El impuesto GAFA (en alusión a Google, Amazon, Facebook y Apple), recientemente aprobado en Francia, busca recaudar el 3% del ingreso que tienen empresas tecnológicas con ventas superiores a 750 millones de euros a nivel global y a 25 millones de euros en Francia.

Recientemente este tipo de impuesto ha cobrado más relevancia en la Unión Europea y otras partes del mundo, ya que se estima que hay discrepancia de imposición entre las empresas tradicionales y las digitales. La Comisión Europea estimó que las primeras pagan entre 20% y 23% de sus ingresos en impuestos mientras las segundas pagan entre 8% y 9%.  Otros países en Europa buscan aprobar impuestos similares: el Reino Unido busca gravar el 2% a las ganancias y en España la tasa Google propone el 3%. Por su parte, la OCDE ha sido uno de los principales impulsores en la materia a nivel internacional y se espera que para el 2020, sus países miembros logren establecer un acuerdo fiscal para las grandes compañías. Parte del acuerdo buscará gravar a dichas empresas considerando el lugar donde se generan los beneficios y no en los países donde tienen oficinas, para así lograr recaudar más ingresos en los países donde obtienen ganancias. En Francia, la recaudación esperada del impuesto GAFA para 2019 es de alrededor de 500 millones de euros y las principales empresas afectadas serían estadunidenses y algunas europeas, incluyendo la francesa Criteo.

En México hace unos días el presidente de la Comisión de Presupuesto en la Cámara de Diputados y miembro de MORENA, Alfonso Ramírez, declaró que la aplicación del IVA a las plataformas digitales en México ayudaría a equilibrar las finanzas públicas. En México, a diferencia del caso francés, el impuesto estaría dirigido a plataformas que ofrezcan compras en línea y no por un criterio de ingresos.

Ilustración: Víctor Solís

Para los gobiernos este tipo de impuestos puede traer más recursos al erario. No obstante, esto genera polémica, resistencia y consideraciones relevantes de mencionar para la economía de un país. Por ejemplo, países como Dinamarca, Finlandia y Suecia han manifestado su descontento argumentando que afectaría la competitividad y la innovación en la UE.  Por otra parte, este estudio de Deloitte plantea que el consumidor pagaría la mayor parte del gravamen. Un reciente artículo publicado por la escuela de negocios de Harvard cuestiona el impuesto GAFA por basarse en los ingresos y plantea ser más creativos en la creación de éstos. Finalmente, para el profesor francés Oliver Ramond, el rol del contribuyente es nebuloso y no es clara su responsabilidad en la determinación del impuesto francés. Por ejemplo, de acuerdo con el texto, Amazon Francia tendría que reportar el total de sus usuarios, sus ingresos y distinguir entre usuarios de Prime (Video y de aquellos que utilizan Prime para recibir artículos en su casa) para determinar así el total del impuesto, convirtiendo a la empresa en juez y parte.

La iniciativa propuesta por el diputado Ramírez todavía no es pública y por ende no se cuenta con información suficiente para analizar sus debilidades y fortalezas. Estamos ante una nueva realidad económica en donde muchas de las empresas digitales cada vez adquieren más relevancia económica y política a nivel global. Los impuestos internacionales a empresas digitales serán cada vez más comunes y es posible que en ellos puedan encontrarse muchas áreas de oportunidad para los gobiernos en su creación e implementación. México no será la excepción y tendrá la ventaja de tomar en cuenta casos de éxito internacionales y adaptarlos a un contexto local. La redistribución en un país con tantas desigualdades es necesaria, no obstante, también es importante fomentar la innovación, la creatividad y el crecimiento económico en el país. Esperemos que el contenido de la iniciativa anunciada vaya en ese sentido.

 

José Alfaro

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febrero 14, 2018

Amores que matan: feminicidios en México

“La amistad es un comercio desinteresado entre iguales;
el amor, una relación miserable entre tiranos y esclavos.”
—Oliver Goldsmith

“Amores que matan” es, entre otras cosas, el título de una canción del cantautor español y rey de los bohemios, Joaquín Sabina, quien en próximas fechas deleitará en vivo a sus fans de México. Al igual que muchas personas, no lo cuento entre mis gustos; sin embargo, es preciso reconocer el valor lírico de creaciones como esta, que hace un uso magnífico de contrastes, metáforas y aliteraciones para enaltecer el amor libre, honesto y atrevido. No obstante, en un país en el que se cometen siete de los 12 feminicidios que se registran cada día en América Latina, los “amores” que matan son también un significante vil y funesto.

