Después de meses de intercampañas y de campañas-no-campañas, finalmente ha llegado el inicio formal de la campaña presidencial, lo que permitirá a las aspirantes hacer propuestas de políticas públicas. Las miradas van a estar puestas, naturalmente, en seguridad y violencia y, en menor medida, en salud y economía. Los asuntos internacionales, como ocurre en los comicios alrededor del mundo, pasarán a un segundo plano. Pero alguien tiene que pensar en el exterior, no sólo por deformación profesional sino porque sí importa y mucho, contrario a la inaceptable pero anticipable indolencia mostrada por López Obrador con respecto al mundo en pleno siglo XXI. Por ello, dedico este ensayo a la agenda de política exterior de México para el sexenio 2024-2030. Comienzo con un diagnóstico sobre el estado que guardan las relaciones entre nuestro país y el mundo con el gobierno que está por concluir.
En unos cuantos años México ha perdido influencia y relevancia en el mundo. La gran mayoría de las gestiones bilaterales e iniciativas multilaterales de López Obrador han sido rechazadas o simplemente ignoradas, como ilustra el fracaso de las campañas para que un mexicano dirigiera la OMC, la OPS y el BID. Con sus ausencias de los grandes eventos internacionales y propuestas disparatadas, López Obrador ha logrado diluir el prestigio de México en el mundo.
A la violencia y corrupción acumulada en el país durante años ahora se han sumado las acciones de un mandatario autoritario que es visto como caprichoso, arrogante e ignorante de las relaciones internacionales, poco comprometido con la defensa del medioambiente, la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. Con sus chantajes y reclamos patrioteros, ha deteriorado la relación con Estados Unidos, España, Austria y Vaticano. Si bien México es mucho más que López Obrador, el presidente ha manchado la imagen del país en el mundo.
Hoy México es percibido como un actor volátil, poco confiable en la esfera internacional. En estos años, el gobierno ha mostrado una predisposición a cambiar las reglas del juego para la inversión, sorprender a sus socios y violar obligaciones internacionales, a lo que se ha sumado la ambigüedad del presidente ante conflictos y su coqueteo con líderes autoritarios, incluyendo una neutralidad prorrusa con respecto a la invasión a Ucrania.
Al menor asomo de crítica internacional, el presidente responde, como lo hace domésticamente, con provocaciones, ironías, insultos, amenazas y falsedades. La aprensión del presidente por el mundo ha propiciado desinterés de otros mandatarios por México, como demuestra la abrupta reducción de visitas de dignatarios extranjeros a nuestro país a menos de una tercera parte que los recibidos durante los gobiernos de Fox o Calderón.
El intervencionismo a la carta de López Obrador en la política doméstica de Bolivia, Colombia, Perú y Argentina, sus pleitos con la presidenta peruana, su negativa a condenar las violaciones de derechos humanos en Nicaragua, su papel de comparsa de los regímenes de Díaz Canel y Maduro, han dejado a México muy cerca de Cuba y Venezuela pero cada vez más aislado en el hemisferio.
La 4T ha hecho el trabajo sucio de contención migratoria para Estados Unidos de manera vergonzosa, con un alto costo para las comunidades fronterizas y los derechos humanos de los migrantes. Mientras que nuestro país no ha recibido nada a cambio, López Obrador sí: que Estados Unidos mire hacia otro lado ante sus impertinencias, violaciones y abusos autoritarios.

El presidente ha tratado de apropiarse el mérito del extraordinario incremento en las remesas para tratar de ocultar el fracaso de sus políticas —que han disparado la migración mexicana— y las evidencias de que el crimen organizado recurre a ellas de manera significativa para lavar dinero. Si bien los consulados siguen ofreciendo invaluable asistencia, las comunidades mexicanas en el exterior, en particular a Estados Unidos, se han quedado sin el apoyo político de López Obrador, que no se ha reunido una sola vez con ellas.
La Secretaría de Relaciones Exteriores se ha quedado sin recursos no sólo para promover los intereses de México sino para garantizar su operación básica. Un número considerable de diplomáticos de carrera, incluidos varios embajadores, ha renunciado ya sea por diferencias o frustración, mientras se ha premiado a políticos sin capacidad o con dudosa reputación como titulares de embajadas y consulados. El Servicio Exterior Mexicano, más reducido que a principios del siglo, se encuentra desmotivado, con salarios congelados por dos décadas, sin mecanismos de avance ni apoyo suficiente para desarrollar su trabajo.
De la lectura del diagnóstico no es difícil concluir que no es posible un “segundo piso” ni “continuidad con cambio”. Es necesario corregir y corregir pronto. A continuación hago una serie de propuestas para revertir el daño causado y aprovechar la coyuntura geopolítica.
Reinsertar a México en el mundo y llevarlo a ocupar el lugar que le corresponde en la escena global. La próxima presidenta debe encabezar personalmente esos esfuerzos, construyendo vínculos cercanos con otros líderes mundiales mediante la participación en cumbres y foros internacionales, visitas a otros países y como anfitriona de jefes de Estado y de Gobierno del mundo entero. La función presidencial en materia internacional no es delegable.
