreto a voces que el libro de Bob Woodward que salió esta semana, Fear, solo confirma de acuerdo a estándares periodísticos más altos. Ya sabíamos que Trump no puede leer ni concentrarse en nada relevante, y que la gente que lo rodea en la Casa Blanca y el gabinete tratan de impedir los desastres distrayéndolo o simplemente esperando a que su cerebro inestable pase de un tema al siguiente. A esta altura del partido, el hecho de que una persona ignorante, probablemente criminal, arbitraria, e irresponsable esté a cargo del gobierno de los EEUU sólo puede escandalizar a los que piensen que los estadounidenses tienen una moral superior al resto de los mortales.

Lo interesante de esta carta, que según el New York Times fue escrita por un alto funcionario del gobierno de Trump, es lo que revela sobre los grupos ultraconservadores republicanos que hasta ahora lo apoyaban sin condiciones. Quien haya escrito la misiva (la especulación sobre su identidad es el nuevo entretenimiento de los medios) sabía que iba a despertar una respuesta que sólo debilitaría a Trump. El presidente ya se ha dado cuenta de que la carta parece haber empezado el conteo hacia el final de su mandato: diversas fuentes lo describen totalmente absorbido por la idea de descubrir al “traidor” que se ha atrevido a decir públicamente que los “adultos” en el gobierno le impiden llevar a cabo decisiones que pondrían en peligro la seguridad nacional. Trump ha llegado a pedirle al Fiscal General, Jeff Sessions, que investigue el caso, después de haberlo insultado por permitir que lo investigaran a él.

Pero al autor de la carta, y a los principales republicanos en el congreso y en el gabinete, no les importa tanto ver el deterioro de la autoridad de Trump. Ya lo usaron para lo que lo necesitaban. Después de ver con incomodidad cómo ganaba las primarias en 2016, la derecha conservadora se alineó detrás de él tras su victoria sobre Hillary Clinton. El razonamiento era claro: Trump les garantizaba el nombramiento de jueces conservadores en la suprema corte y en los circuitos federales, les permitía reducir drásticamente los impuestos a las empresas y los millonarios, y ponía gente de confianza a cargo de las secretarías donde se podía continuar con el desmantelamiento de las protecciones ambientales, del seguro de salud y de la educación pública. Más allá de esos objetivos, la corrupción, la vulgaridad, el racismo, la irresponsabilidad en política exterior no importaban tanto.

Ilustración: Oldemar González

En otras palabras, hay que poner esta última mini-crisis en una perspectiva histórica más amplia para entender su relativa importancia. La derecha conservadora norteamericana tiene un proyecto de nación sin pretensiones morales, excluyente en lo social y aislacionista en lo exterior, y Trump les permite avanzar con él. Un nuevo juez de la suprema corte está a punto de ser nombrado y con ello habrá una sólida mayoría conservadora que permitirá continuar con la erosión de los derechos laborales, reproductivos, de sufragio, y en general de los avances en materia de derechos civiles logrados desde los años sesenta.

Trump es un pequeño episodio en un proyecto reaccionario de muchas décadas, que algunos republicanos de hoy consideran se puso en movimiento apenas acabó la guerra civil en el siglo diecinueve. Para muchos derechistas actuales, la victoria del norte sobre el sur en 1865 significó el abuso de la soberanía de los estados, la decadencia de los valores señoriales, y el desorden social relacionado con el mestizaje. El período de la Reconstrucción que siguió a la guerra, con la ampliación de los derechos civiles de los afroamericanos, fue para esos derechistas una era de caos que sólo la segregación y el Ku Klux Klan vinieron a cerrar. El movimiento de los derechos civiles de mediados del siglo veinte fue otro ciclo de desorden que hoy se intenta cancelar estableciendo nuevas restricciones al voto.

El cálculo es que si los demócratas logran controlar una de las cámaras del congreso después de las elecciones de este noviembre (lo que parece muy probable), el gobierno de Trump entrará en una espiral de investigaciones que podrían llevar a su desafuero. Los republicanos pueden vivir sin defenderlo un par de años más, y luego buscar un candidato más viable para las elecciones presidenciales del 2020. Para hacerlo, sin embargo, necesitan que Trump esté tan debilitado que ya no pueda buscar la reelección. En este momento el presidente es muy popular entre los votantes republicanos. La erosión de su prestigio y una recesión económica, que podría suceder pronto si los ciclos predicen algo, le abrirán el espacio a otros republicanos de derecha para competir por la presidencia y tratar de consolidar un control de largo plazo, que siempre han ambicionado, sobre los tres poderes del gobierno.

 

Pablo Piccato
Profesor de historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.