De acuerdo con estimaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en México hay en promedio siete muertes de mujeres con presunción de homicidio al día, cuyas causas incluyen mutilación, asfixia, ahogamiento, ahorcamiento, degollamiento, herida con arma blanca y con arma de fuego. El catálogo de depravaciones que engrosan la estadística no solamente es infamante, sino que se asemeja a lo que uno esperaría ver en una guerra: crueldad, terror, humillación, poder, dominación. Al parecer, un sector no menor de la sociedad mexicana tiene la consigna de conservar el sometimiento de las mujeres como uno de sus preceptos de convivencia, incitando a los peores hombres del país a declarar una guerra punitiva contra las mujeres, sus libertades y sus derechos.

Morir como esclavo

No es infrecuente escuchar o leer comentarios u opiniones sobre la proporción de muertes violentas entre hombres y mujeres. Es un hecho que en casi cualquier país del mundo, quizá con un puñado de excepciones, es de cinco a 10 veces más probable ser asesinado si se es varón. Esta queja, en apariencia legítima, así como otras que por su ridiculez no vale la pena mencionar –como aquellas que aparecieron escritas en cartulinas en las redes sociales hace un tiempo—, son usadas como excusas para minimizar la violencia que se ejerce contra las mujeres en este contexto de desigualdad.

Quienes de una u otra forma estamos familiarizados con los estudios de género asimos de inmediato la lógica estructural y/o simbólica de porqué estas muertes, todas lamentables, no son en absoluto comparables. No obstante, quizá no sea necesario urdir en los entresijos de alguna teoría para explicarlo; tal vez baste una comparación burda para quien no cuente con estos insumos intelectuales.

Cuando escuchamos en las noticias que otra –otra… no una— mujer fue encontrada mutilada, violada y asesinada en un paraje desierto de una carretera, nos enfrentamos con que la forma de morir se muestra como una representación fatídica de cómo vivió la víctima. Quienes se quejan de la proporción de homicidios masculinos en comparación con las femeninos, usualmente recurren a la guerra contra las drogas, o la guerra per se, como prueba de sus dichos. Pero piénsese esto: si se hubiese juzgado la condición de las personas de raza negra en los Estados Unidos durante la Guerra Civil desde un punto de vista numérico, alguien muy bien podría haberse quejado sobre que las personas de raza blanca morían más, al menos, en el bando de la Confederación. Por razones evidentes, las personas de raza negra no formaban parte del contingente militar confederado; sólo los individuos de raza blanca podían ser parte activa del conflicto.

En las filas confederadas los negros eran relegados a funciones secundarias, como cavar trincheras, construir caminos y levantar fortificaciones. Llevar a cabo esas funciones representaba un riesgo menor que enfrentar el fuego enemigo, lo que evidentemente producía una tasa de mortalidad muy inferior entre las personas de raza negra. No obstante, centenas de esclavos murieron de hambre, cansancio o ejecutados por supuestas negligencias. Mientras que el soldado blanco que caía en hechos de combate era condecorado póstumamente, el esclavo negro que moría de inanición o cansancio era entregado a sus familiares sin mayor explicación o condecoración si es que tenía suerte; si no la tenía, era arrojado a una fosa común, como sucede con centenas de mujeres en nuestro país.

Esa, la experiencia mortuoria de un esclavo, es la que miles de mujeres experimentan en México y el mundo cada año. No por el hecho de que murieran menos esclavos, ser esclavo es un privilegio. ¡Nadie diría semejante estupidez! Pues bien: no por el hecho de que sean asesinadas menos mujeres, ser mujer es una ventaja.

Lo peor del caso es que la comparación que he hecho tiene defectos que dan cuenta de la profundidad de la injusticia que experimentan las mujeres víctimas de feminicidio. ¡Vaya! El asunto va por partida doble: ¿cómo se podría comparar, en todo caso, la muerte de alguien que, a bayoneta calada, estaba dispuesto a matar con la de alguien que sólo quería amar, salir a divertirse o simplemente vivir? Porque Mara Fernanda Castilla, asesinada por un conductor de la empresa Cabify, o Xitlalhi Alperte, degollada por su vecino en su propia casa, no portaban un rifle con intenciones de usarlo.

Sin saberlo, Fernanda y Xitlalhi fueron las víctimas de una guerra que no declararon y en la que no había para ellas algo qué ganar. ¿Por qué alguien muere como un esclavo en una sociedad liberal moderna? ¿Por qué tiene alguien una muerte tan violenta en tiempos de paz y sin empuñar un arma? La respuesta es que estos no son hechos fortuitos; son necropolítica, el espejismo de una estructura política completa que se rehúsa a cambiar y que se vale de la emotividad del amor romántico para disfrazarse en el terreno de lo “privado”.

