Los sujetos públicos siempre nacen de un agravio: del disenso con un reparto material y simbólico de lo público que no corresponden con un sentir particular de justicia, que fractura la sociedad de manera arbitraria dejando fuera de la vida pública a muchos, que genera identidades contrapuestas y que corren el riesgo de ser excluyentes. Hacemos política porque hay algo que nos mueve en tanto nos duele, y el México que nos ha tocado vivir está lleno de agravios. La nueva etapa política que se abre en tras la victoria de AMLO tiene y tendrá inexorablemente mucha incidencia en el clima social de la población: ese estado de ánimo colectivo que reporta cual termómetro el camino que toman los sentires, los dolores y los anhelos de la gente, que da un sentido a la manera en la que las personas se relacionan con lo público.

Hace tan solo unos meses, según los sondeos de diferentes medios, la palabra “esperanza” era la que mejor definía el sentir de la mayoría social: una efervescencia social vinculada a los procesos electorales, que sin necesidad de tener un correlato en los hechos de la nación, genera efectos sobre la vida de las personas y legitima una nueva oportunidad para las tan maltratadas instituciones del estado. La esperanza, sin embargo, es siempre un sentimiento de transición, y pese ese al dicho popular, que nos recuerda que la esperanza es lo último que se pierde, nos enfrentamos a una realidad compleja en la que acabamos de vivir el mes más violento de la historia, con niveles de terror inusitados que han llevado a que la ciudad más violenta del mundo esté en nuestro país: Los Cabos, paraíso turístico, que está superando por poco en homicidios a la históricamente violenta ciudad de Caracas, algo enmarcado en un proceso en el que la violencia se desplaza sin desaparecer de los estados tradicionalmente más violentos de la república, hasta el centro y sur de la misma.

Ilustración: Alberto Caudillo

Mientras tanto la desigualdad, causa primigenia de todo agravio social, no retrocede: los programas sociales del presidente Peña Nieto no consiguieron una efectividad vinculada a su inversión, y según el Coneval, hoy, más de la mitad de la población (50.2%) tiene un ingreso inferior a la línea de bienestar. Pese a que pudiera parecer heroico que aquellos que peor lo están pasando se encuentren esperanzados, es bastante claro que hay mayorías que se han aferrado a lo único de lo que no han podido ser desposeídas: el deseo.

Por tanto, el momento de euforia social que se vive en México tras la elección, más temprano que tarde tendrá que tomar un camino que traduzca ese deseo en un comportamiento para con lo público. En un primer momento, aparecen dos posibles vías relativamente antagónicas. Por un lado, la vía de la inclusión participativa en el proceso político, con un carácter más colectivo, donde las mayorías podrían vincularse mediante un acompañamiento crítico pero participativo con lo político, que mantendría cierta base social en un clima favorable al ejecutivo de AMLO, afianzando la fuerte legitimidad social que las urnas le otorgaron para realizar las transformaciones políticas. La ventaja de esta vía es que permite estar presentes para observar, evaluar, y en un momento determinado, corregir la dirección de un gobierno.

Por el otro lado, el camino está claro: diluirse entre la legítima frustración de la complejidad que acompaña al desastre social, encontrar el pretexto más o menos justificable que nos permita una excusa personal para alejarnos de lo público: el camino del desencanto, y su terrible consecuencia social: el contagio en el clima social.

Muchos fuimos los que durante la campaña electoral defendimos la suficiencia de un gobierno de mínimos basado en la emergencia nacional: no exigir al presidente que resuelva en seis años problemas estructurales de la nación que vienen de décadas atrás, sino poner orden, camino y dirección para la dignificación de las instituciones y el estado, requisito básico para que esos problemas puedan ser abordados y resueltos por un proyecto mayor al de un gabinete ejecutivo y sus bancadas legislativas: las mayorías sociales acompañando como parte activa, desde sus distintos ámbitos de actuación y vida, el proceso de gobierno: un momento de profundización democrática que tiene el reto de convertirse en lógica para abandonar lo coyuntural, pero que tiene el requisito de moderar las expectativas a la complejidad social del país.

Tiende a confundirse, mayoritariamente en la izquierda, acompañamiento con movilización, y es legítimo y deseable que en cierto momento de fricción social la ciudadanía muestre su fuerza en las calles, sin embargo, probablemente no sea ese el acompañamiento fundamental del que dotarse para que el proceso político tenga éxito, y la clave esté en transformar, desde arriba y desde abajo, esas lógicas perversas de lo institucional que han puesto a trabajar al estado al servicio de intereses privados. La movilización sería, en todo caso, una de las muchas opciones de los repertorios de acción colectiva, y no ya el fetiche heredado de la izquierda en oposición, pues esta tiene que entender que encontró su posibilidad en la emergencia social, y tiene el reto de cumplir objetivos que en ocasiones vienen definidos de manera externa, para que su irrupción deje de ser una anomalía.

