Antes de cumplir los dos años en la presidencia, Donald Trump y el partido Republicano fueron confrontados por las elecciones intermedias de Estados Unidos. En éstas, los candidatos del partido opositor ganaron control de la Cámara de Representantes después de dos años bajo el mando de los Republicanos, entre otras muchas sorpresas electorales. Estas elecciones permiten a los votantes mandar un mensaje —positivo o negativo— al partido político en el poder y por eso es uno de los mecanismos más importantes para la vida política estadunidense. Sin embargo, no es la única herramienta disponible para que los ciudadanos de una democracia se protejan de un líder como Trump. En los últimos meses también entraron en acción el sistema de separación de poderes (no la legislatura, que estaba bajo el control de los Republicanos, sino el sistema de cortes independientes), la organización y acciones de grupos cívicos y la prensa; todos con el propósito de limitar el poder de Trump.

Desde que resultara victorioso —por cierto, gracias a una institución antidemocrática como el Colegio Electoral— Trump es visto como un amateur autoritario que trata de actuar dentro un sistema democrático. Sus alegres propuestas, que van desde encarcelar a sus adversarios políticos hasta sus acusaciones recientes a los funcionarios encargados del recuento de votos establecido por ley en el estado de Florida son prueba de ello. Por otro lado, mediante una acción ejecutiva, el presidente quiso cambiar el artículo constitucional que permite que toda persona nacida en los Estados Unidos sea ciudadana —obviando el proceso que ofrece la Constitución— lo que nos habla de su falta de entendimiento o interés en los procesos constitucionales. La separación de poderes tampoco le parece correcta: Trump vulneró la autonomía del sistema judicial en los EEUU al cuestionar la capacidad e ideología de los jueces que bloquearon algunas de sus decisiones.1 Pero lo peor del presidente han sido sus constantes llamados a los sentimientos más viles del alma de los Estados Unidos —el racismo y el nacionalismo (America First!, lo que sea que signifique este término)— que siempre han convivido con la tolerancia, la libertad y la diversidad de una nación definida por la inmigración.2 Está de regreso un lenguaje racista que no se había visto desde los años sesenta, como se vio en el caso de la candidata republicana al Senado, Cindy Hyde-Smith, cuando aseveró que le daría gusto asistir a un public hanging (un referente a la historia horrífica de los linchamientos en Mississippi). La crueldad hacia las familias de migrantes, sin reparo a los niños, es una estrategia en contra de los más vulnerables,3 como también lo es la orden ejecutiva que impide a los migrantes al sur de la frontera buscar asilo desde los EEUU.4 Una de las consecuencias de este cambio en el discurso público ha sido el aumento en las cifras de crímenes de odio y la continuada polarización política de la población.5

A pesar de los retos de dos años difíciles para la democracia estadunidense, las instituciones políticas y judiciales, así como las organizaciones civiles y la prensa han jugado un papel muy importante para resguardar la normalidad democrática en el vecino del norte. Estas instituciones también funcionaban en los periodos presidenciales anteriores, pero la amenaza directa de Trump a la democracia ha remarcado la importancia de todos estos mecanismos. Frente a las embestidas antidemocráticas, también han reaccionado los demócratas en Washington y el establishment republicano. Mitt Romney, George W. Bush y hasta Laura Bush han descrito al neoyorquino como racista, antidemócrata, anticiencia, y antilibre comercio. Al mismo tiempo, miles de personas que no se habían movilizado políticamente lo están haciendo.

Ilustración: Patricio Betteo

Elecciones constantes

Una de las mejores formas para limitar a los políticos es obligarlos a regresar infatigablemente a sus distritos a pedirles apoyo a sus votantes. Tantas elecciones cansan a los ciudadanos por la exigencia de estar informados, tener que registrarse y salir del trabajo un martes de noviembre para poner su boleta entre la de millones. Cuando no hay temas de interés o movilización por parte de los partidos políticos, las tasas de participación electoral decrecen considerablemente.

