Una de las características semejantes entre Xi Jinping y AMLO es el principio primus supra pares; en otras palabras, la centralización del poder presidencial. En China, con el regreso de la construcción del culto a la personalidad que gira alrededor de Xi y que la caracterizó en los tiempos de Mao Zedong. El presidente chino domina el partido, la administración estatal y el Ejército. En México, con la llegada al poder de un presidente que tiene mayoría en el Senado y en la Cámara de Diputados por medio de MORENA, y que concentrará su poder también en el área castrense, a pesar de que la Guardia Nacional será conducida por la élite militar. No obstante, el panorama nacional para AMLO se vislumbra complicado. El desafío es cómo conciliar a un país tan violentado, golpeado, enojado, desigual y con una heterogeneidad de intereses internos, visibilizando a un Estado frágil.

La mayoría de la ciudadanía mexicana votó por una alternancia política representada por Obrador que se distanciaba de los discursos, las decisiones y  las acciones de los partidos gobernantes tradicionales. Con el 53% de los votos a favor de AMLO en las elecciones presidenciales de 2018, el triunfo de la izquierda marcó un hito histórico al tener una incidencia real para la construcción de un nuevo proyecto de nación. La alta participación ciudadana legitima el mandato de AMLO, por lo cual, tendrá más espacio de acción para ejecutar su agenda política-social, aunque esto no significa que sus decisiones serán avaladas por la totalidad del electorado.

El eje del discurso político electoral de Obrador fue el combate contra la corrupción, y parece que su principal política pública será tal. Si así es, el nuevo presidente estaría limpiando el terreno para el cultivo de una nueva cultura política apoyado en el marco constitucional. Surgiría un nuevo sistema de creencias y actitudes que permita dar mayor gobernabilidad, credibilidad y sofisticación política al Estado mexicano; y si no lo hace, de nuevo caeríamos en el gatopardismo y la simulación como lo fue con la presidencia panista de Vicente Fox.

Por otra parte, una de las iniciativas legales y prioritarias de Xi es la campaña anticorrupción, o de depuración política interna, iniciada en 2012 en el XVIII Congreso del Partido Comunista de China (PCC) cuando ascendió al poder como secretario general. Estas acciones han recordado mucho al periodo presidencial de Mao Zedong (1949-1976), ya que durante su administración se realizaron varias operaciones para erradicar el cohecho y distintas prácticas inmorales, y “purificar las mentes”. Recordamos las “Tres contras” de 1952 –lucha contra la corrupción, el despilfarro y la burocracia–, los “Cinco contras” –la base era la denuncia contra los industriales y los comerciantes que aceptaban el soborno–, y la eliminación de las “Cuatro pestes” —ratas, gorriones, mosquitos y moscas—.1 Estas maniobras realizadas por el gobierno maoísta tenían más una carga ideológica que legal.

Ilustración: Patricio Betteo

Así, la persecución y el enjuiciamiento de los funcionarios por casos de corrupción y cargos disciplinarios han sido de arriba abajo: desde la caza de los “tigres” —dirigentes de alto rango— hasta el aplastamiento de las “moscas” —funcionarios de niveles inferiores: provinciales y aldeanos—. Entre los casos más famosos son las detenciones de los siguientes funcionarios de alto nivel: en 2015, de Zhou Yongkang, un dirigente de la cúpula del PCC quien fuera miembro del Comité Permanente del Politburó, juzgado por aceptar sobornos y revelar asuntos confidenciales; en 2016, de Guo Boxiong, quien fuera un miembro de la Comisión Central General y sentenciado a cadena perpetua por sobornos; y, en 2018, Sun Zhengcai, quien fuera primer secretario del PCC en la región de Chongqing y quien, según los medios de comunicación, sería el candidato favorito para suceder a Xi Jinping, también fue condenado a cadena perpetua por corrupción. 

Hasta julio de 2018, de acuerdo con cifras reportadas del gobierno chino, se ha investigado a 440 funcionarios de alto nivel y más de 1.5 millones de funcionarios han sido sancionados por no respetar las ocho reglas anticorrupción.2 Este hecho refleja  que la política anticorrupción ha sido consistente desde que inició en 2012 y que ha sido sistémica: a nivel provincial, central y los órganos gubernamentales —principalmente en el ejército para reestructurarlo y modernizarlo—, pasando por las empresas estatales, las instituciones financieras centrales y las universidades públicas.

