Imagen: Coliseo, de James Boswell

La casa en el número 10 de Downing Street confía en que, como todo evento mediático, el furor pase poco a poco, desvanecido entre los cielos grises de este verano inglés. Es por ello que es fundamental recordar los hechos y ubicarlos en un contexto histórico. La evidencia es contundente: el 6 de noviembre de 2005, Clive Goodman, el corresponsal real de News of the World, publica un artículo con información médica del príncipe Guillermo, lo que hace sospechar a la Corona que sus mensajes de teléfono celular habían sido interceptados (hackeados), por lo que avisan a Scotland Yard. En agosto de 2006 Clive Goodman es arrestado junto con el investigador privado Glenn Mulcaire (quien había sido empleado por NotW para obtener la información). En septiembre de 2006 Andy Coulson, editor del NotW cuando se publicó la noticia, asume sin reservas toda la responsabilidad, pide perdón y promete que no volverá a pasar. La policía confisca archivos de computadora, cintas de audio, documentos.  Goodman y Mulcaire van a prisión y Coulson renuncia al NotW en enero del 2007 (ahora diciendo que él nunca supo nada; éste será el motivo común de aquí en adelante). Este hecho debería ser suficiente para haber hecho a Coulson inadecuado para tomar un puesto en el gobierno, pero en mayo del 2007 la comisión de quejas de prensa publica un reporte sobre la intercepción de mensajes sin encontrar evidencia alguna.

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Imagen: Saqueadores , de James Boswell

Éstos son momentos fascinantes en la historia de la Gran Bretaña. La debacle político-mediática informalmente conocida como “hackgate” o “hacking scandal” no es nueva, pero las últimas dos semanas han sido la fantasía de cualquier mediólogo. En vivo y a todo color se ha evidenciado la relación amorosa, a todas luces ilícita, entre las cúpulas del gobierno británico (incluida la policía) y (al menos) las altas esferas editoriales y corporativas de News International (perteneciente a News Corp, de Rupert Murdoch). El fenómeno ha revelado la singularidad de nuestros tiempos: es indudable que la ecología mediática define la ecología política, y que todo medio es en realidad un meta-medio: periódicos, televisoras, radio y medios en red tienen un tema favorito, y ése es ellos mismos. Y si es así es porque siempre han sabido que son ellos quienes definen la agenda pública, y por lo tanto cívica y política. El “hackgate” sacudió al Parlamento de tal modo que cualquiera hubiera pensado que Cameron estaba en la cuerda floja, pero una de las lecciones aprendidas es que la transparencia puede ser el recurso retórico salvavidas de la impunidad.

El discurso oficial es que el hackgate estalló por el escándalo moral tras las revelaciones del Guardian. El periódico publicó el 4 de julio de 2011 que un reportero o investigador privado pagado por News International interceptó los mensajes de teléfono celular de Milly Dolwer, una adolescente asesinada, haciendo creer a sus padres y a la policía que seguía con vida. Pero el hackgate es sobre privacidad y ética periodística sólo en un nivel muy superficial. Cualquiera que haya hojeado o visitado las páginas de Internet del News of the World o The Sun sabe desde hace décadas que ética y periodismo son oxímorons. Aunque comentaristas y políticos de la derecha les llamen teorías de la conspiración, es “cegadoramente obvio” (para traducir la frase de Lord Macdonald) que lo que está en juego no es sólo la integridad moral del primer ministro británico, sino también la multimillonaria lucha por el control de las telecomunicaciones en el Reino Unido.

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En los útlimos días se ha ventilado un escándalo en el Reino Unido sobre la relación entre el gobierno, los medios de comunicación, la policía, el espionaje y la corrupción. El escándalo, entre otras cosas ha implicado el cierre del famoso periódico amarillista The News of the World, que es propiedad del gigante de las telecomunicaciones Rupert Murdoch.

El día de hoy el escándalo sobre las empresas de Murdoch continuó a partir de la declaración pública que él y su hijo, ejecutivo de la empresa, rindieron ante un comité del parlamento británico. Los parlamentarios les hicieron varias preguntas sobre la operación de sus empresas, sus decisiones para contratar y correr gente, y si sabían o no del espionaje telefónico que hacían los periodistas de The News of the World. Murdoch y su hijo contestaron y evadieron como pudieron las preguntas. Sin embargo tuvieron que dar detalles que no se conocían hasta el momento. Una de las cosas más interesantes del evento mismo, es que un privado sea citado por el poder legislativo a declarar en público con el objetivo de hacer una investigación y deslindar responsabilidades.

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