El “amor” como dispositivo bélico

La antropóloga Rita Segato, una de las mentes más potentes y claras que tiene la investigación en temas de género, ha entendido y escrito con perfecta claridad el ethos, la raíz misma que está detrás de la guerra contra las mujeres, título, por cierto, de una de sus obras más influyentes.

En el título mencionado, Segato argumenta que las mujeres, concretamente su expresión corpórea, entran en la relación jerárquica establecida por el patriarcado como depositarias de valor de uso; a veces como botín de guerra, otras como colonia y, en última instancia, como mercancía. En este horizonte de significados, las mujeres “se tienen” o se “conquistan”; para el varón, una parte importante de mantener la relación jerárquica existente en esta estructura implica el ejercicio de un acto de posesión. Este acto de posesión no es en términos reales una desviación de una norma social hegemónica; por el contrario, es parte de un sistema de validación de la sociedad masculina a través de lo que la autora llama el “mandato de pares”. Esta relación de posesión es reproducida constantemente en el lenguaje, en rituales vigentes socialmente aceptados –como “entregar” a la hija en una boda— y, a una escala mayor, en la incesante agresión simbólica constituida por una nube de prejuicios glorificados en torno a lo que es ser una “buena mujer”.

La reticencia a aceptar esta idea, de las más conocidas y accesibles en relación con los estudios de género, revela por sí misma la magnitud en que la sumisión de las mujeres es tenida por amplios sectores de la sociedad mexicana –y no sólo la mexicana— como un precepto de convivencia. Si al pensar en la esclavitud racial como sistema de producción, la idea de poseer a un ser sintiente y consciente no resiste un análisis ético, ¿por qué no sucede lo mismo con las mujeres? Porque a diferencia de la esclavitud racial, la dominación masculina sublima sus formas de violencia mezclándolas con varios significados presentes en el imaginario colectivo sobre el amor romántico.

El amor romántico, como significado social, no encierra una serie de ideales universales sobre la cooperación entre hombres y mujeres como realización socialmente aceptable o noble de las pulsiones sexuales. Estas formas de realización están cargadas de símbolos asimétricamente distribuidos que reproducen el mandato de género y el mandato de pares. Por ejemplo: pese a que la fidelidad sexual es uno de sus elementos, no se manifiesta de la misma forma para los varones que para las mujeres. Mientras que la infidelidad masculina es tenida por mero defecto de carácter ante la que muchas mujeres se resignan, la infidelidad femenina es concebida como algo aborrecible que no sólo degrada categóricamente a la mujer, sino que afecta también la honra del varón. No por nada ser una mujer engañada suscita indiferencia o lástima, mientras que ser un varón engañado es motivo de burla.

Este elemento de la cultura patriarcal, retomado en muchas ocasiones como picardía en el contexto de la América Latina, revela la aplicación asimétrica del concepto. Si el varón engañado es motivo de burla, es porque se infiere que ha sido engañado por su culpa, por no ejercer control sobre la sexualidad de su pareja como se espera de él. La mujer engañada, tal como el esclavo que ha sido azotado, suscita una forma perversa de compasión ante un imponderable del que no es responsable, como que el capataz tenga un mal día o el esposo, un “desliz”.

Esta clase de asimetrías simbólicas del amor romántico, de las que sólo use un ejemplo por motivos de espacio, es reproducida constantemente y usada para legitimar la violencia contra las mujeres, por ser mujeres, a toda escala. Lo que comienza en un entorno de constante supervisión moral ejercida mediante la repetición acrítica de los mantras de la “buena mujer” –que se realiza como tal solamente como madre, esposa o monja—, evoluciona en las interacciones sociales hacia formas de agresión ambiental como el habitual uso de derogaciones morales como “puta”, “zorra”, etc.

El feminicidio, entendido como el asesinato de una mujer por ser mujer, encuentra en esta asimetría simbólica su razón de ser desde el punto de vista jurídico. Este deleznable crimen no se expresa, como afirma Rita Segato, como una forma de violencia expresiva, lo que motivaba el uso de la expresión “crimen pasional” en el pasado cercano, es decir, un hecho aislado circunscrito a la esfera de lo privado. Esta ira selectiva es, en toda regla, una forma de violencia instrumental al servicio del mantenimiento de un orden tiránico.

Esto lo demuestra la caracterización psicológica del feminicida. El andamiaje psicológico del perpetrador no es el de un individuo antisocial que se revela contra lo bueno y lo aceptable; es el de una suerte de verdugo que ejecuta una sentencia contra quien ha “osado” desobedecer los dictados del orden social en su perjuicio. El feminicidio es la continuación del afán de sumisión mediante el uso de tácticas de guerra; la mutilación y la exposición del cuerpo en lugares públicos son advertencias, “enseñanzas”.

Esta barbarie es la forma más extrema de lo que Segato llama pedagogía patriarcal, la que comienza con los mantras de lo que debe hacer y no hacer una “buena mujer”. Pese a esto, el feminicidio no es la conclusión de esta pedagogía siniestra. El cierre, la “moraleja”, es ofrecido por las buenas conciencias que “aconsejan” a las mujeres no salir de noche, no beber, no vestirse de tal o cual manera, no ser promiscuas. Culpar a la víctima es la representación más clara y tangible de que este nivel de crueldad no es producto de una enfermedad mental individual, sino la exacerbación de un proyecto “moral” que en última instancia recurre al terror para mantener la obediencia y que, irónicamente, tiene como telón de fondo ciertos ideales aún vigentes en torno a lo que se concibe como amor romántico.

Psicogénesis del feminicidio: egos masculinos insatisfechos

Como parte final de este breve ensayo es preciso analizar la psicogénesis del feminicidio como hecho en sí. Pese a que he intentado delinear, grosso modo, la esencia de la estructura de creencias vinculadas al amor romántico que desembocan en el feminicidio como forma extrema de su reproducción, hay una pieza faltante en este intrincado rompecabezas, y es el contexto en el que un varón se convierte en feminicida.

La misma Segato, en La guerra contra las mujeres, afirma que el cuerpo femenino es concebido en la sociedad patriarcal como una extensión del botín de las distintas formas de guerra convencional y no convencional. Las violaciones masivas durante episodios bélicos dan cuenta de ello. Esta afirmación, esencialmente correcta, podría invitarnos a pensar que el feminicidio es un subproducto de los episodios de violencia que se viven en México y el mundo y que los perpetradores están inmersos en una lógica bélica al participar en ellos.

Sin embargo, muchos feminicidas no están vinculados con la guerra de los cárteles, el fenómeno pandilleril u otro casus belli. Se recordará, por ejemplo, el caso de Juan Méndez Ovalle, quien en 2013 asesinó y descuartizó a su novia. Llamó la atención entonces que la prensa hacía hincapié en que Méndez era un “genio matemático”, como intentando conmutar la salvaje atrocidad que cometió este individuo. Como Méndez Ovalle, muchos feminicidas no están inmersos en la guerra, pero en la mayoría de los casos están relacionados “sentimentalmente” con la víctima.

Una explicación tentativa, que por supuesto requeriría mayor investigación, es que el feminicida tiende a ser un hombre sexualmente frustrado. Como nota el novelista Michel Houellebecq en Ampliación del campo de batalla, la lógica del neoliberalismo como doctrina económica no se termina ni se circunscribe al terreno material, sino que permea otras esferas de la vida como las relaciones sexuales. Según esta idea, la desregulación como mantra de mercado tiende a producir desigualdad no solamente en la economía; todo aquello que es desregulado, como el sexo, presenta un comportamiento isomórfico. Mientras que en el pasado de la monogamia glorificada había una ella para cada él, al desregular las relaciones sexuales ciertos individuos comienzan a acumular satisfacción y relaciones sexuales, lo que significa que otros –y otras, por supuesto— sufren una escasez que puede durar meses o años.

Con esta idea en mente, piénsese qué pasaría si se combina esta escasez con una estructura de creencias en las que el hombre, como tal, debe realizarse mediante la conquista sexual. Este individuo muestra, que probablemente represente a una gran cantidad de varones, está expuesto a un entorno en el que por diversos factores culturales y neurobiológicos, un porcentaje no desdeñable de mujeres pueden conseguir encuentros sexuales con relativa facilidad. Mujeres que él cree, como traté de explicar al inicio, que deberían ser su propiedad o la propiedad de algún otro hombre.

La consecuencia inevitable de esta combinación es una disonancia cognitiva profunda. Este individuo participa en una sociedad hipersexualizada con la idea de que las mujeres poseen algo que le pertenece por derecho, y no un derecho menor, sino su “derecho” a realizarse como varón. No obstante, este “derecho” no solamente no está siendo ejercido, sino que quienes “deberían” hacerlo valer están ocupadas en su propia satisfacción. Estas dos realidades, colisionando violentamente en el fuero interno de dicho individuo, crean tensiones psicosexuales que se transforman en un profundo sentimiento de frustración y en la noción de que está siendo víctima de una “injusticia”.

