Circulando por internet hay dos textos que son buenas reflexiones en retrospectiva sobre lo que se conoce como el movimiento de indignados que surgió en España el año pasado, y que ha tenido réplicas en otros países del mundo, incluyendo algunas pequeñas en México.

El primer texto es del filósofo republicanista Philipe Pettit, quien fue un entusiasta partidario (aquí su informe sobre el gobierno de Zapatero) del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en España. Alguna de las cosas que apoyó de aquél gobierno y defiende Pettit son: el matrimonio entre personas del mismo sexo, el esfuerzo para que haya igualdad de género, la regularización de inmigrantes ilegales, y el apoyo a los más vulnerables. Sin embargo el mismo Pettit reconoce que ni él, ni el gobierno de Zapatero, vieron venir la crisis económica y sus consecuencias.

Frente a la crisis económica convertida en crisis política, Pettit, dice que han surgido dos posiciones públicas. La primera, más al estilo de partido del Té en EEUU, que exige la disminución radical del Estado, y la segunda, radical hacia la izquierda, que exige el control de la economía por el Estado. En respuesta Pettit ofrece una tercera posición:

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En el Blog de la Redacción, hemos dado cobertura a la discusión en México sobre los sistemas proporcionales y de mayoría relativa para la integración del poder legislativo. En el número de junio, de la edición impresa,  publicaremos un resumen de dicha discusión en nuestro país. En el resumen que está por publicarse se argumenta que el debate entre mayoritistas y proporcionalistas no es exclusivo a México,  y tampoco es exclusivo a este momento en el tiempo. Una evidencia más de dicho argumento es la discusión que en estos días se está llevando a cabo en España, que aunque similar a la discusión en México, su secuencia ha sido opuesta. Es decir, en España, primero los proporcionalistas criticaron el sistema por no se suficientemente proporcional, y después los mayoritistas han salido a defender el status quo diciendo que si fuera más proporcional no permitiría que los partidos en el gobierno tuvieran una clara mayoría.

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Foto: Reforma

Foto: Reforma

En el periódico El Universal del día de hoy, se publica una crónica de la sesión de ayer de la Cámara de Diputados “El recinto convertido en vodevil” en la cual se describe la cámara de la siguiente manera:

Otra representación de tragicomedia, vodevil o farsa más propias de una carpa que del Palacio Legislativo…Y más que nunca, el Palacio Legislativo de San Lázaro parecía una carpa de ínfima categoría.

En el periódico La Razón, Rubén Cortés publica “Diputados de Argüende” y tras una lista de citas del debate de ayer dentro de la cámara, concluye que las/os diputadas/os en lugar de hacer bien su trabajo, “van a la Cámara a hablar basura y tirarse mierda”.

Frente a esta indignación y la “preocupación” por el desprestigio de la política a partir del debate, vale la pena recordar, el libro En defensa de la política de Bernard Crick en el que habla de los falsos amigos de la política democrática, entre ellos el “liberal apolítico”:

Igual que hay un conservador que espera demasiado poco, hay un liberal [apolítico]  que espera demasiado. Desea saborear todos los frutos, pero no el árbol. Desearía coger sus frutos -libertad, gobierno representativo, honestidad gubernamental, prosperidad económica, educación libre o generalizada, etcétera- y preservarlos de cualquier tipo de contacto posterior con la política….

Este tipo de liberal se parece al tecnócrata en su convicción de que es necesario trazar una clara línea de separación entre la política y la administración, en realidad entre el Estado y la sociedad…Sólo intenta cepillarla [la política], limpiarla y atarla con firmeza para que ese terrier revoltoso se convierta en un respetable y aburrido perro faldero. Confía en exceso en el poder de la razón y en la coherencia de la opinión pública y subestima la fuerza de las pasiones políticas y la perversidad de los hombres, que a menudo no parecen querer lo que evidentemente les conviene. No le gustan los partidos políticos y, si se afilia, se opone tenazmente a la corrupción de los principios por razones prácticas.

Durante la discusión en la sesión del congreso el día de ayer, había quien se escandalizaba e indignaba porque unos y otros se interrumpían burlaban y quitaban la palabra. Sin embargo, hacían algo que sólo se puede hacer cuando hay mímina libertad y democracia.

Dentro de las prácticas parlamentarias, en todo el mundo, suele suceder lo mismo de una manera u otra. La política presupone conflicto y el debate la manera pública de aerear las diferencias que no son evidentes sin él.

Por ejemplo, este es un video de un debate reciente entre el Primer Ministro Inglés Gordon Brown, y el líder de la oposición David Cameron:

En un tono más fuerte, en 1997 Tony Blair enfrentó al Primer Ministro conservador John Major, y al argumentar que no podía convencer a su propio partido le gritaba “débil, débil, débil”.

En un debate similar, en el Congreso español, el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, evalúa la trayectoria del líder de la oposición Mariano Rajoy, de quien dice que sólo se le puede recordar por “pasar desapercibido”, excepto cuando fue vicepresidente, y demostró ser “un gran especialista en plastilina”:

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