Sin embargo, con el tremendo interés desatado por Trump ha pasado lo contrario.  Las elecciones de todos niveles de gobierno ofrecen una forma de referéndum sobre la actuación del presidente-empresario. En 2018 la participación electoral aumentó: de 35.4 millones de votos para los Demócratas en 2014 (la última elección intermedia en EUA) a 51.7 millones de votos en noviembre y de 39.8 millones de votantes republicanos en 2014, a 47.4 millones en 2018. La participación fue la más alta en los últimos 50 años.6

Normalmente, si la economía está creciendo y las tasas de inflación y desempleo están bajas, los candidatos del partido en el poder tienen grandes probabilidades de seguir ganando puestos de elección popular. Y no queda duda de que la economía estadunidense está creciendo.7 A pesar de esto, los demócratas ganaron control de la Cámara Baja con 234 de 435 curules, aunque perdieron curules en el Senado con un saldo de 53 republicanos contra 47 demócratas. Aún sin el control de la cámara alta, los demócratas ya pueden bloquear mucha legislación de la administración de Trump. Entre otras cosas, ya están exigiendo investigaciones e información sobre el presidente y las finanzas de sus empresas. Por otro lado, muchos ciudadanos que nunca habían participado en la política salieron a buscar candidaturas y encontraron cabida en el partido Demócrata, aprovechando que las primarias para seleccionar candidatos permiten que nuevos actores sean parte del proceso político. En reacción a la misoginia de Trump más mujeres que nunca buscaron ser candidatas y muchas ganaron un curul en la Cámara Baja.8 También los votantes latinos se interesaron más por la política en 2018.9

Las cortapisas del sistema judicial

Otro dique que ha protegido históricamente a la democracia en Estados Unidos es el sistema de justicia. Cortes y jueces han sentenciado constantemente en contra de las acciones, planes, programas de Trump y sus secretarios de Estado. Decisiones bloqueadas por las cortes incluyen una ley que prohibía que los adolescentes migrantes en custodia consiguieran abortos; la sentencia de un juez en contra de un intento de Trump de facilitar el despido a funcionarios gubernamentales federales; la prohibición a los viajes de musulmanes a EEUU; su decisión de terminar el programa de permitir que los jóvenes que llegaron sin documentos al país tramitaran su ciudadanía (“Dreamers”), y en contra de su prohibición a que personas transgénero sirvan en las fuerzas armadas.10 En reacción a varias decisiones legales de las cortes, Trump ha cuestionado una y otra vez la seriedad de éstas y sus jueces, hasta que Chief Justice Roberts salió en su defensa.

Lamentablemente para la Casa Blanca la pesadilla de la cual aún no hemos podido despertar es la de los contactos y actos ilegales entre el gobierno ruso y los miembros de la campaña presidencial de Trump en 2016. Trump ataca con intensidad el trabajo y profesionalismo del Fiscal Especial, Robert Mueller III —cuya cara dura e implacable de un Elliot Ness moderno, parece darle miedo y furia en al presidente Trump—. Sin embargo, Mueller y su equipo siguen entrevistando a colaboradores de Trump y han levantado cargos (indictments) en contra de ya más de 15 colaboradores del presidente. Varios de éstos ya han sido enjuiciados exitosamente y Nancy Pelosi, la nueva líder de la mayoría de la cámara baja, no descarta la posibilidad de un juicio político en contra del presidente si evidencia de una liga clara sale a luz pública.

Sociedad movilizada

Sin embargo, las elecciones y las cortes no son suficientes para detener las acciones antidemocráticas de una personalidad como Trump. Como escribe David Cole: “Cuando el público marcha en las calles y los oficiales de seguridad nacional y empresas grandes entran en juicios que retan las acciones del presidente, o los fiscales estatales le entran a las críticas públicas, las cortes son mucho más propensas a actuar en contra del presidente y según la ley. La oposición popular significa que los jueces no están solos”.11

Marchas, protestas, llamadas telefónicas en cantidades masivas han sido algo constante en lo que va del mandato de Trump. Después de la protesta organizada por mujeres a un día de su toma de posesión no se perdió el entusiasmo y cientos de personas formaron pequeños grupos ligados a grupos como “Indivisible”, “Action Together” and “Together We Will” para promover la acción local en contra de las políticas del nuevo presidente.12 De estos grupos salieron, por ejemplo, las miles de llamadas telefónicas para detener el intento del Congreso Republicano de derrocar al plan de seguro médico de Obamacare.13 Los costos de organizar han disminuido mucho con las nuevas tecnologías, lo cual hace más fácil promover una mayor participación y presión entre elecciones.

El renacer de la prensa

Con la llegada de varias formas de acceder a fuentes de información gratis los periódicos en Estados Unidos como en tantos otros países han sufrido bajas en el número de lectores y, por ende, recortes en sus equipos. A la vez, surgen nuevas fuentes de información que no gozan de tanta seriedad: plataformas ideológicas que parecen ser noticiosas cuando en realidad están dando información falsa o contorsionada. Éste puede ser un camino peligroso para el Commonwealth, como diría John Locke. Si los ciudadanos no pueden llegar al acuerdo de un cierto entendimiento de la realidad —cosas como: la economía está mejor, la inmigración ha bajado en los últimos 10 años, los hombres sí llegaron a la luna— la comunicación y negociación entre grupos se dificulta.