De cualquier manera, nunca vamos a poder esquivar la decepción: podríamos plantear que la esta es siempre un sentimiento para con algo externo, a terceros o a nosotros mismos. La decepción tiene, en cierto modo, un componente de bondad y compromiso: nace de la inevitable angustia de saber que no se hizo lo suficiente, o que lo suficiente no alcanzó para lo necesario. La decepción es pues inevitable, ya que emana del deseo, y como se planteó anteriormente, este es siempre ilimitado, pero esto no es algo necesariamente negativo, porque la decepción aún alberga el componente crítico de la honesta oposición: a diferencia del desencanto, que no emana del deseo comprometido sino de la apatía y tiene su causa en el distanciamiento con lo público.

Quienes pretendemos ejercer de manera activa la obligación que nos otorga la condición de ciudadanía, que no es más que el compromiso para con los asuntos colectivos, tenemos el reto de huir del desencanto, porque es legítimo que puntualmente la política, sus lógicas aun por transformar, sus límites y sus juegos de equilibrios nos decepcionen, pero jamás podemos caer en el distanciamiento con lo público, camino sin vuelta atrás que anula el compromiso y que nos impide incidir con lo mejor de nosotros en el devenir de la nación. Y aunque parezca una obviedad, la mejor manera de procesar personal y colectivamente un momento político como el actual pasa por la participación política: quien deliberadamente queda fuera de los grandes momentos de transformación nacional, con los tiempos vertiginosos en los que esta se desarrolla, tiene claras limitaciones para decodificar lo que está ocurriendo ya no solo en el equilibrio institucional, sino en el propio clima social del que hablábamos en un inicio.

El mayor riesgo del actual momento político es que la esperanza que hace resistir cotidianamente a las mayorías sociales se convierta en un desencanto que vuelva a alejarlos de lo público justo en un momento donde podrían empezar a existir para el estado: porque si algo bueno tiene aquello a lo que se le llama despectivamente populismo, es que introduce a la política a nuevos sujetos agraviados, que antes no contaban en la toma de las decisiones que les alivianaban o dificultaban aún más la vida. Desgraciadamente no hay recetas para huir de la decepción, pero sí del desencanto, y la ruta es siempre colectiva, pues no hay nada más individual que la apatía, que solo se colectiviza por contagio, y cuya vacuna es la participación, algo fundamental en un momento donde la oposición al nuevo gobierno aun anda profundamente debilitada, y tendrá enormes dificultades para recomponerse si renuncia a la crítica honesta por el camino del desencanto.

Por todo ello, lo más probable es que en los próximos meses, México viva una efervescencia de la participación política: ya que no hay mejor momento que el actual para la inclusión de mi generación en la vida pública, aquellos a quienes externamente se nos etiquetó como millenials, que tenemos una virtud hecha fortaleza a la hora de hacer frente a un clima social en transición: jamás existió mayor sentimiento de incertidumbre que el que ahora nos invade y nos otorga identidad generacional. A nosotros nos prometieron que estudiando, aprendiendo idiomas y esforzándonos íbamos a poder disfrutar de una estabilidad en el futuro y de un encaje justo en el sistema, y hoy en día, la inmensa mayoría de mi generación no tiene idea de cuando podrá tener por fin una casa en propiedad o formar una familia. A nosotros como generación nos enseñaron un modelo en el que no había límites, en el que las fronteras de lo posible las construíamos nosotros mismos, y eso nunca ocurrió. Hemos vivido una meritocracia frustrada y congelada, donde el elevador social funcionó a duras penas: no será la frustración por la incertidumbre la que nos construya el limitante del país al que pretendemos avanzar, aprendimos a vivir con ella entorpeciendo nuestro camino.

Hemos padecido la decepción de un pacto generacional que ya no genera una justa inclusión en no solo en la vida pública, sino en algo mucho más cotidiano, un encaje adecuado para formar parte de las virtudes del sistema con estabilidad y calidad de vida, y aquí seguimos, resistiendo las tentaciones de la apatía y el desencanto: es quizá ese el gran reto político para el presente momento histórico, aprender de las virtudes sin heredar los vicios, y no hay mayor vicio para la vida pública que el desencanto, porque en política nunca hay huecos, nunca hay vacíos: los espacios políticos y simbólicos que no ocupe la participación los parasitará, como antes ocurrió, el desencanto.

 

Abraham Mendieta Rodríguez
Politólogo y maestro en Política Mediática por la Universidad Complutense de Madrid. Miembro Fundador de Podemos en España y de su Equipo Presidencial de Campaña. Consultor político en distintas campañas federales de Morena en México.