Del mismo modo, en el exterior se ejecutó el plan anticorrupción para capturar a los presuntos culpables que huyeron al extranjero con las operaciones globales como la "Red del Cielo" y la "Caza del zorro" en las cuales se detuvieron a 2,873 fugitivos. En cifras oficiales, con base en el Buró Nacional de Estadísticas de China en noviembre de 2016, el 92.9% de los ciudadanos chinos se declararon satisfechos con los resultados del combate contra la corrupción.

Simbólicamente, la devolución de las ganancias obtenidas ilegalmente por parte de los funcionarios acusados debe dejar beneficios para la sociedad china en su conjunto. Tan sólo en las dos campañas globales anticorrupción, arriba mencionadas, se recuperaron 130 millones de dólares. Igualmente, la imagen de China al exterior podría verse más fortalecida desde sus hechos internos, del alcance que tenga su política interna de erradicar estos hechos ilícitos en el núcleo del partido. En palabras de Xi, esta pelea “no ha terminado”. El reto está en que esta lid no sea una persecución política hacia los opositores y que finalmente mine los esfuerzos de Beijing por obtener prestigio en el mundo y ganar protagonismo en el combate de la corrupción a nivel global, tal es el caso de la persecución política hacia el escritor y ganador del premio Nobel de la Paz en 2010, del disidente chino, Liu Xiaobo.

La corrupción como un problema endémico en China, ha sido una de las principales tensiones a nivel interno, ésta se relaciona con la brecha creciente entre ricos y pobres, la acumulación excesiva de la riqueza material —el surgimiento de nuevos ricos, y en la ostentación y el despilfarro—, la inequidad en el acceso a la justicia, la falta de responsabilidad de las empresas industriales en el impacto ambiental negativo, y el aumento del individualismo que quebranta el sentido de la colectividad —profundamente arraigado— de lo correcto e incorrecto. De algún modo, la inserción de China al sistema económico global, desde diciembre de 1978, ha mermado algunos valores tradicionales. Por ello, en cierta medida, se puede entender el retomo de los valores confucianos en el discurso político de Xi. Las prácticas corruptas estaban socavando los consensos internos del partido y la confianza de la ciudadanía hacia el PCC.

En octubre de 2017, durante el XIX Congreso del PCC, Xi Jinping logró establecer como rector ideológico lo que se ha denominado oficialmente el Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era y abolió el límite del mandato presidencial.3 En su intervención, Xi afirmó que China entraba a una nueva época y enumeró 14 principios políticos de su pensamiento, entre los que destacan: garantizar y mejorar las condiciones de vida de la sociedad por medio del desarrollo, garantizar la armonía entre el humano y la naturaleza, defender la absoluta autoridad del partido sobre el ejército popular, promover la construcción de una sociedad de futuro compartido con toda la humanidad, ejercer un control total y riguroso del partido, entre otros.

Con este nuevo marco teórico incluido en la constitución de la República Popular China, el pináculo del poder chino —de quinta generación— asciende y tiende a consolidar el poder en el Comité Central y el Politburó, haciendo cambios en el sistema político. Así pues, se fortalece el poder del partido de Estado y se personaliza el poder del propio Xi para llevar al país a dónde él desee, nada distinto a otros partidos políticos extranjeros que también son oligárquicos y otros presidentes actuales.

Para David Shambaugh, profesor-investigador del Centro de Estudios Gaston Sigur de Estudios Asiáticos, Ciencia Política y Asuntos Internacionales de la Universidad de George Washington, aduce que la centralización del poder de Xi “no es necesariamente algo malo, ya que Xi ha articulado una visión coherente para el futuro de China”, sin embargo, una “deliberada exageración del poder de Xi en sí mismo” pondría en riesgo “a las instituciones y a los procedimientos que se establecieron para restringir tal poder” desde hace 40 años. De este análisis habrá que preguntarse: En China, ¿cuáles son los límites y las debilidades de la concentración de poder en una sola persona que garantiza el bien público de sus ciudadanos —según estadísticas oficiales, el gobierno chino ha sacado de la pobreza a más de 68 millones de personas en cinco años (2012-2017)— y proyecta a su país como un gran jugador global? En México, ¿la centralización del poder en AMLO podría legitimar su proyecto de nación y mantenerse en el poder siempre y cuando cumpla con sus promesas de campaña y brinde bienes públicos?

