En la República Popular China puedes vivir sin efectivo durante meses, usando simplemente una app que te permite pagar la cuenta en el bar, comprar boletos de tren, chatear con tus amistades (estilo WhatsApp), compartir momentos e imágenes (estilo Instagram) y enterarte de eventos y noticias (un poco similar a Twitter). En ciertas estaciones de tren y en las reuniones importantes del Partido Comunista el acceso es a través de reconocimiento facial.

En cierta forma, una parte del futuro ya está aquí. Pero también existe otra posibilidad futurista que se empieza a asomar a nuestro presente  o al menos el presente de quienes vivimos en China— y que en la prensa extranjera frecuentemente se acompaña de imágenes de control orwelliano y comparaciones escalofriantes con el episodio “Nosedive” de la tercera temporada de la serie de Netflix Black Mirror, en la que la protagonista ve seriamente impactadas sus interacciones sociales conforme su “calificación social” (hecha por las personas que la rodean) sube o baja.

¿Qué es el “crédito social” que se está planteando China? ¿Y por qué genera en el exterior reacciones tan negativas y comparaciones con pesadillas de ciencia ficción?

Ilustración: Patricio Betteo

En México existe algo medianamente parecido al “crédito social”, y se le conoce como historial crediticio. El historial crediticio de una persona es una herramienta de calificación del comportamiento financiero individual y se calcula, esencialmente, con base en cuántos préstamos ha adquirido, qué tan puntualmente los ha pagado, si tiende a saldar sus deudas completas, o si tiende a pagar intereses por demoras. Un historial crediticio robusto nos da acceso a financiamientos de varios tipos, ya sea para adquirir un auto, un teléfono celular, o un departamento, por ejemplo. En esencia, tu historial crediticio le dice a una institución o empresa qué tan probable es que le pagues un préstamo que te haga. En el caso de México tu historial crediticio no se ve afectado por tu ocupación, salario, sexo, estado civil o lugar de residencia. Una gran ventaja de utilizar una herramienta como el historial crediticio es que se basa de forma muy concreta y específica en tu comportamiento histórico, y ayudar a evitar posibles situaciones de discriminación donde, por ejemplo, una persona en un banco pudiera negarte un préstamo simplemente por tu apariencia física. 

Además del historial crediticio, podemos hablar de varios sistemas de origen privado que manejan otros tipos de calificaciones con base en la evaluación de nuestro comportamiento previo. Por ejemplo, si utilizas Uber, recibes constantemente calificaciones por parte de quien va al volante, y viceversa. Si dejas que tu calificación caiga demasiado, puedes perder clientela (si conduces) o tardar demasiado en lograr que alguien acepte recogerte. Este tipo de historial podríamos llamarlo “historial de confianza”.

En ese sentido, la gente en México y en muchos otros países en todos los continentes, como Estados Unidos, España o Singapur, se maneja de forma constante bajo distintos sistemas de historial que evalúan sus comportamientos pasados en varios ámbitos y que afectan sus posibilidades de interacción futura.

China no es excepción. Como cualquier país, necesita de medios para determinar qué personas son dignas de crédito financiero. En el ámbito privado, el concepto de evaluación tampoco es ajeno —el equivalente de Uber, conocido como Didi, también opera un sistema de calificaciones. La particularidad de China radica no tanto en la existencia de un sistema (o varios, si incluimos los privados tipo Didi), sino en lo amplio que el gobierno espera que sea este sistema.

En 2014 el gobierno chino anunció sus planes de implementar un sistema de “crédito social” para 2020. Este sistema abarcaría cuatro grandes áreas —confianza gubernamental, confianza comercial (similar a nuestro historial crediticio), confianza social, y confianza judicial.

La parte de “confianza comercial” es fácil de entender porque, como ya dijimos, es similar a nuestro historial crediticio. El tema de confianza gubernamental y judicial tiene que ver con la intención del gobierno de reducir los niveles de corrupción, incentivar a la burocracia y a las cortes a ser eficientes, así como reducir los abusos de poder y motivar a las personas a pagar multas o presentarse ante un juez. De hecho, en 2018 un total de 480 gobiernos municipales y distritales habían sido puestos en una lista negra de “pérdida de confianza”, resultando en sanciones como restricciones en vuelos y trenes de alta velocidad para las y los gobernantes de las ciudades y distritos en la lista. Por otro lado, son numerosos los casos de personas que evaden multas o audiencias ante las cortes y que han sido penalizadas también mediante restricciones en la reservación de boletos de avión, de trenes rápidos y de hoteles de alto nivel. La lógica es que, si no tienes la capacidad de cumplir con tus obligaciones ante el estado, no tienes por qué poder gozar de ciertos privilegios.

