Durante las primeras dos semanas de diciembre, 189 países se reunieron en Katowice, Polonia para la Vigésimo Cuarta Conferencia de las Partes (COP 24) de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático. Esta conferencia, o “COP” como normalmente se abrevia, es la tercera reunión que se lleva a cabo después de la firma del Acuerdo de París y la primera después de la publicación del Reporte Especial sobre 1.5°C del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). El objetivo de la COP 24 era articular las bases para comenzar a implementar el Acuerdo de París.

Durante el mensaje inaugural, el presidente polaco, Andrzej Duda, enalteció la eficiencia con que la que este país ha hecho uso del carbón: “tenemos suficiente carbón como para alimentar nuestra matriz energética por dos generaciones más”, dijo. “Será muy difícil que dejemos de utilizarlo”. No es un error que la conferencia se haya llevado a cabo en Katowice, que se encuentra en el centro del corazón carbonífero de Polonia, cuya matriz energética depende del 80% de este combustible, el cual tiene uno de los mayores potenciales de calentamiento global. Mientras las y los delegados de la conferencia se reunían para escuchar este mensaje, miles de piezas de carbón decoraban los pasillos y las salas de convenciones. En este sentido, el legado de esta conferencia parece ser una profunda incertidumbre sobre el rumbo y la utilidad de las negociaciones internacionales de cambio climático.

Ilustración: Víctor Solís

Una COP rodeada de carbón parece adecuada para reflejar el estado actual de las negociaciones internacionales y los avances en el combate contra el cambio climático. Durante todo el 2018 las señales de que el cambio climático se agravará a un punto casi irreversible fueron incesantes. El reporte del IPCC advirtió en octubre que rebasaremos los límites establecidos en el Acuerdo de París más pronto de lo esperado; similarmente el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) presentó la versión 2018 del Reporte de la brecha de emisiones. En el cual tiene por objeto estimar las reducciones necesarias para no superar el limite de 1.5°C antes del 2030, estimó que dicha brecha se incrementó de forma exacerbada: En 2017 la brecha era de entre 17 y 19 mil millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), sin embargo, en 2018 la brecha alcanzó las 32 mil millones de toneladas.

Asimismo, la Universidad del Este de Anglia en Inglaterra presentó los resultados de un estudio en el que demuestra como en el 2018 las emisiones crecieron por segundo año consecutivo. Después de un relativo estancamiento entre 2014 y 2016, las emisiones comenzaron a incrementarse a pesar de la importante integración de energías renovables en la matriz energética mundial (La organización REN-21 estima que el 70% de la nueva energía adicionada proviene de fuentes renovables). Finalmente la revista Nature presentó un estudio en donde advierte que que la urgencia con la que se ha evaluado el potencial de calentamiento no ha sido lo suficientemente alarmante: De acuerdo con este estudio, la posibilidad de alcanzar los limites de 1.5°C e incluso los 2°C será casi imposible a menos que los sistemas de comercio y producción de energía a nivel mundial se reconfiguren radicalmente.

En el espíritu de esta ironía, mientras la conferencia se llevaba a cabo, la delegación de Estados Unidos presentó dos planes para incrementar el uso de hidrocarburos en este país, haciendo eco la promesa del presidente Donald Trump de abandonar el Acuerdo de París. Primero, la Agencia de Protección Ambiental (EPA por sus siglas en inglés) eliminó las disposiciones de la administración Obama para reducir y eventualmente eliminar el uso del carbón en la generación de electricidad. Asimismo, el presidente Trump firmó un decreto para eliminar la restricciones en áreas protegidas para ceder cerca de nueve millones de hectáreas para la explotación y extracción de hidrocarburos (incluyendo el uso de técnicas como el fracking). Estas acciones se desarrollaban al mismo tiempo el incendio forestal más grande de la historia del estado de California reclamaba la vida de más de 86 personas y causaba daños estimados entre los 7.5 a 10 mil millones de dólares y mientras que 13 agencias de los Estados Unidos presentaban un reporte conjunto en donde se detallan los profundos impactos sociales y económicos que puede tener el cambio climático en este país —con cifras que ascienden a los miles de billones de dólares— durante lo que resta del presente siglo.