Hoy por hoy, el poder económico y político del presidente chino se acompaña también por la construcción de una ideología y la integración y la adaptación de otras, creando un nuevo lenguaje acorde al poder y las aspiraciones del gobierno en turno. Las teorías de Karl Marx4 y Mao Zedong, y el pensamiento de Confucio constituyen la brújula ideológica de Xi Jinping con un proyecto de nación claro y a largo plazo. Pensamientos políticos que se percibían obsoletos y sin ejecución en un mundo donde la constante es el arropamiento de las ideas del neoliberalismo, y en el que, generalmente, Occidente ha impuesto sus posturas políticas y morales. Con Xi Jinping en el poder hay una nueva redefinición política-ideológica específica que se distancia de las ideas liberales de Occidente.

Mientras Xi busca lograr el “Sueño Chino” para que en 2050 China sea una nación “próspera, fuerte, democrática y socialista moderna” por medio de una política de Estado —interna y externa—, AMLO ha generado grandes expectativas. Una de sus propuestas relevantes es la creación de la República amorosa, como lo propuso en su momento Alfonso Reyes en La Cartilla moral de 1944, basado en los principios de la justicia, la honestidad y el bienestar para lograr la paz, el amor, el bien, la felicidad y el equilibrio entre lo espiritual y lo material. Sin embargo, el código moral en el discurso del gobierno federal no es completamente nuevo. Ya en 1982, el presidente Miguel de la Madrid Hurtado planteó la Renovación moral de la sociedad con el objetivo de erradicar “las conductas inmorales o corruptas”. Promesa que nunca se cumplió.

Así como Xi vigoriza a Confucio, Obrador ha declarado que es necesario que la educación moral se lleve a través de la ética, el civismo y la filosofía. Formándose un nuevo nacionalismo que arropa a la patria, al menos en el discurso político, en momentos en que las expresiones y políticas ejercidas por Donald Trump contra los mexicanos en Estados Unidos se han radicalizado, y el mapa político global vira hacia la ultraderecha. Ese nacionalismo, combinado con la llegada de un movimiento de izquierda progresista personalizado en AMLO, con una fuerte presencia política en todos los estados mexicanos y en el poder legislativo, ha provocado preocupaciones en la oposición conservadora mexicana de que surja en México un régimen totalitario sin ambiciones globales específicas, más centrado en los asuntos internos que externos. Sin dejar de mencionar que, históricamente la democracia mexicana se ha caracterizado más por ser autoritaria que participativa.

A diferencia de Xi Jinping, que sí tiene grandes intereses globales, el proyecto republicano de Obrador podría tener cierta influencia religiosa. AMLO es cristiano y ha reconocido ser “seguidor de la vida y obra de Jesucristo” en el sentido social. Además, la alianza política que lo llevó al poder está integrada por el partido Encuentro Social (PES) que está integrado por cristianos-evangélicos. Aún es temprano para afirmar que estos principios se ejecutarán desde el enfoque religioso y no desde un humanismo secular, aunque Reyes en su obra no descarta la influencia de Dios en las ideas morales. En cambio, los principios morales formulados por Xi Jinping tienen un sentido no religioso. Contrario a los sistemas religiosos abrahámicos donde el contacto con las deidades metafísicas es decisivo, en el confucionismo son primordiales las enseñanzas morales basadas en las prácticas terrenales.

Esta “nueva moralidad” promovida por Xi y Obrador tiene una finalidad de transformar a sus sociedades, legitimar sus políticas y contrarrestar a la oposición. Según AMLO, la impunidad y la corrupción serán catalogadas como “delitos graves”. Un núcleo fundamental de “la cuarta transformación” será la reforma del articulo 108 constitucional, con lo cual el presidente y los servidores públicos podrían ser juzgados por delitos de cohecho, enriquecimiento ilícito, entre otros más, quitándoles el fuero constitucional. El problema en México es que los juicios anticorrupción se detonan por motivos políticos y no por los ideales de justicia y de finalizar con la impunidad: no ha existido la voluntad política para eliminarla. En concordancia, implementar la austeridad es parte del plan nacional del nuevo jefe de Estado. La primera señal de esto se envió el 5 noviembre de 2018, por decreto de ley se estableció que ningún funcionario podrá ganar más que el presidente y que los ex presidentes de México dejarán de recibir pensiones exorbitantes.