Estas tres partes del crédito social no provocan mayor conmoción fuera de China, y en general son vistas con buenos ojos por la población de este país. La parte del sistema que falta mencionar es la que más expectativas y preocupaciones genera —la parte de la “confianza social”. Pero, antes de adentrarnos en este tema, es esencial recalcar que el sistema de crédito social en su conjunto es todavía un proyecto en construcción. Al día de hoy no existe un sistema unificado obligatorio, y existen varios programas piloto en distintas ciudades, así como diversos sistemas de origen privado que, se supone, eventualmente podrían alimentar de alguna forma el proyecto de “crédito social” del gobierno.

Uno de esos sistemas privados que podrían servir de insumo, por ejemplo, es el Crédito Zhima (o Ajonjolí), de Ant Financial Services Group. Basado en tu historial de compras en su gigantesca red de comercio y pagos electrónicos, el sistema genera una calificación. Como ejemplo del impacto y solidez del Crédito Zhima, recientemente el gobierno canadiense decidió aceptar una calificación mínima de 750 (y el reporte correspondiente generado por el sistema) como elemento válido (aunque no único ni definitorio) para probar solvencia económica al solicitar una visa. La población china ha recibido este tipo de sistemas privados de forma muy positiva, y existe gente que incluso presume su Crédito Zhima en sus perfiles en apps de ligue. Después de todo, una calificación alta refleja que eres una persona económicamente confiable, y eso genera estatus. Además, y para no quedarnos con la idea de que solo se beneficia la gente privilegiada, para muchas personas de áreas rurales sin acceso a un historial crediticio tradicional – pero con acceso a un celular y a los sistemas modernos de comercio electrónico – sistemas como el de Ant Financial Services abren una ventana para también generar un historial positivo también.

En general, el concepto de “crédito social” (el sistema más amplio que plantea el gobierno) es bien recibido, gracias al éxito de los sistemas comerciales similares (el Crédito Zhima, las evaluaciones de Didi, y varios otros). El problema no radica tanto en lo que es (un proyecto) como en la forma final que podría tomar. La evasión de impuestos o de multas, o el pasarse un alto, podrían ser variables evidentes para reducir el crédito social de uno. Pero la ciudad de Shenzhen, en el sur de China, utiliza reconocimiento facial para identificar a las personas que no cruzan la calle por la esquina. ¿Podría suceder que perdieras puntos de tu crédito social porque así lo determine un sistema de inteligencia artificial basado en el reconocimiento facial? Un programa piloto en el condado de Suining, en la provincia de Jiangsu, incluía la presentación al gobierno de “peticiones no previamente autorizadas” como motivo de pérdida de puntos, aunque la idea generó tal rechazo entre la población que se tuvo que replantear. En la ciudad de Wenzhou, en la provincia de Zhejiang, el padre de un universitario tenía una deuda sin saldar, lo cual bajó su calificación, lo puso en una lista negra, y provocó que a su hijo le negaran acceso a una universidad —de hecho, una de las más prestigiadas del país— que lo había aceptado como estudiante gracias a sus excelentes calificaciones en el concurso de ingreso. En la ciudad de Rongcheng, en la provincia de Shandong, se da a la gente un puntaje inicial de 1000, a partir del cual se deducen y otorgan puntos a cada persona según su comportamiento —por ejemplo, si das a asociaciones caritativas o donas sangre, o si realizas un acto heroico, ganas puntos; si, por el contrario, cometes infracciones de tránsito, los pierdes. En la ciudad de Zhoushan, también en la provincia de Zhejiang, los motivos de pérdida de puntos incluyen escuchar música a alto volumen, pasear mascotas sin correa, o cometer actos de vandalismo.

Sin duda, podríamos hallar justificación para ese monitoreo constante de nuestro actuar, en especial si el resultado es una mejora de las relaciones sociales y del cumplimiento de las obligaciones ciudadanas. El padre del universitario saldó su deuda, bajo la presión de que su hijo no podía asistir a la universidad. La gente donde hay programas piloto que deducen puntos por infracciones la piensa dos veces al llegar a un alto. Y, para las situaciones de mayor riesgo ético, así como se replanteó la pérdida de puntos por presentar peticiones al gobierno sin obtener una autorización previa, podrían considerarse matices, como que el bajo crédito social de tu parentela no afecte tus posibilidades de educación.

Pero hay muchos aspectos adicionales que causan preocupación, aspectos que no parecen haber sido incluidos en los programas piloto, pero que tampoco se ha dicho que quedarían excluidos. Por ejemplo, la postura política de las personas. Varios reportajes de fuera de China han criticado la situación de los derechos humanos de la minoría uigur en la Región Autónoma de Xinjiang, e incluso personal de Naciones Unidas se ha expresado con preocupación al respecto. El gobierno chino ha rechazado las acusaciones, calificándolas de poco factuales. Si una profesora universitaria china compartiera en sus medios sociales la crítica realizada por Naciones Unidas, ¿podría verse afectado su crédito social? Por otro lado, la economía de China crece cada vez más lentamente (en 2018 creció 6.6%, la tasa más baja desde el año 2000). El 16 de diciembre de 2018 un profesor de la Escuela de Finanzas de la muy prestigiosa Universidad Renmin dio una presentación a empresarios, en la que no solo criticó la política económica del presidente Xi Jinping, sino que citó un estudio que cuestionaba la tasa de crecimiento oficial y que colocaba a la tasa real en 1.67%. Esta crítica y cuestionamiento, ¿llevarían a una baja del crédito social del profesor? Por citar un último ejemplo, la homosexualidad fue eliminada como desorden mental en 2001 por la Sociedad China de Psiquiatría. Tampoco hay legislación alguna que criminalice la homosexualidad. Sin embargo, las actividades del Pride de la ciudad de Guangzhou de 2018 fueron canceladas por las y los organizadores después de recibir llamadas telefónicas de la policía local advirtiendo que estaban promoviendo actividades no propias de la cultura china. ¿Verían su crédito social reducido por planear actividades contrarias a la visión actual del gobierno sobre qué es propio de la cultura china y qué no? Todos estos son casos hipotéticos porque, como he dicho, el sistema de crédito social no está operando más allá de varios programas piloto. Pero, si el sistema contemplará la asignación o deducción puntos según qué tan buen ciudadano sea yo, es razonable preguntarse hasta dónde llegará la evaluación de nuestras vidas, y quién estará a cargo de decidir qué es una actividad propia de una persona que aspire a ser “buena ciudadana”.

Un elemento clave en todo esto —y lo que hace creíbles, aunque no necesariamente probables, los escenarios más distópicos— es que el gobierno chino ya cuenta con una infraestructura amplia y una tecnología muy desarrollada para monitorear la actividad en línea de las personas. Existe, primeramente, un sistema sofisticado de censura en la red que vuelve inaccesibles numerosos sitios y portales. En cuanto a las redes sociales, se monitorean de forma permanente y se eliminan de forma rutinaria aquellos comentarios y actualizaciones que se consideren disruptivos. Tecnológicamente sería posible monitorear las actividades en línea de la población, y deducir puntos por la presencia de ciertas palabras clave o frases, ya que toda cuenta de medios sociales requiere de la verificación de la identidad real de la persona, ya sea a través de su número telefónico, que está invariablemente ligado a una identificación oficial y a una foto de la persona tomada in situ al momento de contratar la línea, o a través del escaneo mismo de la identificación oficial mediante la app en cuestión. Pero, de nuevo, el que sea tecnológicamente posible, el que se incluya formalmente en una propuesta, y el que no haya oposición por parte del público son tres cosas muy diferentes.

El sistema de crédito social es un proyecto sumamente ambicioso, que se nutrirá de numerosos programas piloto y experiencias. Tendrá el potencial de ayudar a aquellas personas que usualmente quedan fuera de los sistemas tradicionales financieros, así como de incentivar un comportamiento honesto por parte de la población, de sus empresas y de sus gobernantes. Pero también tendrá el potencial de impactar negativamente en la vida de aquellas personas que formen parte de minorías religiosas, sociales, intelectuales o sexuales si no se pone atención a la exclusión de prejuicios implícitos tanto en el diseño como en la implementación del sistema –la inteligencia artificial deberá ser temperada por una supervisión humana sabia, y la diversidad real de la población china necesita ser tomada en cuenta. Se tienen todos los elementos para generar una herramienta que mejore la calidad de vida de toda la ciudadanía de la República Popular China, pero también para generar una verdadera distopía de control y represión absoluta. Ninguno de los dos escenarios se ha materializado. Ninguno es imposible. Corresponderá al gobierno chino, con retroalimentación de su población, tomar el camino correcto y encauzar propiamente este gran experimento. 

 

Tadeo Berjón
Diplomático de carrera con nueve años de experiencia en China.