En México la situación no es muy distinta. Durante el primer mes de la administración de Andrés Manuel López Obrador, se ha propuesto la creación de dos carboelétricas en el estado de Coahuila, se inauguró la construcción de una de las dos refinerías que se han propuesto por el presidente y al mismo tiempo, el presupuesto público para el sector ambiental se redujo en un 32% con respecto a la asignación del 2018, en donde 69 unidades responsables de la SEMARNAT sufrieron reducciones. Asimismo,  el presupuesto para combatir el cambio climático en México se redujo a la mitad, mientas que el presupuesto para el sector energético, el cual a su vez, ha anunciado una inversión en más plantas de combustoleo se incrementó en 311% con respecto al año anterior.1

Mientras esto sucedía en México, el mensaje del representante del nuevo gobierno en Katowice reiteró el “decidido compromiso de México para cumplir con el Acuerdo de París y la meta común de 1.5°C.” Esta aparente incongruencia se da mientas las acciones de la nueva administración apuntan a incrementar, de forma intensiva, la extracción y quema de combustibles fósiles y la expansión de megaproyectos de infraestructura que tendrán impactos importantes en la integridad del medio ambiente, lo cual difícilmente pone a México en línea con el objetivo común de 1.5°C.

Aunado a lo anterior, las reducciones al presupuesto para combatir el cambio climático se presentan en un momento crítico: Los compromisos nacionales e internacionales que hasta el momento ha adoptado México apuntan a que nuestro país contribuirá a incrementar la temperatura a un rango de entre 2 a 3°C para finales del presente siglo. Sin embargo, la obsesión de la nueva administración por los hidrocarburos puede incrementar nuestra contribución para alinearnos con una ruta de hasta 4°C. Lo anterior es muy grave pues la administración anterior de Enrique Peña Nieto, quien fue responsable de adoptar las propuestas de reducción de GEI al 2030, redujo apenas un tercio de los compromisos auto-impuestos al 2018, avanzando a penas en una décima parte de lo necesario para cumplir la meta de reducir 30% de las emisiones al año 2020 establecida  la Ley General de Cambio Climático (LGCC).

Esta situación, demuestra la profunda ficción que rodea las conferencias internacionales de cambio climático. Por un lado, las negociaciones internacionales, las cuales a partir de la firma del Acuerdo de París en 2015 se habían basado en las contribuciones nacionalmente determinadas de cada país con el fin de mantener un espíritu de cooperación para cumplir con los límites del incremento de la temperatura, se han puesto en duda por la rápida expansión de movimientos de derecha extrema que han ganado terreno en los continente europeo y el americano, y los cuales han sistemáticamente denunciado el cambio climático como una farsa. Por el otro lado, el aparente regreso del carbón y el continuo uso de combustibles fósiles son un claro reflejo de lo poco eficientes e inadecuadas que han sido las políticas, instrumentos y esfuerzos de reducción de emisiones que ha derivado de las negaciones internacionales: las acciones y modelos adoptados por agencias internacionales y países para reducir emisiones han fomentado y perpetuado un statu quo que continua propiciando el cambio climático.

Propuestas como el crecimiento verde, la economía circular y los mercados de carbono son enaltecidas como soluciones al problema del cambio climático a pesar de la creciente evidencia en su contra. Primero, el crecimiento verde, supone que la inversión en el desarrollo de tecnologías limpias, la eficiencia energética y la flexibilidad que otorga la innovación del mercado será suficiente como para desacoplar las emisiones de GEI del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Hasta el momento y a pesar del desarrollo exponencial de tecnologías como la energía solar o la eólica, no existe evidencia para asegurar que esto este o pueda suceder.

Segundo, la adopción de conceptos como la Economía Circular por agencias internacionales como el PNUMA o la Fundación Ellen MacArthur, e incluso por la Unión Europea o el Partido Comunista Chino, omiten reconocer los límites termodinámicos y físicos del sistema económico.  Actualmente, cerca del 44% de los recursos que se introducen en la economía mundial son combustibles fósiles, por lo que no es posible recuperar o reciclarlos. Asimismo, de acuerdo con un Estudio, apenas el 6% de los materiales de la economía se reciclan en la actualidad. De hecho, el modelo lineal de la economía, el cual propicia altos niveles de consumo de productos y servicios, a sido instrumental en incrementar los impactos sociales y ambientales de la expansión del modelo extractivista.

Otras medidas como los mercados de carbono —instrumento que recientemente se adoptó en la LGCC— abogan por la posibilidad de poner un precio al carbono de manera flexible y con el fin de apoyar la reducción de emisiones sin perturbar los modelos de producción y consumo. En Europa estas iniciativas han resultado insuficientes para atender el problema e incluso han obstaculizado acciones que verdaderamente promuevan la reducción de emisiones de forma contundente. En este sentido, la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, junto con la  incapacidad de estos instrumentos de producir una alternativa viable para detener el cambio climático, revelan de forma contundente que las ficciones climáticas están llegando a su fin.

El ecólogo Andreas Malm propone en su libro El Progreso de esta tormenta una razón para comprender porque, a pesar de la abrumadora evidencia sobe la existencia, los impactos y las conciencias del cambio climático, no hemos logrado actuar ante este problema de forma adecuada. De acuerdo con Malm, lo anterior tiene que ver con la forma en la que el pasado y el futuro se han disuelto en una condición perpetua del presente, en la cual la dimensión espacial se extiende a través de la modernidad y la globalización y en donde la progresiva erradicación de la naturaleza ha perpetuado la sensación de monotonía y uniformidad. Las megaciudades son un ejemplo perfecto de ello: Al expandir la ciudad de forma espacial, la naturaleza desaparece y con ella la sensación de lo distinto. Esta uniformidad elimina la percepción del tiempo y consecuentemente los impactos del cambio climático se posponen indefinidamente.

Esta condición, a la que Malm llama “la condición del calentamiento” ha sido instrumental en promover  soluciones  que contrarrestan la urgencia del cambio climático y perpetúan las ficciones  en las que aún es posible mantener ritmos acelerados de crecimiento económico, comercio internacional, el desarrollo tecnológico y el funcionamiento del mercado. Aún así, iniciativas como los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODSs) y el propio Acuerdo de París, siguen identificando estas acciones como viables, necesarias y compatibles con la reducción de emisiones.

En este contexto, sería necesario que nuestras acciones cambiaran radicalmente. Por un lado, como sociedad deberíamos denunciar la producción de más infraestructura contaminante como la construcción de más refinerías, plantas de energía eléctrica a base de carbón o combustóleo, la extracción de más petróleo y otros hidrocarburos no convencionales a través de técnicas altamente cuestionadas por su seguridad ambiental y social como la captura y secuestro de carbono (CSC) o la perforación hidráulica (o fracking); la expansión de nuevos aeropuertos o la construcción de más carreteras. Estas acciones no sólo suponen una regresión en los pocos avances que hemos hecho para combatir el cambio climático, sino que suponen actos de violencia contra aquellas y aquellos que hoy ya son víctimas de los impactos del cambio climático, así como también para las siguientes generaciones que sufrieran las consecuencias de las acciones del presente.

En este sentido, una COP rodeada de carbón parece ser la mejor metáfora para comenzar el 2019 con una dosis de realismo climático: Si no cuestionamos la profunda ficción que rodea los procesos de negociación internacional sobre el cambio climático, así como los impactos y la regresión que supone el desarrollo de nuevos grandes proyectos de infraestructura que perpetuarán el uso de combustibles fósiles, no seremos capaces de salir de esta condición de calentamiento. Sólo una revisión y reconocimiento de lo que estas acciones implican para el futuro de esta y las siguientes generaciones nos ofrecerá una alternativa viable para atender el cambio climático.

 

Carlos Tornel
Profesor asociado al departamento de Estudios de Sustentabilidad y del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.


1 Para una revisión detallada del Presupuesto 2019 ver aquí.