julio 27, 2015

Un país que cubre sus espejos

En la tradición judía, después de una muerte, en los siete días de shiva dedicados al duelo, se cubren los espejos de las casas. Por las razones teológicas que sean, hay un impedimento voluntario para que quienes se duelen vean su rostro. La pérdida en su rostro. Creo que México hace algo similar. Nos negamos a vernos en el espejo ante la muerte de miles, nos impedimos reiteradamente a reconocer con precisión y oportunidad el tamaño de nuestras pérdidas. 

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armas

El pasado 26 de junio durante el evento “Tráfico de Armas” organizado por el Observatorio Nacional Ciudadano (ONC) y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, tuve el gusto de compartir la mesa de discusión con distintos expertos. Lo que más me sorprendió es que, a la hora de exponer nuestros puntos de vista, estos incluyeran diferentes perspectivas, aunque supongo que es la ventaja de participar en una mesa de discusión.

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Varios artículos en Nexos utilizan estadísticas de homicidio para sustentar diversas opiniones acerca de las consecuencias del combate frontal al narcotráfico. Estos artículos abundan en insinuaciones del tipo “correlación no implica causalidad, pero los datos sostienen que…”. En cambio, el artículo de José Merino (“Los operativos conjuntos y la tasa de homicidios: Una medición”) acerca del impacto de los “operativos conjuntos” del gobierno federal sobre el nivel de violencia homicida sitúa el debate sobre las consecuencias del combate al narcotráfico en una lógica netamente causal mediante el uso del “método de emparejamiento”. Merino propone que este debate no debe basarse meramente en la insinuación, que debemos admitir nuestro interés en descubrir relaciones de causalidad, y que en consecuencia debemos recurrir a métodos de ajuste estadístico que permitan construir inferencias causales correctas.[1]

Celebro la sofisticación que Merino aporta a este debate, pero no estoy convencido de que el efecto inequívoco de la intervención militar haya sido un aumento desmedido en el número de muertes violentas. Lejos de afirmar que el método de emparejamiento permita inferencias causales correctas, sostengo que es necesario desmenuzar sus supuestos para entender que quedan trabas que impiden estimar el efecto de las intervenciones armadas. Quizás algún día logremos estimar los efectos a corto y largo plazo de las intervenciones militares sobre la violencia homicida; por el momento, el argumento de Merino no arroja los “números de la guerra” atribuibles a los operativos conjuntos.

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Hace poco más de un mes salió el libro The better angels of our nature: why violence has declined (“Los mejores ángeles de nuestra naturaleza: por qué la violencia ha bajado) del psicólogo Steven Pinker (el adelanto de su investigación lo presentó en los TED Talks hace cuatro años como se puede ver en el video, con subtítulos, que está arriba de este post). En él presenta distintas fuentes académicas para demostrar que a lo largo de los siglos la violencia entre los humanos ha ido bajando. Lo que quiere cuestionar Pinker es la idea de que nuestras sociedades modernas son particularmente violentas (en contraste con la idea romántica de pequeñas comunidades premodernas y pacíficas), y que esta supuesta prevalencia de la violencia social está motivada por la modernidad misma.

Pinker elabora algunas explicaciones posibles sobre la reducción de la violencia:

  1. La construcción de los Estados.
  2. El crecimiento de las ciudades.
  3. El “encarecimiento” de la vida humana.
  4. Los beneficios de la cooperación.
  5. La expansión de las oportunidades para generar empatía.

Sin embargo, la explicación más general que da es que hay ciertos valores, e ideas de la modernidad que han cambiado la forma en la que se relacionan la personas al grado de reducir los conflictos y reacciones cotidianas más violentas. Para muchos lectores, esto implica una defensa, sin muchos matices, de las ideas de “modernidad” y “progreso moral”.

Considerando el incremento reciente en la violencia en México, en particular su crueldad, no es sorprendente que este libro poco a poco vaya teniendo impacto en la discusión pública. Por ello, vale la pena considerar algunas de las críticas que sea han publicado en distintas revistas. En todas ellas se reconoce la reducción histórica de la violencia (con matices, pues a veces son importantes los números totales, y a veces las proporciones), pero se cuestionan los ejemplos y la respuesta a la pregunta que el mismo Pinker se hace en el título del libro.