En la China actual, el discurso político a favor de las buenas prácticas y la alienación al partido y a su pensamiento político es una constante en el presidente chino. Por ejemplo, en enero de 2018, en la II sesión plenaria de la XIX Comisión Central de Control Disciplinario del PCC, Xi subrayó que los funcionarios deben "ser siempre fiables, alinearse con el liderazgo central del partido en su pensamiento y comportamiento, seguir las instrucciones del partido y cumplir con sus responsabilidades".

La experiencia del trabajo político en provincia —en el sector rural— y los distintos problemas que han enfrentado con el monopolio político de sus respectivos países, han influido para que Xi y Obrador se perciban a sí mismos como honestos y frugales, y su ejemplo llegue a tener un impacto positivo —de efecto dominó— en sus pueblos. En 2000, Xi Jinping fue electo gobernador de la provincia de Fujian —sureste de China—, donde sentaría las bases de su carrera política desde 1985 cuando se convirtió en vicealcalde de la zona económica especial de Xiamen. Casi de forma paralela, en 1988, por primera vez, AMLO fue candidato a la gubernatura de Tabasco, desde ahí partiría su ascenso político. Es decir, sus redes políticas las construyeron lejos del centro del poder.

A favor de Xi está el ejercicio de su poder proyectado en todo el sistema político chino, específicamente, el ejército, que permite la implementación y la ejecución de sus políticas y contrarrestan los posibles peligros internos que pongan en peligro la legitimidad, la gobernabilidad, y, principalmente, el proyecto de nación. Contrario a esto, AMLO recibe todas las instituciones del Estado muy debilitadas. Es importante mencionar que, la política de seguridad nacional de Obrador dará mayor peso al ejército mexicano en tareas de prevención social de la violencia que realiza la policía civil.

En el país asiático, la política anticorrupción va acompañada con la creación de la Oficina Nacional de la Prevención de la Corrupción, más la Comisión Central para la Inspección de Disciplina del PCC y el Ministerio de Supervisión, que son las instituciones encargadas de llevar a cabo las investigaciones sobre ese tipo de casos ilícitos, lo cual muestra a un Estado fuerte e institucionalizado. De esta manera, la instauración del culto a la personalidad del presidente Xi Jinping va secundado por un gran despliegue propagandístico interno e internacional que fortalece el monopolio de su poder, pero con un fin específico: hacer de China una potencia global.

La visión ética-moral con un alto sentido social de AMLO en su discurso político no es lejana a las nuevas tendencias globales no occidentales. Pareciera un regreso al pasado pero con matices nacionales y globales distintos. Obrador ha declarado que no castigará a los corruptos anteriores a su gestión, pero sí a los que cometan abusos durante su administración, incluso a sus allegados políticos y familiares. En este sentido, ¿qué tan viable es esto?, ¿qué leyes e instituciones se crearán para erradicar y prevenir la corrupción? Aún no lo sabemos a ciencia cierta. Lo que ha declarado el presidente electo es que busca un cambio de régimen. Si bien tomamos en cuenta las diferencias existentes de cada país y sus respectivos contextos, ¿AMLO tendrá la capacidad de ejecutar una política anticorrupción parecida a la de Xi Jinping? Si lo hace, ¿qué desafíos tendrá? La moneda está en el aire.

 

Tonatiuh Fierro
Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y maestro en Estudios de Asia y África, especialidad China, por El Colegio de México.


1 Flora Botton (2007). Los viajeros que se quedaron: extranjeros en la revolución china. Estudios de Asia y África, 42(2), p. 384.

2 Los funcionarios deben mantener estrecho contacto con las bases; reducir la producción de documentos oficiales a lo estrictamente necesario; respetar las reglas para los viajes oficiales al exterior; reducir el uso de autos oficiales; disminuir el número de informes de noticias relacionados con los miembros del Politburó, su trabajo y sus actividades; no publicar ninguna obra por sí mismos o emitir cartas de felicitación a su nombre, a menos que se haya llegado a un acuerdo con las autoridades centrales; y no derrochar y malgastar los fondos públicos como comprar regalos, celebrar banquetes y pagar vacaciones.

3 El 17 de marzo de 2018, Xi Jinping fue ratificado para un segundo mandato como presidente y jefe de Estado.

4 Xi Jinping obtuvo el doctorado en Teoría Marxista en la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Tsinghua, Beijing.