A Dios lo que es de Dios y al Diablo lo que es del Diablo
Apunte sobre Para una teología del crimen organizado, de Claudio Lomnitz

Partamos con una estampa conocida: el crimen organizado se ha expandido a lo largo del territorio mexicano, ocasionando una violencia brutal que se refleja en más de 80 000 desaparecidos y 300 000 asesinatos en los últimos diecisiete años. La imagen de crimen organizado se nos presenta como un conglomerado de relatos sobre capos, jefes de plaza y sicarios, pertenecientes a una red de actores que lucran en la economía criminalizada, de drogas principalmente. De dicha imagen se deriva una representación de la sociedad mexicana como una que está en constante riesgo contra un mal criminal que le es ajeno, y que tendría que extirparse. Pero el diagnóstico es parte de la enfermedad. Porque no estamos ante un mal ajeno, sino ante la criminalización de nuestra sociedad. Y porque aquello no implica ni la creación de un Estado dentro del Estado, ni la creación de vacíos de poder, importa el intento de responder a la pregunta: ¿qué pasa cuando un proyecto de formación de un Estado retira capacidades de gobernación que son privatizadas por actores criminales? Esa es, forzando un poco, la pregunta que intenta responder Claudio Lomnitz en Para una teología del crimen organizado (Era, 2023).

Los ensayos que constituyen esta publicación son la versión escrita de una serie de conferencias que el antropólogo expuso en El Colegio Nacional bajo el nombre “Nuevo Estado, nuevas soberanías” el año pasado. En sentido amplio, analiza la historia reciente de nuestro arreglo político a la luz de la formación de un nuevo Estado de doble soberanía territorial. Por un lado, aquella soberanía de legitimidad legalista encarnada en la figura del presidente de la República, y por otro lado, una soberanía violenta y alternativa, la del crimen organizado. El autor observa valores diferenciados entre una sociedad legítima de ciudadanos mexicanos y aquella del mundo criminal, todos ellos conviviendo en la intersección entre la economía legal y la ilegal. El hallazgo apunta a una transgresión de la moralidad, las prácticas, rituales e imágenes del mundo del crimen organizado y de las comunidades ancladas a las economías ilícitas. Este fenómeno puede verse en el estudio del nuevo canibalismo mexicano, en los rituales de desaparición de personas, en la falta de respeto al cuerpo de los muertos o en la veneración de santos y cultos de muerte. Lo importante es darle una revisión antropológica al mundo simbólico que emerge de la violencia criminal, que además de enmascarar asesinatos crueles y concretos, advierte la coexistencia con un mundo fantasioso pero demasiado nuestro. Es decir que, parafraseando a Mary Douglas, las culturas abominables del narcotráfico, por ejemplo, pueden servir como analogías que expresan una idea de nuestro ordenamiento social. En este caso, la apuesta de Lomnitz es juntar lo que estaba separado, lo cual implica que la violencia desbordada es parte de nuestro sistema político.

¿Por qué una teología política del crimen organizado? Para evitar complicarnos la vida, digamos lo siguiente: en el sentido clásico, cuando Carl Schmitt se preguntaba sobre cuestiones de teología política, lo que hacía era una sociología de conceptos jurídicos para buscar el origen y fundamento del poder del Estado. Aquella pregunta llevaba a entender que todo Estado adquiere su soberanía al conformarse como el único garante del ordenamiento social basado en un fundamento extrahumano (entonces también religioso), pero propiamente humano. Que es allí, en la figura del Estado, donde confluye un constante conflicto entre la conciencia religiosa y la conciencia política de una sociedad, y que, más importante, sólo hay una fuente exclusiva de soberanía, aquella que imperiosamente se desprende del orden legal.

Llegados a este punto, vale la pena decir que nuestro entendimiento general de la política se basa en esta premisa de una sola soberanía, situación que nos lleva con frecuencia a ordenar el mundo con respecto a su conformidad empírica con la ley soberana. Por ello, cuando nos encontramos con una región controlada, digamos, por el crimen organizado, lo común es pensar que estamos ante una región con un vacío de poder, donde no hay presencia de gobierno y no puede haber soberanía alguna. Sin embargo, es aquí donde la mirada de Lomnitz resulta esclarecedora. Porque da cuenta de una “segunda forma de soberanía” en México, que ilegítima e ilegal, es aquella que imponen las organizaciones criminales que utilizan su propia capacidad de ejercer la violencia para explotar y organizar diferentes mercados y territorios.

Así, tiene sentido pensar en una teología política del crimen organizado, puesto que estamos ante casos donde el uso de violencia produce formas de poder de facto. Citando al autor, “se ha ido inventando una teología que, en lugar de basarse en una distinción entre el poder divino y el terrenal (‘A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César’), reconoce dos amos, tanto en el Cielo como en la Tierra. (…) ‘A Dios lo que es de Dios y al Diablo lo que es del Diablo’”. Estamos, entonces, ante territorios conformados y gobernados por otro pacto social de transgresión moral, el de la violencia, nuevo fundamento negativo del vínculo social.

No obstante, a la par que estos arreglos criminales originan una soberanía alternativa, Lomnitz sugiere que no están “al margen de la ley”, pues su rasgo principal es la invisibilidad y secrecía ante la ley. De modo que el orden de la criminalidad ocurre incorporado dentro del velo de la soberanía del Estado, como un sistema de mediación para gobernar territorios en favor de intereses gubernamentales o privados; pero eso sí, al margen del Bien Común.

Por ello, la autoridad que el crimen organizado puede construir es siempre inestable y aspiracional, porque nunca puede llegar a tener un control territorial por encima del Estado. Lo que sigue es que ambas soberanías (las de economías legales e ilegales) aparentemente antagónicas, están en realidad emparentadas. De ahí que la soberanía criminal se encarna en la figura escénica de la violencia, en el sentido de que el crimen organizado tiene capacidades de gobernabilidad por el despliegue de exhibiciones de violencia, asesinatos y políticas de terror que le permiten tener un cierto tipo de autoridad sobre el territorio. Para hacerse del control de una plaza, por ejemplo, la criminalidad tiene que hacer de la violencia una amenaza social.

El gran aporte de este ensayo es que incorpora nuestra crisis de violencia en el marco de un mecanismo de transformación social. Ayuda a entender que la entrada de la violencia criminal en nuestra historia reciente acompaña procesos de cambio político y desarrollo económico. Desde este punto de vista, se vislumbra la idea de que nuestra violencia incontenible deriva de una incapacidad administrativa y de la privatización criminal como estilo de hacer política. Lomnitz intuye la generación de un nuevo Estado, de doble soberanía, uno que forzosamente estaría produciendo un escalamiento de nuestra violencia. Sin embargo, si admitimos, diría Philippe Murray, que las sociedades se cimentan por nuestros crímenes comunes y los Estados sobre sus cementerios, cabe preguntarnos sobre el aspecto del Estado que hemos fundado. En medio de una crisis de desaparecidos en el que nuestras víctimas ni siquiera pueden calcularse, el mundo tiene el riesgo de volverse impensable.

 

Rogelio Alcántara
Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México

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Publicado en: Política