No por nada abundan en las redes sociales las hordas de hombres que lamentan con rabia ser habitantes sempiternos de lo que los millennials conocemos como la friendzone; no por nada cada día se engrosa el padrón los movimientos de “masculinidades” alternativas como MGTOW, Men Going Their Own Way, un colectivo cuya principal queja es que vivimos en una sociedad ginocentrista que facilita la hipergamia femenina, bloqueando la “realización” de los intereses “masculinos” (en este momento ya me cansé de usar comillas, pero era preciso).

Conclusión

Con los recursos de investigación con los que cuento actualmente no puedo demostrar que una de las raíces del feminicidio sea de naturaleza psicogenética. De comprobarse mi aventurada hipótesis, estaríamos entonces ante un escenario en el que la combinación de neoliberalismo con machismo es un coctel explosivo, y como suele suceder, estas combinaciones nefastas detonan en las vidas de quienes son oprimidas o más vulnerables. No obstante, la vorágine de estos crímenes horrendos por la que atraviesa México hoy en día invita a reflexionar sobre el papel de las buenas conciencias en una extensa narrativa que obliga a las mujeres a aceptar normas asimétricas diseñadas para asegurar su obediencia a cánones morales obsoletos. Este componente, el sociogenético, está sustentado por una bibliografía científica relativamente robusta.

La invitación que hago al lector y a la lectora es a recapacitar sobre todas las formas de violencia simbólica que ejercemos hacia las mujeres como sociedad; a pensar, por un momento, que las formas más extremas de violencia no están desvinculadas de creencias aparentemente nobles, como la configuración simbólica del amor romántico. Con ello, no pretendo afirmar que el amor o el romance no sean cosas deseables y posibles. Sin embargo, su realización real, en forma tal que no signifique la sumisión de una de las partes, no puede existir si entre las mismas no hay una explícita equivalencia moral. La libertad, si no es compartida por todas y todos, no es más que un eufemismo de tiranía. La libertad selectiva no existe, y de no entenderlo, estamos sentenciando al amor a ser una “relación miserable entre tiranos y esclavos”, como afirmó el novelista irlandés Oliver Goldsmith.

“Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí”
—Joaquín Sabina

Antonio Villalpando es sociólogo, maestro en políticas públicas comparadas y estudiante de economía. Comentarios: @avillalpandoa.

Referencias

Segato, Rita Laura (2016), La guerra contra las mujeres. España: Editorial Mapas.
Houellebecq, Michel (1994), Ampliación del campo de batalla. España: Editorial Anagrama.

 

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septiembre 6, 2017

Solidaridad con la revista Cáñamo

La revista Cáñamo, fundada en España en 1997 y en circulación en México desde 2015, enfrenta un batalla legal contra el gobierno mexicano, que ha decidido prohibir su circulación en nuestro país. Nexos considera esta decisión como un acto de censura, y por lo tanto se solidariza con esta publicación. A continuación compartimos su comunicado de prensa más reciente.

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El 9 de marzo de 1940, en las postrimerías del régimen cardenista y en medio de la agitación política por las próximas elecciones presidenciales, se abrió el primer dispensario para toxicómanos en la Ciudad de México, en el número 33 de la calle de Sevilla.

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El Departamento de Salubridad Pública afirmaba que ahí “se tratará gratuitamente a todos los toxicómanos que lo soliciten y se ordenarán las internaciones que sean necesarias al Hospital de Toxicómanos, las que se acordarán solamente en casos de gravedad y después de haberse visto que la curación de tales enfermos no puede conseguirse sin su hospitalización”.

En la inauguración el doctor José Suirob —funcionario del Departamento de Salubridad— habló de los esfuerzos realizados hasta entonces en contra de las adicciones en México.

Se referió a la entrada en vigor del nuevo Reglamento Federal de Toxicomanía, aprobado en 1940 y en el que se adoptaba que los adictos eran enfermos y que el Estado no criminalizaría su condición. También dejó en claro que el tráfico ilícito de drogas seguiría siendo perseguido con todo el rigor de la ley.

En ese primer dispensario atendían diariamente entre 200 a 500 personas. Los toxicómanos eran registrados y clasificados en tres niveles: incipiente, innato e incurable. Los pacientes de los dos primeros estratos recibían la dosis recomendada por el médico asistente. Los enfermos del tercer nivel eran enviados al Hospital de Toxicómanos.

Se permitían hasta dos inyecciones diarias por cada paciente, con un costo de 80 centavos por dosis. En la calle el gramo de heroína se vendía en cerca de 50 pesos, pero sin garantía sobre su pureza. En cambio, el dispensario adquiría el gramo a 3.20 pesos directamente con el proveedor farmacéutico.

Un testigo directo de la aplicación de esa política sobre las drogas fue el escritor José Luis Martínez, a la postre director del Fondo de Cultura Económica, pero en ese entonces estudiante de medicina. Él visitó el dispensario de la calle de Sevilla y aseguraba: “Allí se inyectaba a los drogadictos. Bastaba decir su nombre, confesar su adicción y pagar la moderada cuota fijada… Todos los días había largas colas, y se contaba que a Agustín Lara y a ciertas señoronas, un médico iba a sus casas a darles sus dosis. Me consta que el sistema funcionaba y que sólo se cobraba el costo bruto de la droga, más los gastos de operación. Y para los drogadictos, esta reducción implicaba una reducción de actos criminales. Las drogas podían venderse en las farmacias, con recetas especiales de los médicos”.

Junto con otro estudiante de medicina, Martínez también asistía a la penitenciaría de Lecumberri a inyectar a los presos. “Nuestras tareas consistían en recoger los frasquitos de drogas, las jeringas, agujas y compresas de algodón con alcohol, y las libretas donde anotábamos los nombres de  los drogadictos y las dosis que recibían… nuestro encargo era el reducir poco a poco las dosis añadiendo agua a la solución… Para los drogadictos aquello era una bendición. Solían inyectarse con instrumentos rudos, sin ninguna asepsia y la droga les costaba mucho más cara. Nunca tuvimos ningún problema en Lecumberri ni en otros lugares a donde fuimos después”.

La prensa progubernamental destacaba los aciertos de la nueva política. En El Nacional apareció el artículo “El comercio de drogas heroicas morirá en México” Y Manuel Gil, en La Prensa, realizó un extenso e interesante reportaje. Un adicto le dijo: “Los traficantes están de duelo, pero es que ni robando podríamos comprar la droga: figúrese vale 50 pesos el gramo y… mala. Algunos de nosotros estamos enfermos del corazón por los menjurjes con que se le mezcla para que rinda más. Y aquí, con un peso, nos aguantamos todo el día. Dígalo usted: estamos agradecidos con Salubridad, muy agradecidos”. En ese mismo diario, en otra nota publicada dos días después, se afirmaba que una de las más famosas traficantes, Lola la Chata, perdía—dejaba de ganar, para ser exactos— hasta 2,600 pesos diarios, pero el Departamento de Salubridad obtenía
1,300 pesos diarios, que deberían dedicarse a la apertura de otros dispensarios.

Excélsior, por su parte, expresaba el espíritu prohibicionista e informaba de un inexistente dispensario “en la calle de Versalles”: “Desde hace días por disposiciones del Departamento de Salud las drogas enervantes y la terrible yerba mariguana ya no serán consideradas como materia de delito, ni culpables los que las acostumbran, pues muy al contrario el gobierno convertido en una especie de tutor, por medio de uno de sus dispensarios, facilitará los estupefacientes a quienes lo deseen. Es más: la liberalidad de las autoridades sanitarias es tal que en el dispensario de Versalles gratuitamente se ponen inyecciones de heroína a los viciosos que ahí acuden”.

¿Pero cómo fue posible tal cosa?

En gran medida gracias al trabajo de los doctores Leopoldo Salazar Viniegra, Jorge Segura Millán, José Suirob y otros, quienes se dedicaron a la investigación científica sobre las adicciones en el país y elaboraron la propuesta de un nuevo reglamento que sustituyera al de septiembre de 1931, que sólo había provocado “una persecución de los viciosos, contraria al concepto de justicia… toda vez debe conceptuarse al vicioso más como enfermo a quien hay que atender y curar, que como verdadero delincuente que debe sufrir una pena”. Para estos médicos “el único resultado obtenido” de la aplicación del reglamento de 1931 “ha sido el del encarecimiento excesivo de las drogas”, que sólo había beneficiado a los traficantes.

Las propuestas del doctor Salazar Viniegra y sus colaboradores eran lidiar con la toxicomanía de manera tolerante y ecuánime y, al mismo tiempo, atacar al comercio ilícito de drogas.

En octubre de 1938 el reglamento fue presentado al Ejecutivo que, a su vez, llevó la iniciativa para su discusión al poder Legislativo, donde finalmente se aprobó y fue publicado en el Diario Oficial el 17 de febrero de 1940.

Según el maestro Ricardo Pérez Montfort —de cuya reciente obra Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México, 1840-1940 han sido tomadas estas notas— la nueva legislación era posible pues aún el problema de las drogas en el país no parecía grave. De acuerdo con el doctor Salazar Viniegra, en la ciudad de México, donde había más adictos, estos apenas llegaban a los 6 mil y en el país no había más de 10 mil, con una población que rebasaba los 20 millones de habitantes.

Además de los reproches de la prensa prohibicionista, los problemas internos derivados de la aplicación del nuevo reglamento fueron menores.

Los vecinos y la policía capitalina se quejaron de los personajes que rondaban el dispensario —“exponentes de la miseria humana, pedazos de carnes flácidas, apestosas, envueltas en los andrajos de la existencia”, deambulaban por la calle de Sevilla y se echaban a dormir en el camellón de la avenida Chapultepec. Las autoridades manifestaban sus dudas acerca de si serían puestos en libertad los encarcelados por el delito de compra-venta de estupefacientes, y si en adelante bastaría con una receta médica para que las boticas expendieran pequeñas cantidades de droga.

“Pronto la situación se fue aclarando —dice Pérez Montfort—. Los presos que estaban en la penitenciaría por vender droga se quedarían adentro y los que sólo eran adictos debían salir libres.  Los que traficaban y también tenían el hábito igualmente se quedarían en la penitenciaría en donde se les atendería su vicio. Ya en libertad los que eran sólo toxicómanos podían acudir al dispensario para recibir sus dosis diarias.”

Pero la oposición más poderosa vino del exterior.

En el contexto de la creciente prohibición sustentada en la legislación internacional impulsada por Estados Unidos desde los inicios del siglo XX, un reglamento como el mexicano significaba una violación a la Convención de Ginebra de 1931 y un reto al Comité Central Permanente del Opio de la Liga de las Naciones. También contravenía algunos acuerdos bilaterales firmados con el gobierno estadounidense que tenía al frente de su política antidrogas a Harry J. Anslinger —jefe de la División Antinarcóticos del Departamento del Tesoro norteamericano— y que, según Pérez Montfort, se “convertiría en el fundador de una red de inteligencia internacional que funcionó desde 1930 hasta 1963 y recibiría por primera vez el mote de ‘zar antidrogas’”.

México presentó su postura en mayo y junio de 1939 en Ginebra, en el seno de la Sociedad de Naciones, y fue secundada por Polonia y Suiza. Sin embargo Anslinger y el coronel C. H. L. Sherman —jefe de la División de Narcóticos canadiense— se opusieron abiertamente.

El gobierno estadounidense y sus agencias manifestaron su preocupación pues para ellos la legislación permisiva de Cárdenas significaba distribuir drogas legalmente “para satisfacción del vicio” y fomentaba la criminalidad. El gobierno de Estados Unidos anunció un embargo a la exportación de todo tipo de fármacos y drogas a México. “El argumento consistía en que mientras estuviera vigente el decreto tolerante existiría el peligro de que aquellas sustancias se utilizaran para fines no médicos e ilegítimos”.

Fueron inútiles los intentos negociadores del gobierno mexicano con el Departamento del Tesoro, y la iniciativa del doctor Salazar Viniegra terminó enfrentada con la política prohibicionista de Estados Unidos.

México necesitaba químicos y medicamentos norteamericanos y por recomendación de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el presidente Lázaro Cárdenas decretó la suspensión del Reglamento Federal de Toxicomanía el 7 de junio de 1940. El 13 de julio se anunció el cierre de los dispensarios y una nota periodística cabeceaba: “Ni morfina, ni cocaína. La guerra en Europa ha hecho que las drogas enervantes escaseen en México”.

El reglamento estuvo en vigor apenas cuatro meses. Con el paso del tiempo el espíritu prohibicionista se impuso, pero el consumo de drogas rebasaría los límites de la salud pública para convertirse en el problema mayúsculo de violencia y corrupción que hoy padecemos.

