A estas alturas del nuevo gobierno parece claro que la clave para entender a su presidente y al movimiento Morena es la palabra “regeneración”, que anuncia el advenimiento de una nueva moral pública y privada, y un nuevo comienzo de la historia nacional, aspiraciones explícitas en el lema “Juntos haremos historia” y en la fustigación de la corrupción y decadencia de las élites y de porciones envilecidas del pueblo “bueno, sabio, noble y justo”.

Por vagas, ilusorias, chocantes y demagógicas que suenen estas palabras, hay que tomarlas en serio porque expresan el cemento emocional del presidente y su movimiento.

Ilustración: Víctor Solís

Roger Griffin ha estudiado movimientos alentados por sentimientos y aspiraciones similares en Modernismo y fascismo. La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler (2007). No queremos decir que Morena sea un movimiento fascista, ni que su líder sea émulo de Hitler o de Mussolini, sólo retomamos la siguiente idea del libro: que los movimientos de regeneración nacional orientados a crear un nuevo comienzo de la historia (“palingenésicos” los llamó Kant) tienen orígenes psicosociales comunes y terminan inevitablemente en catástrofes, no sólo para sí mismos.

El sentimiento original que suele degenerar en la pretensión megalómana de inaugurar un nuevo comienzo de la historia tiene que ver con lo que sociólogos y antropólogos llaman “anomia”: pérdida del sentido de orden o de centro y sensación de un estado de decadencia moral terminal en personas, grupos sociales e instituciones, malestar recurrente en la historia, agudizado por las condiciones de cambio constante del mundo moderno desde la segunda mitad del siglo 19, fenómeno estudiado por filósofos, sociólogos, historiadores y antropólogos, plasmado en libros clásicos, muchos de los cuales, dicho sea de paso, figuran en las ediciones tempranas del Fondo de Cultura Económica.

El argumento va más o menos así: las condiciones económicas y sociales cambiantes de la expansión capitalista impiden a muchos individuos echar raíces, formar comunidad y aspirar a un futuro estable. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, dijo Marx al describir la marcha arrolladora del capitalismo sobre las relaciones tradicionales de las personas. No exageramos al decir que en México hemos vivido esta experiencia de manera intensa por lo menos desde la década de 1970 y con más fuerza en los últimos 30 años. En este periodo habríamos acumulado anomia suficiente para engendrar un movimiento como Morena y un líder como López Obrador.

El sentimiento de anomia es legítimo, universal y puede decirse que los humanos, en tanto seres metafísicos, nacemos anómicos al ser expulsados del seno materno, de modo que la vida subsecuente puede verse como búsqueda de comunión, estabilidad y pertenencia, o bien de superación de los límites que la vida en común, la tradición, los intereses creados y otros lazos nos imponen. De otro modo no nos explicaríamos las grandes realizaciones de individuos a partir de condiciones adversas y contra obstáculos aparentemente insuperables.

Por desgracia, no todas las personas estamos dotadas o tenemos suerte para trascender nuestra condición miserable, y la frustración resultante puede orillarnos a transportar nuestro desamparo existencial a la arena pública, transfigurado en visiones maniqueas y muy negativas del mundo: “todo está podrido”, “no dejaremos piedra sobre piedra”, empezaremos de nuevo”. En este punto la anomia evoluciona en psicopatología. Lo que no se puede trascender como individuo se busca trascender como masa, movimiento, grupo social, etnia, partido político o alguna otra formación colectiva.

Esto no significa negar la legitimidad de la organización de las personas para conseguir objetivos comunes concretos; tampoco significa negar la búsqueda de trascendencia de cada cual a su manera, según su condición existencial y talentos; mucho menos significa negar la renuncia a trascender, aparte de llevar en paz la vida recta, que ya es mérito bastante. Aspirar a trascender o renunciar a ello es una decisión moral que brota del fuero interno del individuo. El desplazamiento de esta decisión a la arena política es evasión y dilución de la responsabilidad individual en consignas y en la masa. Es como echar montón trascendental a quienes piensan distinto.

La dilución de la responsabilidad individual en la masa va acompañada de la proclamación de objetivos desmesurados, como la aspiración de “hacer historia”, que en la práctica se traduce en pretensión de abolir el pasado, con su cauda de arbitrariedad contra los otros, justificada con el ideal regenerador de limpiar de corrupción, suciedad y decadencia a la sociedad.

Esto no significa negar la existencia de corrupción en los asuntos públicos, sólo significa rechazar el uso de la palabra “corrupción” como mantra y pretexto para tomar decisiones arbitrarias, ineptas y hasta irracionales, de las que el gobierno actual ha dado ya muestras suficientes como para ponernos en guardia, no vaya a ser que el huevo de la serpiente eclosione en cualquier momento.

 

Ramón Cota Meza