Para ser influyentes en la escena internacional es necesario tomar partido, defender causas y valores. México debe dejar de esconderse detrás de la no intervención o de una falsa neutralidad. Nuestro país tiene que tomar posiciones firmes sobre asuntos de relevancia internacional, como debió haber sido el caso de la invasión rusa a Ucrania, la inhabilitación de la candidata de oposición en Venezuela, las amenazas territoriales a Guyana, el asesinato de Navalny.
Reconstruir la deteriorada imagen de la Presidencia mexicana en el mundo, con un gobierno serio, con capacidad técnica y una presidenta íntegra, confiable, sensible a la diplomacia, enterada de la actualidad y la geopolítica, respetuosa de las conversaciones y comunicaciones privadas, que recupere el valor de las negociaciones discretas.
México tiene que cumplir con sus obligaciones internacionales, tanto multilaterales como bilaterales, incluyendo el TMEC y otros acuerdos o tratados comerciales, de inversión, laborales, ambientales, protección a los derechos humanos y cambio climático. Si no los respetamos, de nada sirve vincularnos a instrumentos obligatorios.
Denunciar a dictadores y violadores de derechos humanos. Se tiene que dejar atrás la complicidad con los regímenes en Cuba, Nicaragua y Venezuela. En contrapartida, México debe abrirse de nuevo al escrutinio internacional, rendir cuentas internacionales en materia de derechos humanos, democracia y Estado de derecho, aceptar críticas e implementar recomendaciones, así como dar la bienvenida a programas de cooperación, incluyendo en justicia transicional.
En el ámbito bilateral: debemos reconstruir la relación con Estados Unidos. Para ello, es indispensable sustituir la estrategia de chantaje migratorio por una de colaboración y cooperación en todos los ámbitos de la agenda bilateral, en particular en caso de que Biden sea reelecto. Un triunfo de Trump exigirá otro tipo de respuestas y un equipo muy sofisticado de estrategas, negociadores y aliados en Estados Unidos. En cualquier caso, México tiene que recuperar los espacios de interlocución en el Congreso y con la sociedad estadunidense, así como su capacidad de influencia mediante los instrumentos que permite la legislación estadunidense, incluyendo relaciones públicas, comunicación y cabildeo.
Nuestro país no puede seguir siendo el muro de Trump, ni abusando o siendo responsable de la muerte de migrantes. México ha fungido, en los hechos, como tercer país seguro para migrantes y solicitantes de asilo en Estados Unidos. De continuar así, nuestro país deberá formalizar tal estatus para recibir las contraprestaciones correspondientes, incluyendo recursos para atender, procesar y proteger a los migrantes.
Fortalecer a nuestros consulados en Estados Unidos no sólo para continuar las tareas de protección sino también para hacer un trabajo político más efectivo tanto con las comunidades mexicanas como con autoridades, legisladores, medios y actores influyentes, de manera complementaria y coordinada con la embajada en Washington.
La imposición de requisitos migratorios adicionales para los viajeros mexicanos a Canadá ilustra la desconfianza y la necesidad de reconstruir una relación estratégica con ese país en todos los ámbitos.
Debemos reparar las relaciones bilaterales con numerosos países de Europa y América Latina dañadas por obsesiones, reclamos, chantajes o sesgos ideológicos, incluyendo a España —segundo inversionista en México—, Austria, Vaticano, Perú y Argentina.
Dar apoyo político a Guatemala, cuyo gobierno está bajo asedio por grupos de poder antidemocráticos y corruptos, que se niegan a rendir cuentas. Además, revisar la pertinencia de trasplantar sin más los programas sociales a Centroamérica, ya sea para sustituirlos o reforzarlos con proyectos de cooperación robustos y bien planeados.
En los organismos internacionales: México debe encabezar de nuevo la defensa de los derechos humanos y la democracia representativa en el hemisferio, al tiempo de revertir su aislamiento en América Latina y en la OEA.
Después de años de retraso, debemos finalizar el Acuerdo Global con la Unión Europea. No es exagerado afirmar que el futuro comercial y también político de la relación entre nuestro país y el bloque depende del acuerdo renovado.
Si realmente se desea que sean exitosas, las iniciativas multilaterales a nivel presidencial deben consultarse, negociarse y cabildearse por canales diplomáticos, en lugar de soltarse como una bomba en la “mañaneras”.
Es necesario promover la ratificación de tratados y protocolos multilaterales sobre temas en los que México se ha quedado rezagado por su falta de compromiso, tales como derechos humanos, medio ambiente y lucha contra la corrupción, incluyendo el Convenio de Estambul sobre prevención y lucha contra la violencia hacia las mujeres.
En consonancia con su peso específico, México debe seguir ocupando regularmente un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En caso de una ampliación del órgano, considerar la pertinencia de disputar uno de los nuevos asientos semipermanentes o permanentes sin derecho de veto de América Latina, en lugar de boicotear las aspiraciones de Brasil.