 

Hugo Vargas

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A pocos días de cumplir los primeros 100 días de su administración, Donald Trump consideró cancelar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN), por medio de una orden ejecutiva. Así lo reportaron diversos medios de prestigio en la prensa norteamericana. La sola posibilidad dio fin a semanas de estabilidad y recuperación del peso mexicano, el cual mostró una vez más cuan sensible es nuestra moneda a la menor declaración, tuit, comentario, del presidente norteamericano.
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mayo 8, 2017

Un fósil llamado Marcelino Perelló

Nos fascinan las historias de insectos atrapados en ámbar, vestigios de ropas prehistóricas conservadas por algún azar del clima, huellas de animales extintos grabados en rocas que alguna vez fueron terrenos fértiles. Lamento desperdiciar tantas metáforas en este tema lúgubre, pero algo tienen en común con Marcelino Perelló. Habría que preguntarnos qué gruesa capa de material inexpugnable lo aisló durante décadas del aire que respiramos los demás, hasta que la rasgaron sus comentarios en el programa Sentido contrario del 28 de marzo, difundidos en las redes sociales el 7 de abril.
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abril 21, 2017

Elecciones en Francia: disputa entre populismos

Una disputa que llegó para quedarse

La noche del 8 de noviembre de 2016, tan pronto se conocían los resultados electorales que daban por segura la victoria de Donald Trump, el profesor Robert Reich académico en Berkeley, Secretario de Trabajo con Clinton y miembro destacado de la resistencia frente a las políticas del nuevo presidente de Estados Unidos compartió en su página de Facebook un mensaje para sus más de 2 millones de seguidores. En él se lamentaba de las terribles noticias, pero urgía a sus simpatizantes a no rendirse, ya que la pelea real sólo había comenzado. Para Reich, quedaba claro que “eventualmente [la disputa] iba a ser entre el populismo autoritario y el populismo progresista”. Por el momento, el populismo autoritario había triunfado, ese era el verdadero significado del triunfo de Trump, pero con una oposición unida, inteligente y disciplinada, concluía, “el populismo progresista triunfará”. 

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Cualquier persona que tenga hijos sabe muy bien que, por pura salud mental, el pesimismo tiene que tener límites. Sin embargo, creo que hay ciertos momentos en la vida de una nación cuando lo que procede es detenerse en el pesimismo, reconocerlo, tratar de identificar dónde se ubica su “esencia”, sopesarlo en la medida de nuestras posibilidades y dejarlo por escrito. Esto es lo que haré en estas líneas. Sin embargo, quizás porque tengo tres hijos relativamente pequeños (12, nueve y seis años), terminaré con un par de párrafos sobre un texto de Hannah Arendt (1906-1975) que acaba de ser reeditado en español con el título “Introducción a la política” y que forma la segunda parte de un libro con un título muy sugerente (al menos para nosotros los mexicanos en los tiempos que corren): La promesa de la política.1 Como es sabido, uno de los principales problemas del México contemporáneo es que sus habitantes no creen en la política (ni en los políticos por supuesto), ni esperan prácticamente nada de ella. Además, están hartos de tanta corrupción. Más allá de la larga lista de gobernadores cleptómanos, el pesimismo mexicano actual tiene en dicha ausencia total de confianza y de expectativas en la política y en los políticos uno de sus elementos centrales.

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febrero 21, 2017

Si Maquiavelo fuera asesor político en México

A casi 500 años de su muerte, ¿qué puede decirnos Nicolás Maquiavelo -el teórico, el historiador, el diplomático- sobre la política de nuestro tiempo? ¿Qué podría aconsejar a los modernos príncipes y ciudadanos? ¿Qué haría, por ejemplo, como asesor en Los Pinos o la Cancillería? A continuación, una selección de fragmentos de sus obras más celebres que nos muestra a la Historia como la consideraba el gran florentino: “maestra de nuestras acciones, sobre todo de las acciones de los príncipes”:

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febrero 13, 2017

Datamancia, una superstición superdotada

Hace dos años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, presentó el documento Estudios económicos de la OCDE. México. Enero 2015. El mensaje medular corroboraba los decires del presidente Peña: que, efectivamente, las reformas estructurales aprobadas por el PRI, el PAN y el PRD eran el santo remedio a los males nacionales. A partir de un sencillo análisis filológico —esto es, en tanto manifestación idiomática— concluí yo en ese entonces: el texto es una depurada expresión del pensamiento mágico contemporáneo. La OCDE albriciaba entonces: “México ha emprendido un audaz paquete de reformas estructurales con el que pone fin a tres décadas de lento crecimiento, baja productividad, informalidad generalizada en el mercado laboral y una elevada desigualdad en los ingresos”. Con las cursivas quiero subrayar que el verbo se conjugaba en presente. Enseguida, los expertos de la OCDE presagiaban: “…y auguran [las propias reformas] buenos resultados para 2015 y años posteriores”. También aquí el verbo es clave: augurar. Un augur en la Antigua Roma era el sacerdote dedicado oficialmente a la adivinación, un don otorgado por los dioses —no por nada “adivinar” se encuentra en el mismo campo etimológico que “divinidad”—.

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