mayo 20, 2016

Eurovisión: diplomacia y memoria

14 de marzo de 2016. Comienza la esperada final del festival Eurovisión 2016 y Susana Jamaladinova “Jamala”, concursante representante de Ucrania, sube al escenario. Lo primero que se nota es una potente voz –soprano, tal vez, con un envidiable rango vocal— que nos recuerda al R&B, pero a algo más. El performance comienza y la gente aplaude, mientras ella –claramente conmovida— interpreta “1944”, la canción que la acompañó a lo largo del festival. La primera parte de la canción, en inglés, ya muestra un poderoso mensaje que no permite recuperar el aliento: “Ustedes creen que son dioses, pero todos mueren (You think you are gods, but everyone dies)”. El coro, en lengua tártara, continúa con la misma línea de dolor e impotencia: “No pude vivir mi juventud aquí porque ustedes se llevaron mi paz”.1 La contienda continúa y Jamala logra hacerse con los votos necesarios –del público y los jueces— para declararse la ganadora irrefutable de Eurovisión. Así, se pone fin (¿o no?) a un proceso que iniciara en febrero, cuando las autoridades ucranianas decidieron seleccionar a una reconocida cantante de jazz de Crimea para representar a su país en el festival musical más importante del continente. Al recibir el premio, la cantante hace una brevísima declaración, que para muchos podría caer en el cliché: “paz y amor para todos”. Sabemos que, en ese momento, las palabras sobran. Minutos antes se dijo –o se cantó— todo. 

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