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El jueves pasado la oficina para drogas y crimen de las Naciones Unidas (UNODC), presentó un estudio global sobre homicidios. El documento trae muchos datos interesantes, como por ejemplo el vínculo entre la disponibilidad de armas de fuego y el nivel de homicidios en varios países, y la distribución por género de homicidios y homicidas.

Por ejemplo sobre esto segundo, un dato interesante:  en Estados Unidos 69% de los homicidios son hombres que matan a hombres, mientras que 3% de los homicidios son mujeres que matan a mujeres.

Uno de los temas, que probablemente es muy controvertido y que incluso se traduce en diferencias políticas profundas, es el vínculo entre condiciones económicas como la desigualdad y el crecimiento, y el nivel de homicidios (y otros crímenes).

En el índice de victimization hecho por el CIDE en el DF y EdoMex, se usa como una posible explicación al incremento en los crímenes las consecuencias de la crisis económica global. Sin embargo, más allá de la hipótesis, no se presentan datos para apoyarla o refutarla.

En cambio el documento de UNODC contiene un capítulo sobre el tema. Primero atiende el tema de la desigualdad y después el del crecimiento. En el primer caso, muestra las siguientes gráficas en las que agrupa a países a partir de su nivel de desiguladad, y después los compara en en términos de las tasas de homicidio por cada 100 mil habitantes. Los países más desiguales (el índice de gini más alto) tienen tasas de homicidios más altas que los países menos desiguales (el ìndice de gini más bajo).

La primera gráfica incluye a casi todos los países estudiados en todos los continentes, y la segunda incluye sólo los países en América.

Fuente: UNODC

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Foto: Manuel Álvarez Bravo

El académico Pablo Piccato especialista en el homicidio en México, hace un par de años publicó un texto llamado “El significado político del homicidio en México en el siglo XX“. En él hace una revisión histórica de cómo trataba el sistema político las demandas de resolución de casos de homicidio. Lo resume de la siguiente manera:

A lo largo del siglo xx, el homicidio fue la manifestación más visible de la impunidad. Las muertes violentas, independientemente del estatus de la víctima, tenían repercusiones políticas porque autorizaban a los ciudadanos a exigir la respuesta del Estado. El homicidio le daba a las víctimas indirectas (los parientes y otras personas cercanas a los muertos) un tipo de poder del que carecían las víctimas de otros crímenes, puesto que todos estaban de acuerdo en la necesidad de buscar un castigo, aún a costa de la propia seguridad de los sobrevivientes. Sólo en años recientes las víctimas de otros delitos, como secuestro o violación, han adquirido una autoridad moral y política semejante. Las víctimas indirectas de homicidio durante el siglo xx expresaron con gran claridad la exigencia de justicia, un tema muy antiguo, si no es que el más antiguo, en la historia de las peticiones de los súbditos coloniales o los ciudadanos mexicanos a sus autoridades. Estas peticiones venían de actores individuales o tanto como colectivos: sindicatos, asociaciones de ejidatarios o vecinos también elevaron peticiones para que se castigara a homicidas. Cuando lo hicieron, casi sin excepción, esos escritos mencionaron las implicaciones políticas de la impunidad o su opuesto, la buena actuación del gobierno.

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Foto: Boston Globe

La violencia llegó a un ámbito de la sociedad mexicana al que apenas había rozado. Los intelectuales, sobre todo los dedicados a la literatura, salieron a protestar a las calles con dolor y en su protesta se notó la falta de comprensión de lo que ocurre entre las personas que se supone de las más informadas del país. Las interpretaciones de muchos de las leyendas portadas en pequeños cartones o en mantas expresaban más ofuscación y resentimiento que elaboración sobre el entorno de violencia en el que nos ha metido la política de seguridad del gobierno.

La crítica, sin embargo, no ha articulado una propuesta diferente de estrategia. Si bien hay quien ha planteado pistas, como, Ernesto López Portillo, entre la opinión escrita no se ha desarrollado una ruta alternativa para enfrentar de manera integral el problema de la inseguridad y la violencia. Si bien a muchos de los que escriben en los medios les parece evidente que la actual política no ha sido la adecuada por el reguero de muertos que está dejando, pocos han planteado en qué aspectos concretos está errada la política actual y cuál pudo o podría ser un curso diferente de acción. Hay algunas excepciones, como los bien documentados avances de Eduardo Guerrero.

Lo primero que habría que tratar de dilucidar es cuál era el statu quo ante bellum. Sin duda alguna lo demuestran las estadísticas de asesinatos y masacres publicadas por Fernando Escalante hay un antes y un después de la puesta en marcha de la política de seguridad de Calderón. Es más, la insistencia machacona de Calderón sobre el tema precisamente lo que nos quiere demostrar es que ha habido un antes y un después. Pero las medallas que muestra son las cifras de muertos o encarcelados, no la real disminución del delito, de la impunidad o, mucho menos, la erradicación del tráfico de drogas.

Entonces es imprescindible entender cómo estaban las cosas antes de Calderón. En términos generales, lo que había era uno más de los procesos de negociación de la desobediencia que han proliferado a lo largo del proceso de institucionalización del Estado mexicano. Los funcionarios estatales en México no se han caracterizado históricamente por ser unos celosos guardianes del orden jurídico, paladines de la legalidad. En todos los ámbitos de acción de la organización estatal, lo que ha imperado ha sido la negociación particular de la desobediencia; una ilegalidad tolerada en la que el grado de infracción no se fija de manera general en las leyes, sino que se negocia personalmente con los agentes del Estado, ya fueran inspectores fiscales, agentes aduanales, policías de crucero, recepcionistas de hospital o funcionarios de ventanilla, agentes del ministerio público o jueces, todos formaban parte de una maquinaria que mantenía el orden y administraba las relaciones sociales con un margen de arbitrariedad variable pero siempre considerable.

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Tasa Mensual de homicidios por cada 100 mil habitantes en Guatemala (2000 - 2010)

En un interesantísimo artículo sobre el auto-asesinato (homicidio consentido) de Rodrigo Rosenberg, David Grann del New Yorker describe las condiciones de inseguridad e impunidad en Guatemala. En los medios de comunicación mexicanos suele haber poca información sobre nuestro vecino al sur, sin embargo, vale la pena preguntarse si la situación mexicana no se va pareciendo cada vez más a la situación guatemalteca.

En 2007 un estudio conjunto entre las Naciones Unidas y el Banco Mundial ubicó [a Guatemala] como el tercer país con más homicidios del mundo. Entre 2000 y 2009, el número de asesinatos creció solidamente, llegando hasta los 6,400. El ínidice de homicidios era casi cuatro veces más alto que en México [alrededor de 40 homicidios por cada 100 mill habitantes]. En 2009, menos civiles fueron reportados asesinados en el zona de guerra en Irak, que los que fueron acuchillados, baleados, o golpeados a muerte en Guatemala.

La violencia puede ser rastreada a una guerra civil entre el estado y rebeldes de izqueirda, una lucha que duró tres décadas, de 1960 a 1996, la guerra más sucia entre las guerras sucias de América Latina. Más de doscientas mil personas fueron asesinadas o “desaparecidas”. De acuerdo con una comisión patrocinada por Naciones Unidas, al menos 90% de los asesinatos fueron llevados a cabo por las fuerzas militares del Estado o por grupos paramilitares con nombres como “Ojo por Ojo”.

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Aquí un video de la presentación que hace unas semanas hicieron Gerardo Esquivel y Eduardo Guerrero sobre la política y economía de las drogas y violencia vistas desde la sitaución mexicana en la Universidad de Chicago. En la presentación citan ampliamente los textos que ellos mismos publicaron (Esquivel, Guerrero) en Nexos así como otros textos que también hemos publicado en la revista (Escalante, Informe sobre legalización).

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