El debilitamiento de la prensa tradicional (incluyendo noticieros en la televisión y radio) que antes leían o veían millones de estadunidenses todos los días ha hecho sumamente problemático el intercambio de ideas y también la construcción de acuerdos entre partidos y partidarios. Plataformas en internet aún más a la derecha que Fox News han ganado espacios, como es el caso de Infowars, Red State y Brietbart.14 Sin embargo, la llegada de Trump a Washington ha traído consigo el renacimiento de medios como el Washington Post y el New York Times. Éstos y otros como National Public Radio y The News Hour de PBS, han publicado reportajes con una influencia no vista en los últimos 15 años. Han vuelto a ser leídos por todos los agentes políticos de mayor importancia, precisamente porque ofrecen información en un contexto que no presta mucha importancia a los “hechos reales”. Constantemente dan cuenta de los conflictos de interés, las corruptelas y los conflictos dentro y fuera de la Casa Blanca. El Wall Street Journal es de los últimos periódicos centristas cuyo comité editorial sigue apoyando a Trump y la mayoría de las acciones de su gabinete pero sus reporteros no han dejado de publicar corrupción, ilegalidad y otros abusos de poder —tal como lo hacían cuando Barack Obama y George W. Bush eran presidentes—.

Los primeros dos años de la presidencia de Trump son una colección de acciones inconstitucionales e ilegales, y chocantes para buena parte de la población estadounidense. Lejos de drain the swamp de Washington15 como solía a decir Trump antes de llegar, varios de sus colaboradores han abandonado el gobierno acusados por corrupción. A pesar del crecimiento de la economía y la creación de empleos, la popularidad de Trump se mantiene debajo de los 40 puntos. Su base de apoyo no crece, la investigación de su posible colusión con los rusos aún no ha concluido, y lo más importante, las elecciones, el sistema judicial, los ciudadanos organizados y la prensa se mantienen al servicio protector de la democracia en los Estados Unidos.

 

Joy Langston
Profesora-Investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas.


1 El Chief Justice John Roberts salió a defender a los jueces del noveno Circuit Court of Appeals al decir, “No hay jueces de Obama y no hay jueces de Trump. Nada más hay jueces que intentan dar un trato igualitario ante la ley para todos”.

2 Para entender el legado de esclavitud sobre preferencias políticas hoy día en los EEUU, vea Max Ehrenfreund, “Researchers have found strong evidence that racism helps the GOP win.” Washington Post, 3 de marzo de 2016.

3 Nick Miroff y Missy Ryan. “US Army Report Says Only Around 20 per cent of migrants in caravan will reach the US as Trump predicts an invasion.” The Independent. 3 de noviembre de 2018.

4 Aaron Blake. “A Laundry List of Hypocrisy.” Washington Post, 20 de noviembre, 2018.

5 El Buro de Investigación Federal (FBI) reporta que crímenes de odio subieron en 17 por ciento en 2017, que es el tercer año de aumento, aun cuando crímenes en general han bajado.

“FBI data shows sharp rise in US hate crimes”. Sin autor, The Guardian, 13 de noviembre, 2018.

6 Dan Keating and Kate Rabinowitz, “Turnout was high for a midterm and even rivaled a presidential election.” 8 de noviembre 2018, Washington Post.

7 Jeff Cox. “Trump has set economic growth on fire. Here is how he did it.” 7 septiembre 2018. CNBC news.

8 Nicole Guadiano. “New ‘Year of the Woman’? Over 100 female candidates set to win seats in Congress, make history.” 7 noviembre, 2018, USA Today. 237 mujeres lograron ser candidatas y casi 100 ganaron un curul.

9 Ana Gonzalez-Barrera y Jens Manuel Krogstag. 2 de noviembre 2018, “Hispanic voters more engaged in 2018 than in previous midterms.” Pew Research Center.

10 Para ver la lista completa hasta octubre de los 86 ordenes ejecutivos de Trump, dar clic aquí.

11 David Cole. “How the Courts Have Stymied Trump.” The Nation, January 28, 2018.

12 Daniel Drezner. “A new kind of grass-roots political organization?” Washington Post, 17 de octubre, 2018.

13 Charlotte Alter. “How Women Candidates Changed American Politics in 2018.” Time Magazine, 7 de noviembre, 2018.

14 Para ver un mapa de las dimensiones de seriedad y ideología, ver aquí.

15 Drenar el pantano: su significado político quiere decir limpiar la política de corrupción y conflictos de interés. Hasta el Siglo XX, Washington, D.C. estaba en medio de un pantano.