Varios grupos de mujeres de Brasil protagonizan el mayor fenómeno político de la fase final de las elecciones presidenciales, que se llevarán a cabo este domingo. Este fin de semana salieron a las calles de Brasil en más de 35 ciudades, unidas bajo la consigna más repetida en los últimos días: #EleNão (“Él no”), en referencia al candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro, quien encabeza las encuestas de intención de voto con 28% de las preferencias declaradas, según la última encuesta de Datafolha.

Ilustración: Víctor Solís

Lo que empezó con un grupo de mujeres en Facebook ha logrado identificar y catapultar un sentimiento: el rechazo a Bolsonaro, que hasta entonces estaba disperso. De acuerdo con Datafolha, el candidato de ultraderecha es también el que registra mayor porcentaje de rechazo entre la población (por un 46% del electorado), por su comportamiento y plataforma intolerante, misógina, homofóbica y racista.

También se registraron manifestaciones en solidaridad con las mujeres de Brasil en diversas partes del mundo, como Berlín, Buenos Aires, París, Londres, Ciudad de México, Lisboa, Nueva York, Washington y Barcelona. De forma espontánea, minorías raciales, sexuales, religiosas y políticas se han ido uniendo y fortaleciendo la infraestructura creada en redes sociales por la página Mujeres unidas contra Bolsonaro. #EleNão se ha convertido en la consigna no solo de otras víctimas de los insultos del candidato, como minorías raciales o personas LGBTQI, sino de todo aquel que rechace que un ultraderechista gobierne su país

Este movimiento ha juntado ya más de un millón de firmas en Facebook y consigue alrededor de 10,000 miembros por minuto. Otros colectivos más tradicionales, como intelectuales o sindicatos, han hecho públicos sus manifiestos contra Bolsonaro, pero ninguno ha tenido la fuerza y el impacto del movimiento de las mujeres y su #EleNão. Las mujeres han sido el blanco de algunos de los peores insultos que el ultraderechista ha manifestado a lo largo de sus 30 años de vida política.

Bolsonaro ha llegado a afirmar que las mujeres no merecen el mismo salario que los hombres y a regodearse en televisión nacional de que una diputada no merecía ser violada por él “por ser fea”. También ha descrito así a su familia: “Tengo cinco hijos. Cuatro hombres y en la última ya tuve un momento de debilidad y salió niña”.

Las mujeres en Brasil son mayoría (casi 53%) y tradicionalmente son las que más votan. La democracia, que algunos ven amenazada por el resurgimiento de una extrema derecha militarista, retrógrada en materia de derechos y violenta, representada por Bolsonaro, podría ser salvada gracias a las mujeres.

Los graves escándalos de corrupción de los últimos años que han involucrado a los principales partidos políticos de Brasil y a muchos líderes tradicionales han impulsado a Bolsonaro a la vanguardia en la carrera presidencial de este año, ya que es visto por sus seguidores como un candidato “directo” que no tiene miedo de hacer, y decir lo que, a su parecer, se necesita.

Bolsonaro creó una narrativa que lo identificó popularmente contra la corrupción política y el crimen desenfrenado en las piedras angulares de su campaña, prometiendo dar a la policía más libertad para matar criminales y facilitar que los civiles posean armas. También los inversionistas le tomaron el gusto después de adoptar políticas de libre mercado en la campaña electoral.

Su mayor rival y posible oponente en una segunda vuelta esperada para el 28 de octubre es el candidato izquierdista y exalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, quien se postula para el Partido de los Trabajadores (PT), después de que su fundador y principal líder –el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva–, fuera impedido de participar en la contienda electoral al estar cumpliendo una condena por corrupción pasiva y lavado de dinero. El apoyo a Haddad ha aumentado en las últimas encuestas con el apoyo de la clase trabajadora y los votantes antiBolsonaro. Haddad también tiene un creciente apoyo de las mujeres progresistas gracias a su compañera de fórmula y candidata a vicepresidente, la joven diputada Manuela D’Ávila, que se autodefine como “feminista y revolucionaria”.

A los 25 años Manuela D’Ávila fue elegida diputada federal, la más votada de su estado, y fue reelegida en 2010 con el mayor número de votos en todo el país. Durante sus dos legislaturas en Brasilia lideró proyectos de ley enfocados en la juventud, presidió la Comisión de Derechos Humanos y fue líder de la bancada comunista. D’Ávila defiende la legalización del aborto y propone una nueva política de drogas, dos temas generalmente tabú en Brasil.

Independientemente de que el movimiento #EleNão consiga afectar y cambiar el rumbo de las elecciones presidenciales, es importante destacar el hecho de que ha logrado unir y vocalizar a grupos de mujeres brasileñas que rechazan los diferentes tipos de violencias en su contra. Por poner un par de ejemplos, las violaciones y los asesinatos por violencia doméstica en Brasil no han dejado de aumentar en los últimos años (60,018 y 1,133 respectivamente en 2017) y sólo el 10% de los diputados del congreso brasileño son mujeres, dejando a Brasil en los últimos lugares de los países de la región y del mundo en materia de participación política de la mujer.

Esta movilización femenina no es un paso menor en un país en el que hasta ahora las principales reivindicaciones de las mujeres han sido ignoradas por la mayor parte de los políticos tradicionales. Cualquiera que sea el resultado del próximo domingo, o de la segunda ronda, quedará como un antecedente valioso de articulación pública de las mujeres, que continúan siendo víctimas de violencia, desigualdad y discriminación.

 

Bárbara Magaña Martínez