Retomar posiciones creativas y de vanguardia en la lucha contra el cambio climático. Ante las evidencias de su fracaso, promover una revisión del sistema internacional de criminalización al uso de las drogas. Por sus efectos indiscriminados en la población civil, por humanismo, México debe reincorporarse al grupo de países que promueve iniciativas para limitar y eventualmente prohibir el uso de explosivos en zonas densamente pobladas, causa que nuestro país abandonó por presiones del Ejército.
En lugar de distraernos con reformas constitucionales redundantes, debemos promover la negociación de una convención global basada en la Declaración de Naciones Unidas sobre derechos de los pueblos indígenas y reconstruir el diálogo y la cooperación con el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y con la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Dada la situación del país, debemos dar la bienvenida a la colaboración internacional para construir un sistema confiable de procuración de justicia, así como para prevenir y castigar la corrupción. Es necesario promover una convención hemisférica para prevenir la discriminación contra la comunidad LGTBI.
Contrario a lo que ha ocurrido, las políticas interior y exterior deberían caminar en paralelo porque se refuerzan mutuamente. Por ello, una agenda de política exterior exitosa debe estar anclada en acciones concretas en el ámbito doméstico.
- Dar certidumbre a la inversión privada, nacional e internacional. Alentar su participación en proyectos de energías limpias, agua e infraestructura sostenible.
- Recuperar la agencia de promoción y apoyo al comercio exterior y la inversión. Reabrir las oficinas de representación de la agencia en las embajadas y consulados que resulten pertinentes, incluyendo en Estados Unidos, Canadá y Europa Occidental, así como algunos países de América Latina, el Golfo Pérsico y Asia central y oriental.
- Restablecer el Consejo de Promoción Turística y reconstruir la estrecha colaboración entre los sectores público y privado para potenciar la llegada del turismo internacional y los beneficios económicos y de imagen asociados. Reabrir las oficinas de representación del Consejo en las embajadas y consulados de los principales mercados.
- Relanzar el proyecto “Marca México”, para asociar la percepción que se tiene de nuestro país en el mundo con símbolos e ideas positivas, en contraposición a estereotipos crecientemente negativos. En lugar de narcos, corruptos y borrachos, los medios de información internacionales, las redes sociales, las industrias del cine y la música alrededor del mundo deberían mostrar un país privilegiado por una gran riqueza natural, historia y patrimonios material e inmaterial extraordinarios, así como una sociedad vibrante, moderna y creativa, comprometida con las mejores causas.
- Reconstruir una política cultural robusta, libre de taras ideológicas, que celebre y comparta la riqueza artística de México desde la arqueología hasta las más atrevidas propuestas de vanguardia, pasando por las bellas artes, la cocina, las artes escénicas y populares. Complementar los esfuerzos a nivel nacional con una agresiva campaña internacional de promoción de nuestra cultura para, entre otras cosas, impulsar el poder suave de México en el mundo.
- Recuperar los programas de intercambio académico, en particular los de formación superior y de posgrado de estudiantes mexicanos en instituciones extranjeras de calidad y prestigio, en lugar de centros de adoctrinamiento ideológico bananero.
- Numerosas dependencias gubernamentales merecen auditorías e investigaciones profundas, pero ninguna tan relevante en este ámbito como el Instituto Nacional de Migración, cuyo mandato y vocación policiaca se deben revisar. El Inami tiene que ser sometido a una limpieza a fondo por su posible complicidad con el tráfico de personas y rendir cuentas por las responsabilidades criminales acumuladas durante años, incluyendo la muerte de decenas de migrantes bajo su custodia.
- Reconocer formalmente el estatus de primus inter pares de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) en materia de política exterior. Reasignar a la Cancillería el papel de coordinación de la actividad internacional del gobierno, mediante mecanismos de consulta interinstitucional y la designación de diplomáticos de carrera en las áreas internacionales de las dependencias.
- Asignar recursos suficientes para que la SRE pueda operar efectivamente para promover los intereses de México. Reforzar su estructura y ampliar la huella diplomática de nuestro país con mayor dispersión geográfica y agresivos programas de diplomacia pública.
- Devolver la diplomacia a las manos de profesionales y especialistas. Fortalecer el Servicio Exterior Mexicano, revisar el tabulador de los salarios en el exterior y, como obliga la ley, convocar concursos de ingreso y de ascenso anuales para ampliar el número de diplomáticos y garantizar espacios de crecimiento profesional.
La peor herencia de este gobierno en materia de política exterior es el terrible deterioro de la imagen internacional de México. Recuperarla será una tarea cuesta arriba, que tomará tiempo y dependerá de resultados medibles en retos domésticos como Estado de derecho, corrupción, violencia e impunidad. Habrá que trabajar mucho en casa pero también afuera porque, al contrario de la tesis de López Obrador, una buena política interior necesita de la mejor política exterior posible. Que así sea.
Jorge Lomonaco
Diplomático de carrera por 30 años. Fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos