In memoriam

El mundo académico y universitario en México cerró 2018 con una dolorosa noticia. El 27 de diciembre de 2018 murió Martha Elena Venier, una de las figuras más importantes de la historia de El Colegio de México y, en mi caso, una de las más importantes en mi vida. Lo sigue siendo, sobra decirlo. La profesora formó durante 40 años a alumnos de licenciatura, maestría y doctorado del Colmex. A quienes pasamos por su cátedra nos enseñó a escribir y, al enseñarnos a escribir correctamente, “al privilegiar lo sustancial sobre lo accesorio”, como tanto insistía, nos obligó a que aprendiéramos a pensar. (Iba a escribir que “nos obligó a aprender a pensar”, pero preferí no hacerlo porque la recuerdo en el salón de clase, sosteniendo el papel de uno de los compañeros e indicándonos con un gesto displicente en el rostro y un ademán exegético en las manos que no usáramos dos verbos en infinitivo en la misma oración, menos aún juntos porque “se cae la frase”).

Escribo para entender, para hacer inteligible un mundo, el mío, que se ha transformado; un mundo que carece hoy de uno de los pilares que lo sostuvieron. Si se prefiere una metáfora en la que yo sea más responsable de mi construcción, el mundo de que hablo perdió a uno de los dioses a los que, antes de ser mundo, se acercó mediante leyes de atracción para que, siendo apenas masa errante, se le diera forma, definición. Martha Elena Venier ejerció conmigo y con otros el oficio de maestra alfarera.

Ilustración: Estelí Meza

Si bien a todos nos enseñó a escribir, el trabajo de alfarera lo reservó para unos cuantos, para el grupo de individuos que en cada generación nos acercábamos a ella y la frecuentábamos en horas fuera de clase y en los años que siguieron al curso que impartía. Éramos entonces puñados de arcilla fresca que buscaban fuego en el horno de su pequeño taller, su oficina a la que vestían las plantas que cuidaba, las acuarelas que pintaba y los recuerdos que sus alumnos le regalábamos. Definía al espacio un olor especialísimo en que se mezclaban la severidad del tabaco y el dulzor de una suerte de caramelo quemado y flores frescas. El oído se regalaba al placer de la ópera ―de  preferencia en la voz del bien parecido Jonas Kauffman (cuyos retratos adornaban la puerta del taller, junto con máximas en latín y simpáticas caricaturas sobre ética).

Al taller acudíamos los aprendices individual o colectivamente. Ahí se discurría sobre filosofía griega, latina y renacentista; sobre poesía del siglo de oro español o sobre cualquier versista o prosista que hubiera maravillado a la profesora en algún momento. También se hablaba mucho ―mucho― de los chismes del Colmex (de ese antro, como ella lo llamaba en la acepción de caverna que tiene la palabra); se juzgaba por igual a alumnos y prestigiados académicos, y a los últimos Venier no escatimaba en llamar imbéciles cuando se excedían con los alumnos o cuando quería señalar su ignorancia de los clásicos. Íbamos ahí a aprender y formarnos intelectualmente; íbamos a divertirnos y pasar las tardes con los amigos. Pero no nada más. Muchos íbamos buscando refugio, externábamos nuestras preocupaciones académicas, compartíamos nuestros hallazgos literarios, drenábamos nuestras tristezas amorosas y familiares. Era un espacio en el que nos sentíamos queridos, valorados y protegidos, lo cual ―como es evidente― es un oasis para cualquiera en cualquier momento. Puede entenderse la importancia especial de contar con un lugar así cuando se está entre los dieciocho años y los primeros veinte, y, más todavía, cuando se pasa la mayor parte del tiempo en una institución que, aunque generosa, somete a sus estudiantes a la amenaza permanente de la expulsión.

El tiempo que pasamos formándonos en el taller de Martha Elena Venier fue el periodo en que las dudas existenciales fluían violentas como los rápidos río abajo; aquel en que veíamos caer nuestras certezas como quien, sin esperarlo, atestigua una lluvia de estrellas y ve, desconcertado, como una a una van cayendo fácil y repentinamente. Muchos habíamos abandonado apenas la casa familiar y otros tantos la tierra de origen; estábamos en contacto con ideas nuevas; explorábamos nuestras emociones y nuestra sexualidad; comenzábamos a definir con mayor conciencia que antes los valores que defenderíamos y empezábamos a establecer las prioridades de lo que queríamos para nosotros y nuestro entorno.

Ya se ve, supongo, que es mucho, muchísimo, lo que debo a la profesora; sin embargo, no puedo abstenerme de escribir sobre lo más obvio, y se trata de lo que nos une a todos, alumnos del aula y aprendices del taller. Venier nos enseñó español; nos obligó a redescubrir la lengua, a traer a la conciencia la importancia de la palabra, de la palabra articulada. Usar una lengua significa ser parte de una cultura, producto de una historia, hijo de un colectivo. Venier me hizo consciente de ello y, así, me hizo ver que soy parte de este mundo, de esta lengua española en la que me siento tan cómodo, en la que el oído se embelesa y que a veces queremos usar no tanto por el sentido de lo que se dice, sino por el disfrute de sentirla emanar de los labios ligera y a la vez deliciosamente espesa. Desde luego, Venier también nos inculcó la importancia de aprender otros idiomas, antiguos y modernos, para ser capaces de entender otras realidades y otros tiempos; no por nada dominaba ―además del castellano y hasta donde recuerdo― el alemán, el francés, el inglés, el italiano y el ruso, junto con la lectura del griego antiguo y el latín.

En lo que a mí toca, me aterra la conciencia de que no volveré a visitar el taller, la certeza (que no termina de anclarse) de que no encontraré a la maestra en él, sentada en flor de loto frente a su computadora, cigarro en mano, leyendo las cartas electrónicas que sus alumnos enviábamos, jugando solitario o disfrutando una lectura. La última vez que la vi fue aproximadamente hace seis meses, poco antes de emprender un viaje de medio año con el que pretendía poner tierra entre mi neurosis y las fuentes de mi ansiedad. Cuando nos despedimos en esa ocasión, fue la primera vez, después de tantos años de ser amigos, en que me atreví a decirle “profesora, la quiero mucho”. Me tomó de los brazos, me vio con su mirada clara, honesta y dulce y respondió “yo también”.

Eduardo Alamillo
Politólogo.